Publicada: sábado, 7 de febrero de 2026 15:05

Tras incendios y saqueos en Teherán, millones de iraníes salieron a las calles en una masiva demostración de unidad contra la injerencia extranjera.

Por:  Mohammed Reza Fallah *

“No hagas cosquillas al dragón si no puedes soportar el calor”, reza un famoso proverbio chino que me vino a la mente mientras recorría las calles de la capital iraní, Teherán, inmerso en un silencio colectivo.

Por lo que he observado, los iraníes suelen ser un pueblo muy sensible al ruido. Intenta tocar la bocina sin necesidad o hablar a gritos en el metro y te recibirán con las miradas más gélidas.

A los iraníes les gusta su “paz mental”. Hay, sin embargo, una excepción: las concentraciones masivas. En ningún otro lugar se puede apreciar un despliegue tan organizado de imágenes y sonidos.

Un estadio de fútbol a reventar, el funeral multitudinario de un comandante mártir, un banquete público de diez kilómetros de longitud, distintos festivales socioculturales, las habituales reuniones del rezo del viernes o las magníficas procesiones de Muharram: las concentraciones iraníes son, cuanto menos, espectaculares.

El arte de corear consignas en el melódico idioma persa; las banderas y estandartes ondeando; los niños cantando al unísono; la participación masiva de personas de todas las edades; el mar de puños en alto; los cánticos; la maestría organizativa para movilizar multitudes con apenas aviso; y la unidad de propósito tejida en ensayos corales artísticos, a menudo dirigidos por una sola voz que el micrófono amplifica y ante la cual miles responden al unísono.

Los iraníes, que desde hace tiempo han descifrado este código, han perfeccionado el arte de la protesta. Esta vez, sin embargo, algo se sentía notablemente diferente.

Era jueves por la noche en Teherán, un horario generalmente reservado para súplicas masivas, reuniones amistosas o salidas familiares, según la inclinación de cada quien.

Me encontraba a un paso del Gran Bazar de Teherán. Al caer el crepúsculo, la atmósfera se volvió tensa. El hijo de 65 años del depuesto monarca iraní había emitido un llamado a la protesta (léase: al motín).

“Gran nación de Irán, los ojos del mundo están sobre ustedes. Salgan a las calles y, como frente unido, griten sus demandas”, dijo el autoproclamado “príncipe heredero”, quien, según los iraníes, “todavía recibe dinero de bolsillo de su mamá”.

Días después de que los comerciantes o “bazari” del Gran Bazar de Teherán protestaran por el aumento del dólar, como por arte de algún algoritmo, su imagen y videos comenzaron a aparecer por doquier en las redes sociales.

El guion cambió rápidamente de las pacíficas “protestas económicas” a la consabida agenda de “cambio de régimen” promovida por los gobiernos estadounidense e israelí.

Un conocido de Yazd, aspirante a político, me comenzó a enviar mensajes abruptos sobre la necesidad de “despertar” y de cómo el “Shah” estaba por regresar. Otros amigos, preocupados, me llamaron para decirme que “me quedara en casa y no saliera esa noche”.

Mi mente rememoró entonces los días de la Revolución Islámica de 1979, cuando los iraníes sacudieron la nación desde azoteas y ventanas con los cánticos de “Allahu Akbar (Dios es el más grande)”.

“Las personalidades irán y vendrán, pero esta arma de ‘Allahu Akbar’ que tenemos siempre nos protegerá”, había dicho una vez el difunto fundador de la República Islámica, el Imam Jomeini.

A medida que avanzaba la noche, la calidad de las famosas protestas iraníes se deterioró drásticamente.

Salí de mi hospedaje para ver qué sucedía. Los sonidos intermitentes se habían transformado en estallidos esporádicos de ruido y el aire estaba cargado de humo.

Lo que vi después me encogió el corazón.

Los restos de un paradero de autobús estaban destrozados, contenedores de basura incendiados con residuos esparcidos por la calle, hombres vestidos de negro con el rostro cubierto bloqueaban el camino con todo lo que encontraban a su alcance.

Las tiendas fueron vandalizadas, postes derribados, cajas de donaciones azules y amarillas para los pobres, tan comunes en lugares públicos de Irán, fueron sacudidas hasta caer, pantallas de cajeros automáticos destrozadas por todas partes y, para colmo, un banco al final de la calle, con persianas semitransparentes, fue saqueado con destreza y prendido fuego.

Al acercarme al banco, ubicado bajo un puente público, no pude evitar notar escenas extrañas.

Unas 100-150 personas, en su mayoría hombres vestidos de negro y con el rostro cubierto, se habían reunido bajo el puente. También había algunas mujeres, todas enmascaradas, que se situaban en el centro y daban vueltas alrededor de una hoguera, tomándose de las manos, cantando y coreando al estilo típico iraní.

 

Lo sorprendente era que el edificio del banco ardía en llamas y nadie parecía inmutarse. El fuego creciente me hizo pensar en posibles cilindros de gas en los pisos superiores.

La tienda de comestibles cercana pertenecía a hermanos iraníes que trabajaban desde temprano hasta casi la medianoche. La mayoría de las personas simplemente observaba cómo las llamas devoraban la estructura.

Encima, sobre el puente, un grupo de motociclistas, también vestidos de negro y con casco, filmaba el banco en llamas y otras escenas, claramente en una misión.

A pesar de los cánticos que se escuchaban en medio de la calle bajo el puente, entre los espectadores reinaba un silencio inquietante. Los pocos rostros descubiertos dejaban entrever desaprobación ante lo que ocurría.

Me tomó un tiempo comprender las miradas prolongadas y temerosas de algunos de los presentes. Era el extraño. Por primera vez, no llevar máscara entre hombres enmascarados me hacía ver sospechoso. Temiendo que la situación se tornara peligrosa, decidí retirarme.

Esa noche fatídica, cientos de autobuses, mezquitas, edificios gubernamentales, hospitales, cajeros automáticos, bancos y muchos otros lugares públicos y privados fueron incendiados y destruidos.

Las pruebas muestran que grupos terroristas respaldados desde el extranjero usaron y distribuyeron armas, apuntando deliberadamente a civiles y fuerzas de seguridad.

Miles de hombres, mujeres y niños inocentes murieron. Como si fuera poco, el presidente estadounidense Donald Trump y otros estadounidenses alentaron los disturbios desde la distancia.

Hoy las cosas han mejorado; todas las máscaras han caído. El pueblo ha visto suficiente.

El 12 de enero, escribiendo la historia una vez más, la nación iraní salió en una gloriosa procesión que un periódico local tituló como “El Día de Dios”.

“Estas masivas concentraciones, llenas de determinación, han frustrado los planes de enemigos extranjeros que debían ejecutarse mediante mercenarios internos”, declaró el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, en un discurso en vivo, con más de 90 millones de iraníes atentos pese a que Internet estaba suspendido.

Los tambores de guerra suenan ahora, aunque Irán y Estados Unidos han retomado las negociaciones nucleares en Mascate, casi ocho meses después de la agresión israelí-estadounidense de junio pasado que llevó a la suspensión de la diplomacia.

Desde el lado iraní, el mensaje es claro y contundente: “No hagas cosquillas al dragón si no puedes soportar el calor”.

* Mohammed Reza Fallah es investigador en Teherán, originario de India.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV