Publicada: martes, 24 de febrero de 2026 10:25

En una intervención reciente, el enviado especial de Estados Unidos para Oriente Medio, Steve Witkoff, formuló una pregunta que merece atención.

Ante el refuerzo del despliegue militar estadounidense en la región, se preguntó por qué Irán no ha “capitulado” y por qué, bajo tal presión, no ha acudido a Washington para declarar que no busca un arma nuclear. Intentó matizar el término, pero la idea ya estaba expresada.

El interés del comentario no reside en su tono, sino en su premisa. Parte de la convicción de que la superioridad militar y financiera debería traducirse en concesiones políticas. Si estas no llegan, la explicación se busca en la supuesta rigidez del otro. La posibilidad de que exista una racionalidad estratégica distinta apenas se contempla. Esta forma de razonar no es patrimonio de una administración concreta. Está arraigada en la cultura estratégica estadounidense desde el final de la Guerra Fría. La combinación de sanciones económicas, aislamiento diplomático y presión militar se concibe como un lenguaje universal. Cuando no produce el resultado esperado, la conclusión habitual es que la presión debe intensificarse.

Lo que Witkoff expresa es, en realidad, la incapacidad de concebir que Irán tenga una lógica propia, consistente y calculada. Esa limitación no es solo anecdótica; se inscribe en una larga tradición de pensamiento occidental sobre el mundo islámico. Como Irfan Ahmad demuestra en Religion as Critique, la visión occidental de la crítica y la racionalidad ha tendido históricamente a excluir la capacidad de autocrítica y pensamiento autónomo de la cultura islámica. Ahmad muestra que la percepción de que los musulmanes carecen de crítica intelectual no es un error contemporáneo, sino un patrón que se remonta al menos a la expansión colonial europea, y que ha sido reforzado por figuras como Martin Lutero, que comparaba a los musulmanes con el Anticristo, o Ernest Renan, que atribuía la “inmovilidad” de las sociedades musulmanas a su supuesta incapacidad para criticar sus propias tradiciones.

Ahmad señala que el binarismo que ha dominado la interpretación occidental —Cristianismo versus Islam, razón versus sinrazón, Occidente versus Oriente— no es un reflejo de la realidad, sino de una construcción ideológica. La Ilustración, en su visión hegemónica, no era universal ni humanista, sino “local” y “étnica”, y concebía la razón como un instrumento de clasificación: civilizado versus incivilizado, racional versus irracional, occidetanl versus no occidental. En ese esquema, Irán y el mundo musulmán aparecían como el Otro necesario para definir la superioridad de Occidente.

En este contexto, la sorpresa estadounidense ante la resistencia iraní no refleja tanto la novedad de la situación como la continuidad de una incomprensión estructural. La lógica de la “máxima presión” asume que la fuerza militar y las sanciones económicas deben obligar a la rendición. Cuando Irán no cede, la conclusión instintiva es que algo falla en su racionalidad. No se concibe que otra forma de calcular riesgos, otra interpretación de la seguridad nacional y la soberanía, pueda existir.

La racionalidad iraní

Para analizar esta resistencia, es útil reconocer que Irán no actúa al azar ni por mera obstinación. La historia moderna del país muestra patrones consistentes de cálculo estratégico, cohesión interna y legitimación política frente a amenazas externas. Durante la guerra de ocho años con Irak, apoyado por Estados Unidos y sus aliados árabes, Irán resistió no sólo la invasión sino la presión internacional que buscaba forzar un acuerdo desfavorable. Decenas de años de sanciones unilaterales y despliegues militares en su proximidad no han debilitado su cohesión central ni han hecho que el país renuncie a su autonomía política.

Cada medida de presión ha sido incorporada al relato interno como evidencia de la necesidad de independencia y dignidad frente a una potencia que no reconoce la existencia de actores soberanos fuera de su órbita. La resistencia, desde esta perspectiva, no es obstinación irracional, sino un resultado deliberado de la experiencia histórica y de la percepción de que ceder ante amenazas externas genera más vulnerabilidad que seguridad.

En este sentido, la obra de Ahmad ofrece una herramienta conceptual relevante. Su análisis de Religion as Critique muestra que la crítica y la racionalidad no son patrimonio exclusivo del pensamiento occidental. Ahmad argumenta que la capacidad de reflexionar, cuestionar y modificar la propia tradición está presente en el mundo islámico desde la antigüedad, y que las instituciones religiosas y sociales han desarrollado formas de pensamiento crítico que no siempre se reconocen bajo los criterios occidentales. La crítica, en este contexto, no se reduce a debates académicos; se manifiesta en la vida cotidiana, en las decisiones políticas y en la movilización social.

El caso de Irán puede entenderse de forma análoga. La resistencia ante la presión estadounidense no es un rechazo irracional de la negociación, sino una forma de preservar la integridad estratégica y política del país, basada en la experiencia acumulada y en una lectura de riesgos que no coincide con los cálculos occidentales. No es que Irán no critique, sino que la lógica de la crítica y la acción estratégica no se ajusta a los supuestos externos.

