Publicada: miércoles, 4 de febrero de 2026 3:30

En Revolution of Things, el sociólogo iraní Kusha Sefat, rastrea una relación productiva y a menudo subestimada entre materialidad y lenguaje que ayuda a entender cómo su fusión impregna la política.

Por Xavier Villar

Para mostrar cómo las relaciones cambiantes entre cosas y términos constituyen los fundamentos de distintos modos de acción, Sefat reconstruye la historia política del Irán posrevolucionario desde la intersección entre objetos cotidianos y palabras. El islamismo forjó sus propios objetos en Teherán durante los años ochenta. Cosas aparentemente banales, desde muros hasta zapatos o alimentos, actuaron como agentes políticos activos que contribuyeron a consolidar la República Islámica.

Sefat muestra cómo vocabularios provinciales se transformaron en discursos islamistas a través de la circulación de objetos internacionales, revelando un proceso en el que el cambio político no se produce únicamente en el plano ideológico, sino también en el material. Cada constelación de objetos y términos, sostiene, habilita y clausura formas específicas de agencia, delimitando lo que puede decirse, hacerse y, en última instancia, negociarse.

Es a través de esta lente, donde la política se entiende como un terreno inestable en el que se negocia el significado de los objetos y donde los objetos, a su vez, configuran los límites de lo político, como deben analizarse las palabras de Ali Shamjani, actual asesor político del Líder de la Revolución Islámica de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei. Su entrevista con Al-Mayadeen, en vísperas de las negociaciones con Estados Unidos que comenzarán este viernes 6 de febrero en Turquía, constituye un ejercicio de construcción de significado a través de objetos discursivos y materiales concretos. Shamjani no se limita a hablar de política. Su discurso es un acto material que busca fijar significantes como “pragmatismo”, “fortaleza” o “disuasión creíble” en un momento de peligro extremo, al tiempo que intenta neutralizar otros como “debilidad”, “aislamiento” o “amenaza irracional”.

El uranio como objeto político: precio y significado

La postura nuclear iraní, tal como la expone Shamjani, constituye un caso de estudio especialmente claro de esta dinámica. El uranio enriquecido al 60 % no es solo un material físico. Es un objeto político cargado de significados en disputa. Para Occidente, funciona como símbolo de una ambición situada peligrosamente cerca del umbral nuclear. Para Irán, en cambio, representa soberanía tecnológica, una moneda de negociación y un instrumento de disuasión.

Shamjani actúa directamente sobre este objeto en el plano lingüístico. Rechaza su exportación afirmando que “no hay razón” para hacerlo, pero al mismo tiempo ofrece una reconfiguración de su significado mediante una acción concreta. “Si están preocupados, el enriquecimiento al 60 % puede reducirse al 20 %, pero deben pagar su precio”. Con ello, el uranio deja de ser presentado como una amenaza fija y se convierte en un objeto cuyo valor político depende de las condiciones impuestas por Teherán.

Esta frase resume una lógica de poder clara y pragmática. Reducir el nivel de enriquecimiento no es solo un gesto técnico, sino una modificación material que alteraría su significado político, pasando de ser percibido como una provocación a presentarse como una señal de moderación. Pero ese cambio no sería gratuito. Implicaría un intercambio y un “precio” que Irán define tanto en términos económicos, mediante el alivio de sanciones, como políticos, a través del reconocimiento de sus derechos nucleares y el fin de una política de presión permanente.

Así, el uranio deja de ser un símbolo rígido de confrontación para convertirse en un objeto negociable. La combinación entre el material y el lenguaje abre un espacio concreto para la diplomacia. Al mismo tiempo, Shamjani sitúa ese margen de negociación dentro de límites cuidadosamente definidos. La producción de armas nucleares es haram por una fatua (decreto religioso) del Líder, un principio presentado como inmutable que actúa como ancla interna del sistema y fija las fronteras últimas de lo que puede y no puede discutirse.

La revelación más directa y material de la entrevista es la afirmación de que parte del uranio se encuentra “bajo los escombros” tras actos de sabotaje y que su recuperación es “peligrosa”. Ese uranio dañado y enterrado funciona como una imagen clara de un programa nuclear sometido a presión física constante. Al mismo tiempo, introduce un hecho material que explica zonas de opacidad y dificulta cualquier proceso de verificación.

