Publicada: lunes, 9 de febrero de 2026 5:58

Las conversaciones entre Teherán y Washington vuelven al mismo escenario, pero con riesgos, capacidades y prioridades radicalmente distintos. 

El filósofo Jacques Derrida definía la iteración como una repetición con diferencias. Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán parecen confirmar esta idea con precisión casi literal. Los contactos se celebran nuevamente en Omán, con interlocutores similares y una agenda que, a primera vista, parece inalterada. Podría pensarse en una simple repetición de lo ocurrido meses atrás, un movimiento marcado por la inercia y la falta de alternativas. Pero la experiencia enseña que cada iteración introduce riesgos nuevos, condiciones distintas y dinámicas inéditas, y esta ronda no es una excepción: es, en muchos sentidos, estructuralmente distinta de la anterior.

Entre la ronda previa y la actual median hechos que alteran el tablero. La guerra de los doce días entre Irán e Israel, con apoyo estadounidense directo, dejó una huella profunda. La presión militar regional y la movilización estratégica desplegada para doblegar a Teherán cambiaron la percepción de riesgos y la manera en que la República Islámica evalúa amenazas y calcula respuestas. Las protestas internas, interpretadas como intentos de desestabilización y cambio de régimen, han endurecido la mirada de las autoridades iraníes. En este contexto, la reciente ronda de conversaciones indirectas en Mascate no es un eco del pasado: es la constatación de un tablero reorganizado, donde las piezas siguen siendo las mismas, pero las fuerzas, los equilibrios y los riesgos han mutado.

La entrevista del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Abás Araqchi, con Al Jazeera ofrece la clave para entender esta nueva dinámica. Su tono es deliberadamente mesurado, sobrio y calculado. Cada frase combina precisión académica con la autoridad de quien ha estado presente en cada fase de la diplomacia nuclear durante más de una década. No hay retórica emocional ni exageraciones: todo comunica estrategia, cálculo y tiempo político.

En el centro de su mensaje se encuentran dos líneas rojas: la soberanía tecnológica y la defensa nacional.

El primero de estos pilares es el derecho al programa nuclear. Araqchi lo formula sin ambigüedades: “El enriquecimiento de uranio es un derecho de Irán y debe continuar… La discusión sobre la prohibición del enriquecimiento no es negociable y está fuera del marco de las conversaciones”. Esta posición, constante en la diplomacia iraní durante décadas, adquiere un peso renovado tras los ataques a instalaciones nucleares como Natanz. La lógica es clara: la presión militar no destruyó la capacidad nuclear y, de hecho, reforzó la determinación iraní de sostener y avanzar en la tecnología nuclear civil.

No obstante, el ministro introduce un margen operativo: “Estamos preparados para reducir el nivel de enriquecimiento y para garantizar que se utilice con fines pacíficos”. La negociación no discute la esencia de la soberanía, sino la manera concreta de ejercerla: porcentaje de enriquecimiento, stocks acumulados, supervisión del AIEA. Esa diferencia entre principios y formas de implementación es central en la estrategia iraní: firmeza en los fundamentos, flexibilidad en los detalles.

El segundo pilar es el programa de misiles, definido como intocable y existencial: “Ni ahora ni en el futuro se puede negociar sobre los misiles; es un tema defensivo y no negociable”. Para sacarlo del tablero de negociación con Washington, Araqchi adopta un doble movimiento estratégico: primero, regionaliza el asunto: “Los asuntos regionales conciernen a la región y no tienen relación con países externos”. Segundo, lo internaliza: “La discusión sobre los misiles es un asunto interno del pueblo iraní”. Los misiles no son intercambiables ni negociables: son expresión de soberanía, de disuasión estratégica y un muro invisible que protege la autonomía nacional.

