• El Líder de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, habla en una ceremonia de duelo por el martirio del Imam Reaz (P), en Teherán, 24 de agosto de 2025.
Publicada: lunes, 9 de marzo de 2026 11:40

La semana pasada volvió a poner de relieve los límites de ciertos marcos de análisis occidentales sobre Irán. Tras la muerte del Líder Supremo, el ayatolá Seye Ali Jamenei, en Washington y en varias capitales aliadas reapareció una expectativa recurrente: la de que la desaparición del líder precipitaría el colapso del sistema. resiliencia institucional

Por Xavier Villar 

Durante décadas, la República Islámica ha sido descrita en algunos círculos políticos como una estructura frágil sostenida por la autoridad personal de un solo hombre. Bajo esa premisa, la desaparición del líder debía arrastrar inevitablemente al resto del sistema.

La secuencia de los acontecimientos no confirmó esa hipótesis.

Lo que siguió fue la activación de los mecanismos previstos por la propia arquitectura institucional iraní. El artículo 111 de la Constitución estableció la formación de un consejo provisional compuesto por el presidente Masud Pezeshkian, el jefe del poder judicial Gholamhosein Mohseni-Eyei y el clérigo Alireza Arafi. Paralelamente, la Asamblea de Expertos fue convocada para iniciar el proceso de selección de un nuevo Líder Supremo. El aparato estatal entró en un modo de transición formalizado. Desde el punto de vista institucional, el sistema absorbió el impacto sin mostrar signos de parálisis.

Para quienes han interpretado la política iraní exclusivamente a través de la figura del Líder Supremo esta continuidad resulta desconcertante. Sin embargo, la sorpresa revela más sobre los marcos analíticos utilizados para observar Irán que sobre el funcionamiento real del sistema. La República Islámica nunca ha sido un “régimen estrictamente personalista”. El liderazgo ocupa un lugar central, pero está inserto en una arquitectura institucional, doctrinal y social diseñada para garantizar continuidad política incluso en condiciones de presión extrema.

La persistencia de la idea de un “régimen unipersonal” refleja una tendencia recurrente en ciertos análisis occidentales. Con frecuencia se proyectan categorías políticas desarrolladas para explicar otros sistemas sobre realidades que operan según lógicas distintas. Bajo ese prisma, la política en sociedades no occidentales aparece como el resultado de la voluntad de un líder dominante que concentra poder personal. Eliminar a ese líder se percibe como un mecanismo potencial para alterar el sistema.

El caso iraní exige un marco interpretativo diferente. El cargo de Líder Supremo no puede entenderse únicamente como una jefatura política convencional. Su autoridad está integrada en una estructura doctrinal más amplia, la Velayat-e Faqih, formulada por el ayatolá Ruhollah Khomeini durante su exilio en Najaf antes de la revolución de 1979. Esta teoría sostiene que, en ausencia del Imam Oculto del chiismo duodecimano, la autoridad política debe ser ejercida por un jurista islámico capaz de proteger la comunidad y garantizar la continuidad del orden islámico.

La implicación central es que la legitimidad política no se origina en la personalidad de un individuo concreto. Se deriva de una función institucional definida dentro de un marco doctrinal. El Líder Supremo encarna temporalmente esa función. Su autoridad está vinculada al principio que representa, no exclusivamente a su figura personal.

Este rasgo introduce un elemento de resiliencia estructural. En un sistema construido sobre la base de una función doctrinal, la desaparición de un individuo no produce necesariamente un vacío político. Produce una transición dentro de un mecanismo previamente institucionalizado. La sucesión forma parte del diseño del sistema.

La arquitectura institucional iraní refleja esta lógica. El sistema político combina múltiples centros de poder que interactúan entre sí. La Asamblea de Expertos, cuyos miembros son elegidos mediante voto popular cada ocho años, tiene el mandato constitucional de seleccionar y supervisar al Líder Supremo. Su existencia garantiza que el proceso de sucesión se articule dentro de procedimientos formales.

Junto a ella operan otras instituciones con funciones específicas. El Consejo de Guardianes examina la compatibilidad de la legislación con los principios constitucionales e islámicos y supervisa procesos electorales. El Consejo de Discernimiento del Interés del Sistema actúa como órgano consultivo estratégico y como mediador en conflictos institucionales. El poder ejecutivo, el parlamento y el poder judicial funcionan dentro de esta red de instituciones interdependientes.

Esta estructura no responde al modelo de una pirámide personalista. Se asemeja más a una red institucional con redundancias funcionales. Cada componente posee su propio ámbito de autoridad, su propia base política y su propia memoria institucional. El resultado es un sistema capaz de absorber perturbaciones sin que el conjunto colapse.

A esta arquitectura política se añade un entramado económico y social menos visible pero igualmente relevante. Las fundaciones religiosas conocidas como bonyads constituyen uno de los pilares de esta estructura. Instituciones como la Fundación de los Oprimidos o Astan Quds Razaví gestionan activos industriales, agrícolas y financieros significativos. Sus actividades incluyen programas sociales, inversión económica y patronazgo institucional.

Estas organizaciones cumplen una función doble. Por un lado, proporcionan recursos económicos y redes de asistencia social. Por otro, crean vínculos entre el estado revolucionario y amplios sectores de la sociedad. Esta relación contribuye a consolidar una base social que no depende exclusivamente de ciclos electorales o de la popularidad de un líder concreto.

El Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán constituye otro elemento central de esta arquitectura. Fundada tras la revolución de 1979 como fuerza destinada a proteger el nuevo orden político, la organización ha evolucionado hasta convertirse en un actor militar, económico y estratégico de primer orden. Su legitimidad interna se basa en la defensa del proyecto revolucionario y de la soberanía nacional. Aunque mantiene una relación directa con el Líder Supremo, su cohesión institucional responde a una identidad organizativa consolidada a lo largo de décadas.

