Por: Xavier Villar
El psicoanalista Jacques Lacan observó que la característica dominante del paranoico reside en que siempre tiene razón: “Le paranoïaque a toujours raison”. El paranoico no puede permitirse estar equivocado, de modo que siempre tendrá razón hasta el punto de hacer que otros comiencen a dudar de su propia cordura. Esta dinámica no describe meramente un defecto psicológico individual. Describe una gramática política que estructura cómo ciertos sujetos imperiales se relacionan con aquellos a quienes han marcado como enemigos.
Trump declaró durante la entrevista, sobre el uranio enriquecido iraní: “No creo que sea necesario excepto desde el punto de vista de las relaciones públicas. Creo que es importante para las noticias falsas que lo consigamos”. La admisión merece detenimiento. Trump reconoce explícitamente que recuperar el uranio enriquecido iraní, mediante una operación militar arriesgada o un bloqueo prolongado hasta que Irán capitule y lo transfiera, constituye principalmente un ejercicio propagandístico. Sin embargo, esa misma operación ha sido justificada públicamente como un imperativo de seguridad nacional. La contradicción no perturba a Trump porque, dentro de la estructura paranoica, la verdad no posee consistencia temporal. La verdad es lo que el paranoico dice hoy, no lo que dijo ayer.
Lacan observó que el paranoico permanece atrapado en un estadio del espejo del que nunca termina de salir por completo. El estadio del espejo no designa simplemente el momento en que el niño descubre su reflejo, sino el proceso por el cual una imagen exterior ofrece una ilusión de unidad frente a una experiencia interior todavía fragmentaria. El sujeto se reconoce en una forma visible de sí mismo, pero ese reconocimiento nunca es plenamente autónomo: depende de una mirada exterior que confirme que esa imagen tiene consistencia y valor. La identidad aparece así desde el comienzo mediada por el reconocimiento ajeno.
Cuando esa confirmación se vuelve inestable, la relación con la imagen cambia. El sujeto ya no habita la representación de sí como algo relativamente seguro, sino como algo que debe ser constantemente sostenido, defendido y amplificado. De ahí la tendencia paranoica a transformar el espacio público en un escenario permanente de validación. La política deja entonces de organizarse en torno a instituciones, procedimientos o proyectos relativamente impersonales, y pasa a estructurarse alrededor de signos visibles de reconocimiento: multitudes, nombres inscritos en edificios, lealtades exhibidas, ceremonias de adhesión, presencia constante en el campo visual. Lo importante ya no es únicamente ejercer poder, sino producir incesantemente pruebas visibles de existencia política.
En figuras como Trump, esta lógica aparece con particular claridad. La arquitectura del lujo, las superficies doradas, las torres marcadas con su nombre o la teatralización constante de la confrontación funcionan menos como expresión de una ideología coherente que como tecnologías de amplificación simbólica. Son dispositivos destinados a ocupar el espacio visual y afectivo, a impedir la desaparición de la imagen. La política se convierte así en una economía de atención permanente donde la distinción entre reconocimiento y dominación empieza a difuminarse. Lo decisivo no es tanto ser amado o incluso obedecido, sino evitar el vacío que surgiría si la mirada colectiva se desplazara hacia otra parte.
Sobre el estrecho de Ormuz, Trump afirmó: “Lo han usado muchas, muchas veces. No lo están usando como arma conmigo”. La declaración contiene dos falsedades verificables. Primero, Irán nunca cerró el estrecho de Ormuz en sus cuarenta y siete años de historia antes de este conflicto, volviendo el bloqueo actual históricamente sin precedentes. Segundo, al momento de la entrevista, el estrecho permanecía bajo control iraní para todo transporte comercial. Trump describe como táctica recurrente algo que nunca había ocurrido antes, y niega que esté siendo “usado como arma” contra él cuando el bloqueo continuaba en pleno vigor.
Esta doble negación revela algo fundamental sobre la estructura paranoica. El paranoico no puede reconocer la agencia del Otro. Reconocer que Irán ha cerrado exitosamente el estrecho, que mantiene ese cierre, que esto constituye ejercicio efectivo de poder, requeriría admitir que el Otro posee capacidades que el paranoico no controla. Esto resulta intolerable. Por tanto, Trump debe reescribir la realidad de dos maneras simultáneas. Primero, convierte el cierre del estrecho en táctica banal y repetida (minimizando su significancia histórica). Segundo, niega que esté operando actualmente contra él (preservando su imagen de invulnerabilidad).
Lacan observó que la realidad del paranoico sólo puede ser aquella que tiene sentido para él; no puede haber otra, y esta realidad se conforma a parámetros muy simplistas. Al mismo tiempo, proteger su versión de la realidad resulta primordial. Trump responde prontamente a cualquiera que lo desafíe. Las críticas de la prensa o de políticos de oposición las etiqueta como “noticias falsas”. Pero cuando se encuentra cara a cara con un crítico, en la misma habitación, retrocede, porque no puede manejar la confrontación directa.
