• La gente se ha movilizado para expresar respaldo a autoridades y fuerzas militares y condenar los actos terroristas, Teherán, 12 de enero de 2026.
Publicada: jueves, 22 de enero de 2026 3:44

¿Por qué Estados Unidos y sus aliados no han logrado, desde el golpe de 1953, derrocar al sistema iraní a pesar de los cambios de estrategia y los numerosos intentos? ¿Y cómo ha convertido Irán las amenazas de todo tipo en factores de resiliencia en lugar de colapso?

Los golpes de Estado y los cambios de régimen no fueron decisiones arbitrarias en la política estadounidense, sino parte de una doctrina que se consolidó con el ascenso de Estados Unidos como potencia global tras la Segunda Guerra Mundial. Con el fin del colonialismo europeo tradicional, Washington buscó proteger sus intereses globales sin gestionar directamente los imperios, recurriendo así a herramientas de influencia indirecta, principalmente el derrocamiento de gobiernos considerados hostiles o la reestructuración de los sistemas políticos para asegurar su lealtad política y económica.

En este contexto, los golpes de Estado se consideraban una opción menos costosa que las guerras declaradas, y con resultados más controlables. Por ello, Estados Unidos recurrió a esta opción en varias regiones, desde Latinoamérica hasta Asia y Asia Occidental, especialmente durante la Guerra Fría. Irán fue el ejemplo más claro de este enfoque.

1953: El golpe que sentó las bases de la hostilidad

Las intervenciones estadounidenses en Irán no comenzaron con la fundación de la República Islámica en 1979. En agosto de 1953, la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, en colaboración con la inteligencia británica (MI6), orquestó un golpe de Estado que derrocó al gobierno democráticamente elegido de Mohamad Mosadeq tras su decisión de nacionalizar la industria petrolera. La operación, conocida como ‘Ajax’, sentó un precedente para que Estados Unidos derrocara un gobierno democráticamente elegido en Asia Occidental empleando simultáneamente dinero, medios de comunicación, presión popular y fuerza militar. El monarca dictador iraní Mohamad Reza Pahlavi fue restituido en el poder e Irán se convirtió en un aliado estratégico de Washington, pero la confianza entre la sociedad iraní y Estados Unidos quedó destruida para siempre.

 

1953–1979: El Sha como instrumento de influencia

Tras el golpe, Washington ya no necesitó una intervención directa, ya que la propia monarquía se había convertido en un instrumento de influencia. El Sha Mohamad Reza Pahlavi contaba con un amplio apoyo de seguridad e inteligencia, y se estableció el servicio de inteligencia (SAVAK) para controlar a la sociedad y a la oposición. Irán se integró plenamente en la estrategia estadounidense para contrarrestar a la Unión Soviética. Sin embargo, esta estabilidad forzada alimentó el resentimiento social y político que posteriormente estalló en la Revolución Islámica, una paradoja que convirtió la intervención estadounidense en un factor indirecto en la caída del mismo régimen dictatorial que había protegido.

1979: La caída del aliado y un cambio en las reglas del juego

Con la victoria de la Revolución Islámica en 1979, Estados Unidos perdió a uno de sus aliados más importantes en la región. El acontecimiento no supuso un simple cambio de liderazgo, sino el colapso del modelo de “Irán como policía regional” y el auge de un discurso político opuesto a la hegemonía estadounidense. A partir de ese momento, la naturaleza del conflicto cambió, y un golpe militar directo se volvió prácticamente imposible, dada la reestructuración de las instituciones militares y de seguridad del nuevo Estado con el objetivo de prevenir la infiltración extranjera.

1980–1988: La guerra como alternativa al golpe de Estado

Durante la guerra entre Irán e Irak, Washington vio el conflicto como una oportunidad para debilitar a la República Islámica sin intervención directa. Apoyó políticamente y mediante inteligencia al régimen iraquí de Sadam Husein, con la esperanza de que una guerra prolongada agotaría a Irán y lo llevaría al colapso. Sin embargo, el resultado fue el contrario: el sistema perduró, reconstruyó su legitimidad mediante una retórica de resistencia y se estableció una doctrina de seguridad basada en prevenir la repetición de la situación de 1953.

Los años 90: contención en lugar de derrocamiento

Tras la guerra, Estados Unidos adoptó una política de contención a largo plazo, recurriendo a sanciones, aislamiento diplomático y apoyo a grupos de oposición en el extranjero. Sin embargo, estas herramientas no lograron un avance interno decisivo, y las instituciones estatales, en particular el Ejército y el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán, permanecieron intactas, lo que hizo que un golpe de Estado fuera una opción poco realista.

 

2003: La caída de Bagdad y la ruptura de la ilusión

Tras la invasión estadounidense de Irak, se creía ampliamente que Irán sería el siguiente. Sin embargo, Teherán aprovechó el vacío de poder dejado por el colapso del régimen iraquí y expandió su influencia regional, lo que llevó a Washington a reevaluar sus presunciones. El “cambio de régimen” pasó de ser un proyecto a corto plazo a un objetivo lejano y peligroso.

La sedición de 2009: apuestas en la calle

Después de las elecciones presidenciales de junio de 2009, alborotadores convocados por medios extranjeros intentaron, de forma burda, poner en entredicho la credibilidad de los comicios y se congregaron el 27 de diciembre en ciertas calles de la capital persa, Teherán.

Con las protestas violentas del llamado Movimiento Verde, Estados Unidos vio la situación como una oportunidad para un cambio interno, ofreciendo un claro apoyo político y mediático. Sin embargo, las protestas no escalaron hasta convertirse en un golpe de Estado; el Ejército no desertó, las instituciones no colapsaron y la estructura del sistema permaneció intacta.