La ilusión de la capitulación

Witkoff y, por extensión, la administración estadounidense, hablan de “capitulación” como si fuera la consecuencia natural de la superioridad material. La elección del término no es inocua; revela un marco conceptual que considera la sumisión como inevitable ante la fuerza. Esta perspectiva ignora que Irán define su seguridad y soberanía dentro de un vocabulario propio. La historia del país enseña que aceptar la premisa de que debe someterse sería aceptar una narrativa externa que considera a Irán un problema a resolver y no un actor legítimo.

De manera comparable, Ahmad muestra que la crítica en contextos islámicos no siempre se manifiesta como confrontación abierta o aceptación de estándares externos, sino como reflexión interna que fortalece la coherencia institucional y social. La resistencia iraní puede verse como un ejercicio de ese tipo de crítica estratégica: no una falta de pragmatismo, sino una forma de racionalidad distinta, moldeada por la historia, la religión y la experiencia política.

La percepción estadounidense de que Irán debería “venir a nosotros” y declarar su intención de no desarrollar armas nucleares refleja una estructura cognitiva imperial. La lógica implícita es que el poder fuerte impone su voluntad y que cualquier desviación constituye una anomalía. Lo que Witkoff describe como sorpresa es, en realidad, la evidencia de un marco de pensamiento que no contempla racionalidades alternativas.

La consistencia de la resistencia

Si examinamos la trayectoria de Irán en el último medio siglo, encontramos un patrón coherente. La revolución islámica de 1979 no fue un acto improvisado, sino el resultado de un largo proceso de movilización política y crítica social. La guerra con Irak, las sanciones económicas y las presiones internacionales han reforzado la narrativa de independencia y resistencia. Cada medida coercitiva se ha incorporado al cálculo estratégico interno, reforzando la percepción de que ceder bajo presión externa genera dependencia y vulnerabilidad.

Esto no significa que Irán actúe sin errores o que ignore costos económicos o políticos. Pero su racionalidad incluye criterios que no se reducen al balance de fuerzas material. Incluye consideraciones de identidad, legitimidad, cohesión social y continuidad histórica. Es una racionalidad que combina la política, la cultura y la religión, similar a lo que Ahmad documenta en Religion as Critique, donde el pensamiento crítico se despliega tanto en los textos como en las prácticas de los individuos y comunidades.

En este sentido, la estrategia de “máxima presión” estadounidense está condenada a no alcanzar los resultados previstos. No porque se subestime la capacidad material de Irán, sino porque se subestima la lógica interna del país. La presión externa, lejos de debilitar, refuerza la cohesión y la legitimidad de la resistencia. Cada despliegue naval, cada sanción financiera y cada exigencia de rendición confirma la narrativa iraní de enfrentamiento con un poder que no reconoce la existencia de actores soberanos fuera de su control.

Más allá de la sorpresa: entender la otra racionalidad

Comprender a Irán requiere abandonar la expectativa de sumisión y aceptar que existe una racionalidad diferente. Esta racionalidad se expresa en términos históricos, culturales y estratégicos propios del país, y se nutre de su experiencia de resistencia frente a amenazas externas. La incapacidad de Estados Unidos de imaginar otra lógica refleja un sesgo profundo, no un error táctico aislado.

El patrón no es único de Irán. En conflictos asimétricos a lo largo del siglo XX y XXI, Estados Unidos ha interpretado la resistencia de actores periféricos como obstinación irracional: Vietnam bajo el régimen de Hanoi, Cuba durante décadas de bloqueo y Corea del Norte bajo la amenaza nuclear. En todos estos casos, la resistencia seguía una lógica interna, coherente con los objetivos de soberanía y supervivencia, aunque incomprensible para el calculo materialista occidental.

La experiencia iraní confirma que la resistencia no es irracional. Es la manifestación de un enfoque estratégico integral, que combina la política, la religión y la cultura, y que define la seguridad nacional no solo por la ausencia de coerción, sino por la preservación de autonomía e identidad.

Conclusión: la perplejidad de Washington

La sorpresa expresada por Witkoff ante la resistencia iraní no revela la debilidad de Irán, sino la miopía de Estados Unidos. La pregunta sobre por qué Irán no ha “capitulado” evidencia la persistencia de un marco cognitivo que considera inevitable la sumisión ante la superioridad material.

En realidad, la lógica iraní es consistente y reconocible: preservar la soberanía, mantener la cohesión interna y responder a la presión externa con una narrativa de dignidad y autonomía. La racionalidad iraní no se ajusta a los supuestos de la “máxima presión” estadounidense, y mientras ese marco siga dominando la estrategia occidental, las mismas preguntas seguirán surgiendo, sin respuesta, y los errores se repetirán.

Irán no ha cedido, y no lo hará, no por obstinación, sino porque su historia, su cultura política y su racionalidad estratégica le enseñan que la capitulación no conduce a seguridad ni estabilidad, sino a vulnerabilidad y dependencia. Comprender esta lógica requiere desaprender la visión monocular de la fuerza y aceptar que existen modos distintos de entender la política, la resistencia y la soberanía. Mientras eso no ocurra, Estados Unidos seguirá perplejo ante lo que no puede comprender: que otro actor puede ser racional sin ajustarse a sus propios parámetros de cálculo y poder.

Por Xavier Villar