Publicada: viernes, 1 de noviembre de 2019 12:32

En Chile, diferentes grupos que se han beneficiado de 19 años de dictadura, con un modelo neoliberal, tratan de establecer el gatopardismo como salvavidas.

Concepto que traigo a colación y cuyo origen lo encontramos en la obra del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Este, en su novela “Il Gattopardo” narra la historia del militar y político italiano Giuseppe Garibaldi y el conde Cavour cuando intentaban unificar Italia. En esencia, se describe el desembarco de Garibaldi en Sicilia donde imperaba el dominio de la aristocracia encabezada por el príncipe Fabrizio. Una aristocracia que se negaba a la idea de una Italia unificada y en camino a un modelo democrático. Finalmente, tras una serie de negociaciones, la familia del príncipe acepta el nuevo régimen, adaptándose lentamente a las circunstancias destinado esencialmente para mantener sus privilegios. “Si queremos que todo siga igual es necesario que todo cambie” (“Se vogliamo che tutto rimanga uguale, tutto deve cambiare”), una de las frases más recordadas de la novela, que da lugar al término “gatopardismo”.

Esa conducta de salvataje, de los que detentan el poder, se expresó en toda su magnitud este lunes 28 de octubre en Chile, cuando el presidente Sebastián Piñera realizó su tercera modificación de gabinete en esta su segunda administración de gobierno. Un cambio cuyo objetivo, según señaló el propio mandatario chileno, tiene la misión de “abrir el diálogo que incluyó enroques entre ministros, el cese de aquellos que estaban en la mira de la sociedad con su serie de desaciertos. Ministerio del interior,  ministerio secretaria general de Gobierno y vocera presidencial. El ministerio de hacienda y la cartera de economía presidida por Juan Andrés Fontaine (reemplazado por el joven ingeniero comercial Lucas Palacios) quien había señalado, que para paliar el alza del transporte las personas debían levantarse de madrugada, para aprovechar así la rebaja del metro en esas horas, generando una ola de indignación nacional.

En lo específico, Piñera hizo modificaciones en ocho ministerios. En Interior sacó a su primo hermano y uno de los considerados “inamovibles” antes del estallido de las protestas, Andrés Chadwick, reemplazado por el novel Gonzalo Blumel quien ocupaba el cargo de Ministro Secretario General de la Presidencia y que cuenta con apoyo transversal dentro del parlamento, pero es un completo desconocido para la población. En este cambio ya se notó la improvisación, pues trascendió, que el primer elegido para ser jefe de gabinete, era hasta entonces el Ministro de Bienes nacionales Felipe Ward – vetado por sus polémicas declaraciones respecto a temas de derechos humanos -. Igualmente cambiói a un ministro, que era considerado parte del círculo de hierro del mandatario, el economista y quien había ocupado también el cargo de Ministro de Hacienda en la anterior administración piñerista: Felipe Larraín. Su cargo lo pasó a ocupar Ignacio Briones, decano de la Escuela de Gobierno de una universidad privada, ligada al empresariado chileno, Ingeniero Comercial de la Universidad Católica de Chile, alma mater de gran parte de aquellos que han sido ministros de los gobiernos de Piñera.

El cambio ministerial continuó con la cartea de Trabajo y Previsión Social, que vio salir al abogado Nicolás Monckeberg, fuertemente cuestionado tanto por el mundo sindical como empresarial. Fue reemplazado por la también abogada María José Zaldívar Larraín, ex subsecretaria de previsión social e hija de un fallecido y emblemático político conservador democratacristiano, Adolfo Zaldívar. La Sra. Zaldívar Larraín con llegada al interior del partido falangista (tanto con su presidente Fuad Chahin como la influyente senadora Carolina Goic) tendrá una labor muy compleja, en el marco de su escasa “muñeca política” porque una de las demandas de la población es justamente una reforma profunda al sistema de pensiones. Base de la riqueza de numerosos grupos económicos nacionales y transnacionales, que participan directamente de este negocio y que significa la administración de 200 mil millones de dólares. Una cifra monumental, que implica contar con utilidades netas, para quienes administran estos fondos previsionales, que el año 2018 significaron 347 mil millones de pesos (500 millones de dólares) a lo cuál hay que sumar 600 mil millones de pesos (900 millones de dólares de comisiones que 5.5 millones de chilenos pagaron a estas administradoras.  

El cambio en la vocería de gobierno era un modificación que se pedía a gritos. Esto pues su titular, la bogada Cecilia Pérez representaba el piñerismo más rancio y criticable en los sectores de la oposición, pero además despertaba recelos por su carácter confrontacional dentro del propio gobierno. El agradecimiento de Piñera a su lealtad implicó destinarla a otro ministerio, el de deportes y que su lugar fuera ocupado por la médico cirujano y hasta ayer Intendenta de Santiago, Karla Rubilar de quien se espera pueda revertir la pésima imagen de una vocería más convertida en una cartera de blindaje de los desaciertos de Piñera, que en un ente que comunique acertadamente.

Bienes Nacionales fue ocupado por un joven Julio Isamit (30 años) del partido ultraderechista UDI y considerado un conservador a ultranza, tanto en lo político como en lo valórico, que incluso lo enfrentó a miembros liberales dentro de la coalición de gobierno. Su nombramiento causó enorme sorpresa e incluso varios twitter bromistas, destacando que su experiencia política se expresa en haber sido presidente de curso y un opinante activo en materia de defender los sectores ultraconservadores al cual adscribe su militancia. Un político novato, que ya ha estado en polémicas frente al financiamiento de grupos económicos de su frustrada campaña política, cuando se presentó como candidato a diputado. Es una cara nueva, en una cartera algo irrelevante comunicacionalmente, pero de enorme importancia ya que el Estado chileno es el principal propietario de tierras en el país, que ha sido un tema de conflicto de intereses con empresarios y millonarios miembros de los gobiernos de derecha.

Una Marcha de Gigantes que ha dicho ¡basta!

Mientras el cambio de gabinete se efectuaba, decena de miles de santiaguinos se manifestaban en las cercanías del Palacio de La Moneda (sede del ejecutivo) mostrando a esas dos visiones de país, que se enfrentan en estos días: aquel que desea avanzar por el camino del maquillaje, de los cambios cosméticos, del gatopardismo y el frenar las exigencias sociales. Y aquel Chile que no ha cesado de manifestar que ya despertó, que no cesará en sus objetivos de establecer cambios profundos en amplias áreas de su vida: pensiones, educación, salud, movilidad, cultura, participación política, remuneraciones y donde ha comenzado, poco a poco, a establecer como eje aglutinador de las demandas la instalación de una Asamblea Constituyente. Idea que permita avanzar hacia una nueva institucionalidad. Esto, mediante un mecanismo democrático y participativo que consienta la reunión de diversos representantes de la ciudadanía para discutir, revisar y proponer las reglas y la nueva constitución que regirá el país.

La calle tiene otro discurso, un camino diverso al que pretende el gobierno y la oposición. Un arteria que avanza más rápido de lo que el régimen político que administra Chile puede tratar de dar respuesta. Un Chile que arrolla todo lo que encuentra a su paso, como una carrera de una liebre contra una tortuga, esta última representada por un gobierno, una casta política y un parlamento que se esfuerza por mantener aún sus privilegios cuestionados. Un grupo de poder que ya no da el ancho, que representa el viejo régimen, que reproduce una pared que día a día muestra su fragilidad. Un país con un modelo, que no es el oasis propugnado por el presidente Piñera, antes que su metáfora reventara en mil pedazos. Chile es un país que despertó y su marcha de gigantes no se detendrá.

Los acontecimientos de estos días en Chile nos trae a la memoria a los grandes líderes políticos de nuestra América, aquellos que en sus palabras proféticas anticipaban esta marcha de gigantes de los pueblos por su liberación como fue Fidel Castro. Aquellos que con claridad nos advertían, que las clases dominantes siguen invocando el orden, la condena a la violencia sin explicar el origen de la rabia y la indignación. Siguen invocando su sociedad en decadencia, sus privilegios minoritarios (y cuando se sienten amenazados hablan incluso de compartir esos privilegios). El orden de los grupos dominantes es un orden clasista que mantienen a sangre y fuego porque no están dispuestos a compartir esa patria distinta a la de los desposeídos y son capaces de asesinar,  para mantener esos privilegios

“Pero el desarrollo de la historia, la marcha ascendente de la humanidad no se detiene ni puede detenerse. Las fuerzas que impulsan a los pueblos, que son los verdaderos constructores de la historia, determinadas por las condiciones materiales de su existencia y la aspiración a metas superiores de bienestar y libertad, que surgen cuando el progreso del hombre en el campo de la ciencia, de la técnica y de la cultura lo hacen posible, son superiores a la voluntad y al terror que desatan las oligarquías dominantes. Las condiciones subjetivas de cada país, es decir, el factor conciencia, organización, dirección, puede acelerar o retrasar la revolución según su mayor o menor grado de desarrollo, pero tarde o temprano en cada época histórica, cuando las condiciones objetivas maduran, la conciencia se adquiere, la organización se logra, la dirección surge y la revolución se produce”.

Hoy como ayer, la revolución en países latinoamericanos es inevitable, entre ellos Chile, como una necesidad histórica. Camino que no está determinado por los pasos que estén dando sus gobiernos neoliberales y la casta política en materia de mantener sus privilegios. Su inevitabilidad está condicionada por las condiciones sociales, económicas y políticas en las que nuestros pueblos más sometidos se encuentran. La explotación enmascarada, bajo ciertos brillos de consumo, va generando también una conciencia de cambio que van conquistando las masas, coadyuvado por la crisis del poder imperialista en amplias regiones del mundo, que sustentado esa hegemonía por ideologías como la sionista y el wahabismo.

En Chile está en juego la permanencia de un poder, que ha prolongado su dominio por 46 años. Una plutocracia que nos ha considerado un rebaño sumiso, una sociedad de borregos domesticados bajo la luz del capitalismo más embrutecedor. Ese poder enfrenta hoy a un hombres y mujeres, que han dejado de balar y gritan a los cuatros vientos que este Chile despertó y no quiere más este tipo de sociedad donde los detentadores del poder aplican todas las técnicas que 250 años de dominio le permiten. Chile, para bien de sus habitantes y su dignidad como seres humanos efectivamente está sacudiendo su modorra, ese sueño embrutecedor y sobre todo ha echado a andar “Y su marcha de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente”.

Pablo Jofré Leal
Pablo Jofré Leal Periodista y escritor chileno. Analista internacional, Master en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en temas principalmente de Latinoamérica, Oriente Medio y el Magreb. Es colaborador de varias cadenas de noticias internacionales. Creador de página WEB de análisis internacional ANÁLISIS GLOCAL www.analisisglocal.cl

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