La entrevista combina diplomacia con advertencia medida. Araqchi describe las conversaciones de Mascate como “un buen punto de partida” que, si las condiciones lo permiten, “puede continuar”. Pero añade de inmediato que “queda un largo camino para construir confianza”, recordando que la paciencia y la prudencia son esenciales. Este equilibrio protege simultáneamente su flanco interno, frente a audiencias escépticas, y modera las expectativas externas, evitando presiones por resultados inmediatos.

La fuerza, presente pero contenida, refuerza el mensaje. Ante la posibilidad de conflicto armado, Araqchi es preciso: “Tienen dos opciones: guerra o diplomacia. Nuestra elección es la diplomacia, pero estamos preparados para ambas opciones, incluso más que antes”. Su explicación sobre la disuasión es concreta y medida: “Si Estados Unidos nos ataca, no podemos atacar su territorio, pero atacaremos sus bases en la región. Esto llevará a toda la región a la guerra”. No se trata de una amenaza genérica: es la exposición de una doctrina de respuesta asimétrica, basada en cálculo político y geográfico, diseñada para disuadir desde el mismo momento en que se verbaliza.

Araqchi identifica con claridad actores y riesgos. Washington recibe un recordatorio tangible de los costos de un ataque; los países anfitriones de bases estadounidenses son advertidos sobre los peligros de escalada; y los vecinos inmediatos de Irán son tranquilizados respecto a la limitación de la respuesta. La amenaza se dosifica con precisión: es medible, dirigida a moldear decisiones ajenas sin comprometer el control interno.

El elemento más revelador del pensamiento estratégico iraní es la insistencia en un marco procesal libre de coerción: “El proceso de negociaciones debe estar libre de cualquier tipo de amenaza o presión”. Araqchi recuerda que Washington regresó a la mesa tras aplicar presión militar, un reconocimiento tácito de que la coerción no logró doblegar al régimen. La lección es clara: cualquier avance futuro depende de la retirada de amenazas explícitas y de un cambio de tono y contexto.

En esta entrevista, Irán intenta presentarse como un actor estratégico, capaz de sostener su posición y reconfigurar el tablero regional hacia una estabilidad nueva, aunque frágil. La repetición de Omán y del formato indirecto no es un regreso al pasado: es un ejercicio consciente de normalización de la fuerza, de desgaste de la voluntad de confrontación del adversario y de consolidación de su autonomía estratégica.

La diferencia estructural con iteraciones previas es notable. Irán negocia desde una posición más asertiva, y un profundo escepticismo hacia garantías occidentales, percibidas como volubles. Estados Unidos, en cambio, actúa bajo la presión de evitar otra crisis de primer orden en un año electoral, con atención dividida entre Europa y el Indo-Pacífico. La repetición del escenario en Omán enmascara un desplazamiento tectónico en los fundamentos de la relación: el tablero es el mismo, pero las piezas y la manera de moverlas han cambiado.

Araqchi subraya que el camino por delante es largo y que la confianza sigue fragmentada, pero mantiene abierta la posibilidad de una segunda ronda, la evolución del formato y la concreción de un acuerdo “justo y completo” según criterios iraníes. La elección estratégica es clara: optar por una diplomacia de iguales, reconociendo pilares de soberanía y seguridad de Irán, o asumir un conflicto regional cuyas consecuencias son, por definición, imprevisibles. En esta iteración de Omán, Teherán no se limita a participar: intenta marcar el ritmo, definir los términos y condicionar el horizonte de las decisiones externas. La repetición, en consecuencia, no cierra un ciclo: crea una espiral que desplaza el equilibrio regional y redefine la percepción estratégica del otro interlocutor.

La diplomacia iraní busca convertir lo repetitivo en ventaja, usando la familiaridad del escenario para imponer su narrativa, marcar límites claros y testar la voluntad de sus interlocutores. La iteración es, por tanto, algo familiar, pero modificado hasta hacerlo distinto: las negociaciones pueden sonar conocidas, pero el Irán de 2026 participa desde un lugar distinto y con el objetivo de resultados distintos.

Por Xavier Villar