Publicada: domingo, 26 de abril de 2026 20:56

Las firmes líneas rojas de Irán y la creciente desesperación de Trump por salir del atolladero ponen de manifiesto quién detenta realmente las cartas.

Por la Mesa de Análisis Estratégico de Press TV

Antes de atacar el 28 de febrero —en pleno proceso de negociaciones nucleares—, habían trazado un plan para aniquilar por completo a Irán en un plazo de 48 horas mediante la llamada estrategia de “conmoción y pavor”.

Creían que la República Islámica capitularía en cuestión de días, renunciando a su programa nuclear, a sus misiles y a su dignidad nacional. Ese era el plan. La realidad fue distinta.

Cuarenta días después del inicio de la guerra de agresión no provocada de Estados Unidos e Israel contra Irán, el panorama estratégico se había invertido por completo. Lo que comenzó como una temeraria exhibición de supremacía militar estadounidense se convirtió en un retrato en cámara lenta de la desesperación y el descalabro de Washington.

A medida que la guerra sin propósito se prolongaba, el presidente estadounidense, Donald Trump —autoproclamado “negociador supremo”—, se vio atrapado en un laberinto de su propia creación, sin salida.

Durante todo este período, antes y después del alto el fuego, no dejó de modificar sus declaraciones y posturas, desplazando constantemente los límites de sus objetivos —como un hombre que ha perdido el control.

Su desconcierto ya no es un secreto táctico: es un espectáculo público. Se ha filtrado desde el Pentágono, ha aparecido en los titulares de las cadenas informativas y se murmura en los pasillos del Capitolio. Ni él ni sus asesores logran ocultarlo.

Cada día que pasa erosiona lo que queda del prestigio de Estados Unidos en el mundo. La llamada “superpotencia” ha quedado reducida a un tigre de papel. Mientras tanto, Irán observa con paciencia, sosteniendo el reloj de arena sobre la cabeza de un presidente estadounidense corrupto, criminal y asesino de niños.

Los funcionarios iraníes comprenden algo que Trump no entiende —o se niega a aceptar—: el tiempo es el arma definitiva, y Teherán se ha apoderado de ella. La era dominada por Estados Unidos ha llegado, en la práctica, a su fin.

 

El mundo ya no escucha a Trump

Al inicio de esta guerra impuesta al pueblo iraní, la propaganda estadounidense dominaba el espacio mediático global. Las amenazas de Trump marcaban tendencia en redes sociales. Sus generales ofrecían informes continuos con la confianza de quienes creían haber ganado de antemano.

Hoy, los mercados globales, los emisarios diplomáticos y los medios de comunicación ya no dependen de los tuits, las bravatas ni las amenazas vacías de su asediado secretario de guerra.

En cambio, esperan —con atención e incluso con respeto— el próximo movimiento de Irán. Escrutan a Teherán en busca de señales. Analizan con detalle las declaraciones de los funcionarios iraníes. Observan las visitas diplomáticas periódicas del ministro de Asuntos Exteriores a Islamabad, Mascate y Moscú no como gestos de desesperación, sino como una coreografía estratégica.

Porque el mundo ha comprendido, silenciosamente, lo que el régimen estadounidense se niega a admitir: Irán aún posee las cartas que realmente importan. Trump ya ha jugado —y quemado— casi todas las suyas.

Basta con considerar el inventario de palancas de poder iraníes que permanecen intactas tras la reciente guerra: otros estrechos estratégicos más allá de Ormuz que podrían cerrarse con una sola decisión; armamento desarrollado y almacenado pero nunca desplegado en combate; tácticas de guerra naval irregular mantenidas deliberadamente en la sombra, a la espera del momento oportuno; un banco íntegro de objetivos vitales en toda la región y dentro de los territorios ocupados; y su membresía en el Tratado de No Proliferación (TNP) nuclear.

Por el contrario, Trump ha agotado todas sus opciones —militares y no militares—. Sus ataques no lograron quebrar la voluntad de Irán. El bloqueo naval resultó contraproducente, alienando a aliados y perturbando los mercados petroleros globales. Su campaña de presión económica alcanzó sus límites meses atrás. Su intento de fomentar discordia interna en Irán colapsó cuando el liderazgo y el pueblo iraníes proclamaron su unidad bajo la bandera nacional.

A Trump no le queda ninguna carta que jugar, salvo el papel del perdedor que busca desesperadamente una salida.

 

La señal de Islamabad: Irán negocia desde la victoria, no desde la debilidad

En ningún lugar fue más evidente este cambio de poder que en Islamabad, donde ambas partes se reunieron hace semanas para la primera ronda de conversaciones mediadas por el gobierno paquistaní.

La delegación iraní —encabezada por el presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf— se negó a hacer concesiones y negoció desde una posición de fuerza, tomando por sorpresa a los estadounidenses.

La gira de tres etapas del ministro de Asuntos Exteriores, Seyed Abás Araqchi, iniciada en Pakistán, se inscribe en la estrategia negociadora más amplia de Irán. Allí transmitió a los mediadores paquistaníes un “marco viable” para poner fin de manera permanente a la guerra impuesta.

Su objetivo es claro e inequívoco: recordar a Estados Unidos y a sus aliados los principios fundamentales sobre los que Irán jamás transigirá. Y, esta vez, Teherán los expone abiertamente, de forma pública y explícita.

En primer lugar, las reparaciones de guerra. Estados Unidos debe pagar por la destrucción causada en Irán: por cada bomba lanzada, cada edificio destruido, cada puerto dañado, cada infraestructura civil atacada. Se harán las cuentas. Se presentará la factura.

En segundo lugar, el estrecho de Ormuz ya no será una vía internacional que funcione según los términos de Washington. La era en que los buques de guerra estadounidenses transitaban a voluntad, sin reconocer la soberanía iraní, ha terminado. El control iraní sobre el estrecho es ahora absoluto e innegociable.

En tercer lugar, ni el programa nuclear ni las capacidades misilísticas de Irán volverán a discutirse en ninguna mesa de negociación. No son fichas de cambio, sino activos permanentes de la nación iraní, forjados a lo largo de décadas de sacrificio, defendidos frente a años de sanciones y ahora consolidados tras cuarenta días de guerra impuesta.

Este no es el lenguaje de quien busca un alto el fuego. Es el lenguaje de un vencedor político que fija condiciones y sostiene todas las cartas.

La conducta de Irán en Islamabad —digna, segura y ajena a la guerra psicológica estadounidense— demostró sin lugar a dudas qué parte se considera vencedora. La delegación iraní no bajó la guardia, no suplicó: negoció con convicción.

En esta ocasión, durante la visita de Araqchi a Islamabad, los medios estadounidenses informaron que los negociadores Steve Witkoff y Jared Kushner estaban listos para emprender un vuelo de 18 horas para dialogar con la parte iraní. Pero Irán ya había dejado claro que no habría conversaciones. El vuelo fue cancelado y Trump afirmó que esperaría una llamada de Irán.

 

La salida desesperada de Trump: un perdedor en busca de otra mesa

La urgencia de Washington por volver a negociar se ha vuelto casi penosa de observar. Los medios estadounidenses, claramente orientados por funcionarios del gobierno, pasaron casi dos semanas fijando y luego incumpliendo plazos ficticios para una segunda ronda de conversaciones con Irán.

Primero el lunes. Luego el martes. Después el miércoles. Más tarde el viernes. Cada plazo vencía en silencio. No hubo conversaciones. Ninguna delegación iraní llegó. Porque Irán nunca prometió enviar una hasta que la parte estadounidense aprendiera a negociar de buena fe.

Cada pilar de la estrategia de guerra de Trump se ha derrumbado a la vista de todos.

La opción militar, presentada como la carta definitiva de Estados Unidos, ha quedado expuesta como limitada, costosa y estratégicamente inútil. Cuarenta días de bombardeos no lograron forzar la rendición iraní. Más bombardeos no lograrán lo que esos cuarenta días no consiguieron.

El bloqueo naval, destinado a asfixiar la economía iraní, terminó perturbando el comercio marítimo global, alejando a los aliados europeos y elevando los precios del petróleo en perjuicio de los consumidores estadounidenses.

