Publicada: lunes, 2 de febrero de 2026 21:35

El regreso del Imam Jomeini en 1979 transformó la cobertura occidental del miedo y la distorsión al asombro ante una revolución de masas.

Por: Ivan Kesic

El 1 de febrero de 1979, mientras el vuelo 4721 de Air France descendía a través del cielo del amanecer rumbo a Teherán, la mirada de los medios de comunicación de todo el mundo no estaba fija únicamente en un avión, sino en la culminación de un relato revolucionario que alteraría de manera irreversible a Irán y redefiniría el panorama político global.

El retorno del Imam Ruholá Jomeini a Irán, el 12 de Bahman de 1357 (1 de febrero de 1979), constituyó un acontecimiento sísmico que acaparó una atención mediática internacional sin precedentes.

Para el cuerpo de prensa internacional, aquel momento representó el acto final dramático del colapso de un aliado occidental clave en la región del Golfo Pérsico: la monarquía Pahlavi.

Su cobertura puso de manifiesto una compleja lucha interpretativa frente a un fenómeno que desafiaba toda categorización simplista: una revolución de masas imbricada con una profunda identidad religiosa, encabezada por un clérigo carismático, ascético y exiliado.

Los medios occidentales, en un primer momento, difundieron temor y distorsión, presentando al Imam como una “reliquia fanática” y a la revolución como una “maniobra soviética”. Sin embargo, cuando millones de iraníes inundaron las calles en una recepción impresionante y espontáneamente organizada, el relato se vio forzado a transformarse.

La mirada de los medios internacionales reveló así una naturaleza dual: pasó de intentos preconcebidos de socavar la legitimidad de la revolución a reconocimientos, renuentes pero sobrecogidos, de su soberanía popular y del liderazgo singular del Imam Jomeini, cuya visión inquebrantable condujo a una nación hacia su destino histórico.

La huida cobarde del Shah según The New York Times

Narrativa preconcebida: temor, distorsión y la “amenaza roja”

En los meses previos a la Revolución Islámica de 1979, los analistas y medios occidentales se enfrentaron a una verdad incómoda: la centralidad indiscutible de la enigmática personalidad y del liderazgo del Imam Jomeini en un movimiento que crecía con rapidez.

Este reconocimiento dio lugar a un enfoque dual en la cobertura mediática, orientado a moldear la percepción pública con el fin de frenar el éxito extraordinario de la revolución, cuyas repercusiones se extendían por toda la región.

Incapaces de ignorar la realidad de su poder unificador, los principales medios estadounidenses y europeos emprendieron una campaña para distorsionar su imagen y la naturaleza del naciente gobierno islámico.

The New York Times, The Wall Street Journal y, de manera destacada, The Washington Post resaltaron selectivamente fragmentos de los escritos del Imam que enfatizaban sus principios islámicos intransigentes, presentándolos no como una ideología coherente de liberación, sino como pruebas de un supuesto “fanatismo regresivo”.

Esta actividad mediática se vio reforzada por esfuerzos diplomáticos destinados a desacreditar el movimiento popular. Figuras políticas como Henry Precht, entonces responsable del área de Irán en el Departamento de Estado estadounidense, calificaron públicamente las palabras del Imam de “engañosas”, contribuyendo así a la manipulación del relato.

El objetivo general era fomentar una ola de islamofobia, construyendo la imagen de un líder “insensible, obstinado y profundamente airado”, cuyo gobierno —según se afirmaba— haría retroceder a la sociedad varios siglos.

Cuando estas tácticas religiosas simplistas resultaron insuficientes, ciertos círculos mediáticos promovieron un análisis alternativo, igualmente defectuoso: la idea de que la revolución era una maniobra de la Guerra Fría, una victoria indirecta de la Unión Soviética.

Esta teoría se derrumbó por su propia falta de lógica, incapaz de explicar por qué un levantamiento supuestamente respaldado por Moscú marginaría al Partido Comunista Tudeh de Irán en favor de un marco claramente islámico.

Estos primeros informes respondían menos al periodismo que a una operación psicológica, un intento de sumergir a la opinión pública mundial en una “conciencia superficial y falsa” al servicio de intereses geopolíticos arraigados.

El cálculo del retorno: un vuelo contra toda probabilidad

La decisión del Imma de regresar a Irán mientras los restos del régimen del Shah y un gobierno interino respaldado por Estados Unidos aún se aferraban al poder en Teherán fue, en sí misma, una historia de profunda audacia que cautivó a la prensa internacional y a periodistas inicialmente reticentes.

