Publicada: domingo, 26 de abril de 2026 13:08

Hace unos días, el presidente estadounidense, Donald Trump, canceló un viaje de funcionarios estadounidenses a Pakistán previsto para negociar el fin de la guerra con Irán.

Por Xavier Villar

La delegación, encabezada por el enviado especial Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner, habría supuesto “demasiado tiempo perdido”, declaró el presidente. Si Irán quería hablar, añadió, “lo único que tiene que hacer es llamar”. Horas antes, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Abás Araqchi, había abandonado Islamabad tras compartir con los mediadores pakistaníes la posición de Teherán sobre un marco viable para poner fin a la guerra, aunque manifestó dudas sobre si Washington estaba “verdaderamente comprometido con la diplomacia”. La cancelación llegó acompañada de una declaración presidencial en la red social Truth Social: “Tenemos todas las cartas, ellos no tienen ninguna. Si quieren hablar, ¡¡¡lo único que tienen que hacer es llamar!!!”.

Lo notable de este episodio no reside en su torpeza táctica ni en las acusaciones mutuas de mala fe. No se trata simplemente de una incoherencia diplomática más. Es el síntoma de un problema más fundamental: la desintegración de la capacidad estadounidense para imponer unilateralmente el marco dentro del cual se produce la negociación internacional.

Durante décadas, la hegemonía estadounidense no se ejerció solamente mediante superioridad militar, sino a través del control sobre la gramática misma de la política internacional. Washington no solo participaba en negociaciones; definía qué constituía una negociación legítima, bajo qué condiciones podía iniciarse, qué demandas eran razonables y qué concesiones imaginables. Este poder de definición operaba de manera tan naturalizada que resultaba invisible incluso para quienes lo ejercían. No se trataba de imponer reglas mediante coerción, sino de escribir el código mediante el cual todas las reglas se formulaban. La diplomacia funcionaba como un sistema de reconocimiento donde los presupuestos estadounidenses sobre el orden internacional aparecían como el terreno neutral sobre el cual se desarrollaba cualquier disputa particular. 

La cancelación del viaje a Islamabad expone la erosión de este monopolio definitorio. Donald Trump exige que Irán “llame”, pero esta exigencia presupone algo que ya no puede darse por sentado: que Estados Unidos conserva la autoridad para determinar la forma procedimental que debe adoptar el contacto diplomático. La insistencia en que Teherán debe tomar la iniciativa, que debe presentarse como suplicante, que debe aceptar implícitamente la asimetría de posiciones antes incluso de que comience cualquier conversación sustantiva, representa la continuación fantasmal de una prerrogativa que las condiciones materiales han dejado de respaldar. 

Por su parte, la República Islámica, articula una posición que invierte esta lógica: Irán ha presentado un “marco viable” para terminar la guerra —es decir, ha asumido el rol de quien define los términos— y ahora espera para ver si Washington está “verdaderamente comprometido con la diplomacia”. Esta inversión retórica no es accidental. Señala el desplazamiento de la autoridad narrativa desde el centro imperial hacia actores que históricamente ocupaban posiciones subordinadas en el sistema internacional. Lo que está en disputa no es solo el contenido de una eventual negociación, sino el derecho a establecer qué cuenta como negociación en primer lugar. 

Este conflicto sobre quién controla el marco no es tangencial al conflicto material; es constitutivo de él. La guerra contra Irán, concebida originalmente como una operación de coacción destinada a forzar el colapso de la República Islámica, ha producido exactamente el resultado opuesto. La supervivencia del estado iraní frente al espectro completo de la presión estadounidense —sanciones económicas, bloqueo naval del estrecho de Ormuz, ataques militares directos— no solo ha demostrado resiliencia material, sino que ha validado discursivamente la afirmación iraní de soberanía política genuina. Un estado que puede resistir el asalto de la potencia históricamente más poderosa del mundo no puede ser tratado como un actor subordinado cuya única opción es la capitulación. 

