Por: Mohd Azmi Abdul Hamid *
Durante más de cuatro décadas, la República Islámica de Irán ha sido sometida a una de las campañas más sostenidas y amplias de presión externa en la historia moderna.
La guerra económica, la intimidación militar, las operaciones encubiertas, la manipulación de la información, el aislamiento diplomático y la deslegitimación política han sido todas empleadas con un único objetivo estratégico: debilitar a Irán internamente y, finalmente, desmantelar su orden político soberano.
Que este objetivo no haya sido alcanzado no es cuestión de azar. Es evidencia de que el propio manual de desestabilización ha alcanzado sus límites.
Estados Unidos y sus aliados sionistas han agotado casi todas las herramientas conocidas, salvo una invasión a gran escala. Lo que queda hoy no es una estrategia, sino una escalada impulsada por la frustración y el declive imperial.
La piedra angular de esta campaña de presión total ha sido la guerra económica. Las sanciones impuestas a Irán van mucho más allá de medidas dirigidas a instituciones estatales o funcionarios específicos.
Están diseñadas para sofocar toda la economía. Al restringir las exportaciones de petróleo, cortar el acceso a los sistemas bancarios globales, penalizar a terceros y obstruir el comercio, estas sanciones buscan aumentar los costos de vida, devaluar la moneda y socavar la confianza pública.
Los civiles no son daños colaterales en esta estrategia. Son la palanca.
Este enfoque constituye un castigo colectivo, prohibido por el derecho internacional. Sin embargo, ha sido normalizado mediante eufemismos como “máxima presión” y “palanca económica”.
La intención nunca ha estado oculta. Las sanciones fueron explícitamente enmarcadas como herramientas para provocar disturbios internos y forzar el colapso político.
Cuando siguieron las dificultades, se citó cínicamente como prueba del fracaso del Estado, en lugar de como el resultado predecible de la coerción externa. Junto a la presión económica, Irán ha enfrentado una implacable intimidación militar.
El país está rodeado por bases militares extranjeras. Su espacio aéreo y sus rutas marítimas son constantemente probados. Operaciones de sabotaje, ciberataques y asesinatos de personal científico y militar se han producido repetidamente.
Estos actos constituyen una guerra no declarada, justificada bajo el lenguaje de seguridad y disuasión.
A diferencia de los Estados que previamente fueron objeto de operaciones de “cambio de régimen”, Irán no se ha fracturado bajo esta presión. La intimidación militar no ha producido sumisión. En cambio, ha reforzado la disuasión, la adaptación estratégica y la cohesión nacional.
Este resultado contradice las suposiciones subyacentes de la doctrina coercitiva y explica la creciente impaciencia en la retórica occidental.
Las operaciones encubiertas han sido otro pilar del esfuerzo de desestabilización. La guerra cibernética dirigida a la infraestructura, el sabotaje industrial, el espionaje y la penetración de inteligencia se han llevado a cabo con persistencia.
Estas acciones están destinadas a erosionar la capacidad en silencio, minar la confianza y evitar el enfrentamiento directo. Sin embargo, incluso aquí, los resultados han sido limitados.
Irán ha soportado pérdidas, reconstruido capacidades y ajustado sistemas. La guerra encubierta ha infligido daño, pero no ha provocado un colapso.
La guerra de la información ha jugado un papel igualmente central. Irán está sometido a un continuo asalto narrativo. El enmarcamiento mediático enfatiza los disturbios mientras borra el impacto de las sanciones.
Las protestas se amplifican sin contexto. La presión externa desaparece de la narrativa. Las quejas políticas se internacionalizan y se reconfiguran como “ilegitimidad del régimen” en lugar de considerarse como desafíos sociales agravados por la interferencia extranjera y décadas de sanciones injustas y debilitantes.
Esta estrategia narrativa busca deslegitimar la soberanía en sí misma. El Estado se presenta como inherentemente disfuncional, independientemente de la realidad sobre el terreno. Cualquier señal de disidencia se enmarca como un colapso inminente del sistema. Cualquier afirmación de independencia es etiquetada como agresión.
La guerra de la información no tiene como objetivo informar. Su objetivo es condicionar la percepción. La deslegitimación política se ha extendido hasta la promoción de figuras en el exilio y alternativas nostálgicas. Los actores externos han intentado repetidamente fabricar opciones de liderazgo desconectadas de la sociedad iraní. Las fantasías monárquicas y la oposición respaldada por extranjeros se presentan como futuros viables.
Estos actores carecen de legitimidad interna y funcionan principalmente como instrumentos de presión externa en lugar de fuerzas políticas auténticas.
A nivel regional, Irán ha sido objetivo de guerras por poder y estrategias de contención. Se presiona a aliados y socios. Se persigue el aislamiento diplomático. El objetivo es estirar los recursos y generar inseguridad perpetua.
En lugar de aislar a Irán, esta estrategia ha desestabilizado regiones enteras y ha consolidado ciclos de conflicto. La contención ha producido caos, no control.
A pesar de la intensidad de esta campaña multidimensional, el objetivo central ha fracasado. Irán no ha colapsado. Su sistema político permanece intacto. Su postura estratégica perdura. Su soberanía sigue siendo un principio unificador a través de las diferencias internas.
Esta resiliencia se basa en varios factores: instituciones fuertes, memoria histórica de la intervención extranjera, un sentido profundamente arraigado de independencia y una cultura política que ve la resistencia no como extremismo, sino como dignidad.
Las amenazas externas han reforzado constantemente la cohesión interna en lugar de erosionarla. La presión destinada a fragmentar la sociedad ha dejado en claro las líneas rojas. La soberanía, una vez desafiada, se convierte en un punto de unidad.
Lo que queda hoy es una fase peligrosa. Con las herramientas tradicionales agotadas, la retórica se ha vuelto más imprudente. El apoyo abierto a los disturbios, las amenazas públicas de uso de la fuerza y el abandono de la moderación diplomática señalan un giro de la coerción calculada a la escalada impulsiva.
Este no es el comportamiento de una potencia confiada. Es el comportamiento de un imperio que lucha por frenar su declive.
La desestabilización de Irán debe entenderse dentro de un patrón global más amplio. A medida que Estados Unidos pierde primacía económica, autoridad moral y monopolio estratégico, depende cada vez más de la disrupción para evitar que las alternativas se consoliden. El caos se vuelve preferible a la independencia.
La desestabilización se convierte en un sustituto de la adaptación. Sin embargo, esta estrategia conlleva un riesgo inmenso. Acelera la polarización global, erosiona la confianza en el derecho internacional y empuja a más Estados hacia sistemas alternativos de cooperación. Lo que se pretende como dominancia acelera el aislamiento.
Evaluamos que el “cambio de régimen” en Irán a través de la coerción externa es inalcanzable. La desestabilización continua no producirá cumplimiento. Producirá escalada, inestabilidad regional y fracturas más profundas en el sistema internacional. El abandono de la coherencia legal en la búsqueda de objetivos geopolíticos socava el mismo orden que los estados poderosos dicen defender.
El futuro de Irán debe ser determinado por su propio pueblo, libre de sanciones, amenazas y manipulaciones extranjeras. El diálogo no puede ser forzado. La soberanía no puede ser negociada bajo presión. La desestabilización no es diplomacia.
El fracaso del manual de Estados Unidos y los sionistas contra Irán expone una verdad más profunda. El poder imperial puede infligir sufrimiento, pero no puede someter indefinidamente a una sociedad que fundamenta su legitimidad en la independencia y la dignidad.
Lo que se está colapsando hoy no es Irán, sino la credibilidad de un orden global que privilegia el poder sobre la ley.
La historia ha demostrado repetidamente que los imperios no caen porque se les resista. Caen porque se niegan a cambiar.
* Mohd Azmi Abdul Hamid es el presidente del Consejo Consultivo de Organizaciones Islámicas de Malasia.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
