Publicada: lunes, 16 de febrero de 2026 21:44

La Conferencia de Múnich 2026 excluye a Irán y da voz a promotores del cambio de régimen, desatando críticas por su intervencionismo.

Por: Yousef Ramazani

En la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026, foro vinculado a la OTAN que pretende erigirse en paladín de la paz y la democracia, figuran entre los asistentes entusiastas defensores de la guerra contra la República Islámica de Irán.

Como afirmó sucintamente el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Seyed Abás Araqchi, la cumbre —tan publicitada— se ha convertido en un “circo” en lo que respecta a Irán, donde “la puesta en escena prima sobre la sustancia”.

“La Unión Europea parece confundida, anclada en su incapacidad para comprender lo que ocurre dentro de Irán”, escribió el jefe de la Diplomacia iraní en X, anteriormente Twitter, el sábado.

La conferencia de este año, inaugurada el viernes en Múnich, ofreció una plataforma a controvertidos belicistas como Reza Pahlavi, Masih Alineyad y Nazanin Boniadi, quienes han promovido activamente la intervención militar extranjera y el “cambio de régimen” en Irán.

La cumbre se proyecta como un acontecimiento global de primer orden para abordar los desafíos de seguridad más apremiantes del mundo mediante el diálogo y la diplomacia. Sin embargo, las sesiones de este año revelan su verdadera motivación, particularmente en el tratamiento de los asuntos relacionados con la República Islámica de Irán.

Por tercer año consecutivo, se excluyó a funcionarios del gobierno iraní, mientras se habilitaba el escenario para que figuras como Pahlavi y sus patrocinadores neoconservadores estadounidenses se entregaran a una retórica de confrontación.

Una sesión pública titulada “¿Romper o repetir el ciclo? El próximo capítulo de Irán”, moderada por la periodista de CNN Christiane Amanpour, contó con la participación de Pahlavi y Boniadi, lo que suscitó interrogantes fundamentales sobre si tales encuentros fomentan genuinamente la paz o si, por el contrario, funcionan como cámaras de resonancia de las agendas geopolíticas de Estados Unidos y sus aliados europeos.

La amplificación de voces que abogan explícitamente por la acción militar contra Irán, coordinada con manifestaciones paralelas de signo belicista en Múnich, Toronto y Los Ángeles, puso de relieve una tendencia inquietante: lo que se presenta como un foro para el diálogo en materia de seguridad se asemeja cada vez más a un escenario para orquestar campañas de presión, en lugar de facilitar un compromiso auténtico.

Arquitectura de la exclusión

La decisión de los organizadores de la Conferencia de Seguridad de Múnich de excluir sistemáticamente a los representantes del gobierno iraní, al tiempo que brindan tribuna a individuos que defienden abierta y sin ambages el “cambio de régimen”, constituye —según expertos— una desviación significativa de la práctica diplomática tradicional.

Esta política selectiva de invitaciones, mantenida durante tres años consecutivos, envía la señal de que ciertas voces son consideradas ilegítimas con independencia de su estatus oficial o representatividad.

Al enmarcar los asuntos iraníes sin la participación de quienes gobiernan el país, la conferencia habría creado un espacio narrativo artificial en el que figuras de la oposición presentan sus perspectivas sin contrapunto alguno.

Tal curaduría, estiman los analistas, moldea inevitablemente la forma en que los asistentes y los observadores internacionales comprenden realidades nacionales complejas.

La pretensión de facilitar el diálogo resulta cuestionable cuando una de las partes potenciales es sistemáticamente privada de participación, mientras que sus críticos más vehementes reciben un protagonismo destacado, señalaron expertos al sitio web Press TV.

Reza Pahlavi (izda.) y el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski

El hijo de un dictador exiliado que aboga por la acción militar

Reza Pahlavi, hijo del último monarca iraní, depuesto en la Revolución Islámica de 1979, fue uno de los asistentes clave, semanas después de haber presidido disturbios mortales en Irán que, según se afirma, dejaron más de 3000 fallecidos.

