Por Ivan Kesic
- El puerto de Chabahar es el único puerto iraní de aguas profundas con acceso oceánico, lo que le permite conectarse directamente con el océano Índico sin que los buques tengan que atravesar el estrecho de Ormuz.
- Constituye el ancla meridional clave del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC, por sus siglas en inglés), una ruta comercial multimodal de 7200 kilómetros diseñada para conectar la India con Rusia y Europa, reduciendo el tiempo y los costos de tránsito en comparación con las rutas marítimas tradicionales.
- A través de una histórica alianza estratégica a largo plazo con la India, el puerto brinda a Afganistán su primera vía soberana y confiable de acceso al mar, transformando de manera sustancial el potencial económico de esta nación sin litoral y reconfigurando las dinámicas del comercio regional.
En las costas abrasadas por el sol del litoral de Makrán, en Irán, donde las escarpadas montañas de Baluchistán descienden hacia la turquesa inmensidad del golfo de Omán, un puerto con siglos de historia renace hoy como uno de los proyectos de infraestructura más trascendentales del mundo.
Este es el puerto de Chabahar —la única puerta oceánica de Irán—, una maravilla de aguas profundas que es mucho más que un simple centro de tránsito de mercancías.
Es un nexo vivo de historia, geopolítica de alto voltaje y ambición económica de gran alcance, llamado a redibujar las rutas comerciales y a reconfigurar alianzas en el sur y el centro de Asia.
Desde sus orígenes antiguos como refugio de dhows hasta su papel contemporáneo como eje estratégico de una nueva Ruta de la Seda, la historia de Chabahar es testimonio del poder perdurable de la geografía y del impulso incesante de la humanidad por conectar territorios y pueblos.
Su importancia estratégica está inscrita en su ubicación. A diferencia de otros grandes puertos iraníes, enclavados en las tensas aguas del golfo Pérsico, Chabahar se abre directamente al océano Índico, ofreciendo acceso sin obstáculos a las rutas marítimas globales sin necesidad de atravesar el punto de estrangulamiento del estrecho de Ormuz.
Esta ventaja singular lo ha transformado de una tranquila localidad pesquera en un enclave codiciado: una auténtica “Puerta de las Naciones” en el corazón de visiones globales en competencia.
Para la India, representa una jugada estratégica magistral: un corredor vital hacia Afganistán y Asia Central que elude a su rival Pakistán. Para Irán, constituye el pilar de una política de “Mirar hacia el Este”, una afirmación de soberanía y un instrumento para diversificar su economía.
Para las naciones sin litoral, desde Afganistán hasta Uzbekistán, ofrece un acceso al mar largamente esperado.
Sin embargo, esta inmensa promesa se despliega sobre un tablero geopolítico donde cada movimiento es observado con lupa por los rivales, y donde el futuro del puerto está determinado tanto por las sanciones y las maniobras diplomáticas como por las grúas y el hormigón.
De fondeadero antiguo a megaproyecto moderno
El legado de Chabahar como refugio marítimo se remonta a la Edad Media, cuando su bahía resguardada ofrecía un fondeadero seguro a las embarcaciones que navegaban entre el golfo Pérsico y la India. Las ruinas cercanas de Tiz permanecen como testimonio silencioso de su antigua relevancia como centro comercial medieval.
Durante siglos, el control de esta remota franja costera pasó de manos de jefes baluches locales a sultanes omaníes y a la dinastía Qayar de Irán, mientras que más tarde el Imperio británico estableció allí una estación telegráfica y una guarnición como parte de su rivalidad estratégica con Rusia en el llamado Gran Juego.
No fue hasta 1872 cuando la ciudad fue incorporada formalmente a Irán y, aun así, permaneció durante décadas como una zona periférica y olvidada, aislada por la árida cordillera de Makrán y por una conectividad limitada.
La visión moderna de Chabahar como gran puerto comenzó a tomar forma en la década de 1970, pero su urgencia estratégica se forjó durante la Guerra Impuesta en los años ochenta —conocida en Irán como la Sagrada Defensa—, cuando la vulnerabilidad en el golfo Pérsico puso de relieve la necesidad de contar con una salida oceánica segura más allá del estrecho de Ormuz.
La primera fase del puerto de Chabahar fue inaugurada en 1983, marcando el lanzamiento formal de un proyecto nacional concebido a largo plazo.
Desde entonces, esa visión se ha implementado en fases cuidadosamente planificadas, ampliando la capacidad desde los 8,5 millones de toneladas anuales iniciales hasta una proyección de 77,2 millones de toneladas en su desarrollo pleno.
