Cuerpos amontonados por todas partes; tirados en las calles y apoyados contra las paredes. Muchos protegiendo a alguien que también estaba muerto: un bebé, un niño, una esposa. Todo ocurrió un 16 de marzo de 1988, cuando aviones del Ejército iraquí arrojaron bombas químicas contra zonas residenciales de la ciudad kurda de Halabja.
En los ataques se usaron múltiples agentes, como cianógeno, gas mostaza y gases neurotóxicos. La gente no pudo protegerse. En la masacre murieron 5000 civiles y 10 000 más resultaron heridos. 300 siguen aún desaparecidos.
Muchos de los supervivientes continúan sufriendo por las secuelas. Sadam Husein ordenó los ataques en represalia por el apoyo brindado por los combatientes kurdos al Ejército iraní en la guerra que Irak inició contra su vecino en 1980.
Ahora, 31 años después, aún queda por saber qué país o qué empresa suministró los productos químicos al exdictador iraquí, a quien le ayudó su primero, ‘Ali, el químico’.
No obstante, documentos desclasificados indican que los agentes químicos fueron manufacturados en Irak con tecnología y sustancias precursoras procedentes de países como EE.UU. y Alemania.
Desde entonces, cada año, los iraquíes recuerdan a las víctimas de este genocidio. Aunque el exdictador iraquí fue castigado por sus crímenes de lesa humanidad y ejecutado en 2006, los supervivientes de la tragedia todavía exigen que los verdaderos responsables, aquellos que suministraron armas químicas a Sadam Husein, sean castigados.
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