La presencia de Pahlavi en Múnich, incluido un encuentro con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski y conversaciones con senadores estadounidenses neoconservadores como Lindsey Graham, representa décadas de intentos del autodenominado “príncipe heredero” en el exilio por posicionarse como alternativa al actual gobierno iraní.

Observadores subrayan que su defensa constante de la intervención extranjera entra en conflicto frontal con los principios de soberanía nacional y autodeterminación.

Sus llamados a intensificar las sanciones, el aislamiento diplomático y la denominada “intervención humanitaria” invitan a potencias externas a presionar —e incluso a comprometerse militarmente— contra Irán.

La promoción de figuras que impulsan acciones militares extranjeras contra su propio país de origen, especialmente cuando carecen de mandato electoral o apoyo popular verificable, suscita serias dudas sobre su legitimidad, sostienen analistas.

En una concentración celebrada en Múnich el sábado, a la que asistió un reducido grupo de simpatizantes, Pahlavi afirmó estar dispuesto a conducir al país hacia un “futuro democrático y secular”. Irónicamente, tales declaraciones se produjeron un día después de asegurar a Amanpour, de CNN, que no aspiraba a la corona ni a título alguno, evidenciando contradicciones.

Cuando Lindsey Graham fue interrogado por Amanpour en la misma sesión acerca de si apoyaba a Pahlavi como posible líder de Irán, el senador estadounidense, conocido por su postura beligerante, respondió claramente “no”, en un momento incómodo para el hijo del antiguo monarca.

El historial de Pahlavi revela vínculos prolongados con redes que promueven la máxima presión contra Irán, incluidas asociaciones con figuras neoconservadoras y organizaciones estrechamente alineadas con las perspectivas del gobierno israelí.

Durante la campaña de “máxima presión” de la administración Trump, apoyó de forma explícita políticas que organizaciones humanitarias internacionales documentaron como causantes de graves penurias para la población iraní.

Su posterior visita a territorios ocupados por Israel, donde expresó respaldo a políticas de línea dura del régimen israelí sin aludir a las preocupaciones palestinas, subraya asimismo su alineamiento con actores regionales opuestos a la República Islámica.

El proyecto monárquico de Pahlavi enfrenta desafíos de credibilidad que van más allá de su falta de apoyo interno. Documentación histórica indica que, durante la guerra impuesta de la década de 1980, buscó asistencia israelí para organizar un golpe contra el gobierno iraní, plan que finalmente fracasó pero que reveló su disposición a colaborar con potencias extranjeras en un período de vulnerabilidad nacional.

Su biografía personal, que incluye reconocidas dificultades financieras y litigios con antiguos colaboradores, contrasta marcadamente con la imagen de liderazgo que proyecta en escenarios internacionales.

Una actriz fracasada y sus asociaciones controvertidas

La participación de Boniadi en la cumbre de Múnich refleja un patrón más amplio de figuras del ámbito cinematográfico que asumen roles políticos vinculados a Irán, en estrecha sintonía con las perspectivas de gobiernos occidentales.

Desde 2009, la ex actriz iraní se ha desempeñado como portavoz de Amnistía Internacional Estados Unidos y ha participado en campañas supuestamente centradas en los “derechos humanos” en Irán. La cobertura de Irán por parte de Amnistía ha sido ampliamente criticada por su falta de matices y sesgo manifiesto, y Boniadi ha sido parte clave de ese impulso.

Su actividad fuera de la pantalla la ha vinculado con asociaciones que suscitan interrogantes sobre la autoridad moral con la que aborda los derechos humanos. En particular, su colaboración con Harvey Weinstein en campañas de Amnistía Internacional en apoyo a cineastas iraníes ha sido objeto de escrutinio a la luz de las posteriores condenas de Weinstein por agresión sexual y violación.

Las fotografías de Boniadi posando junto a Weinstein —imágenes de las que nunca se ha distanciado públicamente— contrastan de forma llamativa con su defensa de los derechos de las mujeres y sus críticas a quienes facilitan estructuras de poder abusivas.