El 30 de diciembre, 9 de dey del calendario persa, millones de iraníes protagonizaron una gran epopeya al salir a las calles de todo el país para repudiar la violencia ejercida por ciertos grupos apoyados desde el extranjero.

Esa jornada, el pueblo iraní expresó un respaldo masivo a la Revolución Islámica y a la República Islámica, desbaratando los planes del enemigo contra el país.

2018–2020: Presión máxima

Con Donald Trump, resurgió la idea de un cambio de régimen mediante una política de “máxima presión”: retirada del acuerdo nuclear, sanciones devastadoras y una guerra psicológica y mediática. Se apostaba a que el estrangulamiento económico provocaría una explosión social que forzaría un cambio político. Pero a pesar del daño significativo, el sistema no cayó y no surgió ningún movimiento interno capaz de traducir la presión en un cambio radical.

De 2020 a la actualidad: Gestión de conflictos en lugar de golpe de Estado

Desde 2020, quedó claro que Estados Unidos ha abandonado prácticamente la opción de un golpe de Estado o un cambio de régimen rápido en Irán. Recurrió a herramientas menos directas, menos costosas y más graduales, como las sanciones, la ciberguerra intermitente y el apoyo político y mediático a los alborotos durante cada crisis interna. Un ejemplo de ello es la muerte de Mahsa Amini en 2022 y los posteriores disturbios, que fueron explotados políticamente y en los medios internacionales para presionar al gobierno iraní.

2025 y 2026: Intervención abierta y violencia encubierta

Tras esta fase, Irán presenció un acontecimiento sumamente peligroso: una agresión conjunta israelí-estadounidense en junio de 2015 que duró doce días y constituyó una culminación sin precedentes en el curso de una confrontación directa. La agresión se promocionó con el objetivo de “eliminar el programa nuclear iraní”, pero sus verdaderos objetivos iban más allá, incluyendo un intento de romper el equilibrio de la disuasión y crear un choque estratégico que podría abrir la puerta a la inestabilidad interna del sistema y su colapso. Sin embargo, la confrontación terminó sin lograr este objetivo.

A finales de 2025 y principios de 2026, Irán fue testigo de una ola de actos vandálicos y armados respaldados desde el extranjero. La violencia se produjo después de unas protestas que se centraron principalmente en las demandas económicas.

Durante los disturbios, grupos terroristas armados y alborotadores recurrieron a una violencia extrema contra civiles e integrantes de las fuerzas del orden y lanzaron ataques directos a infraestructuras civiles y centros sensibles con el objetivo de generar caos e inseguridad en el país.

Un análisis de los métodos violentos empleados por estos alborotadores recuerda la brutalidad del grupo terrorista Daesh, que, con apoyo y armamento proporcionado por Estados Unidos y algunos países occidentales, perpetró ataques en Irak, Siria y otros países de la región durante la última década.

Tanto el presidente de EE.UU., Donald Trump, como el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, apoyaron abiertamente a los alborotadores. Incluso Trump amenazó abiertamente con ataques contra Irán e instó a los alborotadores a continuar y tomar el control de las instituciones, prometiendo que “la ayuda está en camino”.

Según la Fundación para Asuntos de Mártires y Veteranos de Irán, 2427 mártires, incluyendo miembros de las fuerzas de seguridad y diversos sectores del pueblo, forman parte de un total de 3117 fallecidos registrados.

Los funcionarios iraníes consideran los disturbios armados y los ataques terroristas como parte de una campaña coordinada por los regímenes de Estados Unidos e Israel, cuyo objetivo es desestabilizar la República Islámica luego de su fracaso en la guerra de 12 días lanzada contra Irán en junio.

Sin embargo, las fuerzas de seguridad y la policía iraní actuaron de manera inmediata para contener los disturbios y restablecer el orden público. Posteriormente, el 12 de enero, millones de ciudadanos se movilizaron en distintas ciudades para expresar su respaldo a la unidad nacional y al sistema de la República Islámica.

A pesar del apoyo financiero, mediático y logístico brindado desde el exterior a los alborotadores, los intentos de desestabilización fracasaron y la normalidad ha sido restablecida en todo el territorio iraní.

 

El objetivo subyacente, desde 1953, ha sido evidente: imponer un gobierno complaciente que despoje a Irán de su independencia militar, tecnológica y económica, y reincorporarlo al marco de la supremacía occidental similar al periodo anterior a 1979.

Sin embargo, la dilatada experiencia de Irán demuestra que planificar un cambio de régimen no garantiza necesariamente su ejecución. Incluso si tales intentos se discuten o preparan a puerta cerrada, su implementación sigue dependiendo de factores que aún no se han materializado, en particular una división decisiva en los centros de poder o una pérdida de control sobre las instituciones militares y de seguridad o una pérdida del apoyo popular. El proyecto que fracasó en 1979, y que fracasó mediante guerra indirecta, sanciones y agresión directa en 2025, dificulta su derrocamiento.

En este contexto, el sitio web de la cadena catarí Al Jazeera, en un reciente artículo divulgado tras la operación militar de EE.UU. en Venezuela, titulado ‘Por qué la estrategia de cambio de régimen de Trump no funcionará en Irán’, argumentó que “Teherán no es Caracas” y que “la República Islámica se mantiene firme ante múltiples crisis”.

Al respecto, remarcó que hace seis meses, Irán demostró al mundo que cambiar su régimen no sería fácil, y la guerra de 12 días del régimen de Israel y EE.UU. contra el país expuso su resiliencia.