• Un soldado italiano vigila delante de la catedral de Milano, la capital de Lombardía, región epicentro del brote del COVID-19.
Publicada: jueves, 9 de abril de 2020 16:16

¿La Unión Europea podrá salir indemne de sus continuos desatinos por como gestiona la crisis desatada por la pandemia del COVID-19 entre sus Estados miembros?

Europa, a principios de este mes de abril, sigue siendo el epicentro de la pandemia de coronavirus, denominado COVID-19, donde el brote, incontrolado, se transformó en catástrofe sanitario dejando tras de sí hasta la fecha a más de 58 500 muertos y más de 715 000 infectados.

La rápida propagación de la letal pandemia en el continente verde está causando una verdadera devastación no solo a nivel sanitario, sino también en lo económico, social, así como en lo que se refiere a la integración de las naciones que conforman la Unión Europea (UE).

Los países europeos que más están sufriendo los estragos de esta plaga en sus propias carnes, cuyo brote se detectó por primera vez en un mercado de mariscos de la ciudad china de Wuhan a fines de diciembre, son en una mayoría los que se sitúan en el sur del continente como es el caso de España, Italia, Portugal y Francia, cuyos territorios acumulan entre los cuatro a más de 412 000 casos positivos y casi 44 000 muertos.

Estas cifras por sí solas ya son escalofriantes, pero si encima las comprobamos con las de Estados Unidos, que ya de por sí son estremecedores con más de 435 000 infectados y más de 14 700 víctimas mortales registradas hasta el momento, nos muestran la verdadera dimensión de esta hecatombe al que se enfrentan los europeos en cómputo general a nivel mundial.

 

 Un cataclismo que ha provocado que las economías más potentes del mundo se paralicen y la mayor parte de las sociedades del planeta se refugien en sus viviendas por el miedo a infectarse de esta cepa pandémica, cuya propagación ha contagiado a más 1 500 000 personas alrededor del globo terráqueo.

Es comprensible que se haya extendido este pánico generalizado entre la población mundial, ya que la carga viral del COVID-19 es muy infecciosa y, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se trata del contagio más pernicioso que aflige a la humanidad en más de 100 años.

Empero, lo que no es comprensible para la opinión pública, por lo menos para los que residen en Europa, es el hecho de que sus principales líderes no pudieron ver venir una crisis de esta índole de naturaleza apocalíptica sin fin a la vista.

Los gobernantes de las naciones europeas no escucharon las advertencias lanzadas en su día de que la contención resultaría ineficaz ante la virulencia del contagio de la cepa del COVID-19, como tampoco escucharon a los expertos que decían que ningún país podía combatir el virus por sí solo y no percibieron que los sistemas de atención médica más avanzados del mundo corrían un grave riesgo de verse abrumados, tal y como estaba sucediendo a finales de diciembre en los centros hospitalarios de Wuhan.

No comprendieron que se necesitarían medidas drásticas hasta que Italia, paciente cero entre los países miembros de la UE, impusiera frenéticamente restricciones de viaje que impidieran los movimientos de los líderes europeos.

Esta negligencia acaecida por parte de los líderes europeos es cuando menos sorprendente si reparamos en que Europa ya ha experimentado similares situaciones de este tipo calamitoso al ser epicentro de varios episodios pandémicos que provocaron que sus prados verdes se transformaran en campos mortales de enfermedades infecciosas, como lo hizo la Peste Negra en el siglo XIV con más de 25 millones personas fallecidas o la pandemia de influenza de 1918, la mal denominada “gripe española”, que dejó tras de sí una estela de 20 a 40 millones de víctimas mortales de entre unos 500 millones de contagiados tanto en este continente como el resto del mundo.

Es por eso que no es de recibo la pauta que siguieron los políticos del Eurogrupo ante lo que se les estaba avecinando y por temor a que no cundiera el pánico entre la población decidieron quedarse con las manos cruzadas a ver si esta crisis se descamaba por sí sola y no les tocaba con suerte hacerle frente.

La falta de previsión y respuesta idónea para combatir los efectos nocivos del brote del COVID-19 por parte de los gobernantes de la eurozona ha dado lugar a que floreciera una desconfianza colectiva al no entender como sus autoridades competentes no implantaron los medios necesarios de contención a tiempo o, como mínimo, hacer acopio de los kit de prueba rápida de detección del virus, material y productos de limpieza y desinfección y los Equipos de Protección Individual (EPI), utensilios tan necesarios para todo aquel personal sanitario que atiende a los pacientes con síndromes de insuficiencia respiratoria, causada por el letal patógeno.

 

Las naciones de la UE, a pesar de su promesa de una unión cada vez más estrecha, reaccionaron de manera egoísta y caótica una vez que la amenaza se hizo evidente. De hecho, los ministros de Sanidad de los Países Bajos y Francia, Bruno Bruins y Agnès Buzyn, respectivamente, renunciaron a sus cargos en medio de la crisis; y, entre tanto, algunos gobiernos engañaron a Bruselas sobre su preparación y luego acumularon equipos esenciales y cerraron sus fronteras al azar, interrumpiendo el comercio y dejando a los ciudadanos varados.

La Comisión Europea (CE), que tiene un poder limitado sobre asuntos de salud de sus Estados miembros, detectó el peligro que escondía el virus en enero, pero no lanzó una alerta de urgencia real hasta marzo.

Y los líderes del bloque regional despreciaron unas semanas cruciales, quizás más, centradas en prevenir una nueva crisis migratoria en la frontera turca, incluso cuando una crisis de escala mucho más gigantesca ya había comenzado a matar a docenas de ciudadanos de la UE en Lombardía, situado el norte de Italia.

