Por Xavier Villar
El expediente nuclear iraní vuelve a ocupar el centro de la agenda diplomática internacional, pero el desafío no es solo técnico. La negociación enfrenta hoy tensiones sobre interpretación de compromisos, credibilidad de las partes y definición de prioridades estratégicas que determinarán si cualquier acuerdo puede sostenerse en el tiempo.
El objetivo de este análisis es examinar bajo qué condiciones un acuerdo nuclear podría ser viable en el escenario actual. Para ello, resulta imprescindible comenzar por una cuestión previa: qué significa hoy negociar y qué expectativas se proyectan sobre ese proceso. En el debate político contemporáneo, la negociación ha adquirido un estatus casi normativo. Sentarse a la mesa se presenta como prueba suficiente de racionalidad, mientras que cuestionar la utilidad del diálogo se percibe como una postura extremista o irresponsable. Esta simplificación impide evaluar con rigor las condiciones necesarias para que un acuerdo produzca resultados estables y duraderos.
Negociar no es un principio moral ni un acto de buena voluntad abstracto. Es un instrumento político cuya eficacia depende de la distribución real de poder, la credibilidad mutua y la capacidad de cada parte para cumplir sus compromisos. Cuando estos elementos están desbalanceados, la negociación deja de ser un mecanismo de resolución y pasa a funcionar como un instrumento de gestión de presión. En el caso de Irán, esta distinción es fundamental: la política exterior y la seguridad nacional no pueden depender exclusivamente de la buena disposición de interlocutores externos.
Durante más de una década, parte del debate interno en Irán se centró en la idea de que el diálogo con Occidente constituía la vía principal para superar dificultades económicas estructurales y aliviar sanciones. Esa expectativa generó una dependencia política de procesos cuya gestión no reside enteramente en Teherán. El resultado fue una dinámica de espera permanente, donde la resolución de problemas internos quedó subordinada a la evolución de conversaciones externas.
La experiencia acumulada obliga a revisar ese enfoque. La negociación puede reducir costos, estabilizar escenarios regionales y evitar escaladas militares, pero no sustituye la planificación económica ni altera por sí sola la arquitectura del sistema internacional. Presentar el diálogo como un remedio integral ha generado riesgos: paraliza la toma de decisiones internas y crea expectativas irreales sobre lo que un acuerdo puede lograr. Despojar la negociación de esa carga simbólica es el primer paso para analizar con precisión qué tipo de acuerdo es viable y bajo qué condiciones podría sostenerse.
En este contexto, resulta evidente que un entendimiento duradero requiere claridad sobre los límites y objetivos del proceso. Para Irán, negociar no significa ceder sus capacidades esenciales ni comprometer su seguridad. La mesa de diálogo debe ser un instrumento para resolver problemas específicos, no un ritual que sustituya la autonomía estratégica del país. Esto implica establecer de manera transparente los ámbitos de negociación, las líneas rojas nacionales y los mecanismos de verificación que puedan generar confianza sin poner en riesgo la soberanía.
Además, la negociación efectiva depende de una lectura honesta de la historia reciente. La experiencia de acuerdos anteriores muestra que comprometerse sin garantías de reciprocidad y supervisión creíble ha generado frustración y escepticismo tanto dentro como fuera de Irán. Reconocer estas lecciones permite separar expectativas de política interna de las posibilidades reales de diplomacia internacional, estableciendo un marco de negociación basado en la realidad y no en percepciones o deseos.
En síntesis, antes de abordar niveles específicos de tecnología nuclear, sanciones o cronogramas de verificación, es necesario redefinir qué significa negociar. Esto exige reconocer que el diálogo es un instrumento condicionado por el equilibrio de poder y la capacidad de las partes para cumplir lo acordado. La claridad conceptual es la base sobre la que puede construirse un acuerdo estable, justo y que contribuya a la seguridad regional.
Condiciones y límites: la visión iraní de un acuerdo viable
Una vez que se ha definido qué significa negociar, la cuestión central es qué tipo de acuerdo podría sostenerse en el tiempo. Para Teherán, la viabilidad no depende únicamente de la reducción de su capacidad nuclear, sino de que los términos reconozcan su soberanía, garanticen un marco de seguridad estable y proporcionen beneficios tangibles que compensen los costos políticos y estratégicos de cualquier compromiso.
En primer lugar, la agenda de la negociación debe estar claramente delimitada. Tras años de intentos occidentales por ampliar la discusión hacia programas de misiles balísticos y lo que se define como «influencia regional desestabilizadora», Irán ha señalado con claridad que estas cuestiones no son negociables. El foco debe permanecer en el expediente nuclear, limitado a la tecnología de enriquecimiento, la cantidad de uranio almacenado y los mecanismos de verificación. Vincular áreas que Irán considera fundamentales para su defensa nacional solo conducirá a estancamientos prolongados.