Sin embargo, el establishment estadounidense continúa operando bajo presupuestos hegemónicos que el resto del mundo ha dejado de compartir. La brecha entre la autoimagen estadounidense y su posición real en el sistema internacional se manifiesta en la incoherencia performativa del discurso presidencial. Esta disonancia cognitiva no es simplemente personal o idiosincrática. Es estructural. Refleja la imposibilidad de reconciliar las categorías heredadas del orden unipolar con las realidades emergentes de un sistema que ningún centro puede ya reclamar como propio.

La mediación pakistaní es reveladora precisamente porque su fracaso ilumina los límites de la diplomacia tradicional cuando el marco compartido se ha desintegrado. Pakistán puede facilitar el contacto físico entre representantes estadounidenses e iraníes, puede proporcionar el espacio neutral donde los encuentros se producen, pero no puede reconstituir los presupuestos epistemológicos compartidos sin los cuales esos encuentros permanecen mutuamente ininteligibles. El equipo negociador iraní y los estadounidenses pueden negociar, pero lo hacen desde universos discursivos inconmensurables. Para Washington, una negociación exitosa significa que Irán acepta desmantelar su programa nuclear, retira su apoyo a actores regionales aliados y se somete a un régimen de inspecciones que equivale a la suspensión de facto de su soberanía. Para Teherán, una negociación exitosa significa el reconocimiento de su derecho inalienable a desarrollar tecnología nuclear con fines civiles, el levantamiento incondicional de sanciones y el respeto a su autonomía política. Estas no son posiciones negociables que puedan reconciliarse mediante compromisos técnicos. Son concepciones fundamentalmente incompatibles sobre qué constituye un orden internacional legítimo. 

Violencia sin autoridad

Lo que se ha desmoronado no es la capacidad estadounidense de infligir violencia,esa capacidad permanece, sino la plausibilidad de la narrativa que transformaba esa violencia en autoridad legítima. Durante el periodo de hegemonía estadounidense, Washington podía presentar sus intereses particulares como imperativos universales, sus intervenciones militares como misiones humanitarias, sus sanciones económicas como mecanismos de gobernanza global. Esta traducción de poder en legitimidad dependía de un consenso tácito sobre la centralidad estadounidense en el sistema internacional. Ese consenso se ha evaporado.

El genocidio en Gaza, ejecutado con armamento y cobertura política estadounidense, destruyó cualquier residuo de credibilidad moral que Washington pudiera reclamar como garante del orden basado en reglas. La guerra contra Irán consolidó la percepción global de que Estados Unidos ya no opera dentro de marcos normativos vinculantes, sino que ejerce fuerza bruta racionalizada post facto mediante justificaciones cada vez más transparentes. Lo que permanece es un imperio cuya capacidad destructiva excede ampliamente su autoridad política, una potencia que puede destruir pero no puede gobernar, que puede bombardear pero no puede persuadir. 

La insistencia de Trump en que Irán debe “llamar” encapsula esta contradicción. Es simultáneamente una demanda de reconocimiento —Irán debe reconocer la primacía estadounidense iniciando el contacto— y una admisión de impotencia —Estados Unidos no puede forzar esa conversación mediante los mecanismos institucionales de los que dispone. La cancelación del viaje confirma que Washington ya no controla el proceso diplomático que afirma dirigir. Puede retirarse, puede amenazar, puede pontificar en redes sociales, pero no puede convocar unilateralmente el mundo bajo sus términos. Esta incapacidad no es temporal ni coyuntural. Es el resultado de una transformación estructural en la distribución global de poder material y autoridad simbólica. 

