Por: Humaira Ahad
El 11 de febrero de 1979, el pueblo iraní puso fin a la monarquía Pahlavi respaldada por Occidente y sentó las bases de la República Islámica.
La masivamente popular Revolución Islámica se desarrolló en un contexto de interferencia extranjera, represión interna y profundas anomalías sociales y económicas.
Las calles de Teherán y de otras grandes ciudades se llenaron de multitudes que daban la bienvenida al regreso del fundador de la Rpública Islámica, el ayatolá Ruholá Musavi Jomeini, mientras Estados Unidos y sus aliados intentaban contener el movimiento mediante maniobras políticas.
La aparición de la República Islámica marcó un punto de inflexión no solo para Irán, sino también para el mundo, al redefinir las dinámicas de poder.
El nuevo gobierno en Teherán —electo democráticamente— desafió el orden bipolar de la Guerra Fría, afirmando independencia tanto de Estados Unidos como de la entonces Unión Soviética, e introdujo un modelo de gobernanza profundamente arraigado en principios islámicos.
A lo largo de las décadas, Irán ha transitado desde una guerra impuesta de ocho años hasta años de sanciones ilegales y paralizantes, así como constantes amenazas y provocaciones de Estados Unidos y sus aliados, incluyendo asesinatos selectivos, ciberataques y arriesgados juegos militares.
En medio de estos tiempos turbulentos, las fuerzas armadas iraníes desempeñaron un papel crucial en la defensa del país frente a fuerzas externas hostiles.
Mucho antes de que sus nombres se convirtieran en sinónimo de resistencia y sacrificio, los comandantes más influyentes de Irán fueron jóvenes testigos de un país en transición: de la monarquía a la democracia, de la interferencia occidental a la autodeterminación, de la opresión a la dignidad.
La Revolución Islámica, liderada por el Imam Jomeini, se desarrolló ante ellos como una realidad vivida en las marchas en las que participaron y en la fe que los sostuvo.
Años después, reflexionaron sobre cómo aquellos primeros momentos definitorios moldearon su sentido del deber y su visión del Irán que la revolución popular podía hacer realidad.
Sus testimonios forman ahora parte de la memoria histórica de la República Islámica y ofrecen una rara perspectiva de cómo la revolución transformó a los hombres que más tarde entregarían su vida por ella.
General Qasem Soleimani
Mucho antes de que su nombre se volviera sinónimo de resistencia más allá de las fronteras iraníes, el mártir general Hacg Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), describió la Revolución Islámica como el acontecimiento que redefinió la comprensión de la fe, el valor y la responsabilidad nacional de su generación.
Sus declaraciones públicas, especialmente las pronunciadas en su ciudad natal, Kerman, siguen siendo de las más claras para entender cómo percibía la Revolución y las fuerzas que la moldearon.
Al dirigirse a un acto en Kerman con motivo del aniversario de la Revolución en 2017, comenzó trazando el significado de la misma hasta sus fundamentos espirituales:
“Debemos todos agradecer a Dios por habernos colocado en una escuela y en una fe que ha sido y seguirá siendo salvación para la humanidad”, afirmó.
“Y también le damos gracias por habernos concedido a dos líderes de la descendencia del Profeta Muhammad (la paz sea con él).”
La referencia, expresada con su característica claridad, aludía al Imam Jomeini y al Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Sayed Ali Jamenei.
Soleimani regresaba con frecuencia a la pregunta de por qué la revolución iraní se desarrolló de la manera en que lo hizo y por qué resonó más allá de sus fronteras:
“Todas las revoluciones del mundo difieren fundamentalmente de la Revolución Islámica de Irán”, señaló en uno de sus discursos.
“Algunas revoluciones, como las de trabajadores y campesinos contra los señores feudales, fueron de carácter clasista. Otras, como los levantamientos de poblaciones negras contra los blancos en Sudáfrica, se centraron en derrocar un régimen gobernante. Algunas fueron golpes militares. Algunas dependieron de intervenciones extranjeras o fuerzas mercenarias. Pero la nuestra unió a todos los sectores de la sociedad: desde los seminarios, corazón de nuestro pensamiento revolucionario, hasta escuelas, universidades y aldeas, todos alzándose juntos bajo el liderazgo de un solo Imam”.
El principal comandante antiterrorista de Irán pertenecía a la generación que vivió la vigilancia, las represiones y la violencia política del régimen Pahlavi respaldado por Occidente.