Nazanin Boniadi y Harvey Weinstein

 

En una entrevista de 2019, Boniadi habló sobre el abuso sistémico y las redes de complicidad que protegen a depredadores poderosos, estableciendo paralelismos con la manera en que los regímenes opresivos mantienen el control. La ironía de formular tales observaciones mientras mantenía vínculos con un depredador condenado, según analistas, socavó su credibilidad moral, que descansa en la coherencia de sus posturas.

El historial personal de Boniadi también incluye una implicación de una década con la Iglesia de la Cienciología, incluida una relación supuestamente pública con Tom Cruise.

Aunque desde entonces se ha distanciado de dicha organización, su trayectoria —de la Cienciología a la defensa de los derechos humanos— ilustra cómo los círculos mediáticos y de activismo occidentales a menudo acogen a figuras cuyos antecedentes, en otras circunstancias, suscitarían dudas sobre su criterio y sus asociaciones.

Documentos filtrados revelan una estrategia organizada

Más allá de la conferencia en sí, documentos filtrados que circulan entre redes monárquicas sugieren esfuerzos coordinados para movilizar a comunidades de la diáspora en apoyo de la intervención extranjera contra Irán. Difundidos a través de WhatsApp y Telegram, estos materiales llaman explícitamente a la acción militar y al cambio de régimen, presentando dicha intervención como promotora de intereses estratégicos occidentales.

Un comunicado obtenido por el sitio web Press TV reza: “Nuestra petición: exigimos la aprobación inmediata de un ataque militar y un cambio de régimen. Devuelvan la seguridad a Estados Unidos, la paz al mundo y a Oriente Medio, y la libertad a Irán”.

El documento detalla además cómo un Irán posterior a la invasión serviría a intereses extranjeros, incluyendo “contener a China y Rusia con un aliado estratégico, permitir a empresas estadounidenses acceder al mercado iraní, dado que Irán posee el nueve por ciento de los recursos mundiales”, y propone sufragar los costos de la guerra “con petróleo y oro”.

Un asesoramiento mediático de diez puntos, difundido en círculos monárquicos, proporciona instrucciones detalladas para generar visibilidad internacional a protestas programadas para coincidir con la conferencia de Múnich.

Se insta a los partidarios a concentrarse en Washington, Londres, París, Los Ángeles y otras grandes ciudades, enfatizando la proximidad a centros mediáticos más que el tamaño real de las multitudes. Los lemas deben estar en inglés y centrarse estrictamente en el “cambio de régimen” y el “ataque militar”, enmarcados explícitamente como preocupaciones de seguridad occidentales y no como asuntos internos iraníes.

El documento alienta además el uso de herramientas de inteligencia artificial para producir en masa carteles y compilar listas de contacto de periodistas, e instruye a los participantes a portar banderas de los países anfitriones y posicionarse para fotografías aéreas con el fin de crear la impresión de multitudes mayores. Una directriz incluso sugiere que los participantes sean llevados “aunque sea por la fuerza”, priorizando la óptica sobre el compromiso genuino.

La convergencia de esta estrategia coordinada con la conferencia de Múnich —donde las mismas figuras promovidas por estas redes reciben tribuna— ilustra cómo las fronteras entre la expresión espontánea de la diáspora y las operaciones de influencia planificadas centralmente se han vuelto cada vez más difusas.

Cuestión de legitimidad: ¿quién habla en nombre de quién?

La elevación de figuras de la diáspora en foros internacionales plantea interrogantes fundamentales sobre representación y legitimidad. Pahlavi ha vivido fuera de Irán durante más de cuatro décadas, tras abandonar el país siendo niño en medio de la revolución que derrocó el régimen de su padre.

Boniadi nació en Teherán pero fue criada en Londres desde la infancia, desarrollando su carrera íntegramente en contextos occidentales. Alineyad, otra promotora del “cambio de régimen” que también participa en la cumbre de este año, ha residido durante años en Estados Unidos y Europa, financiada por agencias de inteligencia estadounidenses.

Ninguna de estas figuras ocupa cargo electivo alguno ni ostenta un mandato demostrable de la ciudadanía iraní. Ninguna participa en los procesos políticos que pretende influir desde el extranjero.

