Por Xavier Villar
Representa un punto de inflexión en el equilibrio regional y un cambio en la percepción de la propia vulnerabilidad de Irán. La selección de objetivos, su profundidad y el momento político muestran que Estados Unidos ha decidido aprovechar la diplomacia como instrumento de retraso para preparar un ataque completamente ilegal y sin fundamento, tal como ocurrió durante la guerra de los doce días en junio de 2025, en pleno proceso de negociación nuclear. Desde la perspectiva iraní, la simultaneidad entre diálogo y agresión evidencia que Washington no es un interlocutor confiable, reforzando la necesidad de una respuesta estructurada que no deje lugar a la ambigüedad: toda agresión debe ser enfrentada con rapidez, fuerza proporcional y capacidad de impacto regional.
Las instalaciones alcanzadas incluyeron nodos del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), activos del programa nuclear y espacios cercanos al presidente Masud Pezeshkian y al Líder de la Revolución Islámica de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei. Cuando un ataque alcanza el núcleo decisional de un Estado, deja de ser una cuestión operativa y se convierte en un desafío existencial. Para Irán no hay margen de concesión ni escalada gradual. La prioridad es garantizar la continuidad del sistema político y militar a cualquier coste. Esta lógica no surge de la impulsividad sino de décadas de aprendizaje frente a presiones militares, sanciones económicas y sabotajes estratégicos. La vulnerabilidad ha sido internalizada como condición estructural y la respuesta ahora se activa sin limitaciones previas.
El contexto diplomático añade una dimensión crítica. Las negociaciones nucleares indirectas, desarrolladas al mismo tiempo que la agresión militar, subrayan la percepción iraní de que cualquier canal diplomático estadounidense carece de credibilidad. La historia reciente demuestra que Washington ha utilizado el diálogo como una herramienta táctica para ganar tiempo, consolidar inteligencia y coordinar ataques selectivos, en un patrón que la República Islámica interpreta como un intento de debilitarla por medios externos. Esto refuerza la lógica de respuesta inmediata y proporcional, con despliegue de capacidad regional, que hoy marca el núcleo de la estrategia iraní.
Disuasión activa y redistribución de costes
La reacción iraní contra objetivos estadounidenses en el Golfo Pérsico y contra Israel, incluyendo la Quinta Flota en Baréin y la base aérea de Al Udeid en Catar, refleja un enfoque de disuasión activa y ampliada. El objetivo no es alcanzar un equilibrio simétrico, sino imponer costes estratégicos inmediatos y tangibles. Las líneas rojas que previamente modulaban la acción han sido eliminadas. Cada agresión se enfrenta con repercusiones directas, distribuidas a lo largo de toda la región y proporcionadas al nivel de amenaza percibida.
Durante años, Irán ha desarrollado una arquitectura de disuasión basada en misiles de medio y largo alcance, capacidad asimétrica y alianzas estratégicas con actores regionales que comparten un marco político-teológico. Hoy, esta arquitectura se despliega sin restricciones. La coordinación con aliados en Irak, Yemen y Líbano permite proyectar presión más allá del territorio nacional. La operación no depende de improvisación ni de comandos aislados; es un sistema operativo estructurado, diseñado para garantizar que cualquier ataque sobre Irán tenga consecuencias inmediatas sobre Estados Unidos, Israel y los Estados anfitriones de sus bases.
La lógica de confrontación limitada que Estados Unidos ha empleado tradicionalmente —ataques calibrados, operaciones punitivas o bombardeos selectivos— se enfrenta ahora a límites claros. Contra Irán, cualquier agresión al territorio nacional se percibe como una ruptura estratégica, no como un episodio táctico. Los efectos de un conflicto son inmediatos, acumulativos y afectan infraestructura, economía y estabilidad regional. Estados Unidos enfrenta un dilema estructural: retroceder significaría un desgaste reputacional y estratégico; persistir implica un drenaje progresivo de recursos y autoridad.
