Publicada: miércoles, 28 de enero de 2026 22:05

Una de las ideas más repetidas, y menos cuestionadas, en el discurso mediático dominante es que Irán tendría como objetivo central el exterminio del pueblo judío.

Por Alberto García Watson

Esta afirmación, repetida hasta el cansancio, no resiste el más mínimo análisis histórico serio. No se trata de un error inocente, es propaganda política, diseñada para generar miedo, justificar agresiones y silenciar cualquier crítica al régimen de Israel.

El dato incómodo que rara vez aparece en los grandes medios es que Irán alberga desde hace siglos la comunidad judía más grande de Asia Occidental después de Israel. Judíos que no viven ocultos ni clandestinos, sino que practican su religión, mantienen sinagogas, escuelas, tradiciones culturales y cuentan incluso con representación parlamentaria garantizada por la ley iraní. Su presencia en Persia antecede por más de dos mil años al islam, al cristianismo y, por supuesto, al conflicto palestino-israelí.

Este hecho por sí solo ya desmonta la narrativa del “Irán genocida”. Pero hay más. El pueblo judío ha sido expulsado, perseguido o forzado a huir de más de un centenar de países a lo largo de la historia, en su inmensa mayoría países europeos cristianos. Pogromos, expulsiones, guetos y finalmente el Holocausto no ocurrieron en países islámicos, sino en el corazón de Europa. En contraste, fueron precisamente los países musulmanes los que históricamente ofrecieron refugio a comunidades judías cuando Europa las perseguía. Al-Ándalus, el Imperio Otomano, el norte de África y Asia Occidental fueron durante siglos espacios de convivencia relativa, muy lejos del mito de una enemistad eterna entre islam y judaísmo.

La propaganda proisraelí necesita borrar esta historia porque contradice su relato central, que Israel representa el único refugio posible para los judíos y que todo su entorno, especialmente Irán, es existencialmente antisemita. Para sostener ese relato, se recurre a una operación constante de confusión, se equipara judaísmo con sionismo, religión con ideología política, identidad cultural con un Estado militarizado.

Sin embargo, la realidad vuelve a ser más incómoda. El propio régimen de Israel ha demostrado en múltiples ocasiones que su problema no es el antisemitismo, sino la jerarquización racial y política. No es raro ver a las fuerzas de seguridad israelíes reprimiendo violentamente a judíos ortodoxos anti sionistas en las calles de Jerusalén. Tampoco es un secreto el trato sistemáticamente discriminatorio hacia los judíos africanos, especialmente los judíos etíopes, a quienes amplios sectores de la sociedad israelí consideran ciudadanos de segunda clase.

Este racismo institucional no es una acusación retórica, hace apenas unos años se destapó la esterilización masiva de mujeres judías etíopes, realizada sin su consentimiento informado, bajo el pretexto de políticas sanitarias. Un escándalo que expuso de manera brutal cómo el Estado que se autoproclama defensor de “todo el pueblo judío” reproduce prácticas coloniales y eugenésicas contra judíos cuyo único “problema” es el color de su piel.

Frente a esto, resulta profundamente cínico que se acuse a Irán, donde judíos viven desde hace siglos sin ser expulsados, de planear un exterminio religioso, mientras se guarda silencio sobre la violencia real y documentada que el propio Estado israelí ejerce tanto contra palestinos como contra sectores del judaísmo que no encajan en su ideal nacionalista.

La posición de Irán es clara y explícita, su oposición es al sionismo y a la ocupación de Palestina, no al judaísmo ni a los judíos como pueblo. Esta distinción, evidente para cualquiera que quiera verla, es sistemáticamente borrada por una maquinaria mediática que necesita convertir un conflicto político en una guerra religiosa para deslegitimar cualquier crítica.

Aceptar sin cuestionar esta propaganda no solo es intelectualmente irresponsable, sino moralmente peligroso. Cuando se miente sobre la historia, se fabrican enemigos absolutos, y cuando se fabrican enemigos absolutos, la guerra se vuelve “inevitable”.

Tal vez ha llegado el momento de decirlo sin rodeos: la narrativa proisraelí dominante no defiende al pueblo judío, lo instrumentaliza. Y lo hace al precio de distorsionar la historia, negar la diversidad del judaísmo y justificar crímenes presentes en nombre de traumas pasados.