Publicada: viernes, 20 de febrero de 2026 14:25

El Ramadán reactiva la disputa por el sentido y por una comunidad que no sea absorbida por lógicas imperiales de control y acumulación.

Por: Xavier Villar

El Ramadán no solo conmemora una revelación; reactiva una disputa persistente sobre la autoridad del significado y sobre la posibilidad de una comunidad que no sea absorbida por los regímenes imperiales que convierten la vida social en soporte de circulación, seguridad y acumulación.

Cada año, la llegada del Ramadán reactiva algo más que una práctica ritual. El mes en que el Corán fue revelado al profeta Muhammad reabre una cuestión estructural para la comunidad musulmana: cómo sostener una relación con un texto que no se presenta como objeto neutral, disponible para ser manipulado desde cualquier marco conceptual.

La pregunta adquiere densidad si se la sitúa en el contexto de las economías contemporáneas. Las infraestructuras que organizan la vida global, sistemas financieros, redes logísticas, plataformas digitales y centros de datos, dependen de un proceso continuo de extracción. Materias primas dispersas geográficamente son transformadas en valor mediante cadenas que separan el lugar de origen del lugar de consumo. La arena se convierte en vidrio y microprocesadores; el hierro en estructuras; el litio en almacenamiento energético; el petróleo en movilidad. Cada etapa implica desagregación, transporte, refinamiento y reintegración en nuevos circuitos.

La extracción no es simplemente una operación técnica. Es un marco epistemológico. Supone que aquello que se encuentra en el territorio puede ser aislado de su contexto, redefinido en términos de utilidad y reincorporado a una estructura que determina su función. En ese proceso, lo extraído pierde su espesor relacional y adquiere un valor cuantificable.

Esta lógica puede desplazarse más allá de lo material. También los textos, las tradiciones y las identidades pueden ser sometidos a un procedimiento semejante. Se los descompone en unidades analíticas, se los inserta en categorías preexistentes y se los evalúa según parámetros externos. El Corán, como texto fundacional del islam, no ha quedado al margen de este tratamiento.

En muchos entornos académicos y mediáticos, el Corán es abordado como documento histórico, como objeto literario o como archivo normativo susceptible de clasificación comparativa. Tales aproximaciones no son en sí problemáticas; forman parte de la circulación global del conocimiento. Sin embargo, cuando ese marco pretende agotar el significado del texto, se produce un desplazamiento más profundo: la separación entre revelación y comunidad.

Para los musulmanes, el Corán no es únicamente un texto que contiene información. Es la matriz a partir de la cual se articula una forma de vida. La recitación, la memorización y la interpretación forman parte de una práctica sostenida que no puede reducirse a lectura individual. El texto no está simplemente ahí para ser consultado; organiza el tiempo, el lenguaje y la pertenencia.

La propia estructura del Corán refuerza esta singularidad. A diferencia de los relatos lineales que caracterizan gran parte de la tradición occidental moderna, el texto coránico no sigue un orden cronológico evidente. La alternancia entre narración, exhortación, norma y metáfora produce una experiencia de lectura que exige atención a la totalidad. El sentido no se desprende de una progresión acumulativa, sino de la interrelación constante entre sus partes.

Esta configuración dificulta su fragmentación sistemática. Extraer un versículo y aislarlo del conjunto puede producir efectos interpretativos que no reflejan la coherencia interna del texto. La lectura tradicional islámica ha respondido a este desafío mediante disciplinas hermenéuticas que insisten en la contextualización, en la intertextualidad interna y en la transmisión autorizada.

En este punto se vuelve relevante la cuestión de la unidad. En la exégesis de la sura Al-Ijlas desarrollada por Muhammad Husayn Tabatabai en Al-Mizan, la afirmación de la unicidad divina no es solo una declaración teológica. Implica una ontología que niega la autosuficiencia de cualquier entidad creada. Si solo Dios es absolutamente independiente, ninguna estructura humana puede reclamar una superioridad esencial.

Esta dimensión ontológica tiene consecuencias sociales y políticas. La negación de jerarquías fundadas en raza, linaje o poder no se formula como eslogan moral, sino como derivación de la unicidad divina. La dependencia radical de lo humano respecto de lo divino introduce un principio de igualdad que desautoriza pretensiones de supremacía.

El concepto de taghut, recurrente en el Corán, se inscribe en ese marco. Derivado del verbo que indica desbordamiento o transgresión de límites, designa aquello que reclama una autoridad que no le corresponde. Tradicionalmente se ha asociado con la idolatría, pero su alcance puede extenderse a cualquier instancia que aspire a absolutizarse. Cuando una estructura humana se presenta como fuente última de legitimidad, incurre en ese exceso.

La lógica extractiva, entendida como tendencia a convertir todo en recurso disponible, comparte rasgos con esa dinámica de desbordamiento. La pretensión de que el texto puede ser completamente traducido a categorías externas, despojado de su inserción comunitaria y reutilizado sin resto, implica una forma de autosuficiencia interpretativa.

No se trata de negar la legitimidad del análisis crítico. El estudio comparado, la filología y la historia intelectual forman parte del campo académico global. La cuestión radica en la relación entre esos enfoques y la comunidad que vive el texto como revelación. Cuando el marco externo se presenta como instancia final, la comunidad queda desplazada de la producción de significado.