Los reportes desde París detallaban los enormes desafíos logísticos y de seguridad. Tras frustrarse el denominado “Vuelo Revolucionario” de Iran Air debido al cierre de aeropuertos ordenado por el gobierno de Bajtiar, el entorno del Imam en Neauphle-le-Château negoció con varias aerolíneas europeas, todas las cuales rechazaron asumir el riesgo.

Solo Air France, tras obtener garantías de autoridades políticas francesas y de las fuerzas revolucionarias en Irán, aceptó fletar el decisivo Boeing 747, cuyo alquiler y seguro fueron cubiertos —según se destacó— por un devoto seguidor del líder iraní.

Los corresponsales extranjeros señalaron las extraordinarias precauciones adoptadas, entre ellas el hecho de que el avión transportara el doble de combustible habitual para poder regresar a París en caso de que se le negara el aterrizaje, un detalle que evidenciaba la tensión palpable del momento.

La escena en el aeropuerto Charles de Gaulle, la noche del 31 de enero, quedó grabada en los despachos periodísticos: un taxista francés, al observar la caravana escoltada por la policía y el foco de la prensa mundial, dijo a un periodista iraní: “Su ayatolá ha sacudido al mundo”.

A bordo, los reporteros describieron una atmósfera casi surrealista: un vuelo sin servicio de alcohol, el Imam descansando serenamente bajo su manto y la ansiedad colectiva ante la idea de que la aeronave era, para esa misión, prácticamente imposible de asegurar.

Sus crónicas transmitían la clara conciencia de estar presenciando un giro histórico potencialmente peligroso; un periodista llegó a afirmar que aterrizar con seguridad en Teherán sería “el mayor éxito de sus carreras”.

Peter Jennings, periodista canadiense-estadounidense y presentador estelar de ABC World News, preguntó célebremente al Imam: “¿Qué siente al regresar a su patria?”. La respuesta fue: “Nada”. Insistió, y la respuesta fue la misma.

Esa palabra única reflejó, como señalaron luego los comentaristas, una fortaleza de carácter extraordinaria.

 El regreso del Imam Jomeini a Teherán

El espectáculo en desarrollo: admiración reticente ante la acogida popular

Cuando el vuelo 4721 ingresó en el espacio aéreo iraní y sobrevoló Teherán a baja altura, las narrativas preconcebidas de los grandes medios occidentales comenzaron a enfrentarse a una realidad visual irrefutable.

Lo que se desplegó a continuación fue un fenómeno humano de tal magnitud y espontaneidad que obligó a recalibrar la cobertura informativa.

Los periodistas extranjeros, descendiendo por la escalerilla del avión tras el Imam Jomeini, se encontraron no solo informando sobre una llegada histórica, sino inmersos en lo que las agencias internacionales pronto denominarían “la mayor recepción del siglo”.

La magnitud numérica se convirtió de inmediato en un punto central. Mientras medios como BBC Radio London ofrecían estimaciones prudentes, agencias como United Press International y la Radio de Colonia, en Alemania, hablaron de entre 4,5 y 6 millones de personas: un río humano que se extendía a lo largo de unos 33 kilómetros, desde el aeropuerto de Mehrabad hasta el cementerio de Beheshte Zahra.

La descripción del diario local Keyhan —“33 kilómetros de flores en el camino de la nueva primavera”— captó una dimensión poética que los informes extranjeros apenas lograban transmitir.

Más impactante que las cifras, sin embargo, fue la naturaleza del acontecimiento. Periodistas de los principales medios occidentales se vieron obligados a señalar un hecho singular y desconcertante: aquella movilización de millones de personas se produjo sin ninguna dirección visible de policía o fuerzas de seguridad.

En sus despachos admitieron que, en cualquier evento comparable en Occidente, una multitud así habría provocado muertes por aplastamiento; sin embargo, allí “no murió nadie”.

Este detalle se convirtió en testimonio de lo que los corresponsales extranjeros denominaron el “crecimiento social y la madurez política” del pueblo, una fuerza orgánica y pacífica que desmontaba los estereotipos de una población supuestamente necesitada de control autoritario.

El rechazo del propio Imam a los planes de una recepción estatal elaborada —insistiendo en que regresaría “como un estudiante” y se mezclaría con el pueblo aun a riesgo de ser “aplastado bajo sus pies y manos”— consolidó aún más la imagen de un líder intrínsecamente ligado a la voluntad nacional, en marcado contraste con el monarca aislado al que había derrocado.

Un discurso que definió una época: Beheshte Zahra y el llamado decisivo

La atención de los medios globales siguió la comitiva del Imam hasta Beheshte Zahra, el cementerio de los mártires de la revolución, donde pronunció su primer gran discurso en suelo iraní.

Este mensaje fue analizado por la prensa internacional no solo por su contenido, sino como el manifiesto político definitivo de la nueva era. Los corresponsales transmitieron su declaración de ilegalidad del gobierno de Bajtiar y su promesa de “golpear a este gobierno”.

Difundieron también su histórico nombramiento de un gobierno provisional basado en el mandato popular, un acto que trasladó formalmente la legitimidad revolucionaria del liderazgo en el exilio a un poder ejecutivo establecido en el país.

Los medios interpretaron su exigencia inquebrantable de erradicar por completo la monarquía títere respaldada por Occidente como la última palabra frente a cualquier posibilidad de compromiso.

De este modo, subrayaron cómo el discurso desmanteló metódicamente las últimas esperanzas del antiguo régimen y de sus aliados extranjeros de alcanzar un arreglo negociado que preservara, aunque fuera de forma atenuada, el marco Pahlavi.

El propio escenario estaba cargado de simbolismo, y los informes extranjeros no pasaron por alto su significado: un líder hablando entre las tumbas de quienes habían caído por la revolución, vinculando el sacrificio pasado con la soberanía futura de la nación.

Este discurso, transmitido y reproducido en todo el mundo, transformó al Imam Jomeini de una figura simbólica de la oposición en el jefe de Estado de facto a los ojos de la comunidad internacional, señalando que la transferencia del poder no era una posibilidad futura, sino una realidad presente.

 La victoria posterior del Imam Jomeini según el Daily Mail

Temblores regionales: cómo reaccionó el mundo árabe

Las ondas de choque del histórico regreso del Immse hicieron sentir de inmediato en el conjunto de la región, y los medios de comunicación internacionales actuaron como conducto de esas reacciones regionales cargadas de ansiedad.

El acontecimiento no fue presentado como una cuestión meramente nacionalista, sino como un fenómeno de carácter más profundo y transformador desde el punto de vista ideológico. En esa misma línea, los reportes procedentes de Egipto recogieron la “profunda alarma” del presidente Anwar Sadat.

Sadat, estrecho aliado del Shah y su primer anfitrión tras huir de Irán, fue citado por la agencia AFP como impulsor de reuniones secretas en las que se opuso enérgicamente a la “politización del islam”, advirtiendo a posibles “ayatolás egipcios” contra la instrumentalización de la religión.

La prensa libanesa informó que el Imam Jomeini se negó a recibir a una delegación religiosa egipcia enviada para persuadirlo de aceptar una monarquía constitucional, lo que evidenciaba su postura inflexible.

Desde el flanco opuesto, los medios señalaron celebraciones en Libia y declaraciones de la Organización para la Liberación de Palestina que anticipaban que el impacto de la revolución se extendería más allá de las fronteras iraníes.

En conjunto, estos informes dibujaban la imagen de un orden regional que comenzaba a resquebrajarse, con autocracias consolidadas reconociendo el retorno del Imam como un desafío potente a su propia legitimidad.

El deseo convertido en política: la descalificación orientalista del régimen israelí

La reacción del régimen israelí ante la Revolución Islámica y el regreso del Imam Jomeini estuvo marcada por un profundo y crítico fracaso de comprensión, filtrado a través de una mirada orientalista despectiva y de una ansiedad geopolítica manifiesta.

Reuters citó a un funcionario israelí no identificado que expresó una honda alarma, señalando que el régimen se preparaba para abandonar a Irán como socio económico.

Dicho funcionario advirtió de un “peligro real” de desestabilización de “Oriente Medio y una parte significativa de África” como consecuencia del auge del “panislamismo religioso”, atribuyendo directamente a los acontecimientos en Irán una nueva tendencia entre jóvenes árabes a adoptar vestimenta tradicional y a seguir a líderes religiosos.

Los relatos israelíes construyeron apresuradamente una imagen de Irán como una sociedad que rechazaba la modernidad, una “utopía oscura” que resucitaba “fuerzas reaccionarias primigenias” responsables de haber desmantelado el supuesto “proyecto modernizador benévolo” del Shah.

Este encuadre, articulado por figuras como Uri Lubrani —último embajador del régimen en el Irán pahlavi—, desestimó la revolución como una “lección extraordinaria del inmenso poder de la irracionalidad”, presentándola como un anacronismo paradójico y carente de lógica.

Incapaces de reconciliar la soberanía popular y la identidad religiosa de la revolución con su propia cosmovisión secular, los funcionarios y medios israelíes se refugiaron en el pensamiento ilusorio y en una hostilidad abierta.

Los titulares de la prensa israelí delataron esta actitud, con columnas de opinión que proclamaban: “Irán se desintegra”, “El caos reina en Irán” y “Jomeini: ¿el comienzo del fin?”.

Este discurso no solo carecía de análisis riguroso, sino que expresaba un deseo explícito de un colapso inmediato de la nueva república, reflejando una incapacidad más profunda para reconocer la auténtica agencia histórica del pueblo iraní.

La respuesta del régimen se convirtió así en un ejercicio de negación, un intento de “hacer desaparecer con el deseo” una profunda transformación civilizatoria y política que alteraba su cálculo regional y dejaba al descubierto los límites de su comprensión.

El artículo de Richard Falk “Confiar en Jomeini”

Testigo en conflicto: defensa académica y retratos en evolución

En medio del torrente de encuadres negativos, comenzaron a emerger en el panorama mediático global algunas lecturas más matizadas, a menudo provenientes del ámbito académico.

Un momento decisivo fue la publicación del artículo del profesor Richard Falk, titulado “Confiar en Jomeini”, en The New York Times, apenas unos días después de la victoria de la revolución.

Falk, catedrático de Derecho Internacional en la Universidad de Princeton, cuestionó directamente las caricaturas mediáticas dominantes. Rechazó interpretar las posturas del Imam como simple “fanatismo religioso” y subrayó la flexibilidad inherente a la jurisprudencia islámica chií.

Sostuvo que la revolución popular, centrada en el pueblo, aspiraba a un modelo distintivo y “no violento” de gobierno islámico, orientado a la justicia social y diferente del de otros Estados musulmanes.

Sin ser acríticas, estas intervenciones ofrecieron un contrarrelato que obligó a los lectores a mirar más allá de los titulares sensacionalistas.

Asimismo, entrevistas anteriores concedidas por el Imam, como la realizada por Lucien George de Le Monde en Nayaf, ya habían proporcionado al público occidental un retrato más complejo.

George describió a un “líder firme, ascético y piadoso”, cuyo poder no provenía de la riqueza material, sino de su “autoridad sobre el pensamiento del pueblo iraní”, una autoridad que se había fortalecido durante el exilio.

Estas piezas, aunque menos numerosas, indicaban que dentro del debate global existía una pugna por comprender las dimensiones intelectuales y espirituales del movimiento, reconociendo al Imam Jomeini como un pensador revolucionario que había elaborado un discurso poderoso e “irreconciliable” capaz de movilizar a toda una nación.

Consecuencias y admisión: cuando la realidad impuso un ajuste de cuentas

En los días inmediatamente posteriores al regreso, la cobertura mediática mundial se convirtió en una crónica en tiempo real de la desintegración del viejo orden, validando la posición del Imam.

Llegaron informes sobre la ocupación de embajadas iraníes en todo el mundo por estudiantes que se declaraban representantes de la “República Islámica”, sobre continuas deserciones militares y sobre el progresivo colapso de la autoridad del gabinete de Bajtiar.

El reconocimiento forzado del liderazgo incontestado del Imam Jomeini se convirtió en un tema recurrente. Associated Press lo describió como el “guía absoluto de Irán”, un hombre de “rostro firme y acerado” que “nunca transigió”.

Este lenguaje, aunque todavía impregnado de la incomodidad occidental, marcó un giro: del retrato del “fanático” a la aceptación de una fuerza política indomable.

El éxito abrumador de la movilización popular y el rápido derrumbe del gobierno alternativo dejaron escaso margen para los relatos despectivos previos.

Los medios se vieron obligados a informar sobre el fenómeno como una revolución consumada, no como un caos potencial. La admisión definitiva quedó implícita en la magnitud y el carácter pacífico de la acogida: un milagro cívico que ningún analista extranjero había previsto y que ningún gobierno hostil pudo desacreditar.

La prensa mundial, en su conjunto, se convirtió en el archivero involuntario de una verdad a la que inicialmente se había resistido: que el regreso del Imam Jomeini no fue una invasión ideológica, sino el retorno a un país que ya había elegido su camino, tanto en su corazón como en sus calles.

La revolución fue televisada, y su autenticidad resultó ser su refutación más poderosa frente a toda distorsión.

Un año después de su muerte, el periodista de The New York Times Philip Shenon visitó la tumba del Imam Jomeini y formuló una observación reveladora para sus lectores occidentales:

“Incluso desde la tumba, el ayatolá Jomeini —tan vilipendiado y temido en Occidente, y aún tan amado por millones de fieles aquí— continúa ejerciendo influencia en la nación que condujo como su máximo líder espiritual durante casi diez años”.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV