Por: Mina Mosallanejad
El Imam Seyed Ali Jamenei, Líder mártir de la Revolución Islámica, fue una de las figuras más influyentes y distinguidas del mundo musulmán contemporáneo, cuya vida, liderazgo y legado perdurable le aseguraron un lugar imperecedero en la historia.
Su vida abarcó algunos de los capítulos más decisivos de la historia moderna de Irán y del islam, desde los años formativos de la Revolución Islámica y el establecimiento de la República Islámica tras la revolución, hasta la Guerra Impuesta de ocho años y casi cuatro décadas de liderazgo durante un período marcado por profundas transformaciones políticas, económicas, científicas, culturales y regionales.
Nacido en el seno de una familia de eminentes eruditos religiosos en la ciudad santa de Mashad, cursó desde temprana edad la educación islámica tradicional, al tiempo que cultivó una profunda pasión por la literatura, la historia, la poesía y el pensamiento intelectual. Estos cimientos académicos y culturales moldearían posteriormente tanto su visión política como su enfoque del liderazgo del país.
Durante las décadas de 1960 y 1970, emergió como un activo participante del movimiento revolucionario encabezado por el Imam Jomeini, fundador de la Revolución Islámica, contra la impopular monarquía Pahlavi respaldada por Occidente. Su actividad revolucionaria le valió reiteradas detenciones, encarcelamientos, interrogatorios y períodos de exilio interno antes del triunfo de la Revolución Islámica en 1979.
Tras el establecimiento de la República Islámica, el ayatolá Jamenei asumió una serie de altas responsabilidades de liderazgo, entre ellas la membresía del Consejo de la Revolución Islámica, el cargo de imán del rezo del viernes de Teherán, la representación del Imam Jomeinien el Consejo Supremo de Defensa y dos mandatos consecutivos como presidente de Irán durante la Guerra Impuesta de la década de 1980, desempeñando un papel central en la conducción del país a través de uno de los períodos más difíciles de su historia contemporánea.
En junio de 1989, tras el fallecimiento del Imam Jomeini, fue elegido por la Asamblea de Expertos como nuevo Líder de la República Islámica de Irán, cargo que ocupó durante casi cuatro décadas. A lo largo de ese período presidió una etapa de transformaciones de gran alcance en múltiples ámbitos, al tiempo que configuró el rumbo interno de Irán y su papel en el escenario regional e internacional.
Fue martirizado el 28 de febrero de 2026 como consecuencia de una agresión militar ilegal y no provocada perpetrada por el régimen israelí y Estados Unidos, poniendo fin a una vida enteramente consagrada a los ideales de la Revolución Islámica y a la búsqueda de la independencia, la dignidad y el progreso de la gran nación iraní.
Esta biografía recorre las principales etapas de su extraordinaria vida —desde su infancia y formación religiosa hasta su activismo revolucionario, su servicio público y sus décadas de liderazgo nacional—, destacando los acontecimientos, responsabilidades, hitos y logros fundamentales documentados en el relato oficial de su ilustre trayectoria: una vida de propósito.
Infancia y entorno familiar
El Imam Jamenei nació en abril de 1939 en la ciudad santa de Mashad, en el noreste de Irán.
Fue el segundo hijo del hoyatolislam Seyed Yavad Hoseini Jamenei, un respetado y distinguido erudito de la jurisprudencia islámica que consagró su vida a la enseñanza, la orientación religiosa y la investigación académica.
A pesar de su prestigiosa posición dentro de la comunidad, Seyed Yavad Jamenei eligió constantemente una vida de modestia y evitó deliberadamente las comodidades materiales. Incluso después de la Revolución Islámica, cuando varios miembros de su familia asumieron altos cargos públicos, continuó viviendo con la misma sencillez que había caracterizado sus años anteriores.
El Imam Jomeini llegó a referirse a él como “un erudito piadoso y comprometido”.
Criado en condiciones modestas, el Imam Jamenei pasó su primera infancia en uno de los barrios tradicionales de Mashad, donde la situación económica de su familia reflejaba el estilo de vida austero común entre numerosos estudiosos religiosos de la época.
Aquellas experiencias formativas dejaron una huella indeleble en su personalidad y moldearon profundamente su visión del mundo a lo largo de toda su vida.
Al evocar aquellos años, afirmó en una ocasión: “Mi padre era un clérigo muy conocido, pero vivíamos con gran sencillez. Había noches en las que no había cena en casa, y mi madre preparaba lo poco que podía. A veces todo lo que teníamos era pan y pasas”.
Al describir la primera vivienda familiar, recordaba: “Hasta los cuatro o cinco años vivimos en una pequeña casa con una sola habitación y un sótano oscuro. Siempre que venían visitantes a ver a mi padre, nuestra familia bajaba al sótano hasta que se marchaban. Más tarde se compró la propiedad vecina y la casa se amplió a tres habitaciones”.

Estos recuerdos permanecieron entre sus reflexiones más citadas sobre las virtudes de la sencillez, la perseverancia, el contentamiento y la gratitud, valores que continuarían moldeando tanto su vida personal como su liderazgo público.
Su madre, la señaora Jadiye Mirdamadi, desempeñó un papel igualmente trascendental en su formación. Dotada de una sólida educación en estudios coránicos, tradiciones islámicas, literatura persa e historia, fomentó dentro del hogar un profundo aprecio por el conocimiento e impulsó activamente el desarrollo intelectual y espiritual de sus hijos.
El Imam Jamenei habló siempre de ella con gran afecto: “Mi madre era una mujer muy instruida, culta, amante de la poesía y la literatura, y profundamente familiarizada tanto con el Corán como con Hafez. Cuando éramos niños nos reunía a su alrededor, recitaba el Corán con una hermosa voz y nos explicaba las historias de los profetas. La primera vez que conocí la historia del profeta Moisés, del profeta Abraham y de muchos otros profetas fue gracias a mi madre”.
