Publicada: miércoles, 26 de agosto de 2026 18:55

La guerra de agresión israelí-estadounidense lanzada a finales de febrero contra la República Islámica de Irán debía mostrar el dominio indiscutible de la Armada de Estados Unidos.

Por Yousef Ramazani

En cambio, se ha convertido en un caso de estudio sobre la extralimitación estratégica, al dejar al descubierto una flota naval que está siendo desgastada progresivamente por un adversario resistente, unas líneas de suministro sobreextendidas y una crisis de moral que su estructura de mando parece cada vez más desesperada por ocultar.

El saldo acumulado de accidentes navales, fallos logísticos, censura mediática y deterioro de la moral de las tropas dibuja un preocupante retrato de una superpotencia que lucha por preservar su supremacía naval frente a un Irán decidido, que fue sometido a una agresión no provocada e ilegal.

Desde el mismo inicio de la guerra de agresión, que tuvo lugar en medio de una diplomacia indirecta mediada por Omán, Estados Unidos ha mostrado una evidente —y operacionalmente significativa— reticencia a acercar sus activos navales más poderosos a la costa iraní.

Esto no fue simplemente una cuestión de preferencia estratégica, sino una consecuencia directa de las capacidades de Irán para impedir el acceso y negar el uso de áreas, demostradas en el terreno y que han alterado fundamentalmente los cálculos de las operaciones navales hostiles estadounidenses en la región.

En lugar de arriesgar sus buques capitales en las aguas confinadas del Golfo Pérsico, Estados Unidos limitó su ofensiva naval a atacar objetivos en el sur de Irán desde posiciones situadas a distancia, operando principalmente en el mar Arábigo y el mar de Omán, donde sus buques disponen de mayor margen de maniobra frente a los misiles y drones que puedan aproximarse.

Los planificadores y comandantes militares estadounidenses son plenamente conscientes de que las aguas poco profundas del Golfo Pérsico y los estrechos accesos al estrecho de Ormuz constituyen un entorno excepcionalmente peligroso para sus destructores y portaaviones.

El Ejército iraní ha demostrado repetidamente su capacidad para desplegar una compleja y estratificada red de amenazas, compuesta por misiles de crucero antibuque lanzados desde tierra, enjambres coordinados de embarcaciones de ataque rápido y avanzados vehículos aéreos no tripulados capaces de realizar ataques de precisión.

En lugar de desafiar directamente este paraguas defensivo, los buques de guerra estadounidenses, incluido el USS Abraham Lincoln, se han mantenido mucho más allá del horizonte y han lanzado ataques aéreos desde el mar Arábigo, en lugar de reducir la distancia para lograr un posicionamiento operacional más eficaz.

Los comandantes navales iraníes han descrito esto como una estrategia exitosa para impedir el acceso de la flota estadounidense al golfo de Omán y al estrecho de Ormuz mediante el uso integrado de misiles y drones. Las fuerzas navales iraníes han interceptado y repelido con éxito a activos navales estadounidenses, obligándolos a retirarse hasta 400 kilómetros del estratégico punto de estrangulamiento.

Por primera vez en una gran confrontación militar desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estaba librando aparentemente una guerra naval contra un adversario de igual nivel principalmente desde una posición de distancia, incapaz de proyectar directamente su poder en aguas cercanas a Irán.

El resultado representa un cambio fundamental en el equilibrio regional del poder naval y pone en entredicho las suposiciones sobre el dominio marítimo estadounidense que los estrategas militares quizá no habían previsto plenamente.

USS Abraham Lincoln

Catálogo de incidentes navales y preguntas incómodas

A medida que la guerra de agresión contra Irán se prolongaba durante la primavera y el verano de 2026, una serie de incidentes relacionados con buques de guerra estadounidenses planteó serias preguntas sobre el estado operacional de la flota y sobre la credibilidad de las versiones oficiales estadounidenses.

Mientras el Pentágono ha sostenido que estos incidentes son percances aislados y no están relacionados con las operaciones de represalia iraníes, su frecuencia, momento y circunstancias apuntan a un problema sistémico más profundo, que la presión militar iraní pudo haber dejado al descubierto y agravado.

La distinción entre accidentes genuinos e incidentes relacionados con el combate se ha vuelto cada vez más difícil de establecer a medida que se ha intensificado la guerra de agresión.

La controversia más importante se centra en el portaaviones USS Abraham Lincoln, que ha llegado a simbolizar muchas de las tensiones que enfrenta la campaña naval estadounidense contra Irán.

Su despliegue, que se prolongó durante más de 270 días en el mar sin una escala convencional en puerto, representaría un extraordinario compromiso operacional para un portaaviones estadounidense. El despliegue prolongado ha provocado el deterioro del estado de los sistemas mecánicos del buque, así como del bienestar físico y psicológico de su tripulación.

Informaciones procedentes de familiares de marineros y periodistas especializados en asuntos militares han descrito graves escaseces y un deterioro de la calidad de los alimentos, y algunos miembros de la tripulación han recibido comidas que consideraban insuficientes o incomestibles. Estos relatos han planteado dudas sobre si los marineros están recibiendo una alimentación adecuada para soportar las exigencias de unas operaciones de combate prolongadas.

Las condiciones a bordo del Lincoln han generado aún más indignación. Miembros de la tripulación han descrito la presencia de moho en las duchas, inodoros averiados, servicios de lavandería irregulares y persistentes problemas de fontanería; unas condiciones que, consideradas en conjunto, apuntan a un grave deterioro de la calidad de vida a bordo del portaaviones.

Los fallos logísticos también han sido relacionados con interrupciones en la infraestructura estadounidense de apoyo naval. Según informaciones de medios independientes, los ataques de represalia iraníes con misiles y drones causaron importantes daños a la principal instalación estadounidense de apoyo naval en Baréin, la Quinta Flota, el primer día de la agresión contra Irán. Estos daños tuvieron importantes consecuencias para la capacidad de la flota de mantener operaciones ofensivas prolongadas en la región.

La pérdida de la infraestructura local de apoyo, a su vez, obligó al Lincoln a depender en mayor medida de redes de suministro distantes, incluidas las instalaciones de Diego García, situadas a más de 2.200 millas de distancia. Unas líneas de suministro tan extensas inevitablemente complicarían la entrega oportuna de alimentos, piezas de repuesto y otras necesidades durante la prolongada guerra de agresión contra Irán y sus aliados.

El coste humano del despliegue prolongado ha sido igualmente preocupante.

La ausencia de escalas regulares en puertos para disfrutar de permisos, un componente importante del descanso, la moral y la resiliencia psicológica durante los despliegues prolongados, ha contribuido al agotamiento y al aumento de la ansiedad entre los marineros que afrontan una separación prolongada de sus familias.

A principios de agosto, un marinero a bordo del Lincoln cayó al agua en un incidente que posteriormente las autoridades calificaron como una crisis de salud mental, aunque se hicieron públicos pocos detalles adicionales.

Los testimonios de familiares han sugerido que otros marineros podrían haber experimentado crisis similares durante el prolongado despliegue. Estos informes apuntan a un problema más amplio de tensión psicológica que la Armada ha tenido dificultades para abordar públicamente.

Por su parte, el Pentágono ha rechazado sistemáticamente los informes según los cuales misiles iraníes han alcanzado buques de guerra estadounidenses. Sin embargo, la creciente divergencia entre las declaraciones oficiales, las informaciones independientes, los testimonios de familiares y las revelaciones procedentes de fuentes militares iraníes apunta a un intento de la Armada estadounidense de ocultar el alcance y la magnitud de la crisis que se está gestando.

Tres periodistas de Stars and Stripes despedidos por informar sobre los problemas del USS Abraham Lincoln

Bloqueo informativo: censurar la realidad en el mar

La respuesta del Pentágono a estos episodios no se ha limitado a declaraciones oficiales cuidadosamente formuladas para negar la existencia de problemas graves, en un intento por minimizar la magnitud de la crisis.

También ha incluido un contundente e inédito intento de controlar el entorno informativo, especialmente mediante la purga de altos responsables de Stars and Stripes, el periódico independiente de las propias Fuerzas Armadas estadounidenses que ha servido a los soldados estadounidenses durante generaciones.

El 21 de agosto, el Departamento de Guerra despidió al editor jefe Erik Slavin, al editor Max Lederer y a la corresponsal para Asia Occidental Lara Korte, alegando oficialmente «insubordinación» como motivo de sus despidos.