Al describir la Revolución como un punto donde los ciudadanos ordinarios confrontaron el miedo y el poder estatal, hablaba desde su propia memoria. Creía que esas presiones forjaron un tipo particular de claridad, fusionando la fe con la responsabilidad.
Incluso décadas después, Soleimani advertía sobre interpretar erróneamente la resistencia de aquel momento:
“Hoy, Irán ha logrado frustrar todas las conspiraciones porque quienes comprenden los tiempos no se dejan engañar por el enemigo”, dijo. “A veces, algunos pueden sucumbir a operaciones psicológicas del enemigo, pero este nos teme”.
El alto comandante del Cuerpo de Guardianes situaba con frecuencia la Revolución dentro de un contexto global:
“La Revolución Islámica ocurrió en un momento en que Estados Unidos y la Unión Soviética habían establecido un dominio absoluto sobre Oriente y Occidente. No existía ningún polo en el mundo fuera de este sistema bipolar. La aparición de una revolución independiente y no alineada sorprendió a todos”, afirmó.
Ese asombro, decía, provenía de la participación pública inesperadamente masiva y de la determinación del pueblo:
“La revolución se produjo cuando todos los grupos islámicos y no islámicos, de izquierda, derecha y otros, estaban reprimidos. Cuando el Imam inició la revolución, ningún grupo organizado quedaba fuera de la prisión”.
Lo que siguió, señaló, fue una ruptura decisiva:
“En el auge de la crisis, la desesperación, el miedo y la tortura, el Imam liberó a los revolucionarios de la prisión y movilizó al pueblo. Puso a la nación en movimiento”.
Soleimani trasladó esa perspectiva a sus descripciones de los años posteriores a la revolución, subrayando que la participación temprana del pueblo, mediante referendos y movilización masiva, fue esencial para consolidar el nuevo orden político:
“El pueblo actuó rápidamente para estabilizar este sistema con su alta participación en el referéndum. También lo apoyó durante las sediciones, especialmente las organizadas por liberales, los Muyahedín Jalq y los conflictos en las calles”.
Para Soleimani, la Revolución Islámica fue el momento que convenció a toda una generación de que la determinación y la fe podían derribar sistemas que parecían invencibles e inamovibles.
Sus reflexiones permanecen entre los testimonios más cercanos sobre cómo se vivió la Revolución de 1979 desde el terreno, desde la perspectiva de alguien cuya vida estuvo definida y terminó al servicio de ella.
General de división Hosein Salami
El general de división Hosein Salami, mártir comandante en jefe del Cuerpo de Guardianes, enmarcó la Revolución Islámica de 1979 como un fenómeno histórico extraordinario y una manifestación de guía divina:
“Hace 42 años, el Islam reveló su radiante sol desde detrás de las nubes de la ignorancia, bajo el liderazgo profético del Imam Jomeini, y se alzó desde el horizonte de Irán para iluminar el mundo. Desde aquel momento hasta hoy, todos los demonios del mundo se han unido para apagar la luz de la revolución”, señaló.
En el 42.º aniversario de la Revolución Islámica, hace cinco años, el general Salami describió la posición de Irán con una claridad forjada por décadas de confrontación y resistencia:
“Hoy nos encontramos en una posición muy fuerte y elevada, tanto en comparación con años anteriores como frente al enemigo, y esto demuestra precisamente el descenso de las victorias divinas”, afirmó, situando la trayectoria de la Revolución a través de sus pruebas acumuladas y sus fuentes de fortaleza inesperadas.
Para el general Salami, la Revolución representó una restauración histórica de la gobernanza islámica:
“Tras 1400 años, la gran obra del Imam Jomeini fue establecer un gobierno para el Islam. El Islam se volvió capaz de ejercer poder, implementar sus principios y competir con otros sistemas políticos en el mundo, demostrando que, entre todas las religiones, solo el Islam perdura y prevalece: ‘Se alza, y nada puede alzarse por encima de él’”.
Para el mártir comandante en jefe del CGRI, la Revolución Islámica de 1979 era una visión que conectaba con los primeros tiempos de la historia islámica, enfatizando la continuidad:
“Esta obra eterna del Imam fue una repetición de los eventos de la misión del Profeta (la paz sea con él). Así como el Islam se expandió y todos los politeístas e incrédulos se alinearon contra él en La Meca, también los enemigos surgieron para impedir que la luz de Dios emergiera en nuestra era”.
En sus discursos, Salami regresaba constantemente a una idea: la supervivencia de la República Islámica se logró a través de desafíos que pocas naciones podrían soportar.
Describió las últimas cuatro décadas como “cruzar el Nilo varias veces”:
“Los acontecimientos de nuestro país durante estos 42 años son como cruzar el Nilo repetidamente. Los peligros y desafíos que hemos superado son inmensos, y el enemigo ha empleado un poder como nunca antes visto en la historia humana. Sin embargo, hoy Estados Unidos parece pequeño, débil e incapaz de actuar con decisión, pese a seguir afirmando que detenta poder. La verdad es que los líderes estadounidenses, carentes de sabiduría y resolución, han sido humillados, como ellos mismos reconocen”.
A juicio del general del CGRI, la resistencia de Irán fue inseparable de su posición en el equilibrio global de poder. Declaró que, desde los primeros días de la Revolución, Irán ocupó un lugar estratégico central, tanto en identidad como en ideología, lo que lo convirtió en un punto focal de influencia.
“Nunca ha habido un momento en estos 42 años en que la República Islámica de Irán no haya sido el corazón de la Tierra en términos geopolíticos”, afirmó. “El genio del Imam Jomeini y, después de él, la cuidadosa guía de nuestro actual líder, el ayatolá Jameneí, ha consistido en desarticular el enfoque del enemigo sobre nuestra tierra, expandir el alcance de la revolución y ensanchar su frente
Según relató, Irán ha sido presionado “económica, cultural, social, en inteligencia, medios, militar y políticamente”, pero “en todos los frentes, el enemigo ha sido derrotado.”
Como otros comandantes iraníes, Salami concluía sus reflexiones apelando a la conciencia histórica, instando a los iraníes a no perder de vista el camino recorrido desde 1979:
“Debemos agradecer todos esta gloria incomparable, este poder sin igual y esta altura inalcanzable que nos ha brindado la Revolución Islámica”, afirmó, describiendo la transformación como una que restauró “el honor perdido de los musulmanes” y revirtió décadas de sometimiento.
“El Imam devolvió el honor perdido a los musulmanes, llevando dignidad a una comunidad enterrada en las tumbas de la ignorancia. Hoy reafirmamos nuestro eterno compromiso con los símbolos del honor musulmán, sabiendo que, cerca y lejos, nuestros defensores continúan sacrificándose por el avance de la revolución y, con la gracia de Dios, enfrentará a los opresores incluso en tierras distantes”.
A través de estas declaraciones, emitidas durante años de creciente presión sobre la República Islámica, el general Salami trazó una narrativa de la Revolución basada en soberanía y continuidad, enmarcando la trayectoria de Irán como la continuación de una lucha que, según él, había definido al mundo musulmán durante siglos.
General de división Mohamad Hosein Baqeri
Entre las reflexiones dejadas por el general de división Mohammad Hosein Baqeri, mártir jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Irán, la Revolución Islámica se presenta como un acontecimiento que transformó el panorama estratégico de toda una era.
Sus declaraciones muestran que veía 1979 como el año en que la nación se reapropió de sí misma y del giro más amplio en la distribución global del poder que siguió.
Bagheri solía regresar al momento que, para él, cristalizaba el significado de la Revolución: el regreso del Imam Jomeini del exilio.
“Con la histórica llegada del Imam y la más magnífica bienvenida de la historia”, recordó, “el complot del ‘Gran Satán’ y el plan estadounidense de ‘contener la revolución’ y apagar las llamas del movimiento islámico, mediante la instalación de un personaje supuestamente nacional (Shapour Bakhtiar) al frente del corrupto régimen Pahlavi, fue neutralizado y derrotado.”
Lo que siguió, señaló, se desarrolló con una rapidez que ni siquiera los adversarios de Irán esperaban:
“No pasó mucho tiempo antes de que las repercusiones de la victoria de la revolución se sintieran en todo el mundo. Con la caída de la monarquía de 2500 años el 22 de Bahman 1357 (11 de febrero de 1979), surgió el sol del ‘sagrado sistema de la República Islámica de Irán’”.