Aplicado a Irán, esto produce una dinámica reveladora. Trump no puede reconocer que Irán ha logrado algo que ningún adversario estadounidense había logrado en décadas: cerrar efectivamente uno de los puntos de estrangulamiento más estratégicos del mundo y mantener ese cierre frente a la oposición de la potencia militar más grande del planeta. Reconocer esto requeriría admitir que Irán posee agencia, capacidad, racionalidad estratégica. Requeriría tratar a Irán como interlocutor, como sujeto capaz de calcular, planificar, ejecutar. Y esto el paranoico no puede hacer, porque su mundo se divide en aquellos que lo reconocen (amigos) y aquellos que deben ser dominados (enemigos). No existe espacio intermedio para el reconocimiento mutuo.
La Fantasía de la Impotencia Iraní
Trump declaró sobre las capacidades militares iraníes: “No tienen armada. Su fuerza aérea está destruida... tienen lanchas rápidas, como las que comprarías para un hijo fantástico, con una ametralladora montada”. Esta caracterización infantilizante de las capacidades iraníes requiere un examen cuidadoso. En el momento de la entrevista, Irán mantenía capacidades significativas de misiles y drones, mientras que el estrecho permanecía efectivamente bloqueado. La descripción de Trump de un adversario militarmente agotado contradecía los hechos sobre el terreno.
Pero la función de la declaración no reside en describir la realidad. Reside en producir una versión de la realidad que Trump puede tolerar psíquicamente. Reconocer que Irán posee sofisticadas capacidades asimétricas, que ha desarrollado doctrinas estratégicas efectivas bajo cuatro décadas de embargo, que puede proyectar poder de maneras que Estados Unidos lucha por contrarrestar, todo esto requeriría admitir que el enemigo designado posee inteligencia, adaptabilidad, determinación. Requeriría reconocer a Irán como adversario digno, como sujeto político capaz.
La infantilización (“lanchas rápidas como las que comprarías para un hijo fantástico”) opera aquí como mecanismo defensivo. Reduce las capacidades iraníes a juguetes, a imitaciones torpes de poder real. Esta reducción permite a Trump mantener su imagen de invulnerabilidad mientras simultáneamente niega la evidencia material de que esas “lanchas rápidas” han cerrado efectivamente el estrecho de Ormuz. La contradicción no lo perturba porque dentro de la estructura paranoica la coherencia lógica queda subordinada a la necesidad psíquica de mantener una imagen del yo que pueda ser tolerada.
Hay algo más operando aquí. La infantilización de las capacidades iraníes reproduce una gramática colonial más antigua. Durante siglos, los imperios europeos describían las resistencias de los pueblos colonizados como primitivas, torpes, condenadas al fracaso frente a la superioridad técnica occidental. Cuando esas resistencias demostraban ser efectivas, la respuesta imperial típica consistía en negar su sofisticación, atribuir su éxito a factores externos, o redefinir el conflicto de manera que la derrota pudiera ser narrada como victoria estratégica.
Trump reproduce esta gramática casi textualmente. Las capacidades asimétricas iraníes (drones, misiles, lanchas rápidas, minería del estrecho) no pueden ser reconocidas como producto de décadas de desarrollo estratégico bajo condiciones adversas. Deben ser reducidas a improvisación primitiva, a imitaciones baratas de tecnología occidental. Esta reducción sirve función psíquica (proteger la imagen de Trump de sí mismo como invulnerable) y función ideológica (preservar la narrativa de superioridad occidental que justifica la intervención imperial).
La indiferencia como síntoma
Cuando se le preguntó por el impacto económico de la guerra sobre los estadounidenses, Trump respondió: “Ni siquiera un poco. Lo único que importa es que [Irán] no tenga un arma nuclear. No pienso en la situación financiera de los estadounidenses”. Horas después intentó corregirse: la pregunta era “falsa” y, en realidad, le importaba “totalmente”. Mientras tanto, los rendimientos de los bonos estadounidenses alcanzaban máximos de años, aumentaban las morosidades y el shock energético derivado del cierre del estrecho de Ormuz comenzaba a trasladarse a los precios internos.
La secuencia importa menos por su contradicción que por la lógica que revela. Trump primero declara indiferencia absoluta; después, ante la reacción negativa, reescribe retrospectivamente el sentido de sus palabras. Dentro de la estructura paranoica, esto no constituye incoherencia. El problema no consiste en sostener una verdad estable, sino en proteger una imagen del yo de cualquier fisura que pueda amenazarla. La realidad debe reorganizarse continuamente para evitar la experiencia de vulnerabilidad.
