Publicada: jueves, 12 de febrero de 2026 22:16

El pensamiento y liderazgo del Imam Jomeini transformaron a Irán, uniendo fe y política en una revolución contra la dominación extranjera.

Por: Syed Zafar Mehdi *

¿Qué convirtió al ayatolá Ruholá Musavi Jomeini, conocido popularmente como el Imam Jomeini, en una figura tan enigmática? ¿Qué llevó a millones de personas a volcarse a las calles en respuesta a sus llamados desde el exilio, tanto a su regreso el 1 de febrero de 1979 como tras su fallecimiento el 3 de junio de 1989?

Más de tres décadas después de su partida y a 47 años de la Revolución Islámica, la vida y el legado del Imam Jomeini continúan siendo una fuente de inspiración para quienes defienden la verdad, la justicia y la libertad en todo el mundo, incluidos países occidentales.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que separaban deliberadamente la religión de la política, el Imam Jomeini concebía ambas como intrínsecamente vinculadas, hasta el punto de formular el concepto revolucionario de la Velayate Faqih (tutela del jurista islámico).

Aplicó este principio —expuesto con gran detalle en su obra Hokumate Islami— mediante una acción decisiva, tras instaurar una república soberana en sustitución de una monarquía títere.

El Imam era una figura sin parangón. Elevado espiritualmente y perspicaz en lo político, su estadismo no tenía precedentes. Desde una modesta residencia en un pueblo montañoso del norte de Teherán, sacudió profundamente al mundo.

El gobernante del régimen Pahlavi disponía de casi todas las ventajas materiales, salvo una esencial: el respaldo y la buena voluntad del pueblo. Ahí residía la principal fortaleza del Imam. Supo canalizar el apoyo popular para socavar los cimientos del régimen y, finalmente, derrocarlo.

Mientras el Shah dependía en gran medida del patrocinio occidental, el Imam se nutría exclusivamente del respaldo de su pueblo. Líder de masas, encabezó la lucha con valentía. Precisamente eso inquietaba al monarca, cuya autoridad emanaba de potencias extranjeras.

 

La filosofía sociopolítica del Imam Jomeini se centraba en el bienestar de los iraníes comunes, especialmente de los sectores más desfavorecidos, y en una oposición firme a la dominación occidental y a las políticas hegemónicas. Se enfrentó al régimen Pahlavi por su carácter antiraní y prooccidental, denunciando la abismal brecha entre la opulencia del monarca y el sufrimiento del pueblo.

El fundador de la República Islámica aspiró a reintegrar a la población en la gestión del poder, devolviéndole autoridad y dignidad, y a transformar a Irán de una sociedad sometida a la influencia occidental en una nación independiente, soberana y respetada.

Durante la década de 1960, cuando la oposición al despotismo respaldado por Occidente cobraba fuerza, el Imam Jomeini emergió en primera línea. A medida que el shah impulsaba una agresiva occidentalización, el Imam se convirtió en un obstáculo insalvable. El monarca frívolo fue claramente superado.

Sus discursos firmes y reflexivos en la escuela Feyziye de Qom infundieron esperanza y orientación a quienes resistían al régimen impuesto. Ofreció una cosmovisión que conectó con amplios sectores sociales, lo que le permitió unificar corrientes políticas y religiosas diversas en todo el país.

En un discurso histórico de 1963, instó a los ciudadanos a “mantenerse firmes frente a las medidas ilegales del régimen”, y añadió que “ninguna fuerza, por grande que sea, podrá silenciarnos”.

Estas palabras insuflaron valor y confianza, especialmente entre la juventud.

Cuando el Imam fue arrestado, multitudes colmaron las calles al grito de “O muerte o Jomeini”, escribiendo con su propia sangre “Muerte al Shah”. Su extraordinaria popularidad, unida al profundo rechazo al monarca, alarmó al palacio real.

Finalmente, el Imam fue forzado al exilio. Pasó más de 14 años fuera de Irán —en Turquía, Irak y Francia— sin apartarse jamás de su misión. Sus llamados desde el exterior movilizaron a las masas en todo el país.

El Shah recurrió ampliamente a la SAVAK, su policía secreta, para aplastar la oposición popular. Colaboradores clave del Imam fueron encarcelados en Teherán mientras él permanecía en el exilio, pero la resistencia persistió hasta el colapso total del régimen.

Dos semanas antes del regreso triunfal del Imam, el déspota respaldado por Occidente, Reza Shah Pahlavi, huyó del país, dejando a su designado, Shahpur Bajtiar, al frente de un gobierno provisional. El levantamiento popular había forzado su salida.

A bordo de un Boeing 747 de Air France fletado, el periodista canadiense-estadounidense Peter Jennings, presentador de ABC World News, le preguntó: “¿Qué siente?”. El Imam respondió lacónicamente: “Nada”. Ante la reiteración de la pregunta, mantuvo la misma respuesta.

Esa contestación breve y contundente reflejaba la extraordinaria fortaleza interior del fundador de la Revolución Islámica. Su desapego emocional en un momento tan decisivo evidenciaba que buscaba la cercanía a Dios, no la grandeza mundana, el poder ni la autoridad.

El 1 de febrero de 1979, el Imam llegó al aeropuerto de Mehrabad, en Teherán, poniendo fin a su prolongado exilio. El recinto retumbó con los gritos de “¡Dios es grande!” y “¡Jomeini es nuestro líder!”.