La campaña de presión económica —sanciones y más sanciones— alcanzó hace tiempo rendimientos decrecientes. La economía iraní se ha adaptado. Su población ha resistido. El colapso prometido nunca llegó.

La opción de la sedición, que buscaba provocar discordia interna, quedó anulada por la demostración de cohesión nacional tanto de las autoridades como de la población.

Con todas las vías cerradas, Trump no tiene más opción que suplicar una nueva ronda de negociaciones.

Pero, como dejó claro el ministro iraní en Islamabad, esas expectativas ya han sido frustradas. Irán no se sentará frente a un perdedor que pretende actuar como vencedor. No legitimará la agresión estadounidense concediéndole la dignidad de una salida negociada —al menos no en los términos de Washington.

Si ha de haber negociación, será cuando Irán lo decida y bajo sus condiciones.

 

El tiroteo en Washington: ¿salida escenificada o trampa final?

Como si fuera poco para subrayar el completo desmoronamiento estadounidense, un incidente extraño y sospechoso ocurrió en Washington D. C. el domingo, durante la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca.

En circunstancias normales, habría sido la noticia principal en todo el mundo. Sin embargo, su momento ha suscitado más preguntas que respuestas.

En primer lugar, logró —aunque sea temporalmente— desviar la atención pública de la humillación sufrida por Washington en Islamabad. Los titulares cambiaron. La narrativa mediática se desplazó. La historia quedó enterrada antes de desarrollarse plenamente.

En segundo lugar, intentó —sin demasiado éxito— generar simpatía hacia Trump: un presidente bajo ataque, un líder en peligro, una nación unida en torno a su comandante herido. Ese era el guion, pero no funcionó.

Por el contrario, numerosos observadores políticos y militares, incluidos analistas de inteligencia en Europa, Asia Occidental e incluso dentro de Washington, no creen que se trate de un acto fortuito. Ven en el incidente indicios de un montaje: demasiado oportuno, demasiado endeble en su ejecución y demasiado útil políticamente como para ser casual.

El objetivo, aparentemente, era reforzar el apoyo interno a Trump fabricando una crisis que solo él pudiera resolver. No sería la primera vez.

Pero existe una interpretación más sombría, debatida discretamente por analistas regionales.

Washington podría estar creando un pretexto para algo mucho más peligroso. Si futuras “investigaciones” logran atribuir el tiroteo a Irán, Trump podría utilizar esa acusación para dos fines clave:

Recriminalizar a Irán ante la opinión pública estadounidense, revirtiendo la creciente percepción de que la guerra fue un error; y persuadir al Congreso para autorizar su continuación más allá del plazo de 60 días, evitando así una retirada obligada o una nueva batalla legislativa.

En otras palabras, Estados Unidos estaría tan desesperado por una salida —o una prórroga— que podría llegar a inventarla.

 

La paciencia de Irán, el pánico de Estados Unidos

Irán no tiene prisa. No necesita responder a la avalancha diaria de amenazas vacías, acusaciones hiperbólicas o arrebatos en redes sociales de Trump.

Paciente, inteligente y disciplinado estratégicamente, Teherán ejecutará sus decisiones —en el campo de batalla o en la mesa diplomática— en el momento preciso.

Ni un día antes. Ni un día después. Estados Unidos, en cambio, muestra signos evidentes de pánico.

Su presidente está confundido, aislado y visiblemente deteriorado bajo la presión. Sus opciones militares se han agotado. Su posición diplomática está en ruinas. Su frente interno está fracturado. Sus aliados se distancian discretamente. Y ahora, incluso su aparato de seguridad podría estar escenificando incidentes para ganar tiempo.

Esto no es un empate. Es una derrota visible para el mundo entero. Los únicos que se niegan a verla son quienes dependen políticamente de ignorarla.

La única pregunta que queda ya no es si Irán ha ganado —eso parece decidido—, sino cuánto tiempo más Trump continuará fingiendo lo contrario y cuán peligrosos pueden volverse sus últimos actos desesperados a medida que se agota el tiempo.