Por Alberto García Watson
Se pronuncia, y de inmediato la sala se queda en silencio, como si alguien hubiera invocado un conjuro medieval. ¿Quién necesita argumentos, pruebas o historia, cuando tienes un término blindado por más de un siglo de cansina repetición?
El historiador Felix Morgenstern nos recuerda lo que parecería demasiado evidente para necesitar explicación, existen judíos semitas, sí. Pero también lo son los árabes, los asirios, los etíopes y otros pueblos que llevan siglos hablando lenguas semíticas y viviendo en la región. Es decir, el club de los semitas tiene muchos socios. O, mejor dicho, los tenía. Porque cuando llegó el neolenguaje político, alguien decidió cerrar el registro de miembros y dejar un solo invitado en la lista.
De este modo, antisemitismo no significa lo que suena, odio hacia los pueblos semitas, sino algo mucho más selectivo, odio hacia un solo pueblo, dejando fuera a todos los demás. ¿Los árabes? Excluidos. ¿Los palestinos? Invisibles. ¿Los etíopes? Mejor ni mencionarlos. Es como si te venden una entrada para “el concierto de todos los artistas de jazz”… y solo toca un clarinete desafinado.
¿Por qué esta extraña amputación semántica? Porque la palabra nunca nació para ser precisa. Según la enciclopedia Britannica, el término fue inventado en 1879 por un alemán, Wilhelm Marr, agitador profesional y creativo del marketing del odio que consideró que “odio a los judíos” sonaba demasiado vulgar. Entonces la envolvió en celofán pseudocientífico y la bautizó con el tono serio de un tratado filológico. Y así, un acto de propaganda se convirtió en categoría moral. El truco fue tan bueno, que seguimos usándolo siglo y medio después.
Pero aquí es donde la historia se vuelve aún más irónica, la mayoría de los israelíes actuales no son descendientes directos de los antiguos hebreos de la tierra santa, sino ashkenazíes, descendientes de comunidades judías de Europa del Este, muchas de las cuales tienen su origen en los jázaros, un pueblo túrquico que se convirtió al judaísmo en la Edad Media. Dicho de otro modo, gran parte del Israel moderno está compuesto por conversos medievales caucásicos que hoy reparten carnés de “semitismo auténtico”.
Mientras tanto, los palestinos, esos a quienes rara vez se incluye en la ecuación, poseen, según múltiples estudios genéticos, una continuidad biológica mucho mayor con los antiguos hebreos de la región. Es decir, los que hoy son tachados de “antisemitas” conservan en su ADN la memoria de los semitas bíblicos, mientras que quienes los acusan, en la mayoría de casos, no tienen conexión genética significativa con la tierra santa. Un chiste histórico tan cruel que ni Aristófanes se atrevería a escribirlo.
Morgenstern lo resume con bisturí académico y sarcasmo contenido:
“Lo único que me niego a tolerar más que los prejuicios, la intolerancia y el racismo…es la ignorancia deliberada y la bastardización del lenguaje. Si no sabes lo que significa algo, no lo repitas.”
Y, sin embargo, se repite. Y se repite. Y se repite. La palabra antisemitismo se despliega en discursos políticos, titulares de prensa y declaraciones institucionales como un comodín intocable. Y cada vez que se usa, vuelve a suceder lo mismo, se refuerza una definición tramposa que borra a millones de legítimos semitas del mapa.
La ironía es demasiado grande para pasarla por alto:
- Una palabra que debería incluir a todos los pueblos semitas los excluye casi a todos.
- Una narrativa que presume defender la memoria histórica, la retuerce para borrar genealogías enteras.
- Y un término que nació como un disfraz de odio, hoy se utiliza como arma moral para acallar cualquier crítica.
Así que la próxima vez que escuches antisemitismo en boca de un político, un periodista o un tertuliano, pregúntate, ¿de qué estamos hablando realmente? ¿De odio a los semitas…o de un monopolio lingüístico que sirve para blindar un relato?
Porque si hay algo más discriminatorio que el odio abierto, es el odio disfrazado de lenguaje respetable. Y antisemitismo es precisamente eso, un término que, bajo la máscara de combatir la intolerancia, perpetúa la mayor de las ironías históricas, darle la espalda a los auténticos semitas.
En definitiva, un error semántico del siglo XIX se convirtió en dogma del siglo XXI. Es por ello que si la palabra se utilizara con honestidad, hoy el mayor acto de antisemitismo de nuestra era sería el genocidio del pueblo palestino, semitas de pura cepa, a manos de quienes monopolizan el término para sí mismos.