Publicada: domingo, 4 de enero de 2026 11:56
Actualizada: martes, 6 de enero de 2026 12:41

La doctrina de ‘seguridad regional compartida’ del general Soleimani no solo sigue vigente, sino que hoy gana fuerza en Asia Occidental frente a la inestabilidad y las agresiones externas.

El teniente general Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán, es definido en las fuentes como el arquitecto principal del poder regional de Irán. Su relevancia no radicaba únicamente en su mando militar clásico, sino en su capacidad para actuar como un estratega activo que influyó directamente en la política exterior de la República Islámica. Fue el centro del Eje de la Resistencia, un símbolo sobre el cual se construyeron los cimientos de la influencia iraní en Asia Occidental.

El general Soleimnai y el alto comandante mártir iraquí, Abu Mahdi al-Muhandis, ambos actores clave en la lucha antiterrorista regional, fueron asesinados en un ataque estadounidense cerca de Bagdad, capital iraquí, el 3 de enero de 2020, por orden directa del entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El general Soleimani no fue únicamente un comandante militar o un político, sino que también se consideraba un destacado teórico que procuraba aplicar sus planteamientos de manera práctica y operativa sobre el terreno.

Una de las teorías más importantes del mártir Soleimani era la idea de la “seguridad regional compartida”, es decir, que la seguridad de la región debía garantizarse de forma colectiva, con la presencia y participación de los países de la propia región. Esta seguridad, además, se define en confrontación con el principal eje de inseguridad en la región, a saber, el régimen sionista.

El general Soleimani impulsaba esta idea por dos vías: en primer lugar, el esfuerzo por unir a los países de la región para garantizar su propia seguridad colectiva; y en segundo lugar, la organización y movilización de grupos con capacidad de convertirse en el Eje de la Resistencia frente a la ocupación, para que en sus respectivos países hicieran frente a las agresiones del régimen sionista.

De estas mismas agrupaciones comprometidas con la independencia y la confrontación con el eje de la inseguridad surgieron los grupos de Resistencia. El más importante de ellos fue Hezbolá del Líbano, que entró en acción para preservar la independencia del Líbano y hacer frente a la ocupación de partes de este país por el régimen sionista, logrando finalmente la expulsión de Israel del Líbano. Hasta hoy, pese a las amplias presiones, Hezbolá sigue siendo el principal pilar en la defensa de la independencia y la integridad territorial del Líbano.

Un proceso similar surgió en Yemen, donde Ansarolá resistió la agresión de algunos países de la región y pasó de ser un grupo militar incipiente a convertirse en una fuerza poderosa y, en la práctica, en un gran ejército regional. Este grupo, durante la guerra de Gaza, se enfrentó de facto a Estados Unidos y al régimen sionista, tomó el control del estratégico estrecho de Bab al-Mandeb y, por esa vía, sometió al régimen sionista a un cerco.

 

Los componentes del Eje de la Resistencia

Junto a estos casos, también se formaron grupos como HAMAS y la Yihad Islámica, y en Siria y otras regiones fuerzas como Fatemiyun y Zeynabiyun acudieron en apoyo del Eje de la Resistencia. Este eje, pese a ciertos acontecimientos y altibajos, incluida la caída de Bashar al-Asad, ha permanecido fuerte.

Hoy el pueblo del Líbano sabe bien que la preservación de la independencia y la integridad territorial de su país depende de la presencia firme y poderosa de Hezbolá. Yemen también se ha convertido en un actor independiente y fuerte. Un grupo como HAMAS, pese a cerca de dos años de intensa presión y agresión por parte del régimen sionista, sigue presente como un actor determinante en la escena, hasta el punto de que países como Estados Unidos se han visto obligados a negociar con este grupo.

De hecho, el proceso de alto el fuego en Gaza se ha desarrollado de forma intermitente y condicionada, mediado principalmente por Egipto, Catar y Estados Unidos, con participación indirecta del régimen de Israel y HAMAS. La implementación ha sido frágil con violaciones recurrentes de la tregua por partes del régimen de ocupación.

El camino de la Resistencia y esta teoría no solo no se detuvieron tras el martirio del general Soleimani, sino que hoy se manifiestan con más fuerza que nunca.