En segundo lugar, el tema del enriquecimiento de uranio representa el corazón técnico y político del acuerdo. El concepto de «cero enriquecimiento» ya no es realista ni creíble. La experiencia demuestra que cualquier intento de eliminar completamente la capacidad de enriquecimiento activa la percepción de vulnerabilidad estratégica, algo que Irán no puede aceptar. La postura oficial, repetida en los últimos meses por altos funcionarios como Ali Larijani, es que el derecho al enriquecimiento con fines pacíficos, respaldado por el Tratado de No Proliferación Nuclear, es innegociable.
Al mismo tiempo, Irán ha mostrado disposición a explorar compromisos prácticos que reduzcan riesgos de proliferación y generen confianza. La propuesta incluye limitar temporalmente la concentración de uranio altamente enriquecido, establecer niveles verificables de reservas y permitir inspecciones internacionales estrictas en puntos clave. Esto no implica la desarticulación de su programa nuclear, sino su gestión dentro de un marco transparente y controlable. Es un equilibrio delicado: garantizar que los avances tecnológicos no se utilicen para fines militares, sin comprometer la capacidad de Teherán de mantener autonomía estratégica y avanzar en aplicaciones civiles y médicas.
El tercer eje de un acuerdo duradero es la seguridad jurídica y económica. La experiencia del Plan Integral de Acción Conjunta de 2015 dejó en claro que la palabra de una administración estadounidense puede ser revocada por su sucesor. Para evitar que la historia se repita, Irán considera esencial que cualquier acuerdo incluya mecanismos de anclaje robustos, que garanticen la estabilidad de los beneficios y la continuidad del cumplimiento.
El cuarto componente es el cronograma y los mecanismos de verificación. Irán ha dejado claro que acepta supervisión internacional a través del Organismo Internacional de Energía Atómica, en el marco de salvaguardas estrictas. Sin embargo, insiste en que los acuerdos deben tener un horizonte definido, con un marco temporal que permita la normalización progresiva de relaciones y evite la congelación indefinida de capacidades tecnológicas legítimas. Un plazo de 15 a 20 años, similar al JCPOA, es visto como un punto de partida razonable, siempre que se acompañe de estrategias de transición hacia la integración económica y diplomática regional.
Finalmente, un acuerdo sostenible exige reconocimiento político mutuo. Para Irán, la negociación no puede ser solo técnica; debe reflejar una relación de respeto a la soberanía y la agencia histórica del país. Los acuerdos unilaterales o impuestos desde el exterior no son viables. La diplomacia efectiva requiere que Washington y sus aliados comprendan que la capacidad de Teherán de mantener sus intereses estratégicos, económicos y de seguridad es un prerrequisito para cualquier entendimiento.
Riesgos y condiciones para la estabilidad
Incluso con límites claros y mecanismos de verificación, la negociación permanece vulnerable a factores externos. Cambios políticos en Estados Unidos, tensiones regionales no resueltas y presión de actores que buscan mantener un statu quo hostil pueden minar cualquier acuerdo. Por ello, el diseño de un acuerdo nuclear viable debe contemplar no solo las condiciones técnicas y políticas, sino también la resiliencia frente a escenarios de ruptura parcial. Esto incluye cláusulas de ajuste, mecanismos de resolución de disputas y canales de comunicación que permitan manejar conflictos sin comprometer la estabilidad general.
Otro riesgo identificado por los analistas iraníes es la percepción interna de debilidad. Un acuerdo que no refuerce la posición estratégica de Teherán podría ser interpretado como una capitulación. Por ello, cualquier propuesta debe equilibrar compromisos internacionales con mensajes claros de soberanía y capacidad de decisión autónoma, reforzando la legitimidad del liderazgo frente a la sociedad.
En la práctica, esto significa que un acuerdo viable combina tres elementos simultáneos: limitaciones técnicas verificables, beneficios económicos tangibles y garantías de soberanía política. La ausencia de cualquiera de estos elementos debilita la posibilidad de cumplimiento efectivo. Esta visión pragmática, basada en la experiencia de más de una década de negociaciones, refleja un enfoque estratégico donde el objetivo no es simplemente sentarse a la mesa, sino producir resultados sostenibles que respeten los intereses nacionales.
Conclusión: realismo pragmático
El camino hacia un acuerdo nuclear viable en Ginebra no será sencillo. Requiere claridad conceptual sobre qué significa negociar, definición de límites precisos, mecanismos de verificación confiables y garantías económicas y políticas que aseguren estabilidad. Para Irán, la negociación no es un acto de debilidad ni una concesión simbólica: es una herramienta para administrar riesgos y fortalecer su posición estratégica. Para Estados Unidos y la comunidad internacional, significa aceptar que Teherán posee líneas rojas legítimas, intereses históricos y capacidad tecnológica que no pueden ser eliminados sin generar desequilibrios graves.
La viabilidad de un acuerdo dependerá de que ambas partes comprendan la negociación como un proceso condicionado por poder, credibilidad y reciprocidad, no como un ritual destinado a satisfacer expectativas simbólicas. Solo así puede surgir un marco que combine control técnico, beneficios tangibles y respeto mutuo, y que, a diferencia de experiencias anteriores, tenga posibilidades reales de mantenerse en el tiempo.
