Por Xavier Villar
No se trata de un rasgo físico, sino de una posición epistémica y simbólica que organiza privilegios, establece jerarquías y produce consentimiento para la intervención extranjera. Esta lógica, adoptada con frecuencia por sectores de la diáspora integrados en medios, academia y círculos políticos angloamericanos, implica identificarse con el marco civilizatorio occidental, su narrativa de progreso y su capacidad de ejercer violencia bajo la apariencia de racionalidad ética. En ciertos casos, esta identificación se traduce en la creencia de que las bombas estadounidenses e israelíes son instrumentos de precisión moral, capaces de distinguir entre régimen y población civil, borrando la física del explosivo y la historia de la intervención extranjera.
El artículo de Arash Azizi publicado en The Atlantic ilustra esta dinámica. Bajo el formato de un reportaje que afirma reflejar la voz de los iraníes, se despliega en realidad un eco del discurso imperial, donde la percepción de la diáspora se convierte en traductor de deseos occidentales y aval moral para la acción militar. La angustia y la frustración de quienes viven fuera de Irán se codifican en un idioma útil para quienes planifican estrategias de intervención, mientras la experiencia directa de la población iraní se abstrae y simplifica.
La tecnología de la blanquitud y el realismo mágico de The Atlantic
La blanquitud política, según Alana Lentin, es una tecnología social que define privilegios, normas y epistemologías asociadas al poder occidental. Para la diáspora, especialmente quienes viven en entornos seguros en Brooklyn, Londres o Toronto, esto permite transformar situaciones complejas en ecuaciones morales simplificadas, donde las consecuencias del conflicto —el colapso de infraestructuras, la escasez de medicinas, la muerte de civiles— se convierten en datos abstractos. La tragedia humana se reinterpreta como mandato para la intervención externa, ofreciendo la ilusión de moralidad y conocimiento mientras se refuerza la narrativa estratégica de Occidente.
El artículo de Azizi sigue este patrón. A través de entrevistas a un segmento selecto de la diáspora, construye un consenso artificial sobre lo que “los iraníes” desean, ignorando a quienes viven con el impacto diario de sanciones, escasez y violencia indirecta. La narrativa resultante no refleja la complejidad interna de Irán, sino que sirve como instrumento de psicografía imperial. La desesperación de la población se transforma en un supuesto aval a la violencia externa, y la experiencia histórica se borra para presentar un relato simplificado donde el régimen es malvado y el pueblo está listo para ser “salvado”.
En este marco, las sanciones y la presión militar externa desaparecen de la narrativa. La historia comienza en el momento del “grito de libertad”, ignorando décadas de hostigamiento económico y político. La certeza absoluta de cifras de víctimas, repetidas sin contexto, refuerza la ilusión de consenso. La propuesta de ataques “quirúrgicos” se presenta como audaz y racional, cuando en realidad desconoce la naturaleza descentralizada del poder en Irán y la imprevisibilidad de cualquier acción militar. La narrativa convierte la complejidad de la política iraní en una fábula moral, apropiada para consumo occidental, mientras el riesgo y la incertidumbre sobre la realidad del país se desestiman.
La función del informante nativo: Un espejo de hegemonía
Aquí emerge un concepto crucial: el del informante nativo. Esta figura no se limita a transmitir hechos, sino que legitima una narrativa occidental de poder. Su función principal es producir la ilusión de conocimiento completo por parte del Occidente, un conocimiento que busca solidificar un yo hegemónico que puede contrastarse con un otro problemático y peligroso. La autoridad del informante nativo se sostiene en la percepción de que quien habla desde dentro del país sabe cómo piensan, sienten y actuarían "los iraníes", creando un espejo distorsionado que reafirma la superioridad y la racionalidad del poder occidental.
Este mecanismo funciona a distintos niveles. Primero, codifica la angustia de la diáspora en términos comprensibles para los planificadores de Washington o Tel Aviv, transformando la experiencia del exilio en un testimonio moral que justifica la intervención. Segundo, borra la complejidad local, incluyendo la diversidad de opiniones, la resistencia civil no violenta y la resiliencia institucional del Estado iraní. El informante nativo se convierte así en un intermediario moral: no solo dice lo que el extranjero quiere escuchar, sino que construye la necesidad de que se actúe desde fuera.
Desde esta perspectiva, la función del informante nativo revela un patrón recurrente en la relación entre Occidente y Oriente Medio: la externalización del conocimiento y de la autoridad ética. No se trata solo de interpretar, sino de producir un consenso estratégico que valida decisiones de poder lejanas, cuya eficacia, o incluso sus consecuencias humanitarias, quedan completamente fuera del análisis. Esta práctica se puede rastrear desde Irak hasta Libia y Siria, donde la combinación de narrativas de la diáspora y reportajes selectivos ayudó a justificar operaciones que terminaron en desastres humanitarios, un patrón que se repite en la cobertura de Irán.
La lección de Irak y Libia
Este mecanismo no es nuevo. La experiencia de Irak en 2003 y Libia en 2011 demuestra los peligros de este tipo de narrativa. En ambos casos, la intervención militar se presentó como un acto racional y moralmente justificado, basado en la supuesta voluntad del pueblo. Los resultados fueron catastróficos: en Irak se produjeron un millón de muertos, guerras sectarias y el surgimiento de Daesh, mientras en Libia la intervención condujo al vacío de poder y al caos prolongado. El aprendizaje de estas experiencias debería ser evidente, y sin embargo, la narrativa de excepcionalidad occidental persiste, ignorando la escala, la densidad institucional y la geopolítica de Irán.
La complicidad de la diáspora no requiere uniformes ni órdenes explícitas. Basta un artículo, una plataforma prestigiosa y una prosa que realiza el trabajo de traducir la angustia en oportunidad estratégica. La desesperación se convierte en aval moral para la violencia externa y en herramienta para legitimar decisiones militares, ofreciendo una coartada para quienes planean intervenciones desde la distancia. La diáspora actúa así como espejo distorsionador, amplificando la lógica de intervención y transformando la complejidad interna del país en narrativa simplificada y manipulable.
Conclusión: Rechazar el espejo distorsionador
El análisis de Azizi evidencia la necesidad de criticar este espejo distorsionador. Reconocer la complejidad de Irán implica entender la interacción entre factores internos y presiones externas, situar la política iraní en un marco geopolítico amplio y examinar los efectos de décadas de sanciones y amenazas militares. La crítica no busca negar los problemas internos; señala que los discursos de la diáspora, cuando se convierten en aval para la intervención, contribuyen a un entendimiento incompleto y potencialmente dañino del país.
Comprender Irán requiere una aproximación que combine rigor geopolítico, análisis estratégico y atención a la realidad interna, sin convertir el sufrimiento de la población en permiso para la intervención. La verdadera reflexión sobre el país debe diferenciar entre la complejidad histórica y la simplificación moral, evitando que la narrativa occidental se imponga sobre la experiencia directa de quienes viven en Irán. Cualquier discurso que ignore estas lecciones básicas repite, una vez más, la lógica del poder hegemónico, hablándose a sí mismo en un bucle que distorsiona la historia y las realidades sobre el terreno.