El mensaje de fondo es sencillo. La política no se desarrolla en el vacío, sino en un mundo de objetos vulnerables, expuestos a ataques, accidentes y límites técnicos. En ese contexto, las palabras de Shamjani buscan anclar la negociación en una realidad física que no puede ignorarse.

Shamjani concede la entrevista vestido con uniforme militar. Desde la lógica que propone Kusha Sefat, el uniforme no funciona solo como un símbolo de firmeza, sino como un objeto activo que condiciona el tipo de discurso posible. Define el espacio de la entrevista y prepara al receptor para un mensaje que se apoya tanto en la disuasión como en la conciliación.

El lenguaje de Shamjani es coherente con ese marco material. Habla de “preparación”, de una “respuesta regional” y advierte de que “esta vez no habrá paciencia”. El objeto y el discurso operan juntos para proyectar una imagen de disuasión creíble, incluso cuando se mencionan vías diplomáticas.

Ese registro contrasta con la forma en que delimita el espacio de negociación. Esta debe ser bilateral, circunscrita exclusivamente a la cuestión nuclear y desarrollarse en un contexto de cese de amenazas. Aquí aparece otro objeto implícito, la mesa de negociaciones, asociada a un modo de actuación distinto, el del interlocutor pragmático y previsible. Shamjani trata así de gestionar el paso entre dos escenarios materiales y políticos muy distintos, del terreno de la confrontación al del diálogo. De que esa transición resulte creíble depende, en buena medida, el futuro de la diplomacia.

La nueva constelación regional: objetos de estabilidad frente a objetos de guerra

El contexto más amplio de estas negociaciones refuerza una de las intuiciones centrales de Kusha Sefat. La circulación de ciertos objetos, materiales y analíticos, acaba transformando las políticas locales. La posición adoptada por Turquía, Catar, Egipto y, Arabia Saudí refleja un cambio profundo en la forma en que la región evalúa el riesgo iraní.

Desde esta perspectiva regional, un ataque a gran escala contra Irán sería un factor de desestabilización tan poderoso que podría acabaría reordenando toda la región en beneficio de un solo actor, Israel. No se trata solo de un argumento político, sino de un cálculo basado en realidades materiales muy concretas. Interrupciones en los flujos energéticos, capitales del Golfo Pérsico bajo amenaza de misiles, sistemas de defensa saturados y la posible destrucción de infraestructuras críticas de enorme valor.

En este marco, la guerra deja de percibirse como una herramienta manejable y se convierte en un objeto político que solo produce un tipo de agencia, la supervivencia en condiciones de caos. Todo lo demás, desarrollo, integración regional, inversión o planes de diversificación económica, queda automáticamente bloqueado. De ahí la emergencia de un frente regional cuyo objetivo principal es impedir que ese objeto, la guerra total, vuelva a circular.

La diplomacia regional busca promover otros objetos. Mesas de negociación, canales de diálogo y acuerdos de seguridad aparecen como alternativas materiales a la confrontación. Oleoductos, rascacielos, aeropuertos y zonas económicas especiales necesitan un entorno de estabilidad para seguir funcionando. En ese sentido, la región empieza a articular un lenguaje de contención mutua que sustituye, poco a poco, al de la acción preventiva.

La elección de Turquía como sede no es neutral. Ankara actúa como un objeto político en sí mismo. Turquía facilita el proceso no por altruismo, sino porque su propio proyecto regional necesita un entorno previsible, no un polvorín permanente.

Conclusión: la forja del objeto por venir

Las negociaciones en Turquía serán, en este sentido, un taller donde se intentará forjar un nuevo objeto político: una región estabilizada, en la medida de lo posible. Su éxito o fracaso no dependerá solo de las palabras, sino de si los objetos materiales en juego: el uranio, el dinero congelado, los sistemas de verificación, los buques en el Golfo Pérsico…

Shamjani deja claro en la entrevista el precio material de esa resignificación. El consenso regional emergente, por su parte, ha mostrado el costo catastrófico de no intentarlo. Como subraya Sefat, los objetos, desde un par de zapatos en los años noventa hasta un barril de uranio enriquecido hoy, no son escenarios pasivos de la política. Son coautores de la misma. 

El objeto que surja de Estambul, ya sea un nuevo acuerdo, una tregua tácita o el preludio de un enfrentamiento, se convertirá, a su vez, en un agente que definirá los límites de lo posible en la región durante la próxima década.