El momento en que se produjeron estos despidos, apenas unos días después de que Stars and Stripes publicara extensos informes, respaldados por fuentes sólidas, sobre las condiciones desesperadas, la escasez de suministros y las crisis de salud mental a bordo del USS Abraham Lincoln, ha suscitado serias preguntas sobre las motivaciones del Pentágono.

Los despidos son especialmente significativos dada la posición institucional única que ocupa Stars and Stripes en el ámbito de los medios de comunicación militares estadounidenses.

El Pentágono ya había estado intentando modificar la estructura organizativa y los acuerdos editoriales del periódico, y dos miembros del consejo asesor de la editorial habían presentado una demanda en la que afirmaban que las acciones del Departamento amenazaban la independencia del periódico y las protecciones amparadas por la Primera Enmienda.

Según analistas militares estadounidenses, que una publicación financiada por el Gobierno y dirigida a la comunidad militar purgue a sus responsables después de informar sobre las dificultades afrontadas por los soldados durante un despliegue constituye un ejemplo contundente y preocupante de censura institucional.

El objetivo de esta medida, sostienen, es silenciar a quienes exigirían responsabilidades a las Fuerzas Armadas y maquillar para el consumo público la realidad cada vez más sombría de la guerra de agresión contra Irán.

Al hacerlo, el Pentágono ha revelado su propio temor de que la verdad sobre su crisis naval resulte más perjudicial para la moral y el apoyo público que cualquier informe que puedan producir los medios iraníes.

Mensajes de militares estadounidenses desplegados en el océano Índico

Moral quebrantada: la crisis de convicciones de la Armada de EEUU

La raíz de estos fallos navales no reside en un solo ataque, un problema logístico o siquiera en una serie de averías mecánicas, sino en el colapso de la moral entre los soldados estadounidenses a quienes se ha pedido combatir en una guerra de agresión en la que no creen.

Esa falta de convicción se está traduciendo en disfunciones operativas, un deterioro de la disciplina y una disminución de la disposición de marineros e infantes de Marina a aceptar los riesgos y sacrificios que exige el combate.

Las implicaciones estratégicas de esta crisis son devastadoras para el poder militar estadounidense en la región. Muchos miembros de las Fuerzas Armadas han descrito la guerra como una contienda sin ninguna moral que la respalde, con tropas desplegadas indefinidamente en lugares poco deseables y sin una misión clara que puedan apoyar personalmente.

Este sentimiento queda reflejado de manera contundente en unas fotografías procedentes del océano Índico que muestran mensajes escritos por militares estadounidenses sobre el polvo acumulado en el flap de un avión.

Uno de los mensajes decía: «Sé un buen chico y haz lo que Israel te diga».

Otro se refería burlonamente a la operación como «Operación Furia Epstein», mientras que un tercero ridiculizaba la agresión con el mensaje: «Se acerca el acuerdo de paz número sesenta y cuatro... todo esto por Tierra Santa».

Son expresiones cínicas y amargas de soldados estadounidenses en combate que consideran que sus vidas y su servicio están siendo utilizados en favor de una causa que no apoyan.

La idea de que el Ejército estadounidense está luchando por una tierra extranjera y por orden de sus dirigentes políticos es una idea corrosiva que está destruyendo la cohesión de las unidades y la confianza en la cadena de mando, según expertos.

Un soldado o marinero que piensa de esta manera no está dispuesto a arriesgar su vida por una misión que considera injusta o ilegítima. Está desmoralizado, resentido y busca maneras de evitar los peligros del combate.

La falta de moral también se ha manifestado de formas más directas y preocupantes, incluidos informes sobre violencia interpersonal y quiebras de la disciplina a bordo de buques de guerra estadounidenses.

Medios iraníes informaron de que siete marineros estadounidenses habían muerto y otros habían resultado heridos en una violenta pelea a bordo del Abraham Lincoln, lo que refleja el contexto más amplio de un buque cuya tripulación se encuentra sometida a una enorme presión y cuyo mando tiene dificultades para mantener el orden en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Incluso los incidentes confirmados oficialmente, como el del marinero que cayó al agua en agosto, apuntan a una crisis psicológica que va mucho más allá de las tensiones habituales de un despliegue militar.

USS Gerald R. Ford

El patrón revela una flota en declive

En conjunto, los acontecimientos de los últimos meses dibujan un panorama profundamente preocupante de una potencia naval que lucha por mantener su dominio frente a las respuestas resilientes de Irán.

El incendio del USS Gerald R. Ford en marzo, la avería del sistema de ingeniería del USS Benfold en julio, el incendio del USS Zumwalt en abril y los incesantes ataques de represalia contra los destructores estadounidenses en el estrecho de Ormuz apuntan todos a la misma conclusión: Estados Unidos inició esta agresión con una flota que ya operaba al límite de su capacidad, y la guerra la ha llevado más allá de lo que puede soportar de manera sostenible.

No se trata de coincidencias aisladas, sino de síntomas de un problema sistémico más profundo que ha quedado expuesto por las presiones de unas operaciones de combate sostenidas contra un adversario con capacidad de respuesta.

El USS Gerald R. Ford sufrió un incendio en las principales áreas de lavandería el 12 de marzo, mientras operaba en el mar Rojo, un incidente que la Armada estadounidense describió como no relacionado con el combate.

Sin embargo, informaciones posteriores indicaron que las consecuencias fueron más graves de lo que sugería el anuncio inicial, con numerosos marineros atendidos por exposición al humo y aproximadamente un centenar de literas afectadas.

El incendio finalmente obligó al portaaviones a abandonar el área inmediata de operaciones para someterse a reparaciones, lo que supuso una pérdida significativa de capacidad de combate en un momento crítico de la agresión.

La avería del sistema de ingeniería del USS Benfold, ocurrida el 24 de julio, fue otro incidente significativo que, aunque tuvo lugar fuera del teatro regional, forma parte del patrón más amplio de percances navales registrados durante un periodo en el que la flota se encontraba sometida a una demanda inusualmente elevada.

El destructor de misiles guiados perdió el suministro eléctrico durante cuatro días, dejando a unos 300 marineros sin acceso normal a agua potable, comidas, inodoros funcionales y aire acondicionado.

El buque tuvo que ser remolcado hasta la bahía de Subic, en Filipinas, para ser reparado.

Aunque este incidente no puede describirse responsablemente como causado directamente por los ataques iraníes, está relacionado a nivel institucional porque el teatro del Pacífico estaba siendo obligado a absorber las consecuencias del despliegue en Asia Occidental.

Cuando el USS George Washington fue enviado hacia Asia Occidental para relevar al Lincoln, el Pacífico se enfrentó temporalmente a una menor presencia de portaaviones y los buques restantes quedaron sometidos a una presión mayor.

USS Benfold

Victoria estratégica para Irán

Durante los 40 días de la guerra de agresión contra Irán, la Armada estadounidense fue derrotada mediante un millar de golpes estratégicos, logísticos y psicológicos que, acumulados, resultaron devastadores.

Irán ha establecido una potente zona defensiva que mantiene alejados a los portaaviones estadounidenses; sus misiles han hecho añicos la red logística de la Quinta Flota, y el caos resultante se ha visto agravado por una crisis de moral que la estructura de mando estadounidense intenta ocultar mediante una censura cada vez más agresiva de sus propios medios militares.

La imagen de la Armada estadounidense, obligada a atacar objetivos iraníes desde la distancia mientras sus marineros garabatean consignas cínicas en las alas de sus propios aviones, es el retrato de una flota en declive y decadencia, desangrada por una potencia a la que no puede doblegar y por una guerra que no puede ganar.

Los acontecimientos de 2026, desde la crisis de suministros del Lincoln hasta el despido de sus propios periodistas, demuestran que la mayor vulnerabilidad de Estados Unidos en esta agresión no es un misil o un dron enemigo, sino el vaciamiento del alma de sus propias Fuerzas Armadas.

Cuando los miembros de las Fuerzas Armadas dejan de creer en la justicia de su misión, cuando se ven a sí mismos como peones en un juego geopolítico que sirve a intereses extranjeros, la voluntad de luchar y morir por la bandera se desvanece, y ninguna cantidad de armamento avanzado puede compensar esa pérdida.

Cuanto más se prolongue la agresión, más pronunciados serán estos problemas.