Publicada: domingo, 25 de enero de 2026 0:55

En Washington persiste la tentación de concebir un enfrentamiento con Irán como una opción modular. Ataques limitados, operaciones punitivas, acciones calibradas para restaurar la disuasión sin alterar el equilibrio estratégico general.

Por Xavier Villar

Esa lógica ha resultado funcional en otros escenarios, pero con Irán cada vez lo es menos. Un ataque estadounidense contra territorio iraní no sería interpretado como una operación discreta ni como un episodio más dentro de una rivalidad prolongada. Sería leído como una ruptura estratégica: el momento en que el poder acumulado de Estados Unidos en Asia Occidental comienza a generar efectos adversos que se retroalimentan entre sí.

No se trata de un argumento moral ni de un alegato humanitario. Tampoco de una defensa ideológica de Teherán. Es un ejercicio de contabilidad estratégica. La cuestión no es si Estados Unidos puede atacar a Irán. Técnicamente, puede hacerlo. La cuestión es qué empieza a perder en el mismo instante en que decide hacerlo.

Las declaraciones recientes de altos mandos iraníes deben leerse en este marco. Cuando Teherán advierte que cualquier ataque será tratado como una guerra total, no está fijando líneas rojas operativas concretas, ni señalando escaladas puntuales. Está eliminando una categoría analítica: la noción de ataque limitado deja de existir como opción creíble. Esa posición no nace de un impulso belicoso, sino de la experiencia de décadas de gestión estratégica frente a un entorno hostil, en el que la República Islámica ha logrado sostener su seguridad mediante prudencia calculada.

Durante años, Irán ha utilizado la disuasión indirecta, la influencia asimétrica y la gestión cuidadosa de la escalada como instrumentos de control de riesgo. La contención ha sido una elección deliberada y sostenida, diseñada para proyectar capacidad y determinación sin comprometer el margen de maniobra. Esta lógica ha permitido a Teherán construir un entramado de capacidades resilientes, capaces de absorber golpes, disuadir agresores y mantener estabilidad relativa en un contexto de presión constante. La claridad estratégica actual busca reemplazar la ambigüedad que alguna vez permitió absorber shocks sin desencadenar escaladas mayores. No se trata de provocar un conflicto, sino de redefinir con precisión las consecuencias de cualquier acción externa.

La inversión del equilibrio regional

Durante décadas, Estados Unidos no ha tratado a Israel únicamente como un aliado político. Lo ha integrado como una plataforma avanzada de proyección de poder, un nodo logístico, tecnológico e intelectual que amplifica la eficacia de su presencia en Asia Occidental. Esa base ha funcionado como un centro de control desde el que se coordina inteligencia, se planifican operaciones indirectas y se proyecta influencia regional con costos relativamente bajos.

Una guerra con Irán alteraría esta ecuación. La respuesta iraní no se orientaría a gestos simbólicos ni a demostraciones teatrales. Estaría diseñada para generar efectos operativos acumulativos. Su objetivo no sería infligir daño por sí mismo, sino reducir la fiabilidad de Israel como plataforma desde la cual Estados Unidos proyecta poder. La presión sostenida sobre infraestructuras críticas, transporte, actividad económica y vida civil tendría consecuencias que se extienden más allá del impacto inmediato. Israel dejaría de funcionar como multiplicador estratégico y se convertiría en un foco de absorción de recursos. Estados Unidos no proyectaría poder desde Israel, sino que tendría que redirigir recursos para sostener su viabilidad operativa.

Este desplazamiento tendría implicaciones más amplias. En el momento de máxima exigencia estratégica, Washington vería comprometida su plataforma regional más valiosa, no por una derrota puntual, sino por una inversión progresiva de prioridades. La disuasión no se restauraría; se volvería más costosa y menos fiable. A ello se suma la asimetría doctrinal: mientras el poder militar estadounidense está diseñado para imponer resultados mediante superioridad tecnológica, velocidad y concentración, Irán ha construido su enfoque estratégico sobre la premisa de la duración. En un conflicto prolongado, no buscaría el enfrentamiento directo en los términos más favorables a Washington. Apostaría por tiempo, dispersión y acumulación gradual de costes.

Una vez iniciado el conflicto, Estados Unidos enfrentaría un dilema estructural. Retirarse supondría un coste reputacional elevado. Permanecer implicaría desgaste progresivo de capacidades. Cada escalada reforzaría el compromiso; cada despliegue reduciría la disponibilidad de fuerzas para otros teatros. No sería una derrota convencional, sino una erosión sostenida y silenciosa. La experiencia histórica demuestra que este tipo de desgaste suele ser más corrosivo que pérdidas visibles. La estrategia de resistencia iraní convierte la paciencia en ventaja y la previsibilidad en límite de maniobra para el adversario.

Costes sistémicos y consecuencias externas

Las implicaciones económicas de un conflicto con Irán serían profundas. No se financiaría mediante un esfuerzo fiscal compartido, sino a través de endeudamiento y expansión monetaria. Las consecuencias previsibles incluyen presión inflacionaria, aumento de los costes energéticos y desviación de capital desde inversión productiva hacia gasto militar. El efecto agregado sería un debilitamiento del núcleo económico para sostener compromisos periféricos, un patrón que rara vez produce estabilidad duradera y que ha sido recurrente en la historia de grandes potencias que intentan sostener hegemonía distante.

Al mismo tiempo, un conflicto de esta naturaleza reordenaría prioridades estratégicas a escala global. Mientras Estados Unidos concentra atención y recursos en Oriente Medio, otros actores ganarían margen de maniobra. China, en particular, podría aprovechar la redistribución de foco estratégico: cada misil comprometido en el Golfo es uno menos disponible en Asia; cada grupo naval utilizado, uno menos en el equilibrio del Pacífico. La competencia sistémica se ve alterada sin que China tenga que intervenir directamente.

Además, un ataque contra Irán sería percibido globalmente no como un conflicto bilateral, sino como una reafirmación de la fuerza como instrumento central de Washington. Esa percepción generaría presiones difusas sobre intereses estadounidenses en múltiples entornos, persistentes y acumulativas. La amenaza no sería su magnitud inmediata, sino su dispersión y constancia. Estados Unidos se enfrentaría a un entorno donde su presencia misma se convierte en catalizador de desgaste, un escenario de erosión estructural más que de confrontación directa.

El poder descansa, en última instancia, en la credibilidad. Si Estados Unidos inicia una guerra que no puede concluir, que no logra asegurar rutas comerciales clave y que transfiere inestabilidad económica a sus aliados, la confianza se erosiona. Los socios diversifican; los competidores prueban límites. La pregunta central no es la capacidad militar inmediata, sino el efecto acumulativo sobre la posición relativa de Estados Unidos en el sistema internacional.

La conclusión es más sutil de lo que a menudo se presenta, pero no por ello menos relevante. El principal riesgo para la proyección estadounidense no deriva únicamente de las capacidades de Irán, sino de la interpretación errónea de un Estado que ha perfeccionado durante décadas la paciencia estratégica y la resiliencia. Cualquier decisión de confrontar a Teherán militarmente no sería un simple error táctico; constituiría una apuesta estratégica frente a un sistema diseñado para absorber impactos, imponer costes acumulativos y preservar el equilibrio regional. El resultado no sería una catástrofe inmediata, sino una secuencia prolongada de presiones por desgaste, graduales, sistémicas y difíciles de revertir, que pondrían a prueba la credibilidad, el alcance operativo y la concentración de Estados Unidos.

No se trata de ideología. Es una autopsia estratégica escrita antes del desenlace. Un intento de comprender cómo una decisión técnicamente viable puede acelerar dinámicas que terminan redefiniendo el equilibrio de poder que pretendía preservar. La prudencia y la claridad en la planificación, la percepción de riesgo y la gestión de la duración del conflicto son factores determinantes que exceden la suma de capacidades militares o despliegue de recursos. En este sentido, la estrategia iraní se sostiene en la lógica de la resistencia prolongada, donde la paciencia y la consistencia operativa se convierten en herramientas de estabilidad relativa frente a la presión externa.