Dado el enfoque agresivo del régimen sionista y proyectos como el del llamado ‘gran Israel’, las agresiones de este régimen contra países árabes, entre ellos Siria, el Líbano y Palestina, la persecución de nuevos objetivos como el reconocimiento de Somalilandia e incluso la agresión directa contra la República Islámica de Irán —que, por supuesto, recibió una respuesta firme—, todo ello demuestra que los países de la región deben unirse frente a este eje desestabilizador.

 

La idea de ‘seguridad regional compartida’ del general Soleimani sigue en marcha

Las posturas adoptadas por los países árabes en apoyo a Irán durante la agresión del régimen sionista, así como sus reacciones colectivas frente a algunas acciones recientes de Israel, demuestran que el eje de la maldad y la inseguridad en la región ha sido correctamente identificado y que la idea de una seguridad regional compartida impulsada por el general Qasem Soleimani continúa en proceso de implementación.

El general Soleimani también es una figura conocida en la “diplomacia de la resistencia”, con la diplomacia significando negociar y utilizar argumentos sólidos para convencer a la otra parte en defensa de los intereses y la seguridad.

Con esa misma lógica, el general Soleimani dialogaba con funcionarios de los países de la región y, mediante encuentros y negociaciones, lograba persuadir a grupos con diferencias étnicas y religiosas para cooperar y resistir de forma conjunta.

En la actualidad, más que nunca, preservar y fortalecer el eje de la resistencia es necesario construir relaciones, profundizar los vínculos con los países de la región y reforzar la cooperación política, así que la diplomacia de la resistencia puede continuar y seguir desarrollándose en esa dirección.

Por todo lo mencionado, el general Soleimani fue el desafío más importante que puso en entredicho el poder disuasorio de Estados Unidos en la región de Asia Occidental. En realidad, Estados Unidos, al asesinar al general Soleimani, intentó reducir la velocidad del declive de su hegemonía en la región y, en consecuencia, a nivel global. Por esta misma razón, tanto de manera oficial como no oficial y a través de sus medios de comunicación, trató de presentarlo como terrorista, sanguinario y belicista, ya que para llevar a cabo su asesinato necesitaba obtener una legitimidad internacional.

A la luz de lo expuesto queda claro que el objetivo que Soleimani perseguía al situarse junto a los pueblos oprimidos de la región era la creación de paz, estabilidad y seguridad regional.

Por lo tanto, su asesinato por parte de Estado de Estados Unidos no se inscribe en la eliminación de un supuesto belicista o derramador de sangre, sino que constituye una acción contraria al derecho internacional, cometida por un país que respalda el terrorismo, contra un héroe que había desafiado su poder en la región y que luchaba por el restablecimiento de la paz y la estabilidad, así como por evitar un mayor derramamiento de sangre entre los pueblos de Siria, Irak, Afganistán y otros países.

Estados Unidos y el régimen de Israel mantienen una alianza estratégica estrecha que ha tenido un impacto significativo en la inestabilidad de Asia Occidental. Washington ha brindado a Israel respaldo político, militar y diplomático sostenido, lo que le ha permitido actuar con amplia libertad en el ámbito regional. Este apoyo incluye ayuda militar masiva, protección sistemática en foros internacionales y coordinación estratégica, consolidando un eje que prioriza la seguridad de Israel como interés central de la política estadounidense en la región.

 

La alianza se expresa de forma concreta en el conflicto palestino-israelí, donde Estados Unidos ha respaldado o tolerado la ocupación de territorios, la expansión de asentamientos y las operaciones militares israelíes en Gaza y Cisjordania ocupada, a pesar de violaciones reiteradas del derecho internacional. Esta postura ha bloqueado iniciativas multilaterales de solución política.

A nivel regional más amplio, la coordinación entre EE.UU. e Israel ha contribuido a la militarización de las tensiones, promoviendo guerras indirectas, sanciones severas y acciones encubiertas que escalan los conflictos en lugar de resolverlos. El resultado ha sido una erosión del orden internacional y un entorno de inseguridad crónica, donde la alianza estadounidense-sionista actúa como un factor central de desestabilización estructural en Asia Occidental.