Publicada: lunes, 13 de abril de 2026 10:18

El fracaso de las negociaciones en Islamabad evidencia una política exterior de EE.UU. marcada por inexperiencia, improvisación y choque con la realidad geopolítica.

Por: Y. P. Rāzi *

La última ronda de negociaciones para un alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, que concluyó en punto muerto en Islamabad el 12 de abril, ha dejado al descubierto un cambio fundamental en el enfoque de Washington hacia la diplomacia internacional.

Mientras los medios globales centraban su atención en el colapso de las conversaciones, la verdadera historia reside en la composición del equipo estadounidense y en lo que esta revela sobre una nueva y sumamente heterodoxa maquinaria de política exterior.

Según funcionarios familiarizados con las discusiones celebradas en Islamabad, el principal escollo fue una serie de exigencias estadounidenses calificadas de “maximalistas”.

Afirmaron que Washington intentaba obtener mediante la negociación lo que no logró a través de la presión militar y las sanciones económicas, tanto durante los 40 días de guerra como antes de ella. Pero ¿se trata de una maniobra estratégica astuta o de un síntoma de profunda inexperiencia?

Para responder a esta cuestión, es necesario examinar a los tres hombres en el núcleo del equipo de política exterior estadounidense.

 

opLos negociadores: bienes raíces, vínculos familiares y una conversión política

El primero es Steve Witkoff, inversor inmobiliario neoyorquino y viejo amigo del presidente Donald Trump. Antes de convertirse en enviado para Asia Occidental, Witkoff carecía de experiencia diplomática y, según informes, ha reconocido que su comprensión de la política y los conflictos proviene en gran medida de documentales de Netflix.

Se le ha citado afirmando que percibe poca diferencia entre negociar la venta de una propiedad y mediar en una crisis geopolítica. Su presencia refleja la preferencia persistente de Trump por la lealtad personal por encima de la experiencia institucional.

El segundo es Jared Kushner, yerno judío de Trump. Según diplomáticos regionales que han trabajado con él, su lealtad principal podría no residir en su propio país.

Su prolongada relación personal con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu —quien, según informes, se alojó en la casa familiar de los Kushner en Nueva Jersey, obligándolo a dormir en un catre en el sótano— ha suscitado interrogantes sobre sus prioridades.

Durante conversaciones previas en Ginebra, incluso mediadores omaníes señalaron que Kushner parecía más enfocado en garantizar los intereses israelíes que los estadounidenses. 
Posteriormente, transmitió información no verificada a su suegro, sugiriendo que Irán no buscaba la paz, sino atacar a Estados Unidos.

El miembro más experimentado —aunque aún controvertido— del equipo es el vicepresidente JD Vance. Antiguamente un crítico declarado de Trump, a quien llegó a comparar con Hitler y calificó de “reprensible”, Vance experimentó una drástica conversión política en 2022.

Tras disculparse con Trump, abrazó el movimiento MAGA (Haz a Estados Unidos Grande Otra Vez), derrotó por un estrecho margen a su rival demócrata y posteriormente ascendió a la vicepresidencia. Su trayectoria política incluye apenas dos años en el Senado y varias campañas fallidas previas.

 

Un Departamento de Estado vaciado

Sería un error considerar este equipo como un experimento improvisado. Más bien, encarna la doctrina por excelencia de la política exterior del MAGA.

Trump ha criticado durante mucho tiempo la burocracia del Departamento de Estado. Desde su regreso al poder, ha supervisado el despido de aproximadamente 3000 diplomáticos y expertos de carrera, y ha clausurado oficinas enteras en nombre de la eficiencia.

El resultado, según funcionarios estadounidenses actuales y antiguos, es un aparato gravemente carente de experiencia regional. Muchos de los especialistas que dedicaron décadas al estudio de Asia Occidental, Rusia o China están ahora buscando empleo en otros ámbitos.

La ilusión del “excepcionalismo”

Este vaciamiento institucional ayuda a explicar lo que muchos aliados califican en privado como la toma de decisiones temeraria de Trump. Según sus asesores, el presidente tiene poca paciencia para informes extensos o análisis detallados. A menudo adopta decisiones de política exterior tras escuchar apenas unas frases de su yerno, de Witkoff, de Rubio o de empresarios reconvertidos en asesores.

Parte de ello se origina en un arraigado excepcionalismo estadounidense: la creencia de que Estados Unidos, protegido por dos océanos y favorecido por la geografía, puede moldear el mundo a voluntad.

Trump encarna plenamente esta mentalidad, considerada por sus críticos como obsoleta. Es la misma lógica que condujo al asesinato del líder de la Revolución Islámica sin una estrategia clara de salida.

Durante décadas, la cultura popular estadounidense —desde los cómics de superhéroes hasta las superproducciones cinematográficas— ha reforzado la idea de que, si Estados Unidos no logra imponer su voluntad, ello se debe a incompetencia interna y no a la resistencia externa. El colapso de la Unión Soviética profundizó aún más esta ilusión, convenciendo a toda una generación de que el poder estadounidense era insuperable.

 

La resaca de Irak y Afganistán

Las guerras en Irak y Afganistán deberían haber servido como correctivo. Esos conflictos dejaron ataúdes cubiertos con banderas, crecientes tasas de trastorno de estrés postraumático entre los veteranos y costos de billones de dólares.

Sin embargo, el electorado del MAGA ha extraído una lección distinta. Sigue respaldando el uso de la fuerza, pero considera que debe ser rápido, contundente y decisivo. Atribuye los fracasos no a la resiliencia del adversario, sino a la debilidad de los líderes políticos y militares.

Trump es el arquetipo de esa creencia. Prometió destituir a los “incompetentes” y reemplazarlos por leales capaces de obtener resultados. Sus partidarios lo eligieron precisamente porque ofrecía la fantasía de victorias limpias y rápidas.

La estrategia a largo plazo de Irán

Esa fantasía, sin embargo, está chocando con una realidad distinta en Asia Occidental. Los estrategas iraníes han pasado décadas estudiando a Estados Unidos. Comprenden que Trump necesita una victoria visible y rápida para satisfacer a su base, y están negándosela de manera sistemática.

Mientras la base del MAGA sueña con una apertura fácil del estrecho de Ormuz, Teherán despliega una estrategia de largo plazo basada en la paciencia y el desgaste. El objetivo es hacer que Washington experimente parte del dolor económico que décadas de sanciones estadounidenses han infligido a Irán.

Durante casi cincuenta años, los iraníes han denominado a Estados Unidos en consignas oficiales como “la arrogancia global”, un término que no solo alude al poder, sino también a la negativa a aceptar límites. Hoy, esa descripción parece ajustarse cada vez más a la política exterior de la administración Trump.

La incómoda verdad es que Estados Unidos está teniendo dificultades para adaptarse a un mundo en el que ya no domina, donde su hegemonía prolongada se ha visto erosionada.

En última instancia, la imagen que dejaron las conversaciones de Islamabad no es la de una superpotencia imponiendo su voluntad, sino la de una clase política que ha confundido la diplomacia con una operación inmobiliaria.

* Y. P. Rāzi es un periodista senior y analista político radicado en Teherán.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV