Publicada: jueves, 5 de febrero de 2026 19:02

La jornada del miércoles volvió a estar marcada por un eco ya conocido: rumores, amplificados por algunos de los principales medios occidentales, sobre una posible cancelación de las conversaciones nucleares entre Irán y Estados Unidos previstas para este viernes en Omán.

Por Xavier Villar

Durante horas, usuarios de redes sociales y medios de comunicación se entregaron a la especulación, diseccionando las supuestas causas de un fracaso anticipado, incluso antes de que las partes se sentaran a la mesa. El ruido se disipó únicamente cuando el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abás Araqchi, intervino de forma directa y lacónica en su cuenta de X para confirmar que las negociaciones seguían en pie, en la fecha y el lugar acordados.

Lejos de ser un incidente menor, el episodio funciona como un indicador preciso del clima en el que se desarrolla este proceso. Revela la fragilidad estructural de un diálogo condicionado por una desconfianza profunda y por una brecha estratégica que muchos observadores consideran difícil de cerrar.

Más allá del vaivén informativo, el episodio subraya una realidad más incómoda: la dificultad de entablar unas negociaciones en las que cada palabra, cada gesto y cada silencio son interpretados como movimientos tácticos dentro de un tablero geopolítico cuyas reglas no son compartidas y cuyos objetivos finales siguen siendo radicalmente divergentes.

La visión desde Teherán

Desde la perspectiva de la República Islámica, y, en particular, desde la visión estratégica del Líder Supremo, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, la desconfianza hacia Estados Unidos no es una actitud coyuntural ni una herramienta retórica, sino un principio de estado, sedimentado a lo largo de décadas de experiencia histórica.

Este escepticismo estructural, siempre latente, se vio reforzado durante el primer mandato de Donald Trump, y en especial con la retirada unilateral de Washington del Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA) en 2018 y la posterior imposición de la política de “máxima presión”.Para Irán, aquel episodio constituyó la prueba concluyente de la imposibilidad de confiar en los compromisos formales de Estados Unidos.

Sin embargo, la lectura iraní no se limita a la ruptura de un acuerdo internacional. Los acontecimientos más recientes son interpretados en Teherán como la confirmación de un patrón de comportamiento hostil que trasciende el ámbito estrictamente diplomático. La denominada Guerra de los Doce Días, el breve pero intenso intercambio de ataques entre Irán e Israel el pasado mes de junio, no es vista como un episodio aislado.

Se produjo, de hecho, mientras delegaciones iraníes y estadounidenses mantenían conversaciones en Omán en un intento, similar al actual, de desbloquear el expediente nuclear. Este solapamiento temporal no pasó desapercibido y fue leído como una demostración práctica de que Washington es capaz de instrumentalizar el canal diplomático como cobertura, o al menos como elemento de distracción, mientras se preparan o se toleran acciones militares de sus aliados regionales.

En los círculos de seguridad nacional iraníes, esta interpretación no se percibe como una deriva conspirativa, sino como una inferencia lógica basada en precedentes y señales observables. En consecuencia, sentarse hoy a la mesa de negociaciones implica para Teherán una lógica de preparación dual.

 La diplomacia es una herramienta útil, pero no puede disociarse del componente militar de la disuasión. La lección extraída de los acontecimientos de junio ha sido plenamente internalizada: las conversaciones no pueden leerse únicamente en clave diplomática, ignorando la posibilidad de una escalada o de un ataque sorpresa.

Irán acude así a Omán con un discurso que califica de constructivo, pero manteniendo sus capacidades defensivas en estado de alerta elevado y sin alterar, ni un ápice, sus disposiciones estratégicas en la región.

El regreso a la mesa: ¿fracaso de la presión?

En Teherán, el retorno de Washington al diálogo se interpreta a partir de una premisa clara: la diplomacia reaparece no porque la presión haya funcionado, sino precisamente porque no lo hizo.

 Según la lectura iraní, la administración estadounidense partía del supuesto de que una combinación de sanciones económicas asfixiantes, amenaza militar persistente y respaldo explícito a la contestación interna acabaría debilitando al sistema hasta forzarlo a aceptar concesiones de fondo, no solo en el expediente nuclear, sino también en los ámbitos de los misiles y de su red de influencia regional.