El politólogo Salman Sayyid ha señalado que el Corán interpela al lector en un registro existencial. No es simplemente un código normativo ni un compendio doctrinal. Su lectura implica una orientación vital que reconfigura la subjetividad. Este rasgo introduce un elemento difícilmente reducible a análisis puramente descriptivos.

Durante el Ramadán, esa dimensión se intensifica. La práctica del ayuno, la recitación nocturna y la reunión comunitaria reactivan la centralidad del texto en la vida colectiva. El tiempo se organiza en torno a la revelación; la experiencia corporal del hambre y la abstinencia se vincula a una disciplina espiritual. El texto no opera como archivo estático, sino como eje performativo.

En este contexto, la ummah no es solo una categoría abstracta. Es la comunidad que se reconoce articulada por un lenguaje común, por referencias compartidas y por una memoria que remite a la revelación. La pertenencia no se define exclusivamente por criterios étnicos o nacionales, sino por la relación con el texto.

La lógica extractiva, aplicada al ámbito simbólico, tiende a desarticular esta relación. Cuando el Corán circula únicamente como cita aislada, como fuente de controversia o como objeto de clasificación, su función comunitaria se debilita. El texto se integra en debates que no siempre reconocen la autoridad de la tradición interpretativa.

La cuestión de la autoridad es central. ¿Quién determina el marco desde el cual se interpreta el texto? ¿Puede el significado ser completamente separado de la práctica que lo sostiene? Estas preguntas no remiten únicamente a disputas teológicas; afectan a la estructura misma de la producción de conocimiento en la modernidad.

En el contexto chií, la relación entre texto y comunidad se articula también a través de la figura del Imam y del wali, entendidos como referencias vivas que garantizan la continuidad interpretativa. La autoridad no reside exclusivamente en el texto escrito, sino en una cadena de transmisión que vincula revelación e historia. Esta mediación impide que el significado quede fijado de manera estática o subordinado a intereses coyunturales.

La comparación con la economía extractiva permite iluminar esta dinámica. En el ámbito material, la extracción separa recurso y territorio. En el ámbito simbólico, la descontextualización separa texto y comunidad. En ambos casos, la operación supone que aquello que se extrae puede funcionar independientemente del entorno que le daba sentido.

Sin embargo, el Corán, tal como es concebido en la tradición islámica, no se deja aislar sin transformación. La recitación correcta, la memorización y la interpretación autorizada forman parte de un ecosistema que preserva su coherencia. La dimensión sonora del texto, su ritmo y su cadencia, también contribuye a esta inseparabilidad. No es únicamente un contenido semántico; es una forma que moldea la experiencia.

Esta resistencia no implica clausura. A lo largo de la historia islámica, el Corán ha sido objeto de múltiples interpretaciones, debates jurídicos y desarrollos filosóficos. La tradición no es homogénea ni estática. Pero incluso en su diversidad, ha mantenido la convicción de que el texto no puede agotarse desde un exterior que prescinde de la práctica comunitaria.

La modernidad global introduce una presión adicional. La circulación acelerada de información favorece lecturas fragmentarias y polémicas instantáneas. Versículos aislados se convierten en titulares; interpretaciones complejas se reducen a consignas. En este entorno, la tentación de tratar el texto como depósito de citas disponibles aumenta.

Frente a ello, el Ramadán funciona como recordatorio de la temporalidad propia del Corán. La revelación no fue un acontecimiento instantáneo, sino un proceso que se desplegó a lo largo de años. La recitación durante el mes sagrado reproduce esa experiencia de gradualidad. El texto se recorre íntegramente, no como suma de fragmentos, sino como totalidad articulada.

La cuestión de fondo es si puede mantenerse un espacio comunitario que no se traduzca íntegramente en términos de utilidad externa. La ummah, articulada en torno al Corán, propone una forma de pertenencia que no se define por la lógica del consumo o la producción, sino por la referencia compartida a una revelación.

En un entorno donde casi todo tiende a convertirse en recurso, datos, atención e identidad, la insistencia en que el texto no es plenamente disponible introduce una fricción. No se trata de inmunidad frente a la crítica, sino de reconocimiento de límites. El significado no es simplemente materia prima.

Esta fricción no se expresa necesariamente en confrontación abierta. Se manifiesta en prácticas cotidianas: la recitación transmitida de generación en generación, la insistencia en aprender la lengua de la revelación, la continuidad de escuelas exegéticas que dialogan con el presente sin renunciar a su anclaje.

La tensión entre extracción y pertenencia no desaparecerá. Forma parte de la condición contemporánea, en la que tradiciones locales interactúan con marcos globales de conocimiento. Lo que está en juego es la posibilidad de sostener una relación con el texto que no lo reduzca a objeto intercambiable.

El Ramadán, en su reiteración anual, recuerda esa posibilidad. No como afirmación retórica, sino como práctica compartida que reafirma la centralidad del Corán en la vida de la comunidad. En ese gesto se expresa una concepción del significado que no puede ser completamente traducida a la lógica de la extracción.

La cuestión no es si el texto puede ser estudiado, citado o debatido. Lo ha sido durante siglos y continuará siéndolo. La cuestión es si puede existir una comunidad que conserve autoridad sobre la forma en que lo habita. En esa disputa silenciosa se juega algo más que la interpretación de un libro: se juega la relación entre conocimiento, poder y pertenencia en el mundo contemporáneo.