Publicada: viernes, 29 de mayo de 2026 10:12

Aunque la guerra llevaba mucho tiempo proyectando su sombra sobre el sur del Líbano, la mañana del jueves 28 de mayo comenzó en paz. El sol salió como siempre, ajeno a otra amarga tragedia que pronto se desarrollaría.

Por Sheida Eslami

Sidón despertaba y la vida comenzaba una vez más a pasar frente a las ventanas. Pero momentos después, el cielo enmarcó una escena distinta: el rugido de una explosión, seguido por el pesado silencio que siempre sigue a un crimen; un silencio en el que uno sabe instintivamente que algo se ha hecho añicos.

En el barrio de Qai’a, un edificio residencial se había derrumbado. Escombros, humo, gritos y personas buscando con las manos desnudas algún signo de vida entre piedra y hierro.

Cuando los cuerpos fueron recuperados, un nombre se extendió entre el polvo y la sangre, un nombre bien conocido en el panorama mediático de la resistencia, desde el Líbano, Irak y Siria hasta Palestina e Irán: Hossam Zaidan. Un periodista veterano, valiente y profundamente comprometido de la cadena informativa Al-Alam, que había pasado años llevando su cámara a las líneas del frente para que las realidades de la guerra pudieran verse de primera mano, sin distorsión ni mediación.

Junto a él había varios civiles: personas desplazadas que habían huido de la guerra de agresión israelí en busca de seguridad, solo para que la guerra los encontrara una vez más en un refugio temporal.

Hossam era un nombre apropiado para él. En árabe, su lengua materna, el nombre significa una espada afilada, una hoja forjada para cortar la oscuridad y desgarrar el velo del engaño.

Y qué hermoso nombre para un hombre cuya arma no era el acero, sino la verdad; un periodista que llevaba su cámara como una espada desenvainada al corazón del campo de batalla y que, con cada reportaje, descorría otro velo de mentiras, distorsión y silencio.

Mucho antes de desplomarse en su propia sangre en Sidón, Hossam había pasado años empuñando esa espada silenciosa, una lucha a menudo más dura que las balas, librada en el terreno de las narrativas, donde el enemigo teme más la revelación de la verdad que la pérdida de vidas.

No era de esos periodistas que narran la guerra desde detrás de un escritorio. Pertenecía a una generación que entendía que las noticias no son simplemente una recopilación de hechos o una frase en una pantalla, sino un testimonio. Esa comprensión arraigó profundamente en un joven cuya patria ancestral, lugar de nacimiento y país era Palestina, pero que creció lejos de ella —en el Líbano, Jordania y Siria— respirando una atmósfera impregnada del aroma de los versos coránicos, los olivos, la paciencia y las luchas épicas.

Era un mundo en el que los contornos de la vida se trazaban desde la infancia con palabras como ocupación, bloqueo, exilio y desplazamiento. Fue allí donde eligió su camino: dar testimonio de un sufrimiento que gran parte del mundo no podía ver o se negaba a ver.

Por esa razón, Hossam estudió comunicación. Tras incorporarse en 2009 a la cadena informativa Al-Alam, perteneciente al Servicio Mundial de Radiodifusión de la República Islámica de Irán, dedicó años a traducir en imágenes lo que otros sufrían bajo los escombros y los misiles: desplazamiento, tortura, hambre, pérdida y migración forzada.

A través de su lente, tragedias lejanas adquirieron rostros, nombres y voces.

 

Donde el propio periodista se convierte en la primera línea

El punto de inflexión en su vida profesional llegó cuando la guerra en Siria transformó el campo de batalla en un complejo escenario de prueba para la Umma (comunidad) islámica. Desde 2011 en adelante, durante años en los que muchos se retiraban de las líneas del frente, Hossam avanzó hacia ellas.

Desde Deir Ezzor hasta Alepo y Hama, desde ciudades medio destruidas hasta calles donde los disparos parecían escribir su propio vocabulario de muerte, ocupación y crimen, se mantuvo firme para documentar la historia cotidiana de la guerra y el futuro que el enemigo había intentado imponer a Siria. A través de su lente aparecieron los rostros de madres que compartían pan con lágrimas, niños buscando sus cuadernos escolares bajo los escombros y combatientes luchando por recuperar las vidas, la patria y la dignidad de su pueblo de las garras de los terroristas de Daesh.

No se limitaba a informar sobre los acontecimientos; preservaba la historia humana enterrada bajo los titulares y los comunicados militares, revelando el costo de la guerra tal como lo soportaba la gente común.

Cuando el devastador terremoto golpeó Siria en 2023, Hossam estuvo una vez más entre los primeros en entrar en la zona del desastre. No estaba allí en busca de imágenes decorativas del sufrimiento o escenas emocionales pasajeras, sino para ofrecer una cobertura humana.

Fue para mostrar la realidad tal como era: la escasez, los edificios derrumbados, las montañas de escombros y las personas que lo habían perdido todo en cuestión de segundos y aun así enfrentaban la abrumadora tarea de sobrevivir un día más.

En el encuadre del destino

Dicen que algunos momentos, si no son registrados por un periodista, más tarde serán distorsionados por la historia. Uno de esos momentos fue la narrativa decisiva de Al-Bukamal en 2017; un lugar donde se convirtió no solo en periodista, sino en testigo presencial de la sangrienta historia de la resistencia.

Al-Bukamal, el último bastión de Daesh, era una clave estratégica de la región. Hossam, con detalles que solo un observador de campo preciso podía captar, narró cómo el ejército sirio y los combatientes de la resistencia, en una carrera contrarreloj, bloquearon el avance de las fuerzas estadounidenses que pretendían apoderarse de la zona desde la base de Al-Tanf.

Habló de tácticas en el desierto y de la vigilancia militar que impidió que las rutas regionales de tránsito cayeran en manos de los ocupantes estadounidenses. En sus reportes en directo, Hossam Zaidan no solo informó sobre la “victoria”, sino que describió el mapa del campo de batalla, explicó la sensibilidad de las rutas y mostró cómo unos segundos podían cambiar el destino de una geografía.

Sin embargo, el encuadre más perdurable de su narración fue la repentina presencia del mártir y alto comandante antiterrorista, el general Qasem Soleimani, en las líneas del frente de Al-Bukamal.

Con una voz aún temblorosa por la emoción en imágenes archivadas de Al-Alam, Hossam describió cómo vio a Hach Qasem en medio del fuego y la sangre, caminando entre los combatientes sin ceremonias, sin guardaespaldas y con su sonrisa habitual.

Habló de aquella calma que se mantenía como un pilar en medio del caos de la región, permitiendo a la resistencia apoyarse en ella, respirar de nuevo y completar su misión.

Hossam testificó que la presencia del general Soleimani en las afueras del sur de Al-Bukamal cambió las ecuaciones psicológicas de la guerra; un hombre que era comandante, pero que en las trincheras permanecía hombro con hombro junto a sus soldados.

La narración de Zaidan sobre el comandante que diezmó a Daesh transmitió al mundo una imagen de un “comandante de corazones” que ningún medio occidental pudo silenciar.

De Damasco a Teherán y de regreso al frente

Tras los cambios políticos en Siria a finales de 2024, su camino profesional lo llevó a Teherán. Durante un tiempo, trabajó en la sede principal de la cadena Al-Alam como editor de noticias. Pero no era el tipo de persona cuyo corazón se mueve con el traslado de una oficina.

Para él, el frente no era una geografía, sino un compromiso. Cuando el Líbano volvió a estar bajo presión y amenaza, Hossam regresó al corazón sangrante de la resistencia para ver e informar de primera mano, sin miedo ni favoritismos.

Se dice que dos meses antes de su martirio, varios de sus compañeros cercanos también fueron martirizados en ataques aéreos israelíes. El dolor se convirtió en su compañero constante, pero no le impidió seguir adelante, como si personas como él se volvieran más firmes y decididas a continuar su labor a través de la tristeza.

Y luego llegó aquel ataque fatal, en el que el propio periodista apareció dentro del encuadre de la noticia. En ese despreciable ataque israelí, él mismo alcanzó el martirio, y su hijo también resultó gravemente herido y fue trasladado a cuidados intensivos.

Cuando el martirio rompe los límites de la noticia

El martirio de Hossam no fue una noticia ordinaria, por lo que las reacciones tampoco lo fueron. Declaraciones oficiales, mensajes de condolencia y enfáticas afirmaciones subrayaron que atacar a un periodista significa atacar el “derecho a saber”. La cadena Al-Alam también habló de su colega, de alguien que durante años fue el “narrador de momentos difíciles” y que ahora se había convertido en uno de esos mismos momentos.

Peyman Yebeli, presidente de la Organización de la Radio y Televisión de la República Islámica de Irán (IRIB, por sus siglas en inglés), y el jefe del Servicio Mundial de IRIB, Ahmad Noruzi, también condenaron enérgicamente el asesinato del ex corresponsal del canal Al-Alam TV.

En un mensaje difundido el jueves, Yebeli lo describió como un “valiente combatiente del campo informativo y decidido periodista de los medios de la resistencia”, que fue martirizado “en la agresión criminal de los sionistas” contra Sidón, revelando una vez más “el rostro feo y la naturaleza maligna del régimen usurpador israelí”.

En una declaración separada, Noruzi afirmó que “el martirio de este querido colega tras el ataque aéreo del régimen israelí contra la ciudad de Sidón, en el sur del Líbano, volvió a revelar su naturaleza criminal”.

El martirio de Hossam forma parte de una cadena roja de periodistas cuya sangre, en los últimos meses, se ha mezclado con la tierra del sur del Líbano.

Antes que él estuvieron nombres como Amal Jalil, la valiente periodista cuya pluma inquietaba a los ocupantes; Ali Shaib, conocido como el “Avini del Líbano”, cuya cámara era una pesadilla constante para las fuerzas sionistas a lo largo de la frontera; Mohammad y Fatima Fatouni, el reconocido camarógrafo y periodista de Al-Mayadeen; y muchos otros cuyos nombres terminaron en listas de asesinatos.

 

No fueron accidentes. Tampoco simples consecuencias de la guerra. Fueron actos sistemáticos de violencia dirigidos contra quienes tenían como única arma la verdad.

Las estadísticas son contundentes. El régimen sionista se ha ganado la sombría distinción de ser una de las fuerzas más letales para los periodistas en el siglo XXI. El ataque deliberado contra trabajadores de los medios en el Líbano y Palestina refleja un intento de cegar al mundo ante lo que ocurre sobre el terreno, sin darse cuenta de que por cada cámara silenciada, decenas más son levantadas por una nueva generación decidida a seguir documentando los acontecimientos.

Hoy, en medio de una lucha que muchos en toda la región consideran una confrontación existencial entre la verdad y la falsedad, el martirio de estos periodistas ha forjado un vínculo irrompible entre los frentes de resistencia que se extienden desde Teherán hasta Damasco, desde Beirut hasta Gaza y Saná, y las instituciones mediáticas que dan voz a sus narrativas.

Su sangre da testimonio no solo de lo que sus partidarios describen como el declive moral y militar del régimen sionista y sus patrocinadores estadounidenses, sino también del surgimiento de una nueva realidad regional, en la que las experiencias vividas y las narrativas de las naciones sometidas a presión desafían cada vez más los monopolios mediáticos establecidos desde hace tiempo y las narrativas internacionales dominantes.

Hossam y quienes eran como él no luchaban con fusiles, pero su trabajo era una forma de lucha en sí misma. Creían que el periodismo no era simplemente la transmisión de acontecimientos, sino la preservación de la historia en la memoria colectiva de la humanidad; un medio para defender a aquellos cuyas voces suelen quedar ahogadas por el ruido de las poderosas instituciones mediáticas.

Quizás por eso eran considerados peligrosos. Una vez que la verdad queda documentada, resulta mucho más difícil borrarla.

Hossam se ha ido, pero aquello que representaba permanece: la convicción de que la verdad no puede ser asesinada, de que si una voz queda enterrada bajo los escombros, la historia terminará desenterrándola. Y de que quienes dan testimonio no desaparecen realmente mientras las historias que contaron sigan siendo recordadas.