Hoy, el puerto cuenta con modernas grúas pórtico, instalaciones especializadas para contenedores como la terminal Shahid Beheshti y la capacidad para recibir grandes buques Post-Panamax, lo que lo eleva de puerto regional a potencial centro logístico de alcance global.
La jugada estratégica de la India y el pacto trilateral
Ningún país ha desempeñado un papel más decisivo en la materialización del potencial moderno de Chabahar que la India, que tradicionalmente ha mantenido vínculos estratégicos con Teherán.
Para Nueva Delhi, el puerto resuelve una limitación geopolítica de décadas: obtener acceso confiable a Afganistán y a los mercados ricos en recursos de Asia Central sin depender de rutas de tránsito inestables y con frecuencia restringidas a través de Pakistán.
La asociación cobró impulso con un memorando de entendimiento firmado en 2015 y culminó en un histórico acuerdo trilateral en 2016 entre India, Irán y Afganistán.
En mayo de 2024, la India reforzó su compromiso con un acuerdo por diez años para desarrollar y operar la terminal Shahid Beheshti, la primera vez que asume la gestión de una instalación portuaria en el extranjero.
La lógica económica es contundente. Canalizar el comercio a través de Chabahar puede reducir el tiempo y los costos de tránsito hacia Asia Central hasta en un 60 %. El puerto se conecta con una autopista de 218 kilómetros construida por la India en Afganistán, formando un corredor comercial continuo capaz de transportar productos farmacéuticos, maquinaria, bienes agrícolas y suministros humanitarios por igual.
Para Afganistán, este corredor resulta transformador, ya que le ofrece su primer acceso soberano y confiable al mar, así como una vía para exportar su vasta riqueza mineral y su producción agrícola a los mercados globales.
La inversión india, que asciende a cientos de millones de dólares, trasciende con creces cualquier cálculo puramente comercial. Se trata de una apuesta estratégica: asegurar influencia a largo plazo, contribuir a la estabilidad de Afganistán y tejer una arquitectura comercial duradera que refuerce la posición de Nueva Delhi como potencia global emergente.
La ubicación estratégica de Chabahar suele evaluarse en paralelo con el puerto de Gwadar, desarrollado por China y situado aproximadamente a 170 kilómetros al este.
Con frecuencia, los análisis internacionales presentan a ambos como enclaves rivales dentro de una contienda geopolítica más amplia: Gwadar como ancla de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, y el puerto de Chabahar como pieza clave de la India dentro del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur.
Sin embargo, Teherán plantea una narrativa diferente, centrada en la conectividad más que en la confrontación.
Irán mantiene sólidos vínculos tanto con Pekín como con Nueva Delhi, y concibe sus puertos no como alternativas excluyentes, sino como nodos complementarios dentro de redes comerciales regionales superpuestas.
Navegando la tormenta de las sanciones
La evolución de Chabahar se ha desarrollado bajo la persistente sombra de las sanciones extraterritoriales estadounidenses, reflejando una tensión constante entre la promesa económica y las restricciones geopolíticas.
Reconociendo la importancia del puerto como vía humanitaria y de estabilización para Afganistán, sucesivas administraciones estadounidenses han concedido a la India exenciones específicas para continuar con los trabajos de desarrollo, una excepción poco habitual dentro de un régimen de sanciones más amplio.
No obstante, estas exenciones nunca han estado garantizadas. Sujetos a revisiones periódicas y a cambiantes cálculos de política —incluido un renovado escrutinio en 2025—, estos permisos han introducido un factor de incertidumbre estratégica. Esta volatilidad desalienta una inversión internacional más amplia y complica la planificación de infraestructuras a largo plazo.
En respuesta, India e Irán han explorado mecanismos para proteger las operaciones del puerto frente a perturbaciones financieras. Entre las propuestas figuran acuerdos comerciales denominados en rupias, vehículos financieros de propósito especial que operen fuera del sistema SWIFT dominado por el dólar y la posible integración con plataformas alternativas de mensajería financiera, como el sistema ruso SPFS.
El objetivo es construir un marco resistente a las sanciones que permita sostener la funcionalidad del corredor, una prueba real de si las potencias intermedias pueden preservar iniciativas económicas estratégicas en medio de una coerción financiera cada vez más intensa.
En última instancia, la trayectoria de Chabahar se ha convertido en algo más que la historia de un proyecto de infraestructura. Es un barómetro de resistencia geopolítica y una medida de los límites de la presión económica unilateral en un mundo cada vez más multipolar.
Corredor de continentes: el INSTC y más allá
La promesa definitiva de Chabahar reside en su papel como ancla meridional del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC).