Siguiendo el análisis del general Soleimani, Baqeri afirmaba que el impacto de la Revolución no se limitó a Teherán o a la región; alcanzó los cimientos del orden de la Guerra Fría:
“La victoria de la Revolución Islámica alteró el equilibrio bipolar ‘Estados Unidos-Unión Soviética’ e introdujo una nueva lógica en la escena internacional”, sostuvo.
Un Estado basado en valores islámicos, argumentaba, demostraba que un modelo alternativo de gobernanza podía operar —y prosperar— fuera tanto del liberalismo occidental como del socialismo oriental.
Para él, esto representaba un shock geopolítico, que obligó a las grandes potencias a reconocer la irrupción del mundo musulmán como actor activo en la política global.
Las comparaciones del general Bagheri entre el Irán revolucionario y el país bajo el Shah Pahlavi eran claras:
“Irán bajo el Shah era dependiente y sumiso, sujeto a las directrices de potencias coloniales e imperialistas, especialmente Estados Unidos. La nación y sus capacidades fueron humilladas, y se bloquearon las oportunidades de acción independiente. Hoy es una verdad reconocida universalmente, tanto por amigos como por enemigos, que Irán, confiando en sus capacidades internas y soportando sanciones, amenazas y hostilidad, se ha convertido en un actor influyente en la escena internacional”.
El alto comandante veía esa transformación reflejada con mayor claridad en los primeros años de la guerra Irán-Irak (1980-1988), cuando el Estado aún era joven, aislado y atacado. Señalaba el conflicto como un ejemplo de cómo los principios de la Revolución se tradujeron en defensa real:
“En 1980, el enemigo invasor baasista buscó aplastar la resolución de nuestra noble nación. La defensa heroica en esta región demostró que el poder aparente por sí solo no determina el resultado de las batallas. La verdadera fuerza proviene de la confianza en Dios y de la firme adhesión a la guía del Líder Supremo”.
En sus relatos, Baqeri presentaba la Revolución como un despertar espiritual y un reajuste estratégico. Fue, en sus palabras, un momento en que la nación reconstruyó su dignidad mediante la fe, el sacrificio y la insistencia en la independencia.
Sus reflexiones, conservadas tras su martirio, capturan la convicción de que la perdurabilidad de la Revolución descansaba en la profunda certeza de que una nación anclada en sus principios podía resistir presiones, superar rivales y moldear su propio destino.
General de brigada Amir Ali Hayizade
Para el General de Brigada Amir Ali Hajizadeh, comandante mártir de la fuerza aeroespacial del CGRI, la Revolución Islámica representó el momento en que Irán recuperó su soberanía.
Durante las celebraciones del 41.º aniversario, recordó:
“En aquella época, nuestra seguridad y autoridad estaban en manos de los estadounidenses. Cincuenta mil asesores estadounidenses estaban desplegados en Irán, y nuestras industrias y estructuras estaban bajo su control. Pero hoy, nosotros mismos somos una superpotencia”.
Hace seis años, en el aniversario de la Revolución, Hayizade reflexionó sobre la resiliencia del pueblo iraní, que consideraba la columna vertebral del progreso nacional:
“A lo largo de estos años, el enemigo ha atacado los cimientos de nuestro sistema, apuntando a la esperanza de nuestro pueblo. Saben que, si una nación pierde la esperanza, lo pierde todo. Pero nuestro pueblo, con gran determinación, fe y esfuerzo, ha logrado avances notables en ciencia, militar, medicina y otros campos. Por supuesto, los desafíos persisten, pero deben enfrentarse con paciencia, perseverancia y mayor esfuerzo”.
Se dirigió especialmente a la juventud, enfatizando la importancia de aprender de la historia:
“Ustedes, jóvenes, deben conocer bien la historia, comparar los períodos antes y después de la Revolución, y reconocer los fracasos, retrocesos y rezagos de la era prerrevolucionaria, incluyendo la separación de partes de nuestra vasta patria y los crímenes cometidos por potencias coloniales, especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña, en Irán.”
Revisitadas tras su martirio, estas palabras delinean la visión de Hajizadeh de la Revolución como un movimiento anclado en la fe y transmitido a través de la “responsabilidad que cada generación asume para salvaguardar la independencia de Irán”.
General de brigada Ahmed Kazemi
El general de brigada Ahmed Kazemi, alto comandante del CGRI, perteneció a la primera generación de iraníes cuya vida adulta estuvo completamente moldeada por la Revolución.