Desde la perspectiva de los estrategas iraníes, ese cálculo no ha funcionado. La señalización militar, el recurso reiterado al lenguaje de la fuerza y los intentos de elevar los costes internos mediante una estrategia implícita de cambio de régimen no han generado las concesiones estratégicas esperadas.

Por el contrario, han tendido a reforzar la visión estratégica que considera que cualquier cesión bajo presión no conduce a la estabilización, sino a una escalada de las exigencias. En este sentido, las expectativas en Irán se mantienen deliberadamente bajas. El sistema político, alineado en este punto, aborda las conversaciones con una frialdad metódica: pueden celebrarse, interrumpirse, reanudarse o fracasar sin provocar pánico ni alterar sustancialmente la orientación de la política estatal.

Para la República Islámica, estas negociaciones no constituyen una cuestión existencial. La prioridad no es alcanzar un acuerdo a cualquier precio, sino ejercer un control estricto sobre la agenda y los términos del intercambio. Existe un consenso sólido en torno a varias líneas rojas: el diálogo debe limitarse exclusivamente a la cuestión nuclear, debe desarrollarse en un formato indirecto, mediante intermediarios como Omán, y no puede extenderse a otros expedientes.

 En el momento en que asuntos como el programa de misiles balísticos, las actividades de los aliados regionales de Irán o sus dinámicas políticas internas entran en la sala, las negociaciones dejan de percibirse como técnicas y pasan a ser interpretadas como un instrumento de coerción. Teherán sostiene haber atravesado ya esa experiencia y no muestra disposición alguna a repetirla.

La visión de Washington: la persistencia de la coerción

Desde el otro lado de la mesa, la administración estadounidense parece operar bajo una lógica que choca frontalmente con la lectura iraní. Pese al balance limitado —cuando no negativo— de la política de “máxima presión”, Washington no ha abandonado la premisa de que una combinación calibrada de coerción y diplomacia puede, con el tiempo, producir resultados. En ese sentido, la presencia militar estadounidense en la región, que no solo no se ha reducido, sino que se ha visto reforzada en las últimas semanas, constituye un ejemplo claro de esa estrategia.

Este enfoque refuerza en Teherán la convicción de que Estados Unidos regresa a Omán no desde una posición de repliegue, sino con la expectativa de que la demostración continuada de fuerza, sumada a las tensiones económicas internas, termine por erosionar la posición negociadora iraní.

 El objetivo tácito de Washington, según se percibe en la capital iraní, sigue siendo ampliar el alcance de cualquier entendimiento más allá del expediente nuclear, buscando concesiones que restrinjan la capacidad de proyección de poder de Irán en la región. 

Esta divergencia de objetivos fundamentales constituye el núcleo del antagonismo. Irán aspira a preservar su plena autonomía y soberanía, así como a mantener intactos sus medios de disuasión. Estados Unidos, por su parte, pese a lo difícil que resulta discernir una estrategia claramente definida, parece inclinarse por una presión constante, con la expectativa de que, tarde o temprano, esta termine forzando un cambio de postura en Teherán.

Irán llega al encuentro de Omán con una filosofía deliberadamente sobria y pragmática. No deposita todas sus expectativas en lo que pueda ocurrir el viernes. La diplomacia se concibe como un camino que puede explorarse, pero también abandonarse si se percibe que conduce a una trampa o a una renuncia de principios considerados esenciales. 

En consecuencia, estas negociaciones no deben interpretarse como el preludio de una gran reconciliación, sino como un ejercicio de gestión táctica de un conflicto estratégico que permanece intacto. Omán volverá a ser el escenario en el que se haga visible una verdad incómoda: sentarse a hablar no implica necesariamente hablar el mismo idioma ni perseguir el mismo fin.

Irán, escarmentado por la experiencia, mantiene las expectativas bajo control y sus defensas en estado de alerta. No se trata de pesimismo, insisten en Teherán, sino de un realismo áspero, forjado a lo largo de cuatro décadas de confrontación con una potencia percibida como estructuralmente poco fiable.

La asistencia a las negociaciones no es un acto de fatalismo ni de cinismo; se acude con la intención de evitar un conflicto que amenaza con desbordar la región y generar ondas de inestabilidad en la economía global. Pero al mismo tiempo, se observa al otro lado como un actor imprevisible, inconsistente y sin una estrategia clara.