También permaneció firmemente al lado de sus hijos, especialmente del Imam Jamenei, durante la lucha contra el régimen Pahlavi, compartiendo las dificultades y sacrificios que acompañaron sus actividades revolucionarias.
A lo largo de toda su vida, el Líder mártir atribuyó siempre a ambos padres el haber forjado su formación religiosa, su carácter moral, su curiosidad intelectual y su compromiso permanente con el conocimiento, la fe y el servicio.
Educación y formación intelectual
El Imam Jamenei comenzó a aprender y memorizar el Sagrado Corán a la temprana edad de cuatro años, antes de ingresar en la escuela primaria de la ciudad de Mashad.
Paralelamente a su educación formal, prosiguió los estudios islámicos tradicionales bajo la guía de su padre, erudito religioso, avanzando gradualmente en las disciplinas de la literatura árabe, la jurisprudencia islámica, la lógica, la filosofía y la teología.
Su temprana formación académica sentó las bases intelectuales de una vida entera dedicada al pensamiento islámico y a la erudición religiosa, uno de los pilares fundamentales de su legado.
En busca de una formación religiosa superior, posteriormente continuó sus estudios en los seminarios de Nayaf y, de manera más extensa, en Qom, donde asistió a las clases de varios de los más eminentes sabios de la época. Entre sus maestros más influyentes figuraron el Imam Jomeini, el gran ayatolá Hosein Boruyerdi y Allameh Mohamad Hosein Tabatabai, cuyas enseñanzas desempeñaron un papel decisivo en la configuración de su pensamiento intelectual y religioso.
A mediados de la década de 1960 regresó a Mashad para cuidar de su anciano padre, mientras continuaba sus estudios superiores, la enseñanza y sus actividades académicas. Sus sesiones de exégesis coránica comenzaron pronto a atraer a un numeroso público, especialmente estudiantes y jóvenes intelectuales, cautivados por un enfoque que combinaba la profundidad de la erudición islámica tradicional con una reflexión rigurosa sobre las cuestiones sociales, políticas e intelectuales contemporáneas.
Partiendo directamente de los versículos del Sagrado Corán, extraía y exponía los principios intelectuales fundamentales del islam y del pensamiento islámico, presentándolos como un marco integral para comprender la sociedad, el gobierno y las responsabilidades de la comunidad musulmana.
A través de estas lecciones procuraba fortalecer los fundamentos ideológicos de la lucha contra el tiránico régimen Pahlavi respaldado por Occidente, demostrando que el islam no constituía únicamente un credo religioso, sino un sistema completo y práctico para la vida pública. Quienes asistían a sus clases llegaban de manera natural a la conclusión de que un gobierno islámico basado en las enseñanzas y valores del islam era tanto necesario como inevitable.
Uno de los principales objetivos de estas sesiones consistía en transmitir a la sociedad los fundamentos intelectuales e ideológicos de la Revolución Islámica, al tiempo que formaba una generación de estudiantes capacitados para comprender y promover sus principios.
En 1968 comenzó también a impartir cursos especializados de estudios coránicos dirigidos a los seminaristas. Estas conferencias continuaron hasta 1977, cuando fueron interrumpidas por su arresto y posterior exilio en Iranshahr. Sus sesiones de interpretación coránica se reanudaron durante parte de su presidencia y continuaron en los años posteriores, convirtiéndose en una de las características más representativas de sus aportes académicos e intelectuales.

Intereses literarios
Paralelamente a sus estudios religiosos, el Imam Jamenei desarrolló una profunda y permanente pasión por la literatura y la reflexión intelectual. Desde muy joven se sumergió tanto en las obras maestras de la poesía clásica persa como en la literatura moderna, cultivando un amplio interés por la historia, la crítica literaria, la filosofía y la literatura universal.
Su profunda apreciación por la cultura literaria lo llevó a convertirse en un participante habitual de reuniones literarias, donde mantuvo estrechas relaciones con numerosos poetas, escritores e intelectuales destacados de Irán. Asimismo, escribió poesía bajo el seudónimo de “Amin”, reflejando una faceta creativa que complementaba sus actividades académicas y religiosas.
Sus intereses intelectuales trascendían ampliamente la poesía e incluían la traducción, la autoría y la difusión del pensamiento islámico mediante otras obras escritas. Antes de la Revolución Islámica, escribió y tradujo varias obras de importancia y publicó numerosos textos sobre el pensamiento islámico, la cultura y las cuestiones sociales y políticas contemporáneas, contribuyendo al debate intelectual de su época.
En los años posteriores, muchos de sus discursos, conferencias, sermones, entrevistas y escritos fueron recopilados en libros y traducidos a numerosos idiomas, ampliando el alcance de sus ideas hacia públicos de todo el mundo musulmán y más allá de él.
Su producción intelectual es tan vasta y diversa que existe un departamento específico dentro de su oficina dedicado exclusivamente a preservar, publicar y administrar su legado literario, el cual comprende tanto los libros de su autoría como las obras que tradujo, además de centenares de discursos, conferencias y escritos recopilados en volúmenes publicados en persa y en numerosos otros idiomas.
Para el Imam Jamenei, la literatura nunca constituyó un mero ejercicio artístico. Por el contrario, la consideraba un instrumento indispensable para preservar la identidad cultural, fomentar el crecimiento intelectual y espiritual, enriquecer la vida de la sociedad y transmitir ideas y valores perdurables de una generación a otra.
El inicio de la actividad política
La conciencia política del Imam Jamenei comenzó a tomar forma durante sus años de formación religiosa, influida tanto por el entorno académico de su familia como por el acelerado proceso de transformación política que vivía Irán en aquella época.
Entre las figuras que dejaron una huella duradera en él en Mashad destacó Seyed Moytaba Navvab Safavi, cuyos apasionados discursos contra la dictadura Pahlavi y su firme compromiso con los ideales islámicos inspiraron a numerosos jóvenes seminaristas de la época.