“Estamos avanzando, pero esta es solo la primera etapa”, dijo a los seguidores jubilosos. “El movimiento solo triunfará cuando se arranquen por completo las raíces del colonialismo”, añadió, en referencia al régimen Pahlaviapoyado por Estados Unidos.

Atribuyó el éxito de la revolución a la unidad de todos los iraníes, sin distinción religiosa, ideológica o regional. Entre quienes lo recibieron había también representantes de las iglesias armenia y asiria.

Durante el vuelo de París a Teherán, había informado a los periodistas que anunciaría un gobierno provisional y suspendería las protestas si Bajtiar aceptaba dimitir.

La mañana de su llegada, millones de personas inundaron las calles para darle la bienvenida, respaldando abiertamente la Revolución Islámica y repudiando la monarquía Pahlavi.

Tras aterrizar, el Imam se dirigió directamente al cementerio de Beheshte Zahra para rendir homenaje a los mártires de la revolución. Multitudes entusiastas se alinearon a lo largo del trayecto desde el aeropuerto.

En su primer discurso, expresó condolencias a las familias de los mártires y prometió mantener los principios de resistencia y firmeza frente a las fuerzas del mal. Denunció al gobierno interino de Bajtiar y exigió su dimisión inmediata.

Poco después anunció la formación de un nuevo gobierno, con Mehdi Bazargan como primer ministro, lo que obligó a Bajtiar a huir. Diez días más tarde, el 11 de febrero, el régimen Pahlavi se derrumbó.

Así cayó la monarquía respaldada por Occidente, marcando el rotundo triunfo de la Revolución Islámica, seguido de la toma de la embajada estadounidense en Teherán por estudiantes revolucionarios.

Con la ignominiosa caída de Pahlavi, Estados Unidos perdió a un aliado regional clave y su influencia sobre Irán, una afrenta que perdura. Sin embargo, el pueblo iraní se mantuvo firme entonces y continúa haciéndolo hoy.

El legado esclarecedor del Imam Jomeini sigue guiando a la nación iraní, con su digno sucesor, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, siguiendo sus pasos y negándose a ceder ante las llamadas superpotencias mundiales, pese a presiones y amenazas de diversa índole.

La ideología sociopolítica del Imam estaba firmemente arraigada en el islam. En Kashafol Asrar escribió que la religión es “lo único que disuade a la humanidad de la traición y el crimen”.

“Lamentablemente, quienes detentan el poder en Irán poseen una fe falsa o ninguna”, observó en referencia al régimen del Shah. “Los demagogos que dicen servir a la nación suelen anteponer sus intereses personales”.

El Imam inspiró a legiones de seguidores. El mártir Morteza Motahhari lo describió como “el más grande y querido de todos los héroes y el orgullo de la nación iraní”.

Incluso intelectuales occidentales reconocieron su impacto. Richard Falk escribió en 1979 que el núcleo del movimiento del Imam Jomeini promovía “la justicia social, una distribución equitativa de la riqueza, una economía productiva acorde con las necesidades nacionales, la sencillez de vida y una corrupción mínima, reduciendo las brechas entre ricos y pobres, gobernantes y gobernados”.

 

El ayatolá Jamenei, en el primer aniversario del fallecimiento del Imam en 1990, lo definió como una “verdad siempre viva”.

“Su nombre encarna esta revolución; su camino es el camino de la revolución, y sus objetivos son los objetivos de la revolución”, afirmó, comprometiéndose a proteger y preservar su legado.

La Revolución Islámica liderada por el Imam Jomeini abrió paso a un nuevo orden mundial y marcó el inicio del declive del imperialismo occidental. Su fe inquebrantable y sus elevados valores espirituales le permitieron desafiar a adversarios poderosos, ganándose admiración global.

Las ondas expansivas de la revolución trascendieron Irán, desde Asia Meridional hasta América Latina. El Imam Jomeini se convirtió en un símbolo de libertad para los pueblos oprimidos y en una fuente de orgullo nacional para los iraníes.

A diferencia de otras revoluciones modernas, esta fue la lucha de un solo hombre contra superpotencias que habían impuesto un régimen títere en Teherán. Su liderazgo inspirador unificó al pueblo y derrocó a la impopular dictadura Pahlavi, derrotando también a sus patrocinadores externos.

Tras el fallecimiento del Imam, el testigo del liderazgo pasó a su colaborador más cercano, quien había ocupado cargos clave —incluidos presidente— y estaba preparado para continuar la misión sagrada.

El ayatolá Jamenei ha mantenido la misma senda que su mentor, defendiendo idénticos principios pese a los cambios del entorno internacional.

El Imam calificó a Estados Unidos como el “Gran Satán”, postura que el ayatolá Jamenei ha sostenido durante más de tres décadas.

 

Hoy, la estrategia de resistencia de Irán inspira a otras naciones a desafiar la hegemonía estadounidense y a romper las cadenas de la subordinación, un legado perdurable de la Revolución Islámica.

Al igual que el Imam Jomeini, el ayatolá Jamenei subraya el apoyo y la solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo, desde Gaza hasta Yemen y Afganistán.

En el plano interno, ha impulsado el progreso continuo en ciencia, tecnología, capacidades militares y desarrollo nuclear, contribuyendo a que Irán alcance la autosuficiencia en sectores estratégicos.

Cuarenta y siete años después de la Revolución Islámica, la antorcha de la fe y la sabiduría sigue iluminando al mundo, con la misión y los principios del Imam Jamenei preservados por su digno sucesor.

* Syed Zafar Mehdi es un periodista radicado en Teherán.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV