• Manifestantes en Teherán queman una efigie de Trump en el Día de Al-Quds 2018, tras la salida de EE.UU. del acuerdo nuclear. (Foto: AP)
Publicada: martes, 20 de enero de 2026 19:26

En gran parte de la cobertura sobre la última escalada entre Estados Unidos e Irán se ha impuesto una explicación tranquilizadora por su simplicidad.

Por Xavier Villar

El problema tendría nombre propio. Donald J. Trump, con su estilo confrontacional, su desprecio por los acuerdos multilaterales y su inclinación por la demostración de fuerza, sería el principal responsable de haber empujado la relación bilateral al borde del abismo. Esta lectura, dominante en los círculos diplomáticos de Bruselas, París o Berlín, ofrece una coartada cómoda. Si el origen de la crisis es un individuo, su salida del escenario bastaría para restablecer una normalidad previa.

Sin embargo, reducir una confrontación de larga duración a la psicología de un solo dirigente no es únicamente históricamente impreciso. Es un error analítico más profundo. Supone ignorar la dimensión ontológica de lo político, entendida no como la suma de decisiones contingentes, sino como un campo estructurado por discursos duraderos que delimitan lo pensable, lo negociable y lo legítimo. El llamado “problema Trump” es, en este sentido, la manifestación más explícita y menos disimulada de un discurso estadounidense sobre Irán que precede ampliamente a su figura y que, con variaciones de tono, ha atravesado administraciones demócratas y republicanas desde mediados del siglo XX.

La genealogía del conflicto: Mosaddegh y la República Islámica

Para comprender el presente, conviene abandonar la fascinación por las personalidades y adentrarse en la genealogía del conflicto. Las intervenciones estadounidenses en Irán no comenzaron con la fundación de la República Islámica en 1979. El primer momento clave se sitúa en 1953, con el golpe de Estado contra el primer ministro democráticamente electo Mohammad Mosaddegh, organizado por la CIA y el MI6. En este caso, la motivación principal fue geopolítica y energética: asegurar el acceso a los recursos petroleros y preservar una influencia estratégica en la región. No fue un accidente de la Guerra Fría ni una desviación puntual, sino la cristalización de un principio operativo: la soberanía iraní podía ser limitada cuando entraba en conflicto con los intereses occidentales considerados esenciales.

 

Con la instauración de la República Islámica, la lógica de intervención estadounidense no desapareció; al contrario, se intensificó y diversificó. A partir de 1979, la presión sobre Irán adquirió un carácter más sistemático y recurrente, combinando sanciones económicas, operaciones diplomáticas y amenazas militares, con el objetivo de contener un régimen percibido como desafiante para el orden regional y global occidental. La motivación ya no se limitaba a intereses energéticos o estratégicos inmediatos; se incorporaba también una dimensión ideológica, donde el rechazo a la independencia política y al discurso de resistencia de Teherán justificaba la continuidad y la multiplicación de las intervenciones. En este sentido, Estados Unidos consolidó un patrón de presión permanente, en el que cada administración, con matices, ha repetido de forma cíclica las mismas políticas de contención y limitación de la soberanía iraní.

Las raíces del discurso estadounidense

El discurso estadounidense hacia Irán no se fundó, solamente, en la oposición a una revolución islámica, sino en la afirmación de un derecho imperial a definir el orden interno de los Estados. La restauración del Sha tras el golpe de 1953 inauguró un cuarto de siglo de relaciones “excelentes”, basadas en la sumisión de Teherán a un proyecto modernizador, autoritario y alineado con Occidente. Este periodo, a menudo añorado en algunos círculos occidentales, sentó las bases psicológicas e ideológicas de la revolución de 1979. La revolución no fue un estallido irracional de fanatismo, sino una respuesta visceral, articulada en la gramática islámica, a décadas de humillación y dominación externa. El discurso revolucionario iraní de “resistencia” e “independencia” nace, en gran medida, como antítesis del discurso intervencionista estadounidense, articulando además una respuesta islámica que busca consolidar la autonomía y proyectar un modelo de soberanía resistente frente a la hegemonía externa.

La toma de la embajada en 1979 cristalizó la enemistad en un marco binario y simplificado. Incluso entonces, la narrativa estadounidense evidenció una profunda incoherencia estratégica. Durante la década de 1980, mientras Estados Unidos calificaba a Irán como “patrocinador del terrorismo”, simultáneamente respaldaba material y diplomáticamente a Sadam Husein en su guerra de agresión contra Irán, incluyendo la omisión frente al uso de armas químicas contra soldados y civiles iraníes. Estos hechos dejaron claro que las categorías éticas—como “eje del mal” o “Estado paria”—funcionan como herramientas de conveniencia, aplicadas o suspendidas según los intereses estratégicos del momento. El derribo del vuelo 655 de Iran Air en 1988 por el USS Vincennes, y la negativa a ofrecer una disculpa completa, se interpretó en Teherán no como un accidente aislado, sino como la continuación lógica de un patrón de desprecio por la vida iraní, un epílogo sangriento de décadas de hostilidad y presión externa.

De la Guerra Fría al JCPOA

El periodo posterior a la Guerra Fría consolidó el discurso estadounidense hacia Irán en un nuevo marco: la no proliferación nuclear como justificación central de la presión política y económica. Las sanciones de los años 90 bajo la administración Clinton, seguidas de la inclusión de Irán en el llamado “Eje del Mal” por George W. Bush en 2002, institucionalizaron un régimen de presión sostenida que trascendía administraciones y líneas partidistas. Paradójicamente, las políticas de Bush, concebidas para aislar y debilitar a Teherán, terminaron allanando, de manera indirecta, el camino hacia la diplomacia nuclear. Las invasiones de Afganistán e Irak eliminaron a los principales actores regionales que podrían haber limitado la influencia iraní, otorgando a Teherán una posición estratégica sin precedentes. La proximidad de bases y contingentes militares estadounidenses a las fronteras iraníes reforzó la percepción de amenaza y convirtió la contención a través de medios diplomáticos en, posiblemente, la opción menos arriesgada para Washington. Este contexto sentó las condiciones para la negociación que culminó en el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) de 2015, un acuerdo que, más que una ruptura con la lógica de presión histórica, representó una racionalización temporal del mismo discurso estructural de confrontación.

Trump: la manifestación cruda del discurso

Trump no es una anomalía, sino la expresión más evidente de un discurso que ya existía. La retirada unilateral de Estados Unidos en 2018 no fue un acto aislado, sino la confirmación de una corriente persistente del pensamiento estadounidense, la que rechaza cualquier acomodamiento con Irán, sobre otra más pragmática. Su política de “máxima presión” es la aplicación lógica de esa convicción. Si el problema reside en la naturaleza misma de la República Islámica, la diplomacia resulta insuficiente. Solo la presión económica intensa y la amenaza militar pueden aspirar a un cambio de régimen o a una rendición incondicional. Lo que Trump hizo fue desnudar la política estadounidense de su barniz diplomático, mostrando con claridad el núcleo de confrontación que siempre ha estado presente bajo la superficie.

Los eventos recientes, como el asesinato del general Soleimani en 2020, las negociaciones intermitentes de 2025, los ataques israelíes y los bombardeos estadounidenses a instalaciones nucleares, siguen la lógica predecible de este guion. No son el resultado de la voluntad de un hombre, sino de un marco discursivo que normalizó la opción militar como herramienta de disuasión, donde la demostración de fuerza y la credibilidad pesan más que la estabilidad regional. Trump simplemente interpretó con mayor vehemencia un papel que había sido escrito mucho antes de su llegada.

 

La mirada ingenua, al personalizar la crisis en torno a Trump, comete un doble error. Primero, se engaña a sí misma al pensar que un cambio electoral en Washington podría restaurar la normalidad del 2015. Esto ignora que el consenso bipartidista contra Irán se ha consolidado y que cualquier futuro presidente, demócrata o republicano moderado, heredará un panorama marcado por desconfianza profunda y decisiones unilaterales previas. Segundo, y más relevante, exime a Europa y al resto de Occidente de su propia responsabilidad histórica. La complicidad europea en el golpe de 1953, el apoyo tácito a la guerra de Sadam Husein y la implementación sumisa de sanciones extraterritoriales estadounidenses son piezas esenciales de un muro de incomprensión que persiste hasta hoy.

Hacia una política racional

Una aproximación racional hacia Irán exige mucho más que esperar la salida de un líder concreto. Requiere una deconstrucción crítica del discurso occidental sobre el país y un reconocimiento de cómo la obsesión nuclear ha servido para eludir un debate sobre las causas estructurales de la inseguridad regional, incluida la arquitectura del orden en el Golfo y el conflicto israelo-palestino. Implica comprender que la amenaza iraní se ha convertido en parte de una profecía autocumplida, alimentada por décadas de aislamiento y amenazas existenciales.

La escalada actual no puede interpretarse como un drama de Trump. Es el último episodio de una historia de setenta años, marcada por la colisión entre el principio de soberanía e independencia que guía la política de la República Islámica y el principio de hegemonía y derecho a intervenir que ha definido la política estadounidense en su “patio trasero” global. Mientras esta colisión discursiva no se reconozca, mientras Occidente se limite a lamentar el tono de cada nuevo episodio sin cuestionar el rumbo estratégico, la travesía hacia el precipicio continuará, con Trump o sin él. La verdadera imprudencia no está solo en su retórica. Reside en creer que un conflicto estructural y de larga duración puede depender de un solo actor.