Por: Mohammad Akhgari *
Hoy, el mundo no carece ni de revelaciones ni de información. Documentos, imágenes, nombres y relatos circulan sin cesar, y el escándalo se ha vuelto algo cotidiano.
Lo que se ha vuelto escaso no es la verdad en sí, sino la respuesta moral ante ella. El escándalo Epstein no es ni el primero ni será el último. Lo que lo convirtió en emblemático de una condición más amplia fue el silencio: un silencio nacido no de la ignorancia, sino de la habituación.
En tiempos anteriores, el escándalo señalaba un momento moral. Ver conducía al juicio, y el juicio a la vergüenza. La parábola del “rey desnudo” tenía peso precisamente porque la exposición del poder implicaba su posible colapso.
Hoy, sin embargo, el rey está desnudo, documentado, nombrado y, aun así, permanece en pie. No porque la verdad esté oculta, sino porque el juicio ha dejado de funcionar.
El mundo ve, pero no siente la obligación de actuar sobre lo que ve.
Esta condición puede denominarse Epsteinización del poder: un estado en el que el poder funciona no negando la ética, sino independizándose de ella. El poder Epsteinizado sabe que la exposición ya no es peligrosa porque la sociedad carece de un estándar compartido de juicio.
La rendición de cuentas ha cedido ante la gestión del escándalo, y la ética se ha reducido de principio estructurante de la política a un margen tolerable.
Cuando esta lógica se replica globalmente –en la intersección de política, capital, medios y neocolonialismo– nos enfrentamos a un fenómeno generalizado que podría llamarse Epsteindemia neocolonial: una pandemia estructural de inmoralidad en un mundo donde la inmunidad se ha vuelto contagiosa.
Componentes de la Epsteindemia de la inmoralidad
La Epsteindemia de la inmoralidad no es fruto de un error individual ni de una desviación pasajera. Surge de la convergencia de componentes estructurales que se han consolidado gradualmente en el mundo liberal-democrático tardío.
Lo que colapsa no es la ética como valor, sino la propia capacidad de juicio moral.
Vaciamiento de la ética basada en normas de su fuerza vinculante
Una ética fundada únicamente en reglas, leyes y supervisión externa es efectiva solo mientras persista un sentido interno de obligación.
En la política posvergüenza, las reglas permanecen, pero la condición moral de obedecer ha colapsado. La ley se aplica, pero ya no manda reverencia.
La transgresión deja de ser excepción y pasa a formar parte del cálculo del poder; la ética basada en normas se neutraliza frente a un poder que ya ha aceptado el costo de la violación.
Erosión de la piedad interna ante la ausencia de un horizonte trascendente
Con el colapso de referencias sagradas y observadores externos, la conciencia autónoma debía llenar el vacío. Sin embargo, lo que se erosionó no fue la fe, sino el propio criterio de juicio.
La piedad se convirtió en preferencia, y la conciencia, en sentimiento. La humanidad en este mundo sin Dios no necesariamente se vuelve más mala, pero se vuelve menos capaz de juzgar. En tal paisaje, la ética ya no manda; solo describe.
Maquiavelismo estructural del poder
En esta condición, el maquiavelismo no es doctrina explícita ni elección individual, sino la lógica predeterminada del sistema.
El poder se distancia de la ética no por supervivencia, sino por eficiencia. El mal se redefine, no como mal, sino como “costo manejable”. La Epsteinización del poder ocurre precisamente aquí: donde la ética no se rechaza ni se abraza, sino que se elimina de la ecuación de decisión.
Transformación de la riqueza en criterio social de juicio
El problema no es el placer ni la riqueza per se, sino que han sustituido los criterios morales. El éxito, la visibilidad y el disfrute se convierten en medidas de juicio, y el escándalo importa solo cuando obstaculiza el consumo o el ascenso social.
Si no lo hace, se normaliza rápidamente. Esta normalización puede llamarse fatiga Epstein: un entumecimiento moral producido por la saturación de la conciencia.
Tragedia del humano rebelde en el momento del poder
El humano contemporáneo critica el poder cuando es débil; sin embargo, al adquirir poder, la misma lógica se reproduce. La rebelión sin piedad interna no conduce a la liberación, sino a una mera redistribución de roles.
Es aquí donde emerge el Epstein-Faustianismo: el trato consciente de la ética a cambio de seguridad, privilegio o supervivencia.
Instrumentalización de la crítica: cuando la exposición deja de ser peligrosa
En un mundo así, incluso la crítica se absorbe en la lógica epsteindémica. La exposición, la protesta y el lenguaje radical no solo son tolerados, sino gestionados y redistribuidos.
Mientras la crítica no culmine en un juicio vinculante, no representa amenaza; por ello se permite que circule. El poder ya no teme la crítica, porque sabe que una crítica sin criterios se convierte, en lugar de un peligro, en combustible para su propia persistencia.
El crítico, voluntaria o involuntariamente, se integra en esta lógica: escribe, expone, se indigna, pero falla en traducir el juicio en acción. La crítica se desprende de la ética y se convierte en un gesto; un gesto que produce equilibrio en lugar de ruptura.
Hoy no está en suspensión solo la ética política o la integridad institucional, sino la propia posibilidad del juicio humano.
En un mundo donde ha colapsado el horizonte trascendente, los observadores externos han perdido legitimidad y la conciencia interna se ha erosionado, el ser humano no se ha vuelto más libre, sino más pequeño. Ha cedido a la bajeza, no por malicia, sino por agotamiento al juzgar.
El poder ya no necesita ocultarse, porque el humano ya ha renunciado a enfrentarlo. La ética no muere; se deja de lado silenciosamente, y esta puede ser la forma más peligrosa de muerte.
Notas finales y referencias genealógicas
La concepción del ser humano como sujeto moral y juez, implícita en este análisis de la decadencia ética en la política moderna, resuena con la tradición humanístico-antropológica de Johann Gottfried Herder, particularmente donde el juicio moral se confía no a reglas abstractas, sino a la experiencia histórica, la sensibilidad moral y la responsabilidad humana.
En contraste con la ética basada en reglas de la Ilustración, formulada clásicamente por Immanuel Kant, este análisis afirma que en el mundo moderno tardío el problema central no es la ausencia de reglas, sino el colapso de la posibilidad de un juicio efectivo. Las referencias a la ética kantiana cumplen una función diferenciadora histórica, no un fundamento argumentativo.
La noción de “mal sin diablo”, empleada implícitamente en la discusión sobre la Epsteindemia de la inmoralidad, se alinea con los debates contemporáneos sobre la normalización del mal en estructuras burocráticas y políticas, sin recurrir a explicaciones metafísicas ni negar la responsabilidad individual. Aquí, el mal no es la excepción, sino la consecuencia natural de la suspensión del juicio humano.
El uso de conceptos acuñados —Epsteinización del poder, fatiga Epstein y Epstein-Faustianismo— no es meramente metafórico, sino que busca nombrar condiciones que la literatura clásica en ciencias políticas y ética trata de manera fragmentaria o sin formular.
La crítica a la democracia tardía en la sección final no rechaza el principio democrático, sino que interroga la erosión del sujeto juzgador dentro de las instituciones democráticas: una condición en la que la inmunidad estructural del poder reemplaza la rendición de cuentas ética, y la crítica misma se convierte en gesto, mercancía o instrumento para reproducir el orden dominante.
* Mohammad Akhgari es profesor asociado en la Universidad IRIB, Teherán.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
