Por: Hoda Yaq *
Los recientes acontecimientos ocurridos en el Gran Bazar de Teherán son un claro ejemplo de cómo la presión económica puede influir en el comportamiento público y de qué manera los grupos hostiles externos aprovechan estos momentos para impulsar su agenda política perjudicial.
Durante la última semana, la drástica depreciación de la moneda iraní, el rial, ha generado serias dificultades para los comerciantes, especialmente para aquellos que gestionan pequeños negocios.
Los tenderos han luchado por fijar precios, reponer existencias o proporcionar información fiable a los clientes. Muchos describen la atmósfera como una constante incertidumbre, con tasas de cambio que fluctúan sin cesar, añadiendo nuevas capas de inestabilidad.
En respuesta a estas condiciones volátiles, grupos de comerciantes y vendedores locales se reunieron recientemente para expresar sus preocupaciones de manera pacífica y democrática.
Sus manifestaciones se mantuvieron civilizadas y centradas en problemas económicos legítimos, en lugar de en demandas políticas oportunistas.
Los comerciantes subrayaron repetidamente que buscaban soluciones a los problemas directamente vinculados a su trabajo y sustento, y no confrontación con el gobierno o las agencias de seguridad.
Lo que deseaban era una apariencia de estabilidad en el mercado cambiario y medidas prácticas por parte del gobierno para restaurar el orden, preocupaciones que tienen su raíz en los desafíos cotidianos de gestionar un negocio en un entorno financiero precario, alimentado en gran medida por sanciones occidentales ilegales e injustificadas.
A medida que estas manifestaciones comenzaron a captar la atención de los medios, comenzó a circular una narrativa distinta en línea. Algunos grupos hostiles en el extranjero lanzaron campañas mediáticas coordinadas que presentaban los hechos como mucho más dramáticos de lo que realmente eran.
A través de hashtags, clips manipulados y videos en redes sociales, compartieron contenido que no coincidía con la atmósfera dentro del bullicioso mercado de Teherán.
Varios de estos vídeos incluso presentaban voces generadas por IA con lemas políticos que los verdaderos manifestantes no habían expresado. Este tipo de manipulación digital distorsionó la narrativa real y contribuyó a la propaganda antiraní.
Al mismo tiempo, un pequeño número de individuos sospechosos, desconocidos para los comerciantes y no reconocidos como parte de la comunidad del bazar, se movieron por ciertas secciones del mercado e instaron a los tenderos a bajar sus persianas.
Su comportamiento contrastó drásticamente con la dignidad y el respeto de los verdaderos manifestantes, quienes tenían demandas genuinas. Muchos comerciantes señalaron que estas personas parecían tener la intención de crear la impresión de cierres forzosos y de una tensión creciente, y estaban trabajando con una agenda turbia.
Mientras tanto, varias figuras “opositoras” en el extranjero y medios internacionales aprovecharon el momento para impulsar sus propios intereses. A través de discursos virulentos, publicaciones provocativas en redes sociales y transmisiones, intentaron enmarcar las pacíficas protestas económicas como un llamado a una confrontación más amplia.
Su mensaje incentivó la escalada y trató de convertir una queja económica local en un problema político más grande. Al hacerlo, pasaron por alto las verdaderas preocupaciones legítimas de los comerciantes y desviaron la frustración pública hacia objetivos ajenos a la situación económica inmediata en Irán.
Es importante señalar que protestas económicas de este tipo no son inusuales. Movimientos de protesta similares se han dado en muchos países del mundo en los últimos años, incluidos algunos recientes.
En Francia, las protestas de los Chalecos Amarillos surgieron debido al aumento de los precios del combustible. En Chile, el alza en las tarifas del metro desató protestas a nivel nacional. En Líbano, el colapso de la moneda llevó a la gente a las calles. En EE.UU., la inflación posterior a la pandemia generó olas de huelgas laborales que aún continúan.
Estos ejemplos demuestran que el descontento económico es un fenómeno global y no necesariamente señala un colapso político, una falta de gobernanza o una mala gestión.
Irán también ha experimentado presiones económicas que pueden llevar a manifestaciones públicas, al igual que en muchas otras partes del mundo.
Cuestiones como la inflación creciente, las fluctuaciones de la moneda o el aumento del costo de vida no son exclusivas de Irán. Son desafíos comunes en sociedades de Europa, Estados Unidos, América Latina y más allá.
Lo que hace que la situación de Irán sea diferente es la forma en que actores externos hostiles, particularmente Estados Unidos e Israel, intentan aprovechar estos momentos. Su objetivo no es apoyar al pueblo ni abordar las preocupaciones económicas, sino convertir las protestas económicas ordinarias en disturbios callejeros que puedan justificar una mayor presión política o incluso militar.
Estos actores entienden que para avanzar en sus objetivos de “cambio de régimen”, primero deben debilitar a Irán desde dentro. Como resultado, cada protesta económica se convierte en una oportunidad para amplificar tensiones, distorsionar narrativas y promover su agenda.
En contraste, protestas similares en otros países rara vez adquieren una dimensión política o de seguridad tan marcada.
Los sucesos en el bazar de Teherán encajan en este patrón más amplio. Una comunidad bajo presión alzó la voz para exigir soluciones. Los comerciantes no pedían caos ni destrucción. Estaban solicitando estabilidad empresarial y claridad.
Sin embargo, algunos actores hostiles externos intentaron aprovechar el momento para avanzar en sus propios objetivos. En lugar de abordar las preocupaciones reales de los comerciantes, trataron de convertir la situación en una herramienta para la escalada política, arriesgando opacar a las mismas personas a las que afirmaban apoyar.
Al final, la historia del Gran Bazar va más allá de las fluctuaciones de la moneda o los puestos de mercado. Se trata de la diferencia entre la preocupación pública genuina y la presión política manufacturada.
Demuestra lo fácil que es para las fuerzas externas reformular las quejas económicas para influir en los eventos locales, y nos recuerda que en tiempos difíciles, las voces más ruidosas no siempre son las más honestas.
Las mismas personas en el extranjero que avivaron las llamas del descontento en Irán nunca han cuestionado a las potencias occidentales que siguen ejerciendo presión sobre el pueblo iraní mediante sanciones ilegales, injustificadas y debilitantes.
Y a pesar de los intentos de estos actores hostiles de convertir el descontento económico actual en una herramienta para su agenda de “cambio de régimen”, estos intentos, como muchos anteriores, finalmente fracasarán.
* Hoda Yaq es escritora y activista por los derechos humanos, con sede en Teherán.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