Por eso el sufrimiento económico solo aparece cuando puede afectar la imagen política de Trump. Mientras no interfiera con ella, desaparece del campo de percepción. Lo único verdaderamente real es aquello que alimenta la escena narcisista inmediata: la imagen del líder imponiendo su voluntad, doblando al enemigo, ocupando el centro del espectáculo político. Cuando esa escena se debilita, la realidad debe corregirse discursivamente. La pregunta se vuelve “falsa”, la declaración cambia de significado, y una nueva versión de los hechos ocupa su lugar. Admitir error implicaría reconocer que otro posee acceso legítimo a la realidad, algo difícilmente tolerable dentro de una lógica paranoica.
Las consecuencias políticas son considerables. Un liderazgo incapaz de procesar límites, retroalimentación negativa o costes sociales tiende a intensificar las apuestas incluso cuando fracasan materialmente. La guerra deja entonces de organizarse en torno a objetivos estratégicos definidos y pasa a funcionar como mecanismo de estabilización psíquica. Los costes —para estadounidenses, iraníes o la economía global— quedan subordinados a la necesidad de preservar una imagen de invulnerabilidad.
El tiempo y la contradicción
Sobre la duración de la guerra, Trump declaró: “Vietnam duró diecinueve años. Irak como diez… llevamos allí dos meses y medio. Creo que terminará rápido”. La formulación resulta reveladora porque combina simultáneamente dos temporalidades incompatibles: la promesa de una victoria rápida y la evocación de guerras interminables para justificar sacrificios prolongados.
Lacan observaba que el paranoico mantiene una relación profundamente inestable con la temporalidad: el pasado puede reescribirse, el presente negarse y el futuro declararse con certeza absoluta. Lo decisivo no es la consistencia temporal, sino la preservación de la imagen del yo. Trump puede presentarse simultáneamente como líder de victoria inmediata y como dirigente atrapado en una guerra histórica comparable a Vietnam porque ambas narrativas cumplen, en momentos distintos, la misma función de autopreservación política.
La paranoia como estructura imperial
La cuestión decisiva es cómo esta estructura psíquica logra operar a escala imperial. Trump no fue elegido únicamente por un programa político, sino por su capacidad de ofrecer una forma de identificación afectiva a sectores profundamente desestructurados por décadas de neoliberalismo. Ante una población atravesada por la precarización, la pérdida de horizonte social y la erosión de formas estables de reconocimiento, su figura aparece como un punto de condensación donde una frustración difusa puede volverse legible y políticamente articulada.
Su eficacia reside precisamente ahí: en la capacidad de transformar humillación en agresividad compartida. Ofrece un espacio en el que el malestar no se formula como vulnerabilidad, sino como resentimiento legitimado, reintroducido en el espacio público como energía política. Sin embargo, esa comunidad afectiva no puede sostenerse únicamente en la reafirmación mutua. Requiere un exterior que la estabilice.
De ahí su dependencia estructural de objetos de odio. La cohesión no se produce por integración positiva, sino por delimitación negativa. La paranoia política, en este sentido, no es un exceso retórico sino una condición de funcionamiento: necesita un otro amenazante, inteligible y disponible, alrededor del cual organizar la unidad del grupo.
Irán ocupa perfectamente ese lugar. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha sido construido dentro del imaginario estadounidense como enemigo absoluto: irracional, fanático, estructuralmente hostil al orden occidental. Trump no inventa esta figura, pero la intensifica y reorganiza dentro de su propia lógica paranoica. Irán debe aparecer simultáneamente como amenaza existencial y como adversario ridículo; como enemigo capaz de justificar una guerra y, al mismo tiempo, como actor incapaz de poseer legitimidad estratégica propia.
De ahí las contradicciones constantes del discurso. Irán carece supuestamente de capacidades reales, pero exige una guerra comparable a Vietnam. El cierre del estrecho es minimizado y simultáneamente tratado como problema global. Sus tecnologías son descritas como juguetes mientras alteran efectivamente el equilibrio regional. La contradicción no es accidental: constituye el mecanismo mismo mediante el cual la narrativa imperial intenta preservar la ficción de superioridad absoluta frente a una realidad material cada vez más difícil de controlar.
Aquí aparece también el problema epistemológico que muchos observadores ya señalaron durante el primer mandato de Trump. El periodismo liberal tradicional presupone un terreno compartido de racionalidad donde los hechos poseen estabilidad, las contradicciones importan y el error puede reconocerse. Pero Trump opera frecuentemente fuera de ese marco. La verdad deja de funcionar como referencia común y pasa a convertirse en instrumento de estabilización afectiva inmediata. Cada declaración vale por la función que cumple en el instante de su emisión.
Mientras no se reconozca que esta forma de paranoia constituye un componente estructural de la expresión política del liderazgo estadounidense, no será posible comprender cómo percibe el mundo ni cómo actúa en él.
