Publicada: viernes, 20 de agosto de 2021 11:51

El regreso de Talibán al poder en Afganistán, es un hecho que preocupa a la comunidad internacional, y particularmente, quienes están comprometidos con los DD.HH.

La recuperación del poder por parte del grupo Talibán en Afganistán (estudiantes en idioma persa y pashtun), es un hecho que preocupa a la comunidad internacional, y particularmente, de quienes están comprometidos con los derechos humanos en todo el mundo.

Para comprender qué motiva a este minoritario sector, pero altamente peligroso, se debe conocer su ideología, la que se contrapone sectariamente a las dos vertientes originales del Islam: sunita y chiíta, y por ende, opuesta al Islam, al tratarse de una innovación desviada de las creencias tradicionales de esta religión y modo de vida (bid'a). La fundamentación para este asunto surge a partir de la adherencia a la corriente wahabita (salafista) de los Talibán, la cual centra sus creencias sectarias, de naturaleza exclusiva y excluyente, al señalar que los musulmanes sunitas y chiítas son desviados, y están fuera de las “creencias islámicas”, debido a que sus prácticas devotas incurrirían en shirk (politeísmo), y vendrían siendo “impropias del Islam ancestral de los salafi saleh” (compañeros bien guiados del profeta del Islam, Muhammad, la paz sea con él y con sus descendientes). 

A partir de este punto hay que comprender la naturaleza ideológica de los Talibán. De esta forma, con el acervo político de este grupúsculo terrorista, creado en los años 80 por la Agencia Central de Inteligencia del Gobierno de los Estados Unidos (la CIA) se buscaba luchar contra la Unión Soviética y el comunismo, injerencia que llevó a la implantación de un régimen religioso purista para 1992, una vez caído el Gobierno del expresidente Mohammad Najibulá Ahmadzai, lo que ocurrió a través del financiamiento y el soporte logístico que provino Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán, principalmente, quienes patrocinaron  las andanza y las tropelías de los Talibán, hasta su primera toma del poder en ese año, hasta 2001.

El arribo de los Talibán al poder en Afganistán ha sido una prueba del cansancio de los pueblos de este país plurinacional, que no ofrecieron una amplia resistencia a esta minoría belicista, lo que demuestra la buena voluntad de los civiles, que en su mayoría quieren vivir en paz y en determinación cultural, pero que han sido sometidos a los caprichos de potencias extranjeras que buscan el lucro, ante todo. Ahora, es el factor del wahabismo talibán que preocupa a la población afgana. Muchos ciudadanos huyeron del país evocando los años duros del régimen purista, que usa a la religión como excusa para someter económicamente a la mayoría.

Estos aspectos, y actual estatus nacional afgano, motivan distintas preocupaciones inmediatas, tales como: la amenaza a la libertad de opinión de la población, el libre ejercicio del periodismo de las y los periodistas, los derechos básicos que habían alcanzado las mujeres, la revictimización del pueblo afgano, las garantías de los derechos de las identidades religiosas de las mayorías sunnitas y chiítas, la inseguridad social y económica del pueblo afgano, y la reexportación de drogas por parte de los Talibán a Europa y Estados Unidos, usando como corredor a Pakistán.

De la misma forma, esta irrupción de los Talibán viene a contraponer el proyecto de desarrollo económico de la Ruta de la Seda, impulsada por Rusia, China e Irán, tres socios claves que buscan dar estabilidad antiterrorista en Siria, país que ha sido asolado por los mismos elementos ideológicos wahabitas que hoy llegan al poder en Afganistán, país que puede ser empleado para bases terroristas y exportarlas contra esta triada de países, los que han sufrido el terrorismo en sus propios territorios: Rusia; por los grupúsculos separatistas wahabis en el Cáucaso, China en la provincia autónoma de Xinjiang; por el movimiento separatista uigur del Turkestán, y la República Islámica de Irán, que se enfrenta constantemente a este tipo de movimientos wahabitas, archienemigos jurados de la nación persa. Voluntarios iraníes han concurrido a Siria en ese empeño antiterrorista, algo muy oculto por los medios corporativos de comunicación, quienes están comprometidos con los intereses económicos de los consorcios exportadores de armamento. Por poner un caso más cercano, México ha demandado en los propios Estados Unidos a los fabricantes de armas, lo que nos ayuda a contextualizar lo que pasa en este caso.

Hay que estar atentos a los próximos pasos de este grupo terrorista, que incluso, a ratos, parece tener una mejor prensa, abusando justamente de esa libertad, la misma que le podrían negar, de nuevo, a la población, así como su libertad de movimiento, tanto como a las mujeres, mostrándose con un rostro renovado, pero, que de a poco, va evidenciando sus intereses, uno de los cuales se ha visto con su llegada al poder, ya que se conocen las primeras represiones a protestas, como la desarrollada en favor de la bandera nacional afgana en la ciudad de Yalalabad, provincia de Nangarhar, donde hubo al menos tres muertos, diversos heridos, detenidos y amenazas contra los periodistas del medio de comunicación local Pajhwok, que trataron de cubrir los motivos de la movilización, saldada con víctimas, cuyas armas disparadas por los talibanes, han sido dejadas a granel por Estados Unidos y por algunos países de la Unión Europea, responsables activos y pasivos en este nuevo suplicio para la sufrida nación.

La falsa guerra contra el terrorismo, empredida por los Estados Unidos, la Unión Europea y los consorcios belicistas: Lockheed Martin - Northrop Grumman – Boeing - General Dynamics -
Raytheon, solo trajeron desdicha, destrucción y pobreza para el pueblo afgano, mostrándose como los supuestos “salvadores” durante años, mientras les robaban sus recursos a través de la instalación de títeres disfrazados de demócratas; raya para la suma, el prófugo Ashraf Qani, hoy residente en los Emiratos Árabes Unidos, luego de su escandalosa huida hacia Tayikistán y Uzbekistán, quien junto a las potencias extranjeras estuvo durante seis meses preparando todo este escenario, tras bambalinas y pantomimas, para distraer a la opinión pública mundial, de tal forma que se relajaran las medidas y lleguemos al actual paradero.

Tal como se han ordenado todos estos factores estratégicos, políticos y económicos, obviando lo religioso, es altamente probable que los Talibán hayan pactado el reconocimiento del régimen israelí a cambio de buena prensa y garantías especiales; no de gratis la Unión Europea, sí, la misma que no reconoce al Gobierno electo de Venezuela, reconoce ahora al mismísimo Talibán, en la línea ideológica de otras monarquías prowahabismo como Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Marruecos, Baréin, Sudán, y Jordania, los cuales han reconocido, o dado pasos dinámicos, para reconocer al régimen israelí, en detrimento de Palestina; “quid pro quo”, frase latina que cabe perfectamente en este esquema. 

Tampoco va siendo descabellado que dentro de este panorama las potencias occidentales y sus aliados le den la espalda, de nuevo, al pueblo afgano, y reconozcan en pleno al futuro gobierno Talibán, haciendo vista gorda a las matanzas que se ven a la vuelta de la esquina, tal como ocurre en Colombia, país que pese a ser el principal exportador de droga al consumidor número uno del mercado internacional de narcóticos, como Estados Unidos, recibe todas las garantías para la impunidad, y ello, en afinidad ideológica y económica con Washington.

El camino para evitar el baño de sangre para Afganistán es la paciencia y una noble defensa para proteger la vida, la misma que han querido negar a este país de grandes virtudes, tal como sus pueblos.

Por Manuel Arismendi Poblete, periodista y licenciado en comunicación social, corresponsal de HispanTV en Chile