Desde entonces, la tibia respuesta del bloque comunitario ante la crisis por el nuevo coronavirus y al llamado de auxilio de sus países miembros, en especial a los que se encuentran en el sur del continente verde, como es el caso de Italia y España, ha suscitado un malestar generalizado en una gran parte de esas dos naciones, que incluso en el caso del país transalpino ha llegado a plantearse la posibilidad de la escisión.

Así pues, desde que, a mediados de febrero, esta letal enfermedad iniciara su rápida propagación en el norte de Italia, provocando un estrago no visto desde la Segunda Guerra Mundial, son muchos los italianos que vienen reclamando a sus gobernantes tomar una postura más contundente respecto a Bruselas, después de comprobar cómo el bloque no responde tal y como debería hacerlo frente a una situación de emergencia sanitaria como la que están sufriendo en carne propia.

Los partidos políticos de corte euroescéptico de Italia aprovechan la coyuntura para volver a difundir sus anhelados reclamos de no seguir permaneciendo a la UE, tal y como plasmaron los británicos en referéndum celebrado en 2016, más conocido como el Brexit.

Cabe destacar que el Reino Unido, que hasta hace poco tiempo era miembro destacado del bloque comunitario, proyectó una imagen de confusión e imprevisibilidad al dar poca importancia en un principio a esta emergencia global para luego volcarse de lleno en la lucha contra esta pandemia, cuya cepa mortal no da tregua a la población británica.

Toda esta situación caótica se está produciendo en la isla británica gracias a que el primer ministro, Boris Johnson, trató de mostrar en su día que su nación trazaría su propio camino ante las posibles vicisitudes que podrían llegar a afectar la vida diaria de sus conciudadanos, que de momento le ha pillado al propio Johnson y el heredero al trono del Reino Unido, Carlos (príncipe de Gales), ambos infectados con la citada pestilencia.

Dado el recelo de los europeos a la gestión de sus gobernantes ante una coyuntura como la es esta emergencia sanitaria de magnitudes desconocidas e imprevisibles para su provenir diario habrá que ver como los altos funcionarios políticos de la UE y nacionales, ministros, diplomáticos y legisladores podaran controlar la situación y reconducir las aguas turbias a sus cauces.

 

Para que llegue ese día en el que se termine de visualizar los efectos negativos del virus en la vida de los europeos y estos recobren la confianza en sus autoridades queda mucho tiempo por recorrer, puesto que la referida apatía de Bruselas ha encarrillado a que la economía de Eurozona entre en una profunda recesión y para salir de ello estas mismas autoridades deben aprobar planes de ajuste y rescates económicos, cuyas consecuencias afectarán de lleno a los bolsillos de los mismos contribuyentes que en algún momento deberán volver a depositar su plena confianza en estos dirigentes del bloque comunitario.

Es por eso que son muchos los expertos que vaticinan una fuerte debacle económica en la Zona Euro, partiendo de los informes de los bancos centrales de Alemania y Francia, los cuales prevén que estos dos principales motores económicos de Europa están a las puertas de sus correspondientes recesiones nunca experimentadas en sus historias que acabarán con muchos años de crecimiento en solo unos meses.

El impacto de la crisis del coronavirus en la economía mundial y comercio hará que la economía de Alemania se reduzca en casi un 10 por ciento en los próximos dos meses hasta junio, según los principales institutos de investigación económica del país germano, siendo este el doble del tamaño de la mayor caída que se produjo en la crisis financiera de 2008.

El Banco de Francia advierte, por su parte, que el cierre de vastos sectores de actividad económica para contener la propagación de la pandemia está eliminando 1,5 puntos porcentuales del crecimiento francés por cada dos semanas que continúan cerrados, de este modo, “después de más de tres semanas de encierro, se espera que la producción económica francesa haya caído en la tasa más alta desde la Segunda Guerra Mundial, es decir: el Producto Interior Bruto (PIB) estará contrayéndose en un 6 por ciento en los primeros tres meses del año”, sostiene la alta entidad financiera del país galo.

Los signos de una recesión severa en Alemania y Francia son peores noticias para otros países europeos como Italia y España que están experimentando consecuencias económicas aún mayores en sus sectores de actividades productivas por los efectos colaterales del coronavirus.

Estos dos últimos países, como ya se ha mencionado en párrafos anteriores, vienen reclamando a los demás Estados miembros de la UE una mayor solidaridad a fin de mitigar los devastadores efectos dañinos del brote del COVID-19 en sus naciones y para lo cual piden que se apruebe la emisión de coronabonos por el Banco Central Europeo (BCE).

Los coronabonos son un instrumento para mutualizar la deuda. Es decir, que toda la deuda resultante de la crisis sanitaria por el coronavirus se presente como una deuda conjunta, que deben asumir todos los países del bloque comunitario y de este modo, el BCE podría emitir deuda con mayor garantía y sería más sencillo el acceso a los mercados de capitales.

Una petición rechazada por los alemanes y los holandeses, entre otros países, que ha suscitado el ya mencionado mal estar entre los socios más afectados por la plaga, y poniendo así en peligro el futuro de la integración europea, tal y como se viene alertando desde el Gobierno de España.

Es cuestión de tiempo para constatar si el proyecto europeo está en sus últimos suspiros o, en cambio, saldrá reforzado del desafío que le supondrá la era posterior al fin de la crisis sanitaria del COVID-19 para reconstruir el tejido económico, social y político de la Unión Europa.

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