Publicada: domingo, 12 de abril de 2026 17:00

Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán celebradas en Islamabad terminaron sin acuerdo. La declaración del vicepresidente J.D. Vance fue breve: "No hemos llegado a un acuerdo porque Irán no ha aceptado nuestras condiciones".

Por Xavier Villar

La frase merece atención por lo que presupone. Contiene una afirmación de centralidad discursiva que la configuración material de poder en la región ya no sostiene de manera evidente. El fracaso interesa menos que la persistencia de un lenguaje que sitúa a Washington como el actor que formula condiciones y a Teherán como el que debe aceptarlas o rechazarlas. Esta gramática pertenece a un orden que la guerra reciente contribuyó a desestabilizar, aunque en Washington se siga reproduciendo con notable inercia.

Estados Unidos llegó a Islamabad con una lista de exigencias: límites estrictos al enriquecimiento de uranio, acceso irrestricto al Estrecho de Ormuz, restricciones verificables a las capacidades balísticas. Irán llegó con otra lectura del momento. La delegación iraní actuó con la convicción de haber atravesado lo peor y conservado tanto la cohesión interna como la capacidad de proyección regional. Esta divergencia perceptual excede el desacuerdo sobre datos. Es en esa brecha interpretativa donde se inscribe el fracaso.

La formulación de Vance, "nuestras condiciones", asume una jerarquía. Presupone que existe un actor con la prerrogativa de establecer los términos del acuerdo y otro cuya función es aceptarlos, rechazarlos o negociar en los márgenes. Durante décadas esta asunción correspondió a una realidad: Estados Unidos disponía de la capacidad material para imponer costes insoportables a quienes no se acomodaran a sus preferencias. La superioridad militar era abrumadora, las sanciones funcionaban como instrumento de estrangulamiento económico, y la red de alianzas regionales garantizaba el aislamiento de los “regímenes díscolos”. En ese contexto, hablar de "condiciones" expresaba una asimetría de poder verificable. Persistir en ese lenguaje cuando las condiciones han cambiado revela menos fortaleza que incapacidad de ajuste.

La guerra reciente alteró esa ecuación. Teherán demostró que puede absorber niveles considerables de daño sin colapsar y puede, además, responder de maneras que afectan intereses estadounidenses y de sus aliados en múltiples teatros simultáneamente. Irán resistió oleadas de ataques, mantuvo la estabilidad interna, desplegó capacidades de respuesta contra infraestructuras críticas en países del Golfo, y evitó el desmoronamiento que muchos analistas habían anticipado. El balance de poder material permanece desigual, Estados Unidos conserva una superioridad militar convencional evidente, pero su capacidad para traducir esa superioridad en resultados políticos favorables se ha erosionado de manera visible.

Washington se resiste a incorporar esa erosión en su discurso negociador. Reconocerla implicaría reformular el lenguaje: términos mutuamente aceptables en lugar de condiciones unilaterales, reciprocidad en lugar de cumplimiento. Tal reformulación tendría costes simbólicos que exceden lo meramente lingüístico. El lenguaje estructura posiciones estratégicas. La manera en que un actor articula su lugar en el sistema afecta cómo justifica sus políticas internamente y cómo es percibido externamente. Abandonar la gramática de la hegemonía constituye, en sí mismo, una concesión que Washington parece decidido a evitar, incluso a costa de hacer inviables sus propias propuestas.

Estados Unidos operaba en Islamabad bajo el supuesto de que la presión sostenida había debilitado a Irán lo suficiente como para forzar concesiones significativas. El supuesto tiene fundamento empírico: las sanciones han causado daños graves a la economía iraní, las operaciones militares impusieron costes materiales considerables. Teherán lee estos mismos hechos de manera diferente. Desde su perspectiva, la guerra se ha ganado y, por lo tanto, sería el otro lado el que tendría que aceptar las condiciones impuestas por Irán, en concreto el control sobre el Estrecho de Ormuz y la capacidad de enriquecer uranio.

Esta divergencia perceptual es estructural. Las negociaciones están determinadas tanto por correlaciones objetivas de fuerza como por la percepción que cada parte tiene de su propia posición y de la del adversario. Irán llegó a Islamabad habiendo concluido que cruzó un umbral, el que separa la vulnerabilidad existencial de la sostenibilidad bajo presión. Esa convicción estructura su comportamiento. Washington interpretó la disposición iraní a negociar como señal de debilidad inminente. Teherán, en cambio, calcula que puede obtener mejores términos ahora, tras haber demostrado capacidad de resistencia, que si hubiera negociado antes del conflicto. Esta asimetría perceptual hacía difícil cualquier convergencia.

Las condiciones presentadas por Estados Unidos eran, desde cualquier lectura realista, inasumibles. Limitar el enriquecimiento de uranio a niveles que eliminarían toda capacidad de umbral nuclear; garantizar acceso irrestricto al Estrecho de Ormuz, renunciando a la herramienta de disuasión asimétrica verdaderamente eficaz de que dispone Irán; desmantelar programas balísticos que constituyen el eje de su defensa convencional. En conjunto, estas demandas configuraban condiciones cercanas a una capitulación. Washington las presentó como base plausible para la negociación. Esto sugiere dos posibilidades: los negociadores estadounidenses operaban bajo una lectura errónea de la posición iraní, o las demandas estaban concebidas para ser rechazadas, permitiendo atribuir la ruptura a la intransigencia de Teherán.

La Erosión del Centro

El punto nodal de un sistema regional se define tanto por capacidades materiales como por la habilidad de articular el lenguaje común, de establecer qué posiciones cuentan como razonables y cuáles como extremas. Durante décadas Estados Unidos desempeñó ese papel en Oriente Medio. Sus alianzas definían el campo de la legitimidad, sus adversarios eran marginales por definición, sus propuestas constituían el punto de partida natural para cualquier negociación seria. Cuando Vance dice "nuestras condiciones" y Teherán las rechaza sin sufrir consecuencias paralizantes inmediatas, algo se ha modificado. Irán carece de capacidad y probablemente de ambición para asumir el papel de centro, pero el centro mismo se ha vuelto difuso, contestado.

Reconocer esta reconfiguración implicaría para Washington costes simbólicos considerables. Significaría admitir que la presión militar sostenida, las sanciones devastadoras, el aislamiento diplomático, todo el arsenal de herramientas coercitivas desplegado durante años, no bastó para restaurar la jerarquía deseada. Aferrarse a una gramática que ya no corresponde a la realidad material genera sus propios problemas. Produce expectativas irrealistas, conduce a demandas que no pueden satisfacerse, erosiona la credibilidad del actor que las formula. Las "condiciones" estadounidenses corren el riesgo de volverse irrelevantes incluso para quienes alguna vez las tomaron en serio.

La declaración de Vance ilustra esta tensión. Formula el fracaso de Islamabad como problema de intransigencia iraní cuando en realidad refleja la renuencia estadounidense a ajustar su discurso a una realidad transformada. Vance preservó la ficción de que Washington retiene la prerrogativa unilateral de establecer términos al decir "porque Irán no aceptó nuestras condiciones" en lugar de reconocer que las posiciones resultaron incompatibles o que las concesiones necesarias excedían lo que ambas partes estaban dispuestas a ofrecer.

Esta preservación discursiva tiene consecuencias prácticas. Refuerza dentro de la administración la idea de que el problema es de presión insuficiente. Alimenta la lógica de que si Irán rechaza ahora será porque los costes impuestos no han sido todavía lo bastante severos, y que por tanto la respuesta adecuada es intensificar la presión. Esta lógica ignora que existe un límite a lo que la presión puede lograr cuando el adversario ha decidido que la supervivencia depende precisamente de la resistencia. Todo indica que Teherán llegó a esa conclusión.

Las opciones disponibles son todas problemáticas si Estados Unidos no modera sus exigencias e Irán, dada su estructura de poder interna y su narrativa de resistencia, no puede aceptarlas. Renovar las negociaciones bajo los mismos parámetros reproducirá la misma dinámica. Abandonar el proceso diplomático sin acuerdo proyecta debilidad precisamente cuando Washington busca restablecer su credibilidad disuasoria regional. La escalada militar, opción que algunos sectores defienden como necesaria, conlleva los riesgos más graves.

Una nueva campaña militar de alta intensidad contra Irán exigiría recursos, tiempo y voluntad política de los que Estados Unidos actualmente carece. Las operaciones terrestres a gran escala requerirían meses de preparación y movilización, con costes económicos y políticos internos difícilmente asumibles en año electoral. Ataques aéreos masivos contra infraestructura crítica iraní causarían daños significativos pero no producirían colapso, tal y como se ha visto durante estos cuarenta días. La experiencia reciente demuestra que Teherán puede absorber un castigo considerable y mantener cohesión y capacidad de respuesta. La respuesta sería casi con certeza multifacética y distribuida. Irán ha demostrado capacidad para operar directamente y a través de aliados en múltiples teatros: Líbano, Siria, Irak, Yemen, el Golfo Pérsico. Una escalada estadounidense desencadenaría probablemente una expansión horizontal del conflicto, con ataques contra intereses estadounidenses, israelíes y de Estados del Golfo en toda la región.

Factores políticos condicionan además la posición estadounidense y limitan su margen de maniobra. El próximo encuentro entre el presidente Trump y Xi Jinping concentra atención diplomática significativa. Las elecciones de medio término se aproximan, elevando el coste político de cualquier compromiso militar prolongado sin resultados claros. Estos factores temporales introducen una dimensión de urgencia asimétrica: Washington necesita resolver o al menos estabilizar la situación iraní dentro de una ventana temporal estrecha, mientras que Teherán puede permitirse esperar. La paciencia estratégica es uno de los pocos activos en los que Irán mantiene ventaja comparativa.

La capacidad estadounidense para sostener operaciones militares de gran escala está limitada además por compromisos existentes en otros teatros, por restricciones presupuestarias y por una opinión pública cansada de guerras en Oriente Medio que no producen resultados claros. Afganistán, Iraq, Siria dejaron un saldo de escepticismo profundo respecto a la viabilidad de soluciones militares en la región. Cualquier nueva campaña enfrentaría desde el inicio un déficit de credibilidad pública que complicaría su sostenimiento político.

El Desplazamiento No Reconocido

La guerra reciente demostró que Irán puede negar a Washington una victoria rápida y limpia. Puede transformar cualquier escalada en un conflicto prolongado, costoso, políticamente difícil de sostener, sin garantía de desenlace favorable. Esta capacidad de negación erosiona la centralidad discursiva que Washington disfrutaba. Esa erosión explica en parte la dificultad estadounidense para ajustar su lenguaje negociador. Hacerlo implicaría reconocer que la guerra confirmó el deterioro de la jerarquía en lugar de restaurarla.

Islamabad fracasó porque ambas partes operaban dentro de marcos perceptuales incompatibles sostenidos por lógicas discursivas contradictorias. Estados Unidos llegó asumiendo que conservaba la centralidad necesaria para imponer términos. Irán llegó habiendo concluido que esa centralidad se había erosionado lo suficiente como para permitirse el rechazo. Washington dispone aún de capacidades formidables y de una red de alianzas que ningún otro actor regional iguala. Teherán ha demostrado una resiliencia y una capacidad de negación estratégica que limitan la traducción de esas capacidades en resultados políticos favorables.

Llegar a un compromiso técnico sobre niveles de enriquecimiento o protocolos de navegación requeriría que Estados Unidos reconociera, aunque sea implícitamente, que ya no ocupa la posición desde la cual puede dictar términos unilateralmente. Ese reconocimiento tiene un coste político que Washington no está dispuesto a pagar. La declaración de Vance es sintomática de esta renuencia. Al formular el fracaso como resultado de la intransigencia iraní, preserva la ficción de la centralidad estadounidense.

Las ficciones tienen vida limitada cuando chocan repetidamente con realidades adversas. Las negociaciones seguirán fracasando mientras esa fantasía persista. Estados Unidos continúa exigiendo en la mesa de negociación lo que no pudo conseguir en el campo de batalla: la restauración de su centralidad indiscutida. La guerra desplazó a Estados Unidos del punto nodal discursivo que había ocupado durante décadas en Oriente Medio. Islamabad demostró que Washington aún no acepta ese desplazamiento. El callejón estratégico persistirá mientras Washington no acepte el desplazamiento o no logre revertirlo mediante medios que actualmente no están a su disposición. La declaración de Vance, en su brevedad, captura esta imposibilidad: Estados Unidos sigue hablando el lenguaje de la hegemonía en un momento en que la hegemonía misma se ha vuelto objeto de disputa.