En los tensos meses de 1978, fue arrestado junto a casi 50 jóvenes de su ciudad y golpeado en la prisión por los notorios agentes de la SAVAK (policía secreta del régimen Pahlavi). Su liberación se produjo en medio del descontento generalizado que empujó al colapso a la monarquía respaldada por Occidente.
Tras la Revolución, el general Kazemi se incorporó al CGRI. A medida que la guerra Irán-Irak se intensificaba, se convirtió en uno de los motores de la formación de la 8.ª Brigada Nayaf Ashraf.
Sus colegas recuerdan que aportó a la unidad un sentido de claridad ideológica basada en los principios de la Revolución, unidad que luego se transformó en una división reconocida por su capacidad de maniobra.
Sus notas de guerra reflejan hasta qué punto su visión del mundo fue moldeada por la confrontación de la Revolución Islámica con las potencias regionales y globales.
“Uno de los grandes resultados de esta guerra”, escribió, “es la energía sin precedentes que ha despertado entre la juventud”.
Para el General Kazemi, la guerra nunca fue meramente territorial. La describía como un enfrentamiento definido por la línea divisoria central de la Revolución:
“Estamos en una lucha por el Islam. Islam y anti-Islam no pueden llegar a un entendimiento”.
Esta insistencia en la continuidad moral promovida por la Revolución Islámica aparece frecuentemente en sus advertencias:
“No permitan que los pioneros del martirio y del sacrificio sean olvidados en las vueltas y revueltas de la vida cotidiana”.
Hassn Tehrani Moqadam
Más de una década después de su martirio, quienes trabajaron junto al artífice de misiles del CGRI, Hasan Tehrani Moqadam, todavía lo describen como un hombre cuya brillantez técnica era inseparable de su devoción a los ideales nacidos en 1979.
Para él, la Revolución Islámica representó una renovación del deber que unía lo científico y lo espiritual en una sola misión.
Sus escritos privados, conservados por sus colegas, reflejan un tono íntimo pocas veces escuchado en público. En una carta dirigida al líder de la Revolución Islámica, escribió:
“¡Señor y guía nuestro! Quiero llenar tus manos divinas y poderosas y fortalecer tu espalda. Por el bien de Dios, queremos apoyar al Ali de nuestro tiempo. Si no estuviéramos allí para respaldar a nuestro maestro Ali (P), si no estuviéramos allí para levantarnos por Husein ibn Ali (P)… este anhelo ha permanecido en mi corazón. Queremos remediarlo en tus filas, como delegado del Imam del Tiempo (que Dios acelere su reaparición). Que nuestros pechos sean tu escudo, oh hijo de Zahra (la paz sea con ella), oh luz surgida de la chispa del Amir al-Momenin (P).”
Estas expresiones constituían el vocabulario espiritual con el que Tehrani Moqadam comprendía la Revolución, un levantamiento que, según él, reabrió el espacio para que la devoción se convirtiera en acción.
Sus colegas aseguran que él no veía separación entre defender la República Islámica y proteger el legado del Islam primitivo.
Esta fusión de fe y estrategia marcó sus proyectos más ambiciosos. En sus notas, describió el momento en que él y su equipo se orientaron hacia la “fase final” de la capacidad disuasoria de la República Islámica:
“Avanzamos hacia la fase final del plan, el pináculo de la disuasión y el poder de este sistema divino, logrando misiles ultrarrápidos de reacción inmediata al alcance de Israel, y desarrollando un misil capaz de transportar un satélite”.
El comandante de misiles concebía estos avances como extensiones de la exigencia de autosuficiencia de la Revolución, en un momento en que Irán enfrentaba guerra y sanciones.
En el mismo documento, delineó las apuestas políticas del programa con su característico sentido de claridad:
“Si nosotros, como hermanos, usamos todas nuestras capacidades con sabiduría, confiamos en Dios Todopoderoso y nos unimos por la elevación del noble Islam y el apoyo a nuestro gran y oprimido Líder, entonces el enemigo brutal, Estados Unidos y el impuro régimen sionista, será humillado y destruido por la permisión de Dios. Y levantaremos el orgulloso estandarte del Islam sobre sus cuerpos inertes, si Dios quiere”.
Quienes lo conocieron dicen que esta combinación de precisión técnica y lenguaje revolucionario lo definió.