Lo notable de este momento no es que la hegemonía estadounidense haya terminado de una manera definitiva, esto aún puede tardar décadas, sino que su narrativa ha dejado de ser plausible incluso para quienes formalmente la suscriben. Los propios funcionarios estadounidenses operan dentro de una ficción que saben insostenible: preparan delegaciones para negociaciones que se cancelan antes de comenzar, anuncian que el adversario “quiere hablar” cuando el adversario niega cualquier intención de encuentro directo, mantienen un alto el fuego que llaman ceasefire mientras intensifican el bloqueo naval. Esta performance de coherencia sin contenido revela que el aparato diplomático estadounidense ha perdido contacto con las condiciones materiales que supuestamente gestiona. 

La declaración presidencial sobre la “tremenda lucha interna y confusión” dentro del liderazgo iraní —añadiendo que “nadie sabe quién está al mando, incluidos ellos mismos”— merece particular atención. No como descripción factual del régimen de Teherán, que ha demostrado notable coherencia institucional a lo largo de cuatro décadas, sino como proyección de la propia crisis de autoridad estadounidense. Es Washington quien se encuentra atrapado en una profunda desorientación sobre cómo ejercer influencia en un mundo que ha dejado de reconocer su centralidad. La acusación de confusión dirigida a Irán funciona como síntoma invertido: revela la perplejidad de un establishment que descubre que sus categorías analíticas ya no describen adecuadamente el mundo. 

Esta perplejidad tiene raíces más profundas que la mera incompetencia administrativa. Refleja la pérdida de un vocabulario conceptual completo. Durante generaciones, el pensamiento estratégico occidental operó bajo el presupuesto de que estados como Irán eran formaciones transitorias destinadas eventualmente a converger con el modelo liberal-capitalista. Esta teleología no era una hipótesis empírica sujeta a falsación, sino un marco estructurante que determinaba qué contaba como evidencia relevante. Dentro de este marco, la persistencia del régimen de la República Islámica sólo podía interpretarse como resistencia irracional, fanatismo religioso o disfunción política, nunca como expresión de un proyecto de modernidad alternativo con su propia lógica interna y fuentes de legitimidad.

La guerra ha desmantelado esta ficción interpretativa. La capacidad de Irán para movilizar recursos, desarrollar capacidades tecnológicas sofisticadas y mantener cohesión política bajo presión extrema demuestra la existencia de un estado funcional que ha adoptado las técnicas de la modernidad mientras rechaza su teleología occidental. Esta combinación resulta conceptualmente inasimilable para un establishment intelectual que ha perdido el vocabulario necesario para describir trayectorias de modernización fuera del molde liberal. Lo que debería generar análisis político sofisticado produce en cambio patologización y confusión proyectada.

La ausencia de conversaciones en Islamabad cristaliza la ruptura. No hubo encuentro no porque faltara voluntad de ambas partes —aunque ciertamente había desconfianza mutua— sino porque las condiciones estructurales que hacían posible el tipo de conversación que Washington reconocería como legítima ya no existen. Estados Unidos continúa imaginando que posee el monopolio sobre la definición de términos; Irán opera bajo el presupuesto de que ese monopolio se ha disuelto. Esta disonancia no puede resolverse mediante habilidad táctica o buena voluntad. Requiere el reconocimiento —profundamente traumático para el establishment estadounidense— de que su capacidad para legislar el significado de los acontecimientos globales ha llegado a su fin.

La cancelación de Islamabad sugiere que el establishment estadounidense aún no ha procesado completamente esta disyuntiva. Continúa operando como si los presupuestos hegemónicos estuvieran intactos, como si bastara con que Irán “llame” para restablecer la asimetría tradicional de posiciones, como si la mera afirmación de superioridad pudiera sustituir su erosión material.

Pero el mundo que permitía esas ficciones se ha desvanecido. Lo que Trump denomina “tener todas las cartas” es precisamente la incapacidad de reconocer que el juego mismo ha cambiado, que las reglas ya no son unilateralmente estadounidenses, que el poder de nombrar y definir —más decisivo que cualquier arsenal— ha migrado hacia una multiplicidad de centros que Washington ya no controla.