Posteriormente, el Imam Jamenei recordaría que su primer encuentro con Navvab Safaví marcó un punto de inflexión en su vida, despertando su interés por los asuntos políticos y sociales y profundizando su sentido de responsabilidad hacia el futuro de la comunidad musulmana.
Su conocimiento del Imam Jomeini a finales de la década de 1950 resultó aún más decisivo. A medida que la oposición del Imam Jomeini a la monarquía Pahlavi cobraba impulso a comienzos de la década de 1960, el Imam Jamenei emergió como uno de los jóvenes y dinámicos clérigos que respaldaron activamente y promovieron el movimiento revolucionario.
El inicio del Movimiento Islámico en 1962 marcó el comienzo de su participación permanente en la actividad revolucionaria. A partir de entonces, la erudición religiosa y el compromiso político se convirtieron en dimensiones inseparables de su vida pública, reforzándose mutuamente en la consecución de lo que él consideraba las responsabilidades islámicas de los eruditos y de la sociedad.
Desempeñó un papel activo en las actividades religiosas y políticas destinadas a elevar la conciencia pública, movilizar el respaldo al movimiento contra el régimen Pahlavi y transmitir el mensaje del Imam Jomeini a personas y comunidades de todo el país, sentando así las bases del papel revolucionario que desempeñaría durante los años y décadas siguientes.

Encarcelamiento, vigilancia y exilio
Las crecientes actividades políticas y religiosas del Imam Jamenei pronto atrajeron la atención del tristemente célebre aparato de seguridad de la dictadura Pahlavi.
En 1963, poco antes del histórico levantamiento del 15 de Jordad (5 de junio), el Imam Jomeini le encomendó la misión de transmitir mensajes a destacados eruditos y figuras religiosas de todo Jorasán, alentándolos a informar a la población sobre las draconianas políticas prooccidentales del régimen y a movilizar el apoyo al Movimiento Islámico.
En el cumplimiento de esta misión viajó a Biryand, donde pronunció una serie de discursos en los que criticó a la monarquía y condenó el ataque del régimen contra la madrasa (escuela) Feyzie. Poco después fue arrestado, iniciándose así el primero de varios períodos de encarcelamiento que marcarían los quince años siguientes de su vida.
Su encarcelamiento no debilitó en absoluto su determinación. Tras regresar a Mashad, reanudó la enseñanza, la predicación y la organización de reuniones religiosas, al tiempo que mantenía un estrecho contacto con otros partidarios del Imam Jomeini y continuaba trabajando para impulsar el movimiento.
A lo largo de las décadas de 1960 y 1970 fue detenido, interrogado, encarcelado y sometido repetidamente a una vigilancia permanente. Con cada nueva detención, las restricciones impuestas en su contra se hicieron cada vez más severas, aunque ninguna de ellas logró detener sus actividades.
Cada vez que era puesto en libertad, volvía a impartir conferencias, organizar programas educativos y fomentar una mayor participación popular en el Movimiento Islámico, demostrando una firmeza inquebrantable frente a las crecientes presiones de las autoridades.
Su período de encarcelamiento más prolongado y más duro tuvo lugar a mediados de la década de 1970, cuando pasó varios meses en régimen de aislamiento y se le negó todo contacto con su familia. Al recordar posteriormente aquellos años, los describió como una de las experiencias más difíciles de su vida, evocando las penurias del prolongado aislamiento y las presiones ejercidas por el régimen.
Tras su liberación, las autoridades le prohibieron pronunciar sermones, dirigir las oraciones, impartir clases e incluso celebrar sesiones de interpretación coránica en su propio domicilio.
No obstante, continuó desarrollando discretamente muchas de estas actividades, preservando sus estrechos vínculos con los seguidores del Imam Jomeini y garantizando la continuidad de su labor religiosa, educativa y revolucionaria pese a los esfuerzos del régimen por silenciarlo.
La organización del Movimiento Islámico
Más allá de sus discursos públicos y de sus actividades educativas, el Imam Jamenei desempeñó un papel activo en los esfuerzos organizativos que mantuvieron vivo el Movimiento Islámico tras el exilio del Imam Jomeini.
Participó en la creación de uno de los primeros grupos coordinados de clérigos en la ciudad santa de Qom, posteriormente conocido como el “Grupo de los Once”, establecido con el propósito de preservar la comunicación entre los eruditos revolucionarios y garantizar la continuidad del movimiento frente al recrudecimiento de la represión gubernamental.
La organización buscaba fortalecer la cooperación entre las principales figuras religiosas, al tiempo que proporcionaba un marco estructurado para las actividades políticas, religiosas e intelectuales.
Sus integrantes consideraban que una estructura organizada era indispensable para impedir que el movimiento fuera desmantelado por el aparato militar del régimen.
Por ello, este grupo es ampliamente considerado como una de las primeras organizaciones clandestinas surgidas en el seno del seminario de Qom, sentando importantes bases organizativas para el movimiento revolucionario en los años posteriores.
Asimismo, participó en iniciativas tempranas que más adelante contribuirían al establecimiento de la Sociedad de Profesores de los Seminarios de Qom, reflejando su convicción de que los seminarios religiosos debían desempeñar un papel activo y constructivo en la respuesta a los desafíos políticos, sociales y culturales del país, en lugar de limitarse exclusivamente a la enseñanza religiosa.
Al mismo tiempo, sus sesiones de interpretación del Corán en Mashad atraían a un público cada vez más numeroso, especialmente estudiantes universitarios, jóvenes intelectuales, seminaristas y miembros de la emergente generación revolucionaria, muchos de los cuales se sentían atraídos por su capacidad para vincular las enseñanzas islámicas clásicas con las realidades políticas y sociales contemporáneas.
Durante el final de la década de 1960 y los primeros años de la de 1970, el Imam Jamenei continuó viajando extensamente por todo Irán a pesar de los reiterados arrestos, la vigilancia constante y las medidas gubernamentales cada vez más restrictivas. Sus conferencias en destacados centros religiosos y culturales, entre ellos la Hoseiniye Ershad y la mezquita Al-Yavad de Teherán, así como en numerosos seminarios de todo el país, abordaban cuestiones tanto religiosas como políticas, encontrando una especial resonancia entre estudiantes y jóvenes en busca de orientación intelectual e ideológica.
A través de todas estas actividades, trabajó para fortalecer los fundamentos intelectuales del Movimiento Islámico, al tiempo que se oponía tanto al materialismo marxista como a las corrientes políticas liberales, sosteniendo que el pensamiento islámico debía constituir el principal marco intelectual para la transformación social, política y cultural.
Sus esfuerzos fueron mucho más allá del mero activismo político. Igualmente, importante fue su compromiso con la formación, la orientación y la organización de una nueva generación de eruditos revolucionarios, estudiantes y activistas que desempeñarían un papel influyente tanto en el Movimiento Islámico como en los acontecimientos que le sucedieron.
Los últimos años antes de la Revolución
A medida que la oposición a la monarquía Pahlavi se intensificaba durante la segunda mitad de la década de 1970, el Imam Jamenei amplió aún más sus actividades revolucionarias, pese a la constante vigilancia, las reiteradas restricciones y la persistente presión ejercida por las autoridades.
A finales de 1977, el régimen lo condenó a tres años de exilio interno en Iranshahr, en el sureste de la provincia de Sistán y Baluchistán, con la esperanza de aislarlo del creciente movimiento revolucionario. Sin embargo, estableció estrechos vínculos tanto con las comunidades suníes como chiíes de la región, ganándose el respeto y la admiración de la población local gracias a su erudición religiosa, su compromiso con los asuntos públicos y su dedicación al servicio de la comunidad.
Aprovechó ese período de exilio para continuar explicando los objetivos y principios del Movimiento Islámico, al tiempo que organizó diversas iniciativas sociales y humanitarias, entre ellas las labores de socorro tras las devastadoras inundaciones que azotaron la región.
Lejos de disminuir su influencia, el exilio amplió su red de relaciones y fortaleció aún más su prestigio y popularidad entre la población local.
Preocupadas por su creciente popularidad y la expansión de su influencia, las autoridades lo trasladaron a la remota ciudad de Yiroft, en la provincia de Kerman, donde permaneció bajo estricta vigilancia. Sin embargo, incluso allí continuó pronunciando discursos críticos contra la monarquía y mantuvo un contacto permanente con destacados eruditos y activistas revolucionarios de todo el país, asegurando que su papel dentro del movimiento permaneciera intacto.
En 1978, cuando las protestas nacionales entraron en una fase decisiva y el autoritario régimen Pahlavi comenzaba a mostrar crecientes signos de debilidad, el Imam Jamenei regresó a Mashad, donde reanudó con renovado vigor la organización de manifestaciones, la intervención en grandes concentraciones populares y la coordinación de las actividades revolucionarias.
Al mismo tiempo, mantuvo un contacto y una coordinación permanentes con la oficina del Imam Jomeini y con otras figuras destacadas del movimiento revolucionario, contribuyendo a la coordinación de las actividades durante la etapa final y más crítica de la lucha.

El Imam Jamenei fue uno de los clérigos que se dirigieron a una multitudinaria reunión de educadores en el estadio Saadabad de Mashad, donde reclamó el regreso del Imam Jomeini del exilio y defendió el establecimiento de un gobierno islámico.
Su creciente influencia en Mashad llevó al aparato de espionaje del régimen Pahlavi a intensificar la vigilancia sobre su persona. La SAVAK, la llamada «policía secreta» del régimen Pahlavi, lo identificó como uno de los principales abanderados de la Revolución en Jorasán, poniendo de manifiesto la magnitud de su influencia dentro del movimiento revolucionario, en plena expansión.
Durante las históricas manifestaciones de Tasua y Ashura de diciembre de 1978, pronunció el tradicional sermón de Ashura en el santuario del Imam Reza (P), en nombre del Imam Jomeini. Este acto sin precedentes rompió una de las convenciones políticas más arraigadas del régimen Pahlavi, ya que hasta entonces la ceremonia se había celebrado como un ritual oficial del Estado en el que las oraciones se pronunciaban en nombre de Mohammad Reza Pahlaví, entonces sah de Irán.
Cuando el movimiento revolucionario se aproximaba a la victoria, el Imam Jomeini nombró al Imam Jamenei miembro del Consejo de la Revolución Islámica, confiándole importantes responsabilidades relacionadas con la fase final de la Revolución y con el establecimiento del nuevo orden político que surgiría tras el colapso de la monarquía.
La victoria de la Revolución Islámica
Los últimos meses previos al triunfo de la Revolución Islámica vieron al Imam Jamenei asumir un papel cada vez más destacado entre los organizadores y principales dirigentes del movimiento, mientras las actividades revolucionarias se intensificaban en todo el país.
Cuando el régimen del sah cerró los aeropuertos de Irán con el propósito de impedir el regreso del Imam Jomeini desde el exilio, desempeñó un papel activo en la organización de la sentada nacional en la Universidad de Teherán, contribuyendo a coordinar los comunicados públicos, movilizar el apoyo popular y supervisar las actividades que exigían la inmediata reapertura del espacio aéreo del país para facilitar el retorno del Imam Jomeini.
Tras el histórico regreso del Imam Jomeini a Irán el 1 de febrero de 1979, el Imam Jamenei continuó colaborando estrechamente con el Consejo de la Revolución Islámica mientras la Revolución entraba en su etapa decisiva y final, contribuyendo a los esfuerzos dirigidos a coordinar la transición desde la monarquía hacia el nuevo orden revolucionario.
Con el colapso de la monarquía Pahlavi el 11 de febrero de 1979, se unió a otros dirigentes revolucionarios en la construcción de las bases institucionales de la recién establecida República Islámica, iniciando un nuevo capítulo de su vida pública que muy pronto lo llevaría a pasar del activismo revolucionario al ejercicio de responsabilidades de liderazgo nacional, asumiendo la continuidad de la Revolución en los años posteriores.

La construcción de la República Islámica
Tras la victoria de la Revolución Islámica en febrero de 1979, el Imam Jamenei asumió una serie de responsabilidades fundamentales durante los años formativos de la República Islámica, desempeñando un papel activo en la configuración de las instituciones y las políticas del nuevo Estado.
Como miembro del Consejo de la Revolución Islámica, contribuyó a afrontar los desafíos políticos, administrativos y de seguridad más inmediatos del país, al tiempo que participó en la creación y consolidación de las instituciones de la nueva República Islámica.
Fue nombrado viceministro de Defensa para Asuntos de la Revolución y posteriormente representante del Imam Jomeini ante el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), donde trabajó para fortalecer la coordinación entre las nacientes instituciones de defensa del país y consolidar las bases organizativas de las nuevas fuerzas armadas.
El Imam Jamenei también figuró entre los miembros fundadores del Partido de la República Islámica, creado para promover los principios y objetivos de la Revolución Islámica y fomentar la participación política dentro del marco del nuevo orden constitucional.
Tras los asesinatos del ayatolá Mohammad Hoseiní Beheshtí y de Mohammad Yavad Bahonar a manos del grupo terrorista MKO, respaldado por Occidente, fue elegido secretario general del partido, asumiendo una de sus más altas responsabilidades en uno de los períodos más turbulentos y difíciles de la historia temprana de la República Islámica.
En enero de 1980, el Imam Jomeini lo nombró imán del rezo del viernes de Teherán, confiándole una de las tribunas religiosas y políticas más influyentes del país.
A través de sus sermones semanales del viernes abordó los principales acontecimientos nacionales, explicó las políticas del Gobierno y analizó una amplia gama de cuestiones religiosas, sociales, culturales y políticas, manteniendo un contacto permanente con la población.
Asimismo, puso en marcha conferencias periódicas dirigidas a los imanes del rezo del viernes con el propósito de fortalecer la coordinación y ampliar la cooperación entre los líderes religiosos de todo Irán.
Tras presentar su candidatura en las primeras elecciones parlamentarias de Irán, celebradas en marzo de 1980, el Imam Jamenei fue elegido miembro de la Asamblea Consultiva Islámica (Parlamento) por la circunscripción de Teherán con el respaldo de la principal coalición de fuerzas partidarias del Imam Jomeini.
En el Parlamento presidió la Comisión de Asuntos de Defensa, supervisando las deliberaciones sobre las principales cuestiones relacionadas con la seguridad nacional y la defensa, entre ellas la organización del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, la integración de la Fuerza Basich en el CGRI, la situación de seguridad en Kurdistán y Baluchistán, la protección de las fronteras y la reestructuración del Ejército iraní durante un período decisivo de consolidación institucional.
Entre sus intervenciones parlamentarias más relevantes figura su ampliamente documentado discurso en apoyo de la moción para destituir al presidente Abolhasan Banisadr por incompetencia política, un debate que se convirtió en uno de los momentos más trascendentales del Primer Parlamento.
Tras el inicio de la guerra impuesta por el régimen baazista iraquí contra la República Islámica en septiembre de 1980, su frecuente presencia en los frentes de combate, respaldando la defensa del país, limitó considerablemente su asistencia a las sesiones parlamentarias. Después de resultar gravemente herido en un atentado perpetrado en junio de 1981, solo pudo asistir a un número reducido de reuniones del Parlamento antes de abandonar la legislatura tras ser elegido presidente de la República Islámica en octubre de 1981.
Además de sus responsabilidades gubernamentales y parlamentarias, el Imam Jamenei recibió una importante misión intelectual y educativa. Tras el asesinato del ayatolá Morteza Motahhari en 1979, el Imam Jomeini lo designó como el principal erudito religioso encargado de dialogar con los estudiantes universitarios sobre cuestiones ideológicas e intelectuales, así como de contrarrestar la influencia nociva de los grupos opositores, especialmente de las organizaciones marxistas, en los campus universitarios.
Celebraba reuniones semanales en la Universidad de Teherán, donde dirigía la oración colectiva, pronunciaba conferencias sobre las principales cuestiones políticas, religiosas e intelectuales y respondía a las preguntas de los estudiantes mediante debates abiertos. Tras la guerra, estas sesiones continuaron en importantes mezquitas de Teherán, entre ellas la mezquita Abuzar, donde sobrevivió al atentado que le causó graves heridas en junio de 1981.

Servicio durante la Defensa Sagrada
Apenas unos meses después del establecimiento de la República Islámica, el régimen baasista de Irak lanzó una invasión a gran escala contra Irán en septiembre de 1980, dando inicio a una guerra que se prolongaría durante ocho años y se convertiría en uno de los conflictos más largos y devastadores de la historia contemporánea de la región.
Desde los primeros días de la guerra, el Imam Jamenei participó directamente en el apoyo y la conducción de las fuerzas encargadas de la defensa del país. Poco después del inicio de la invasión, y con la aprobación del Imam Jomeini, se trasladó a los frentes de combate, donde sostuvo reuniones con comandantes militares, integrantes de las fuerzas armadas y combatientes voluntarios, al tiempo que contribuyó a coordinar las operaciones defensivas durante la fase inicial, decisiva y crítica del conflicto.
Como representante del Imam Jomeini ante el Consejo Supremo de Defensa, desempeñó un papel activo en la planificación estratégica y en la adopción de decisiones a lo largo de toda la guerra. Trabajando estrechamente tanto con las fuerzas armadas regulares como con el Cuerpo de Guardianes, procuró fortalecer la coordinación entre las instituciones militares del país y mejorar la cooperación entre las distintas ramas de las fuerzas armadas durante uno de los períodos más difíciles de la historia contemporánea de Irán.
Durante los ocho años de guerra mantuvo un contacto estrecho y permanente con las unidades de combate, realizando frecuentes visitas a las zonas de operaciones, los frentes de batalla y los cuarteles militares, donde se reunía con comandantes, soldados y fuerzas voluntarias.
Estas visitas reflejaban su estrecho compromiso con los esfuerzos defensivos del país y su determinación de mantener alta la moral de quienes servían en la primera línea del frente.
En sus discursos e intervenciones públicas subrayó de manera constante la importancia de la unidad nacional, la resistencia, la autosuficiencia y la defensa de la integridad territorial de Irán, presentando la guerra como una lucha que exigía firmeza y sacrificio colectivo por parte de toda la nación.
Asimismo, sostuvo que cualquier solución justa y duradera al conflicto requería la retirada completa de las fuerzas iraquíes de los territorios iraníes ocupados, el reconocimiento oficial de Irak como Estado agresor y el pago de indemnizaciones por los daños y pérdidas ocasionados a Irán durante la guerra.
Atentado contra su vida
El 27 de junio de 1981, el Imam Jamenei sobrevivió a un grave atentado mientras pronunciaba un discurso en la mezquita Abuzar, en el sur de Teherán.
Una bomba oculta en el interior de una grabadora explotó junto al atril pocos instantes antes de que comenzara su intervención, causándole graves heridas en el brazo derecho, el hombro y el pecho. El atentado le dejó secuelas físicas permanentes que lo acompañaron durante el resto de su vida.
Tras recibir un extenso tratamiento médico y atravesar un prolongado período de recuperación, regresó gradualmente a la vida pública y reanudó sus responsabilidades oficiales, continuando el desempeño de sus funciones pese a las consecuencias permanentes de las lesiones sufridas.
El atentado fue perpetrado por Muyahidín Jalq (MKO, por sus siglas en inglés), un grupo terrorista aniraní respaldado por Occidente que durante ese período llevó a cabo una serie de ataques dirigidos contra altos funcionarios y personalidades públicas.
El período presidencial
Tras el asesinato del presidente Mohamad Ali Rayai en agosto de 1981, el Imam Jamenei fue elegido tercer presidente de la República Islámica de Irán con un extraordinario 95,11 % de los votos, obteniendo un respaldo popular abrumador.
Ejerció la presidencia durante dos mandatos consecutivos, entre 1981 y 1989, convirtiéndose en uno de los presidentes con mayor permanencia en el cargo en la historia del país y también en uno de los más exitosos.
Su presidencia coincidió casi por completo con la Guerra de la Defensa Sagrada, lo que obligó a su administración a equilibrar las exigencias del liderazgo en tiempos de guerra con la continuidad del funcionamiento y la consolidación de las instituciones del Estado.
Además de respaldar el esfuerzo nacional de defensa, su gobierno trabajó para mantener los servicios públicos esenciales, fortalecer las instituciones del Poder Ejecutivo, preservar la estabilidad económica en condiciones de guerra y comenzar a sentar las bases para la reconstrucción del país una vez concluido el conflicto.
Durante ese período presidió asimismo el Consejo Supremo de Apoyo a la Guerra, coordinando los recursos nacionales destinados a la defensa del país, mientras mantenía consultas permanentes con el Imam Jomeini sobre las principales decisiones políticas, militares y estratégicas relacionadas con el conflicto.

Tras la aceptación por parte de Irán de la Resolución 598 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 1988, el Imam Jamenei comunicó oficialmente la decisión del Gobierno a las Naciones Unidas, marcando un paso importante hacia la conclusión de la guerra de ocho años.
A pesar de las enormes exigencias propias del liderazgo en tiempos de guerra, destacó constantemente la educación, el progreso científico, el desarrollo tecnológico y el fortalecimiento de las instituciones nacionales como pilares indispensables para el progreso a largo plazo y el desarrollo futuro de Irán.
Durante sus ocho años de presidencia, Irán impulsó también una política exterior más activa y diversificada, ampliando su presencia diplomática en diversas regiones del mundo. El Imam Jamenei realizó visitas oficiales a numerosos países de Asia Occidental, Asia, África y Europa Oriental con el propósito de fortalecer las relaciones bilaterales, ampliar la cooperación política y económica y reforzar la posición internacional de Irán como una nueva república democrática.
En 1987 se convirtió en el primer presidente de la República Islámica en dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde expuso las posiciones de Irán sobre los asuntos regionales e internacionales, la Guerra de la Defensa Sagrada y las principales cuestiones de la política mundial. Durante esa misma visita sostuvo encuentros con líderes internacionales, se dirigió a las comunidades musulmanas de Nueva York y encabezó la oración del viernes.
Su presidencia también estuvo marcada por una coordinación más estrecha con los movimientos políticos chiíes del Líbano, Irak y Afganistán. Estos esfuerzos contribuyeron a fortalecer la cooperación entre diversos movimientos islámicos y respaldaron la creación y el desarrollo de organizaciones como el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak y el Partido de la Unidad Islámica de Afganistán.
Durante toda su presidencia, el Imam Jamenei permaneció entre los colaboradores más cercanos y de mayor confianza del Imam Jomeini. Además de sus responsabilidades presidenciales, recibió importantes encargos nacionales, entre ellos fortalecer la coordinación entre el Ejército y el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, supervisar reformas administrativas estratégicas, dirigir asuntos relacionados con la política internacional de Irán y asumir diversas responsabilidades especiales de carácter judicial, ejecutivo y administrativo que le fueron encomendadas por el Imam Jomeini.
En 1988, tras las discrepancias surgidas entre el Parlamento y el Consejo de Guardianes respecto de diversos proyectos legislativos, el Imam Jomeini aprobó la creación del Consejo para el Discernimiento del Interés del Sistema. El Imam Jamenei se convirtió en su primer presidente y desempeñó esa función hasta el término de su mandato presidencial.
