Por Alberto García Watson
“La corrupción no se fue con la invasión: simplemente cambió de uniforme.”
La llamada Operación Midas de la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU) ha puesto nombres y cifras al lodazal. Ya no se habla de funcionarios menores ni de desvíos aislados. Se habla del entorno íntimo de Volodímir Zelenski y de la empresa estatal Energoatom, clave para el sistema energético del país.
Los investigados no son desconocidos:
- Timur Mindich, amigo personal del presidente y copropietario de Kvartal 95 Studio, la productora que fabricó al Zelenski televisivo.
- Oleksandr Tsukerman, socio empresarial.
- Oleksiy Chernyshov, exviceprimer ministro y hombre de máxima confianza del presidente.
La mecánica es simple y obscena: desvío de hasta 100 millones de dólares, mordidas del 10–15 % a contratistas y el uso de la ley marcial para impedir que los estafados reclamen. Todo mientras Occidente sigue transfiriendo miles de millones a un Estado que dice luchar por la transparencia.
Pensar que Zelenski no sabía nada de esto exige un acto de fe que roza la ingenuidad política.
“Cuando la justicia se acerca, el pasaporte israelí aparece.”
Antes de ser imputados, Mindich y Tsukerman huyeron a Israel. Ambos poseen ciudadanía israelí. Poco después, Zelenski les retiró apresuradamente la ciudadanía ucraniana. El resultado es quirúrgico, ahora solo podrían ser extraditados con el visto bueno de Tel Aviv, algo extraordinariamente improbable.
Según registros empresariales y fiscales, Mindich estaría escondido en una lujosa mansión en Herzliya, en la calle Galei Tchelet 25,(muy cerca de donde residen los padres de Vlodomyr Zelenski en Tel Aviv) y frente a la mansión de Igor Kolomoisky, el oligarca que impulsó el ascenso de Zelenski y hoy está en prisión preventiva por corrupción.
El triángulo es perfecto: presidente, oligarca, socio fugitivo. Todos conectados. Todos beneficiados.
Israel se convierte así en refugio de lujo para los secretos del poder ucraniano, mientras en Kiev se proclama la guerra contra la corrupción.
“Austeridad para el pueblo, champán para el palacio.”
Mientras millones de ucranianos sobreviven entre apagones y ruinas, las informaciones sobre los gastos de lujo de la esposa de Zelenski en París y Nueva York dibujan un contraste que ya no es solo obsceno, es políticamente suicida.
Tiendas exclusivas, hoteles de alta gama, desplazamientos de élite. Todo financiado en un país que vive del dinero ajeno. La imagen es devastadora, sacrificio abajo, blindaje arriba. La vieja postal de las élites corruptas de siempre, esta vez envuelta en una bandera de resistencia.
“Rumores, excesos y un poder sin control.”
A la corrupción estructural se suman los persistentes rumores sobre la adicción a la cocaína del propio Zelenski. No hay investigaciones serias. No hay auditorías independientes. La ley marcial funciona como una manta de plomo sobre cualquier intento de fiscalización.
El diputado Oleksandr Dubinsky ha acusado directamente al presidente de estar implicado en el desvío de más de 40 000 millones de dólares. La respuesta del poder no ha sido transparencia, sino represión política, procesos selectivos y cierre de filas mediático.
La guerra no solo se libra en el frente: se usa para blindar impunidades.
“Del combate al extremismo al blanqueo neonazi.”
Zelenski no solo ha hablado de convertir Ucrania en una “gran Israel”. También ha integrado oficialmente en las Fuerzas Armadas a batallones ultranacionalistas con simbología y rituales neonazis. Lo que antes se negaba como propaganda enemiga hoy se muestra sin pudor en uniformes, tatuajes y ceremonias.
Occidente, tan celoso de la democracia cuando le conviene, blanquea sin rubor el extremismo cuando viste de aliado. Todo vale si el enemigo es Moscú.
“El héroe que terminó pareciéndose a lo que prometió destruir.”
Zelenski ya no es solo el símbolo de un país agredido. Es el rostro de un régimen atravesado por la corrupción, el nepotismo, el lujo obsceno, el refugio judicial en Israel y el blanqueo del extremismo armado.
La guerra ha sido su gran coartada.
La propaganda, su gran escudo.
La ley marcial, su gran mordaza.
Y mientras el mito se sostiene a base de titulares épicos, el Estado se vacía por dentro, los millones desaparecen y los amigos del presidente duermen tranquilos en villas de lujo frente al Mediterráneo.
La pregunta ya no es si Zelenski sabía.
La pregunta es cuánto más está dispuesto Occidente a seguir fingiendo que no lo sabe.
