• El Líder de la Revolución Islámica de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei.
Publicada: jueves, 19 de febrero de 2026 20:52

Lo que ocurre en las salas de negociación a menudo es solo el reflejo de decisiones ya tomadas en los niveles superiores de poder y en el escenario real. Por esta razón, cualquier diálogo, antes de convertirse en diplomático, es fundamentalmente una cuestión de cálculo.

En un momento en que Estados Unidos, tras recibir las propuestas concretas de Irán en Omán y Catar, recurrió a una política de amenazas —desde la escalada retórica del presidente de EE.UU., Donald Trump, hasta el despliegue de portaviones y más aviones de combate en la región—, Ginebra fue más que un simple foro de diálogo. Se convirtió en la intersección de dos lógicas distintas: la de la “coerción mediante la amenaza” y la de la “disuasión antes de la negociación”.

La estrategia de Estados Unidos: presión externa, concesiones en la mesa

El patrón de comportamiento de Washington es claro. Primero, una exhibición de poder sobre el terreno y en los medios; luego, un intento de traducir esa presión en concesiones en la mesa de negociaciones. Este es el conocido modelo de “diplomacia basada en la fuerza”, que presupone que la contraparte, ante amenazas militares, suavizará sus posiciones. Según esta lógica, un portaviones no es principalmente un arma de guerra; es una herramienta de negociación.

Pero este modelo se basa en un supuesto crítico: que la otra parte percibe la amenaza como creíble y calcula que el costo de la resistencia es mayor que el costo de la concesión.

La respuesta de Teherán: cambiar el supuesto

Según los observadores, el Líder de la Revolución Islámica de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, en su discurso del martes, contrariamente a la percepción general de la necesidad de evitar un choque con el presidente de EE.UU., entró en una confrontación mediática directa con él y puso el dedo en los puntos más sensibles de Trump desde un punto de vista psicológico.

El ayatolá Jamenei afirmó que Trump admitió que Estados Unidos ha intentado eliminar a la República Islámica desde la Revolución Islámica de 1979, pero ha fracasado. “Esa es una buena confesión. Yo digo: tú tampoco podrás hacerlo”, recalcó el Líder, dirigiéndose a Trump.

Fue precisamente en este punto que la postura del Líder alteró radicalmente la situación. Sus comentarios —pronunciados justo cuando se desarrollaban las conversaciones de Ginebra— no fueron una reacción emocional a las amenazas, sino un mensaje estratégico cuidadosamente calibrado para Washington. Cuando declaró: “Un portaaviones es, por supuesto, un instrumento peligroso; pero más peligroso que el portaviones es el arma que puede hundirlo en el fondo del mar”.

 

La última posición del Líder refleja “completa confianza en sí mismo”, ataca los cálculos del enemigo e intimida a los enemigos con el costo de la confrontación militar. Estas posiciones pretenden levantar la moral de los partidarios de la Revolución Islámica y exhibir poder de disuasión de Irán ante cualquier aventura.

Se transmitieron dos mensajes simultáneamente:

1- La amenaza militar no se considera creíble.

2- El costo de la confrontación sería regional e incontrolable.

En este contexto, la invocación de una “guerra regional” cobra sentido. No se trataba de una declaración de guerra, sino de la imposibilidad de una guerra limitada, precisamente lo que la estrategia estadounidense exige y, sin embargo, busca evitar.

Cuando el líder de un país neutraliza una amenaza, la presión psicológica del equipo negociador se alivia. El sonido de los motores de un portaviones ya no se traduce automáticamente en concesiones. La otra parte se ve obligada a negociar con ofertas reales.

Las tres políticas paralelas de Irán

Junto a este mensaje estratégico, Irán activó tres vías paralelas y está siguiendo una estrategia multifacética frente a las amenazas de Washington.

En materia diplomática: la preparación de una propuesta de doble vía con contenido detallado y una presencia seria en las negociaciones de Ginebra, enviando una señal clara de que Teherán no ha abandonado las conversaciones, pero no las está llevando adelante desde una posición de debilidad.

Sobre el terreno: ejercicios militares de Control Inteligente en el Estrecho de Ormuz —un corredor marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el mar de Omán, por el que transita casi el 20 % de las exportaciones mundiales de petróleo—, acompañados de advertencias explícitas que demuestran que la disuasión no es meramente retórica. El mensaje fue inequívoco: si se utiliza la presión militar como herramienta de negociación, sus costos se dispararán sin control.

En seguridad interna y medios de comunicación: disposición a contrarrestar cualquier intento de desestabilización interna, dado que la experiencia ha demostrado que el malestar interno es un complemento de la presión externa.

Esta es la sinergia misma entre el terreno y la diplomacia. Fundamentalmente, no significa cerrar la puerta a las negociaciones; más bien, significa sacar el diálogo de un estado de emergencia y transformarlo en una decisión consciente.

 

Respecto a las negociaciones con EE.UU. sobre el programa nuclear de Irán, el Líder indicó que las autoridades estadounidenses “dicen que negociemos sobre su energía nuclear, y el resultado de la negociación debe ser que no deben tener esa energía”, y explicó que si se llevaran a cabo negociaciones reales, no pueden basarse en ninguna demanda “tonta” de que Irán pase a un enriquecimiento cero de uranio.

En este contexto, el énfasis del Líder de Irán en que “si se van a llevar a cabo negociaciones, predeterminar su resultado de antemano es un enfoque erróneo y tonto” estableció un principio estratégico: la negociación es una herramienta para resolver problemas, no un instrumento de rendición.

Esta declaración apuntaba directamente al núcleo de la demanda estadounidense, es decir, asegurar un resultado predeterminado (la privación de las capacidades nucleares de Irán) antes incluso de que comiencen las conversaciones.

Un cambio en el equilibrio

Bajo este equilibrio se celebró la segunda ronda de conversaciones indirectas entre Irán y Estados Unidos en Ginebra (Suiza).

El discurso del Líder se produjo horas antes de una declaración hecha por el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Abás Araqchi, tras la conclusión de las conversaciones indirectas con Estados Unidos en Ginebra.

Las declaraciones posteriores a la negociación de Araqchi —que abarcaron desde “conversaciones muy serias” y “buenos avances” hasta un énfasis en las dificultades futuras— reflejaron fielmente este ambiente: ni optimismo ingenuo ni estancamiento.

Incluso los comentarios del ministro de Asuntos Exteriores de Omán sobre el “progreso en la definición de objetivos comunes” indican que la presión militar no ha logrado dominar la mesa de negociaciones de manera unilateral, aunque todavía no ha superado las brechas de seguridad subyacentes.

El logro más importante de esta fase no es un acuerdo ni siquiera un borrador, sino un cambio de mentalidad en la otra parte. Cuando Estados Unidos se dé cuenta de que las amenazas militares no solo no generan concesiones, sino que, de hecho, aumentan los costos de la negociación, se verá obligado a reconsiderar su estrategia y ajustar las reglas del juego.

En este sentido, el ayatolá Jamenei reescribió la ecuación de la negociación:

Negociación, sí.

Imposición—no.

El poder antes del acuerdo,

y la diplomacia llevada sobre los hombros del campo.