Tehrani Moqadam veía cada lanzamiento de prueba como una continuación de la lucha de la Revolución, un paso hacia la seguridad de la independencia de Irán en un mundo que buscaba negársela.
Uno de sus jóvenes colegas, recordando largas noches de ensayo y error en campos de prueba remotos, evocó un hábito emblemático del comandante del CGRI:
“La mayoría de las veces, tras un ensayo exitoso, decía inmediatamente: ‘Esto es por la gracia de nuestro Señor’, o recitaba el versículo: ‘La victoria viene solo de Dios, el Todopoderoso, el Sabio’. Elevaba todo hacia lo alto tan rápido que nunca permitía que nadie se enorgulleciera, ni siquiera por un instante”.
Momentos como ese, dicen sus colegas, capturan el espíritu que lo conectaba con el ethos más temprano de la Revolución: “humildad ante Dios y la creencia de que el logro científico podía ser un acto de adoración”.
Para el momento de su martirio, Tehrani Moqadam era conocido como el arquitecto del programa misilístico iraní. Para quienes sirvieron con él, su legado es inseparable de la Revolución que lo moldeó, una Revolución que insistía en la dignidad y transformaba la fe en un marco para construir poder.
Sayad Shirazi
Incluso antes del triunfo de la Revolución Islámica de 1979, la vida de Sayad Shirazi estaba inseparablemente vinculada a la marea creciente del movimiento revolucionario.
Dentro del Ejército Pahlavi, tejió discretamente redes de oficiales leales, organizó sesiones clandestinas sobre enseñanzas islámicas y preparó a las fuerzas armadas para un movimiento que redefiniría el destino de Irán.
“…Durante mi servicio en Kermanshah, se me acercaron dos hombres. Dijeron: ‘Sabemos que eres devoto y que te interesa mucho el Islam y que oras. ¿Podemos realizar sesiones de enseñanza islámica para estos soldados y oficiales por la noche?’”
Shirazi mantuvo contacto con otros revolucionarios en todo el país, incluyendo Teherán y Shiraz, y participó en reuniones secretas donde se discutían los acontecimientos actuales y la caída del régimen respaldado por Occidente. Recordó una de esas reuniones:
“…Después de un tiempo, se realizó una pequeña sesión de tres personas en mi casa, donde hablamos sobre los últimos acontecimientos en el país. Expliqué el proceso de decadencia del régimen Pahlavi y cómo la Revolución iba tomando forma”.
Para Shirazi, la Revolución Islámica fue un despertar espiritual y nacional, surgido tras décadas de represión bajo el régimen Pahlavi y guiado por la visión transformadora del Imam Jomeini.
Al recordar uno de sus encuentros más significativos con el fundador de la Revolución, reflexionó:
“Presenté un informe de quince minutos al Imam Jomeini. Quizá fue la reunión más larga que tuve con él”.
Asombrado por la presencia del Imam, Shirazi recordó: “Apenas recuerdo lo que dije o lo que él dijo. Solo sé que al llegar estaba inquieto, pero en los últimos minutos sentí que me habían crecido alas. Quería volar. Mientras esperaba ansiosamente esta reunión, ahora quería regresar a mi puesto y actuar. Finalmente comprendí lo que debía hacer. Un camino claro se había trazado. Me sentí ligero, concentrado y listo para servir en primera línea”.
Subrayó que estas sensaciones reflejaban “las inmensas bendiciones que Dios ha otorgado a esta Revolución, a nuestro pueblo verdaderamente noble y puro, y a la República Islámica de Irán.”
Para el oficial iraní, la Revolución fue una misión guiada por la lealtad a los ideales del Imam Jomeini y de la República Islámica.
Al organizar oficiales revolucionarios, vincularlos con líderes religiosos y preparar las instituciones del país, el general Shirazi navegó un sistema diseñado para reprimir la disidencia.
Cuarenta y siete años después del 11 de febrero de 1979, la Revolución que vivieron, y que finalmente defendieron hasta la muerte, permanece inseparable de su idea de Irán.
Al revisar sus recuerdos y experiencias personales, emerge una imagen más clara de lo que impulsó a esa generación a responder al llamado del Imam Jomeini:
Fue la convicción de que la historia finalmente les había confiado la responsabilidad de moldear el futuro de Irán con sus propias manos.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