Su autoridad para hablar en nombre de los iraníes deriva exclusivamente de las plataformas que instituciones occidentales deciden concederles, plataformas que confieren legitimidad a través de la visibilidad y no de una conexión orgánica con las poblaciones que afirman representar.

Mientras tanto, millones de iraníes que participan en elecciones, instituciones políticas y la vida social del país permanecen inaudibles en foros como la Conferencia de Seguridad de Múnich. Sus representantes son excluidos, sus voces silenciadas y sus perspectivas consideradas irrelevantes en debates sobre su propio futuro.

La defensa de la intervención al servicio de agendas extranjeras

Las posturas promovidas por las figuras destacadas en la conferencia de Múnich se alinean estrechamente con los objetivos estratégicos de potencias que buscan desestabilizar y socavar la seguridad de Irán.

Los llamados a intensificar las sanciones, el aislamiento diplomático y el “cambio de régimen” externo sirven a intereses fundamentalmente opuestos a la soberanía iraní y a su política exterior independiente.

Los documentos filtrados enmarcan explícitamente la intervención como un servicio a agendas extranjeras, prometiendo que un Irán posterior a la intervención contendría a China y Rusia, abriría sus mercados a empresas estadounidenses y reembolsaría los costos de la intervención con recursos nacionales.

Este encuadre reduce el futuro de Irán a una mercancía susceptible de intercambio en beneficio ajeno, perspectiva diametralmente opuesta a un nacionalismo auténtico o a una preocupación genuina por el bienestar del pueblo iraní.

Cuando la defensa de la diáspora refleja sistemáticamente los objetivos de potencias que buscan debilitar a Irán, cuando la financiación se vincula a agencias gubernamentales u organizaciones afines, y cuando la coordinación con funcionarios extranjeros precede a campañas públicas, la línea entre expresión auténtica y operaciones de influencia orquestadas se torna difusa.

¿Diálogo o escenificación?

La gestión de los asuntos relacionados con Irán en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 vuelve a poner de manifiesto la brecha entre el compromiso proclamado del foro con el diálogo y su función efectiva como escenario para promover narrativas belicistas contra naciones independientes.

Al excluir a representantes iraníes legítimos y democráticamente elegidos, mientras eleva a figuras que abogan por la intervención extranjera, la conferencia indica que su interés no reside en el intercambio genuino, sino en amplificar voces alineadas con determinadas agendas geopolíticas.

Las protestas coordinadas, los documentos estratégicos filtrados y la constante sintonía de los oradores destacados con posiciones de gobiernos extranjeros sugieren que lo que aparenta ser una expresión espontánea de la diáspora es, cada vez más, el resultado de campañas organizadas destinadas a generar visibilidad para objetivos intervencionistas.

El uso de inteligencia artificial, la colocación estratégica en medios y las instrucciones de priorizar la óptica sobre la participación auténtica reflejan una comprensión sofisticada de la manipulación mediática contemporánea para crear impresiones de consenso allí donde no existe.

Para quienes están comprometidos con la paz, la soberanía y un diálogo internacional genuino, la evolución de la conferencia de Múnich plantea interrogantes inquietantes.

Cuando foros de seguridad se convierten en plataformas para promover acciones militares contra Estados soberanos, cuando la retórica humanitaria sirve a agendas intervencionistas y cuando la exclusión sustituye al compromiso, los cimientos del intercambio diplomático se ven socavados.

Las voces más esenciales para resolver diferencias —quienes gobiernan y quienes viven bajo los sistemas objeto de debate— son silenciadas, mientras figuras sin mandato y con alineamientos demostrados con potencias extranjeras ocupan el centro del escenario.

Si tales prácticas servirán finalmente a la paz o, por el contrario, afianzarán el conflicto, es algo incierto. Lo que resulta claro es que la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026, en su tratamiento de Irán, demuestra cuán fácilmente los foros dedicados a la seguridad pueden transformarse en instrumentos de inseguridad, cómo las plataformas concebidas para el diálogo pueden amplificar llamados a la confrontación y cómo el lenguaje de los derechos humanos puede instrumentalizarse para promover agendas muy alejadas del bienestar de las mismas personas cuyos derechos se invocan.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV