Por: Sheida Eslami *
La nueva ola de reportes en los medios principales de Austria, especialmente en Der Standard y Falter, ha vuelto a colocar a Irán y a los medios asociados con este en la esfera pública como un tema “generador de crisis”.
Esta vez, el pretexto no es directamente la actividad de una cadena televisiva, sino más bien la presencia profesional de individuos, cursos de formación bajo el título de "paz" y conexiones mediáticas dentro del marco de un organismo profesional: el Club de la Prensa Austriaco.
Sin embargo, el tono, el encuadre conceptual y el lenguaje cargado de valores de estos reportes indican que no estamos ante una discusión caso por caso o una simple preocupación profesional. Más bien, estamos siendo testigos de la reproducción del mismo patrón familiar que previamente se utilizó al tratar con Press TV, la principal red mediática internacional de Irán.
El informe de Der Standard del 9 de febrero de 2026, centrado en las “conexiones iraníes” y cuestionando la legitimidad de un curso de formación, efectivamente comenzó desde el mismo punto en que ya había predeterminado su conclusión deseada: Cualquier vínculo profesional con Irán es potencialmente considerado como una amenaza a la independencia de los medios.
Falter continuó esta línea de manera más explícita y, al usar términos como “propaganda,” intentó redefinir estas conexiones no dentro del marco de intercambio mediático, sino como influencia política. En uno de sus reportes, la publicación semanal abordó una nueva ola de críticas contra el Club de la Prensa Austriaco, esta vez vinculada a la acusación infundada de “promover las narrativas de la República Islámica de Irán”.
El informe, publicado el 10 de febrero, indicaba que la cooperación de algunos miembros del club con instituciones y medios afiliados a Irán —incluyendo la participación en programas de formación o medios— ha causado preocupación entre una parte de la comunidad mediática de Austria.
Los observadores de los medios afirman que estas colaboraciones no se llevan a cabo dentro del marco del intercambio profesional, sino en dirección a normalizar o reproducir lo que se denomina “la propaganda del gobierno iraní”.
Al referirse al papel de los medios iraníes en la política exterior de la República Islámica de Irán, Falter intentó redefinir estas conexiones dentro de un contexto político y de seguridad, escribiendo que el Club de la Prensa Austriaco, al ignorar las sensibilidades existentes, ha puesto en peligro su credibilidad profesional.
Al mismo tiempo, el informe reconoció implícitamente que no existe una prohibición legal clara contra tales formas de cooperación. Sin embargo, la presión mediática y la atmósfera política que se ha creado han colocado al club en una posición defensiva, convirtiéndolo en el centro de una controversia pública.
En ambos textos, sin embargo, lo que sorprendentemente falta es un examen detallado caso por caso, una distinción entre actividad profesional y lo que se etiqueta como “propaganda estatal” y, lo más importante, la aplicación de los mismos estándares que estos medios utilizan cuando tratan con otros actores internacionales.
Este es precisamente el punto en el que el vínculo entre esta nueva ola y un artículo previamente publicado en el sitio web de Press TV adquiere relevancia.
En ese artículo, el argumento principal se basaba en la premisa de que el trato a Press TV en Austria y Europa no era el resultado de una violación legal específica, sino el producto de una especie de “hostilidad estructural”; una hostilidad en la que los medios fuera de la esfera occidental son puestos en la posición de acusados desde el principio, y luego todas sus actividades son reinterpretadas bajo conceptos como amenaza, influencia u operaciones de inteligencia.
Ese artículo mostró cómo las presiones fueron impulsadas por los medios y por el discurso antes que por la legalidad, y cómo se preparó la opinión pública de antemano para aceptar las restricciones.
Lo que vemos hoy en el caso del Club de la Prensa Austriaco es la continuación de la misma lógica, con la diferencia de que esta vez el círculo de objetivos se ha ampliado. El tema ya no es solo una cadena televisiva, sino cualquier individuo, institución o iniciativa dispuesta a cruzar los límites definidos por la narrativa dominante.
El concepto de “periodismo de paz” se introduce de manera significativa en este contexto, un concepto que, por su naturaleza, debería basarse en el diálogo, el pluralismo y la crítica de las narrativas dominantes, pero dentro de este marco mediático, se considera aceptable solo cuando es políticamente “inofensivo” para las instituciones alineadas con los medios y el aparato de propaganda occidentales.
Un análisis más cercano muestra que estos enfrentamientos están menos arraigados en preocupaciones profesionales que en una ansiedad más profunda dentro de la estructura mediática occidental: la ansiedad por el colapso del monopolio interpretativo.
Medios como Press TV, independientemente de estar de acuerdo o en desacuerdo con su contenido, encarnan la realidad de que la narrativa del mundo ya no es producida por un único centro.
La reacción aguda, etiquetadora y, a veces, histérica ante cualquier señal de este pluralismo es un intento de restaurar el viejo orden, un orden en el que “la libertad de los medios” no es un concepto universal, sino un privilegio cuya legitimidad debe ser afirmada por aquellos que respaldan los estándares occidentales.
La contradicción fundamental reside precisamente aquí: Los medios que se consideran guardianes de la transparencia y la libertad de expresión, en la práctica, promueven un entorno en el que la cooperación profesional con ciertos medios se considera sospechosa desde el principio, no sobre la base de las acciones, sino sobre la base de la identidad; no sobre la base de evaluar el sesgo hacia el imperialismo, sino sobre la base de las etiquetas que se adjuntan a cualquier voz que difiera de y quede fuera de la pista de los medios principales occidentales.
Esta es la misma lógica peligrosa que, de consolidarse, vacía desde dentro la independencia profesional del periodismo y la subordina a consideraciones geopolíticas, intereses facciosos y a un oportunismo unilateral centrado en el poder.
En última instancia, las nuevas presiones sobre el caso del Club de la Prensa Austriaco deben entenderse no como una desviación, sino como parte de un proceso: un proceso que anteriormente apuntó a Press TV y hoy apunta a cualquier forma de cooperación, formación o presencia mediática vinculada a Irán.
Más que nada, este proceso señala una crisis de autoconfianza mediática en Occidente, una crisis que, en lugar de confrontar narrativas rivales mediante debate, crítica y comparación, ha optado por el camino más sencillo de etiquetar y excluir gradualmente. Y bajo las condiciones actuales, cuando Irán está en el centro de atención de las personas libres, los periodistas independientes y las conciencias despertadas de todo el mundo, esta crisis se está intensificando.
La experiencia ha demostrado que tal camino no conduce al fortalecimiento de la libertad de los medios, sino al debilitamiento de los mismos principios que estos medios afirman defender, y finalmente les quita la máscara.
* Sheida Eslami es escritora, poeta, asesora mediática y crítica cultural radicada en Teherán.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
