• Un grupo de soldados de la OTAN participan en un desfile militar antes de partir hacia Irak para incorporarse a una misión en este país asiático.
Publicada: miércoles, 4 de marzo de 2020 11:34
Actualizada: miércoles, 4 de marzo de 2020 13:04

El intento de la OTAN para seguir quedándose en Irak es a fin de solventar las disensiones internas de sus socios que piden cambios en sus prioridades estratégicas.

El secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Jens Stoltenberg, anunció a mediados del mes de febrero que el Gobierno de Irak había autorizado prolongar la misión del ente militar entrenando a las Fuerzas Armada iraquíes.

Los contornos operativos en lo que concierne al trabajo realizado por los empleados de la OTAN en Irak siguen siendo inciertos, tanto es así que Stoltenberg se abstuvo de especificar el número de asesores que se desplegaría en este país situado geográficamente en el oeste de Asia, apunta el politólogo Jean-Loup Samaan en un artículo de reciente publicación en The Nation.

De hecho, el escritor señala que según parece una parte sustancial de lo que estaría bajo la marca de la Alianza Atlántica consiste en recursos ya comprometidos por las naciones europeas, miembros del ente militar, a través de la llamada coalición internacional contra el grupo terrorista EIIL (Daesh, en árabe), liderada por Estados Unidos.

A pesar de las conjeturas a nivel regional, prosigue el texto, las implicaciones de la declaración de Stoltenberg son más políticas que militares, y la política que se esconde detrás de dicha decisión tiene menos que ver con Asia Occidental mismo que con el frágil estado de la política europea y las relaciones entre Estados Unidos y Europa.

Algunas fuentes de la OTAN han sugerido que esta extensión en Irak se entiende como la primera medida en una reinvención más amplia del compromiso de la entidad castrense con la región del oeste de Asia.

Esta situación se produce después de tres años de intenso cabildeo estadounidense en esa dirección, en concreto, todo comenzó desde que el candidato republicano a las elecciones presidenciales de 2016, Donald Trump, llamara a la OTAN una organización “obsoleta” e instara a los otro Estados miembros a adaptarse a contribuir más a las operaciones antiterroristas, que supuestamente se trata de un tema de mayor prioridad para Washington. La referida contribución exigida a los socios occidentales por parte del actual mandatario estadounidense significó en realidad un mayor desembolso de aportaciones económicas para la Alianza Atlántica.

El magnate neoyorquino volvió a repetir la misma cantinela en el mes de enero luego de que las fuerzas estadounidenses desplegadas en Irak asesinaran cruelmente al que fuera comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica CGRI) de Irán, el teniente general Qasem Soleimani, cuando llamó a los socios de la OTAN a “involucrarse más en Asia Occidental”.

La madrugada del 3 de enero, EE.UU. asesinó al notable estratega persa junto al subcomandante de las Unidades de Movilización Popular de Irak (Al-Hashad Al-Shabi, en árabe), Abu Mahdi al-Muhandis, y a otros militares, en un bombardeo cerca del Aeropuerto Internacional de Bagdad. Todos ellos eran muy respetados por ser unas figuras cruciales contra el terrorismo extremista regional, que los estadounidenses y sus socios alegan combatirlo.

 

Por lo tanto, la narrativa transmitida por los representantes del órgano militar en Bruselas sobre un compromiso mayor en el oeste de Asia está destinada principalmente a una audiencia estadounidense, acota el texto de opinión que, no obstante, llega a detallar que hay una razón para seguir siendo cautelosos al interpretar que esta narrativa involucra cambios militares importantes: la existencia de las disensiones entre los miembros de la OTAN con respecto a sus prioridades estratégicas.

Primero, las naciones de la OTAN no están de acuerdo en priorizar la lucha contra el terrorismo en Asia del Oeste. Este aspecto es importante para una alianza militar en la que cualquier decisión importante requiere consenso entre los 29 Estados miembros, y es por ello que la membrecía tal como está en general, se puede dividir en un ‘campo oriental’ y un ‘campo meridional’. 

En este contexto el escrito define que el primero comprende a los países que creen que la Alianza Atlántica debería centrar sus actividades en el flanco oriental europeo fronterizo con Rusia, mientras que el segundo considera las crisis de seguridad habidas en todas las naciones ribereñas del mar Mediterráneo, desde el norte de África hasta el oeste de Asia, como sus desafíos más acuciantes.