Esta ambiciosa red multimodal de 7.200 kilómetros está diseñada para conectar la India con Rusia y Europa por vía marítima, ferroviaria y terrestre a través de Irán y el mar Caspio. Al eludir la ruta tradicional del canal de Suez, el INSTC podría reducir casi a la mitad el tiempo de tránsito de mercancías y disminuir significativamente los costos. En su extremo sur, el puerto de Chabahar actúa como la puerta oceánica esencial: la válvula de entrada de todo el sistema.
El eslabón crítico que falta en esta visión es el proyectado ferrocarril Chabahar–Zahedán, una línea de aproximadamente 750 kilómetros que integraría plenamente el puerto en la red ferroviaria nacional de Irán y, por extensión, en el INSTC. Una vez operativo, un contenedor podría, en teoría, viajar desde Mumbai hasta Moscú o San Petersburgo en un trayecto continuo y eficiente en costos.
Tal nivel de conectividad no solo aceleraría el comercio. También profundizaría la integración económica a lo largo de un vasto y estratégico arco que se extiende desde el sur de Asia hasta Europa oriental.
Para las repúblicas de Asia Central sin litoral, como Uzbekistán y Kazajistán, ofrecería una salida largamente anhelada a aguas cálidas y a los mercados globales, reconfigurando el comercio regional y reduciendo la dependencia de los corredores tradicionales del norte.
Frontera humana y ambiental
Más allá de la amplia geopolítica y de las proyecciones de carga, Chabahar es también una ciudad de la provincia iraní de Sistán y Baluchistán, una de las regiones más remotas del país.
La expansión del puerto encierra la promesa de empleo, infraestructura y una mayor inclusión económica para la población local, ofreciendo un camino hacia una prosperidad más amplia y una mayor cohesión nacional.
El paisaje circundante está marcado por una belleza austera, casi sobrenatural: desde las formaciones esculpidas por el viento de la cordillera de Makrán hasta las costas vírgenes de la bahía de Gwatar, hogar de tortugas marinas en peligro de extinción y de aves migratorias.
Esta riqueza natural representa tanto una oportunidad como una responsabilidad. El desarrollo sostenible es esencial para garantizar que el crecimiento industrial no deteriore ecosistemas frágiles.
La zona franca comercial e industrial adyacente, concebida para transformar el puerto de un simple centro de tránsito en un polo de manufactura y petroquímica, ha sido planificada con la protección ambiental como principio rector.
En este sentido, el futuro de Chabahar no se define únicamente por el volumen de contenedores ni por los corredores estratégicos. También se trata de construir una economía local resiliente, fomentar la estabilidad social y salvaguardar un entorno costero único para las generaciones venideras.
Puerta al futuro: trazando un nuevo rumbo para el comercio euroasiático
El puerto de Chabahar no se encuentra en una encrucijada, sino en un punto de lanzamiento: una confluencia dinámica donde la antigua herencia marítima se fusiona con una visión audaz de conectividad global.
Este proyecto trasciende el hormigón y las grúas. Es la expresión tangible de una ambición más amplia: recomponer el tejido económico de Eurasia mediante la cooperación pragmática y la infraestructura compartida.
Más que un simple conducto para mercancías, Chabahar se ha convertido en un conducto de oportunidades, al ofrecer a los países sin litoral acceso directo a los mercados globales y proporcionar a los socios regionales una plataforma estable para la prosperidad colectiva.
El camino por delante no está exento de obstáculos. Regímenes complejos de sanciones, rivalidades geopolíticas y la imperiosa necesidad de proteger el medio ambiente constituyen desafíos reales y persistentes.
Sin embargo, la trayectoria del proyecto está marcada por una expansión constante y una alineación estratégica sostenida. Las grúas que se elevan sobre sus aguas azul profundo simbolizan algo más que actividad industrial: representan la construcción de un nuevo marco de colaboración regional.
Cada nuevo muelle y cada kilómetro de vía férrea tendido hacia el interior refuerzan una narrativa alternativa: que la integración económica y la conectividad práctica pueden convertirse en motores poderosos de estabilidad y crecimiento.
En una era definida con frecuencia por la fragmentación, Chabahar encarna una apuesta decidida por la interdependencia. Afirma la influencia perdurable de la geografía, la diplomacia y la visión a largo plazo, transformando un puerto atemporal en el golfo de Omán en una puerta moderna de relevancia estratégica.
A medida que esa puerta se abre, promete mover mucho más que contenedores. Anuncia el surgimiento de un renovado intercambio euroasiático, situando a Irán y a sus socios en el centro de redes comerciales en transformación. Los cimientos de ese futuro se están sentando hoy, en las orillas del golfo de Omán.