La historia reciente de Irán ofrece varios ejemplos que ilustran esta resiliencia estructural. Durante la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980, el país enfrentó una invasión externa respaldada por varias potencias internacionales. El conflicto produjo devastación económica y un elevado número de víctimas. Sin embargo, el sistema político sobrevivió y emergió con una identidad reforzada como defensor de la soberanía nacional frente a la agresión externa.

Esa experiencia dejó una huella profunda en la cultura política del país. La memoria de la guerra sigue desempeñando un papel importante en la narrativa estatal y en la percepción pública de las amenazas externas. Para amplios sectores de la población, la confrontación con potencias extranjeras se interpreta a través de ese marco histórico.

Los acontecimientos recientes se inscriben parcialmente en esa tradición interpretativa. Los ataques militares contra territorio iraní fueron percibidos por muchos ciudadanos no únicamente como un enfrentamiento entre gobiernos, sino como un desafío a la integridad del país. Esta percepción tiende a reforzar la cohesión interna en momentos de crisis.

Este fenómeno no implica ausencia de tensiones internas. Irán ha experimentado episodios significativos de protesta social en los últimos años. Las movilizaciones de 2009, 2017, 2019 y 2022 reflejaron debates profundos sobre cuestiones económicas, sociales y políticas. Estas tensiones forman parte del paisaje político iraní contemporáneo.

Sin embargo, ninguna de estas crisis produjo un colapso institucional comparable al que algunos analistas habían anticipado. El sistema ha demostrado una capacidad notable para gestionar presiones internas sin comprometer su continuidad fundamental. Esta resiliencia deriva en parte de la combinación de legitimidad ideológica, estructura institucional y memoria histórica.

En este contexto, la estrategia de decapitación política mediante ataques selectivos presenta limitaciones evidentes. La eliminación de figuras individuales puede producir efectos tácticos, pero no necesariamente transforma la lógica estructural del sistema. La República Islámica ha desarrollado mecanismos de continuidad que reducen la vulnerabilidad frente a este tipo de operaciones.

Las comparaciones con otros casos regionales ayudan a ilustrar esta diferencia. En Irak, la caída de Sadam Husein provocó el colapso del aparato estatal porque el sistema dependía en gran medida de su autoridad personal. En Libia, la desaparición de Muamar Gadafi produjo una fragmentación institucional rápida. Ambos casos correspondían a sistemas altamente personalistas.

Irán presenta características diferentes. La República Islámica es un estado con instituciones relativamente consolidadas, una ideología política definida y una base social articulada en torno a la experiencia revolucionaria y la memoria de guerra. Estas características generan una forma de resiliencia política distinta a la observada en otros contextos regionales.

Además, Irán posee una tradición estatal que se remonta a milenios. Las transformaciones políticas del siglo XX se produjeron sobre una base histórica caracterizada por estructuras administrativas, identidades culturales consolidadas y una fuerte conciencia nacional. La revolución de 1979 reformuló el estado existente bajo una nueva legitimidad ideológica, pero no creó una estructura estatal desde cero.

La combinación entre tradición estatal e ideología revolucionaria ha producido un sistema político híbrido. En ciertos aspectos, funciona como una república con instituciones electivas. En otros, mantiene elementos de autoridad religiosa que influyen en la toma de decisiones. Esta complejidad explica por qué las interpretaciones simplificadas suelen fallar.

En el corto plazo, la cuestión central será la selección de un nuevo Líder Supremo. La Asamblea de Expertos deberá identificar a una figura capaz de combinar legitimidad religiosa, experiencia política y aceptación dentro de las principales instituciones del sistema. Las negociaciones entre distintos actores religiosos y políticos suelen preceder a la decisión formal.

El resultado final reflejará el equilibrio interno entre diversas corrientes dentro del establishment iraní. Algunas enfatizan la continuidad doctrinal y la estabilidad institucional. Otras subrayan la necesidad de adaptación frente a cambios sociales y económicos. La sucesión será probablemente un proceso de reajuste interno más que una ruptura estructural.

El martirio de Jamenei representa un momento histórico relevante. Sin embargo, interpretarla como el preludio de un colapso inmediato implica ignorar la lógica institucional que ha definido el funcionamiento de la República Islámica durante más de cuatro décadas.

La arquitectura político-teológica del sistema fue diseñada precisamente para gestionar este tipo de transiciones. Su objetivo central ha sido garantizar continuidad política en un entorno regional caracterizado por conflictos recurrentes y presiones externas persistentes.

Comprender esta lógica requiere analizar el sistema según sus propios parámetros. Las analogías con otros regímenes personalistas ofrecen herramientas limitadas para explicar la dinámica iraní. La República Islámica combina religión, nacionalismo y estructuras estatales en una configuración particular que desafía categorías analíticas convencionales.

La desaparición de un líder no altera necesariamente esa estructura. Lo que se observa en Irán es la activación de mecanismos de sucesión que forman parte del diseño original del sistema. La continuidad institucional depende precisamente de esa capacidad de reemplazo.

En última instancia, la crisis reciente revela menos sobre la fragilidad de Irán que sobre las limitaciones de ciertos marcos de análisis utilizados para interpretarlo. Mientras esas categorías sigan dominando el debate estratégico, es probable que la política iraní continúe generando sorpresas para observadores externos.

Un líder puede desaparecer. Las estructuras que producen su autoridad suelen durar más tiempo. En el caso iraní, esa arquitectura político-teológica ha demostrado hasta ahora una notable capacidad para absorber crisis y seguir funcionando. Entender esa resiliencia es un requisito previo para cualquier análisis serio de la política iraní contemporánea.