Por lo general, los Estados miembros de la OTAN como Polonia o Estonia creen que Asia Occidental es una distracción; estos prefieren seguir comprometidos con la misión histórica del ente de defender a Europa contra las supuestas amenazas de Rusia, subraya el artículo de Samaan.

 

Mientras tanto, los países del sur de Europa como Italia y España pueden percibir que esta “amenaza rusa” es exagerada por sus socios de Europa del Este y consideran que la migración y la inestabilidad política en el oeste de Asia son los verdaderos peligros al que debe enfrentarse el órgano militar.

Pero incluso dentro de los Estados miembros que priorizan el oeste de Asia y la lucha contra el terrorismo, existen divisiones, adelanta el texto periodístico para luego desarrollar que en la cumbre de la OTAN, celebrada el pasado diciembre en Londres, la capital británica, Turquía intentó, en vano, que los demás socios respaldaran su criterio de que las milicias kurdo-sirias de las llamadas Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), quienes luchan en rebeldía contra el Gobierno de Damasco, presidido por Bashar al-Asad, en realidad son una fracción terrorista.

Además, las disputas de Turquía en la última década con varios de los socios estratégicos de la OTAN en la región, en particular, Israel y Egipto, han tenido consecuencias directas en la capacidad de la alianza para profundizar su compromiso en esta región.

Estos obstáculos políticos generados dentro de la Alianza Atlántica han jugado un papel clave al convertir su contribución general a la región en una empresa muy modesta y es por ello que es poco probable que la expansión de la misión de entrenamiento en Irak rompa ese molde.

Iniciada en 2004, la misión de entrenamiento de la OTAN dependía en gran medida de la presencia de las fuerzas estadounidenses en Irak y en realidad se puso fin tras la decisión de 2011 del entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de retirar esas fuerzas. 

Empero, la misión se reanudó en 2018, pero en esta ocasión, los recursos proporcionados por la OTAN, aproximadamente 500 asesores, difícilmente podrían satisfacer las demandas de reconstruir el nuevo Ejército iraquí y dado que hoy en día el clima político que reina en Bruselas, es poco probable que los miembros de este ente militar estén listos para comprometerse a un mayor nivel que no sea un simple y simbólico gesto a la galería.

Más allá de su compromiso iraquí, la OTAN ha utilizado dos asociaciones principales en la región: el Diálogo Mediterráneo y la Iniciativa de Cooperación de Estambul, para cubrir la región del oeste de Asia y el Norte de África, incluido el Golfo Pérsico. 

Cabe destacar que Kuwait abrió en 2017 el primer centro regional dedicado al entrenamiento militar conjunto para oficiales de la OTAN y los países ribereños del Golfo Pérsico, cuyas instalaciones han permitido a los efectivos de ambas partes mejorar su cooperación a nivel operativo.

 

Si bien la OTAN ha emprendido durante mucho tiempo iniciativas similares de cooperación de defensa, que incluyen entrenamiento táctico y educación militar, con sus aliados del oeste de Asia, el diálogo político del órgano militar con estos socios ha avanzado muy lentamente durante más de una década y esa es una consecuencia concreta de las discordias internas entre los miembros de la Alianza Atlántica.

Como ejemplo de esta disputa, el texto resalta que el Diálogo Mediterráneo se creó después de los Acuerdos de Oslo para apoyar el compromiso de seguridad multilateral entre seis Estados árabes y el régimen de Israel, pero se desvaneció cuando se fue a pique este entendimiento.

Una vez más, sentencia el articulista, que la falta de consenso entre los miembros de la OTAN, esta vez con respecto a las soluciones que podrían solventar el conflicto israelo-palestino, ha demostrado que este ente militar no está a la altura de las circunstancias para liderar y desempeñar un papel activo en resolver importantes disputas regionales.

Es probable que este estado de juego genere frustración entre quienes abogan por una participación más activa de la OTAN en Asia del Oeste, llega a recalcar el autor del documento para después sostener que, no obstante, todas estas limitaciones resaltan el verdadero significado del último anuncio de Stoltenberg, que es que la misión de capacitación en Irak y las conversaciones sobre un compromiso más amplio en la región tienen menos que ver con el oeste de Asia que con la política interna de la alianza y la actitud de las naciones europeas hacia las prioridades de Washington. 

De hecho, concluye Samaan que hasta que se resuelvan las divergencias internas en el seno de la alianza y se encuentre una manera de contrarrestar el liderazgo de Washington, las implicaciones políticas de cualquier expansión en Irak o en cualquier otro lugar de la región probablemente sean de perfil muy bajo.

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