Al año siguiente, el Imam Jomeini lo nombró miembro del Consejo para la Revisión de la Constitución. Como primer vicepresidente de dicho órgano, el Imam Jamenei desempeñó un papel relevante en las deliberaciones que culminaron en importantes reformas constitucionales, entre ellas modificaciones relativas a la estructura del Poder Ejecutivo, el Poder Judicial, la radiodifusión estatal y los requisitos exigidos para el cargo de Líder.
Elección como Líder de la Revolución Islámica
El fallecimiento del Imam Jomeini en 1989 marcó un punto de inflexión decisivo en la historia de la República Islámica, poniendo fin a la etapa fundacional de la Revolución e inaugurando una nueva era de liderazgo bajo la dirección del Imam Jamenei.
El día del funeral del Imam Jomeini, la Asamblea de Expertos se reunió para determinar el futuro liderazgo del país. Tras amplias deliberaciones, la Asamblea eligió de manera casi unánime al Imam Jamenei como nuevo Líder de la Revolución Islámica, confiándole la responsabilidad de conducir a la nación a través de una nueva y trascendental etapa de su historia.
Durante los años previos a su fallecimiento, el Imam Jomeini había expresado reiteradamente su confianza en las capacidades, la dedicación y los servicios prestados por el Imam Jamenei a la República Islámica.
Según Seyyed Ahmad Jomeiní, hijo mayor del Imam Jomeini, este comentó en una ocasión, tras uno de los viajes oficiales del Imam Jamenei al extranjero, que “verdaderamente posee las cualificaciones necesarias para el liderazgo”.

Zahra Mostafaví, hija del Imam Jomeini, relató igualmente que, cuando preguntó a su padre quién debía asumir el liderazgo futuro del país, este mencionó al Imam Jamenei y confirmó que reunía las cualificaciones propias de un muytahid (máxima autoridad en jurisprudencia islámica).
Del mismo modo, Akbar Hashemi Rafsanyani, expresidente de Irán y entonces presidente del Parlamento, recordó que cuando expresó al Imam Jomeini su preocupación por el futuro del país, este le respondió: “No llegarán a un callejón sin salida. Esa persona está entre ustedes”.
Poco después de la elección del Imam Jamenei como Líder, Seyed Ahmad Jomeini emitió un mensaje de felicitación en el que afirmó que el Imam Jomeini lo había descrito en repetidas ocasiones como un destacado jurista y la persona más idónea para dirigir el sistema islámico.
Su elección fue seguida por amplias manifestaciones de lealtad en todo Irán mediante concentraciones populares, marchas, declaraciones oficiales y mensajes de apoyo, reflejando un amplio compromiso con la preservación de la República Islámica y la continuidad del camino trazado por el Imam Jomeini.
En sus propias declaraciones, el Imam Jamenei subrayó de manera constante la importancia de salvaguardar el legado del Imam Jomeini, fortalecer el vínculo entre el liderazgo y el pueblo, defender los principios islámicos, apoyar a los oprimidos, promover la unidad entre las naciones musulmanas y preservar la independencia del país frente a las presiones externas.
Describió al Imam Jomeini como “la raíz del árbol bendito de la Revolución” y afirmó que la República Islámica continuaría por el camino establecido por su fundador.
Su elección se produjo en un momento crucial de la historia contemporánea de Irán. El país emergía de ocho años de guerra impuesta e iniciaba una nueva etapa centrada en la reconstrucción nacional, la consolidación institucional, la recuperación económica, el progreso científico y la adaptación a un entorno regional e internacional en rápida transformación.
Al asumir el liderazgo en estas circunstancias, el Imam Jamenei inició un período que se prolongaría durante casi treinta y siete años como Líder de la Revolución Islámica, una etapa que moldeó profundamente el desarrollo político, científico, económico, militar y estratégico del Irán contemporáneo, al tiempo que definió el papel del país en los asuntos regionales e internacionales.
Liderazgo de la República Islámica
A lo largo de casi treinta y siete años de liderazgo, el Imam Jamenei sostuvo de manera constante que el progreso duradero de Irán dependía de preservar su independencia mientras fortalecía sus bases científicas, económicas, culturales y defensivas. A su juicio, un desarrollo nacional sostenible requería confianza en las capacidades internas, inversión en el conocimiento y la innovación, y la participación activa del pueblo en la construcción del futuro del país.
El avance científico se convirtió en una de las prioridades más distintivas de este período. Las universidades ampliaron su capacidad, se multiplicaron los centros de investigación e Irán incrementó significativamente su producción científica en una amplia variedad de disciplinas.
Durante estos años, el país desarrolló capacidades en ámbitos como la tecnología nuclear, la nanotecnología, la biotecnología, la investigación con células madre, la ingeniería aeroespacial, la medicina avanzada y las industrias basadas en el conocimiento. En numerosas ocasiones, al dirigirse a científicos y estudiantes universitarios, el Imam Jamenei describió el progreso científico como el fundamento del poder nacional, afirmando: “La ciencia es la clave del poder y la dignidad del país”.
Subrayando la importancia de la confianza en uno mismo y de la innovación autóctona, declaró ante el pueblo de Azerbaiyán Oriental el 18 de febrero de 2024: “Hoy los jóvenes iraníes logran grandes avances en la industria, la tecnología nuclear, la medicina, la industria farmacéutica y muchos otros campos porque la nación ha llegado a creer en sus propias capacidades”.
Junto con el desarrollo científico, exhortó reiteradamente al fortalecimiento de la economía nacional mediante el impulso de la producción interna, la innovación tecnológica y una mayor confianza en la experiencia y las capacidades nacionales iraníes.
Al promover lo que definía como una Economía de Resistencia, sostenía que el crecimiento económico sostenible podía alcanzarse principalmente mediante el fortalecimiento de las capacidades nacionales, el fomento del espíritu emprendedor, el incremento de la productividad y la reducción de la dependencia de las potencias extranjeras, manteniendo al mismo tiempo una interacción económica constructiva con el resto del mundo.
El fortalecimiento de las capacidades defensivas de Irán constituyó igualmente uno de los pilares centrales de su liderazgo. A lo largo de esas décadas, el país amplió de manera significativa su industria nacional de defensa y desarrolló avanzadas tecnologías militares, entre ellas sistemas de misiles, redes integradas de defensa aérea, capacidades navales, vehículos aéreos no tripulados, sistemas de guerra electrónica y tecnologías espaciales.
El Imam Jamenei sostenía que una sólida capacidad defensiva nacional era indispensable para salvaguardar la independencia de Irán, preservar la estabilidad regional y disuadir las amenazas externas.
La autosuficiencia de Irán en el desarrollo de sistemas ofensivos y defensivos de producción nacional, especialmente en materia de misiles y drones, fue puesta a prueba durante las guerras de doce y cuarenta días impuestas por Israel y Estados Unidos.
Estas capacidades desarrolladas internamente demostraron su eficacia operativa al ejecutar contundentes ataques de represalia contra objetivos israelíes y bases e instalaciones militares estadounidenses en toda la región, obligando finalmente a los adversarios a buscar acuerdos de alto el fuego en ambas ocasiones y permitiendo a Irán redefinir las reglas del enfrentamiento.
Más allá de la ciencia, la economía y la defensa nacional, su liderazgo concedió una importancia considerable a la educación, la cultura y el desarrollo intelectual. Consideraba que las universidades, los seminarios religiosos, los centros de investigación y las instituciones culturales constituían pilares esenciales para la formación de las futuras generaciones, y promovió el diálogo permanente con eruditos, científicos, artistas, escritores y poetas.
Estudioso de la literatura durante toda su vida, el Imam Jamenei participó activamente en encuentros literarios y mantuvo reuniones periódicas con poetas, autores e intelectuales, reflejando su permanente aprecio por la literatura persa, la poesía, la historia y el pensamiento islámico. Asimismo, destacó la importancia de preservar la identidad cultural al tiempo que fomentaba la creatividad intelectual y la investigación académica.
Durante su liderazgo, Irán fue también escenario de una notable expansión de la educación superior, los servicios de salud, la infraestructura de transporte, las redes de comunicaciones y los servicios públicos, avances que acompañaron los esfuerzos más amplios destinados a fortalecer las instituciones nacionales y mejorar el bienestar de la población.
A lo largo de casi cuatro décadas como Líder, el Imam Jamenei mantuvo una relación activa con todos los sectores fundamentales de la sociedad iraní, celebrando reuniones periódicas con estudiantes universitarios, miembros de las fuerzas armadas, funcionarios gubernamentales, trabajadores, empresarios, eruditos religiosos, artistas, científicos, deportistas y familiares de los mártires.
Estos encuentros se convirtieron en una de las características distintivas de su liderazgo, al ofrecer espacios para intercambiar opiniones sobre las prioridades nacionales, las cuestiones culturales, los logros científicos, los desafíos económicos y las preocupaciones de los distintos sectores de la sociedad, manteniendo una conexión directa entre el liderazgo del país y su pueblo.
Resistencia y oposición a la injusticia
En los asuntos regionales e internacionales, el Imam Jamenei defendió de manera constante los principios de soberanía nacional, independencia política y resistencia frente a toda forma de dominación extranjera. Al mismo tiempo, insistió reiteradamente en que la independencia no debía confundirse con el aislamiento ni con el distanciamiento de la comunidad internacional.
«La independencia significa no esperar una luz verde de Estados Unidos o de cualquier otra potencia similar, ni preocuparse por una luz roja procedente de ellas. La nación iraní formula sus propios juicios, toma sus propias decisiones y actúa por sí misma siempre que lo considera necesario», afirmó durante un discurso con motivo del trigésimo sexto aniversario del fallecimiento del Imam Jomeini.
También expresó de forma constante su respaldo a la causa palestina, sosteniendo que la política exterior de la República Islámica debía guiarse por los principios de independencia, justicia, apoyo a los oprimidos y cooperación entre las naciones musulmanas.
El Imam Jamenei sostuvo invariablemente que la cuestión palestina constituía la causa primordial de la Umma (comunidad) islámica y la consideró el asunto central al que se enfrentaba el mundo musulmán.
Su apoyo a la causa palestina y a la resistencia palestina frente al régimen sionista de apartheid permaneció firme e incondicional durante todo su liderazgo.
Mantuvo reuniones periódicas con dirigentes del Eje de la Resistencia procedentes de Palestina, Líbano, Irak, Yemen y otras partes de la región, en las que analizaba la evolución de los acontecimientos regionales y reafirmaba el respaldo permanente de Irán al frente de la resistencia.
Siguiendo el camino trazado por el Imam Jomeini, el ayatolá Jamenei sostuvo siempre que el apoyo a los oprimidos constituía uno de los pilares fundamentales de la política exterior de la República Islámica de Irán, situando a Palestina en el centro mismo de ese principio.
Asimismo, sostenía que el respaldo de Irán a los movimientos de resistencia de toda la región derivaba de ese compromiso estratégico e ideológico con la defensa de los pueblos oprimidos y la lucha contra la ocupación y la agresión en cualquier parte del mundo.
Martirio
El 28 de febrero, el Imam Jamenei fue martirizado durante una agresión no provocada perpetrada por Estados Unidos e Israel.
Su martirio marcó la culminación de más de seis décadas de erudición religiosa, liderazgo político y servicio revolucionario, poniendo fin a uno de los capítulos más prolongados y trascendentales de la historia de la República Islámica de Irán.
Con ello concluyó una vida dedicada a moldear el rumbo intelectual, político y estratégico de la República Islámica, dejando un legado que continúa influyendo tanto en Irán como en el conjunto de la región.
Sus discursos, escritos y aportaciones intelectuales seguirán siendo objeto de estudio, traducción, publicación y difusión en todo el mundo, mientras que las instituciones, políticas e iniciativas desarrolladas durante su liderazgo permanecerán como parte inseparable del legado político, científico, cultural e histórico de la República Islámica.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