La dimensión energética añade un vector estratégico adicional. La vulnerabilidad de los flujos de petróleo en el Golfo Pérsico permite a Irán ejercer presión sin comprometer su territorio directamente. La convergencia entre objetivos militares y estratégicos, articulada bajo un marco de supervivencia existencial, redefine el costo de cualquier acción externa. La respuesta iraní no busca únicamente neutralizar una amenaza inmediata sino establecer un precedente de disuasión activa y sostenida. La capacidad de proyectar fuerza a través de aliados regionales demuestra que la acción no es unilateral ni improvisada; es un mecanismo de control político-militar a escala regional.
Irak, Yemen y Líbano constituyen ahora una extensión directa de la estrategia iraní. Las fuerzas chiíes en Irak, Ansar Allah en Yemen y Hezbolá en Líbano actúan con agencia propia y no como meros instrumentos; comparten un discurso político-teológico que legitima la coordinación y permite proyectar costes de manera inmediata. La capacidad de reacción de Irán se traduce en presión sobre toda la arquitectura militar y política de Estados Unidos, Israel y sus aliados, generando efectos que superan la dimensión táctica para alcanzar la política estratégica y la percepción de vulnerabilidad de los adversarios.
Este enfoque emana de la experiencia acumulada frente a políticas estadounidenses que combinan presión militar, sanciones económicas y manipulación diplomática. La resiliencia iraní se construye en un entorno hostil, absorbiendo ataques, proyectando poder indirectamente y transformando cada escalada en un coste acumulativo para el adversario. La estrategia no depende de la superioridad puntual, sino de la consistencia operativa, y la capacidad de mantener abiertas múltiples líneas de presión mientras se preserva la autonomía política y militar.
Conclusión: supervivencia y costes como instrumento de política
La actual crisis marca un punto de inflexión absoluto en la arquitectura de seguridad regional. La simultaneidad entre negociación nuclear y agresión militar ha reducido la credibilidad de Estados Unidos como interlocutor y ha evidenciado que cualquier canal diplomático puede ser utilizado como retraso táctico. Frente a esto, Irán ha activado una respuesta integral que combina disuasión activa, capacidad misilística de largo alcance y despliegue estratégico de aliados regionales. La premisa es clara: toda agresión será enfrentada de inmediato y generará costes concretos, tangibles y regionalmente distribuidos.
El nuevo escenario no se ajusta a la lógica de guerra convencional controlada ni de hegemonía unilateral. Se trata de un equilibrio en el que la supervivencia determina la acción y cada actor posee capacidad de imponer costes significativos. La estabilidad dependerá de la gestión precisa de umbrales estratégicos y de la previsibilidad de la respuesta. La imposición de costes regionales se convierte en un instrumento explícito de la política iraní y redefine cualquier noción previa de límites o líneas rojas.
La respuesta de Irán ya no es reactiva ni modulable; es estratégica, estructural y proactiva. La combinación de disuasión, despliegue regional y presión indirecta convierte la supervivencia en un principio operativo que guía todas las decisiones. La República Islámica ha demostrado que actúa conforme a esta lógica: el cálculo de costes es inmediato, la acción es proporcional a la amenaza y la agencia regional se coordina dentro de un marco compartido que asegura que cada agresión tenga consecuencias tangibles. La imposición de costes se proyecta sobre toda la región, desde las bases estadounidenses hasta los actores estratégicos de Levante y el Golfo Pérsico, estableciendo un precedente que redefine el equilibrio de poder y la dinámica de confrontación en Oriente Medio.
En estas condiciones, cualquier expectativa de moderación unilateral o retroceso debe considerarse limitada. La región ha entrado en un ciclo de alta densidad estratégica, donde la disuasión, la respuesta inmediata y la capacidad de imponer costes definen el horizonte de acción. Irán ha dejado claro que su lógica de supervivencia no admite concesiones bajo amenaza existencial. La estrategia no busca confrontar por confrontar; busca que cada acción contra el país tenga un coste inmediato y medible, estableciendo una nueva referencia para la interacción regional y la proyección de fuerza externa.
