Por la Mesa de Análisis Estratégico de Press TV
Irán emergió de la guerra de 40 días impuesta ilegalmente no como una parte sometida que apenas puede respirar, sino como un vencedor indiscutible que marca el ritmo en el campo de batalla.
La superioridad militar y política pertenece ahora a la República Islámica, y los términos de cualquier futura interacción serán dictados en consecuencia —no por Washington, ni por el agresor fracasado, sino por la parte que se defendió y prevaleció.
Tras fracasar en el campo de batalla y equivocarse en la mesa de negociaciones, el enemigo recurrió a la guerra psicológica, fabricando una ilusión de discordia interna entre funcionarios iraníes. Esa maniobra también fracasó en la única prueba que importa: la realidad sobre el terreno.
A pesar del bloqueo naval en curso, ninguna posición iraní ha cambiado. Se mantiene tan firme como el primer día de la guerra impuesta. De hecho, ha salido fortalecida, conservando la iniciativa y manteniendo cartas sin usar listas para ser desplegadas cuando sea necesario.
Control firme del estrecho de Ormuz
Elemento central de esta nueva realidad es la determinación de las fuerzas armadas iraníes en ejercer control total sobre el estrecho de Ormuz, el paso estratégico entre el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán que muchos analistas militares han calificado como la “bomba nuclear económica” de Irán.
Irán ha dejado absolutamente claro que ningún buque que viole las normas establecidas por el país podrá atravesarlo. No se trata de una amenaza ni de una postura negociadora. Es una realidad operativa. Analistas militares occidentales lo han descrito, en términos francos, como “Irán colocando su bota sobre el cuello de Estados Unidos”. Esa descripción es exacta. Y la bota no se levanta.
Estados Unidos, por su parte, ha respondido con una actuación llamativa y reveladora. Finge indiferencia ante el cierre del estrecho, encogiéndose de hombros como si el tiempo jugara a su favor. Pero detrás de esa indiferencia teatral se esconde el pánico.
Washington está utilizando todos los medios posibles para escapar de la presión creciente día tras día. Ha amenazado con reanudar la guerra contra Irán. Ha impuesto un bloqueo naval que, para su decepción, no ha logrado detener el flujo del petróleo iraní.
Incluso ha fabricado noticias sobre supuestas solicitudes iraníes de negociación. Ha presentado cada movimiento diplomático rutinario de Irán como un “preludio de conversaciones”. Ha difundido la ficción de un equipo negociador estadounidense rumbo a Islamabad. Nada de esto es cierto. Es desesperación.
Estados Unidos en negación
Trump afirma no tener prisa por resolver la cuestión del estrecho de Ormuz. Sin embargo, los hechos muestran lo contrario. El tiempo está jugando claramente en contra de Estados Unidos.
El plazo de 60 días del presidente estadounidense para librar una guerra sin autorización del Congreso, según la legislación interna, se está agotando rápidamente. La crisis económica global —de la que Washington es ampliamente responsable— continúa profundizándose.
Los precios, especialmente de la gasolina y los combustibles, aumentan dentro del propio Estados Unidos, un factor políticamente tóxico para cualquier administración. Las elecciones legislativas de mitad de mandato se acercan. También el Mundial de la FIFA, en menos de dos meses, un evento que situará a Estados Unidos bajo un incómodo foco global.
La condena hacia Estados Unidos y su actual gobierno —dirigido por un presidente megalómano con desprecio absoluto por el derecho internacional y nacional— se ha vuelto cada vez más frecuente en los medios estadounidenses e internacionales.
Las disputas internas dentro de la administración Trump también se intensifican, con informes de tensiones entre altos mandos militares y el secretario de Guerra Pete Hegseth, y con una creciente probabilidad de nuevas dimisiones o destituciones.
A ello se suman los problemas judiciales de Trump, especialmente los relacionados con el caso Jeffrey Epstein, que han resurgido. En conjunto, estos factores dibujan un panorama claro: el tiempo no está del lado de Estados Unidos. Cada día que pasa ejerce mayor presión sobre Washington.
La visita de Araqchi a Islamabad
En este contexto, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Seyed Abás Araqchi, viajó a Islamabad el viernes. Su misión es clara: transmitir la postura de Irán a sus anfitriones paquistaníes sobre cualquier posible interacción diplomática futura con Estados Unidos.
Lo que no ha hecho es viajar para negociar con Estados Unidos. No existe ningún plan para conversaciones directas, ni canales secretos, ni gestos encubiertos. Irán no ha retrocedido en ninguna de sus posiciones de principio, especialmente en lo referente al carácter no negociable de su programa nuclear.
Todo lo contrario. Tras emerger como parte victoriosa de la guerra, la determinación de Irán se ha fortalecido aún más. La propaganda estadounidense, por muy ruidosa o elaborada que sea, no ha movido a Teherán ni un milímetro. No puede haber concesiones en los principios.
Esto es particularmente cierto respecto al estrecho de Ormuz. La determinación de Irán de gestionar y controlar esta vía estratégica es inmutable. Teherán ha declarado de forma clara y reiterada que no hará concesiones en este asunto. Ninguna. El estrecho no es una moneda de cambio, sino un derecho soberano que ninguna potencia puede arrebatarle a Irán.
Más allá de esta vía marítima, Irán continúa exigiendo lo que considera legítimamente suyo: compensación por los daños de guerra, reparaciones por décadas de sanciones y la devolución de los activos iraníes congelados. No son puntos de negociación, sino derechos innegables.
Irán seguirá persiguiéndolos con plena determinación. Y si el enemigo persiste en negarse a pagar, Teherán ha dejado claro que los obtendrá o los compensará por sus propios medios, mediante los métodos que considere apropiados y en el momento que elija.
Las cartas no utilizadas de Irán
Sin embargo, lo que hace particularmente sólida la posición iraní no es solo lo que ya ha desplegado, sino lo que aún mantiene reservado. Irán no ha utilizado todas sus cartas.
Muchas de ellas —tanto en el ámbito militar como político— siguen intactas. Han sido guardadas para el momento adecuado. El enemigo sería imprudente al confundir esta contención con debilidad. No es debilidad, sino paciencia estratégica.
Una de esas cartas es la pertenencia de Irán al Tratado de No Proliferación (TNP) nuclear. Hasta ahora, Irán ha actuado con considerable moderación, cumpliendo sus obligaciones pese a la presión constante y acusaciones de mala fe.
Sin embargo, analistas y expertos internos han comenzado a cuestionar esta postura. Su recomendación es clara: debe existir una contraprestación valiosa por la permanencia de Irán en el tratado. Si los beneficios no se materializan, si el TNP solo sirve como mecanismo de restricción sin recompensas equivalentes, entonces debe reevaluarse su coste-beneficio.
No se trata de una amenaza de retirada, sino de una decisión estratégica racional, propia de cualquier Estado soberano que defiende sus intereses.
Irán no aceptará nada menos que el cumplimiento total de sus demandas estipuladas en la propuesta de diez puntos que sirvió de base para el alto el fuego a principios de abril.
No habrá negociaciones con Estados Unidos salvo que —y hasta que— se levante completamente el bloqueo naval, se atiendan todas las demandas legítimas de Irán y los términos del diálogo sean definidos por Teherán, no por Washington.
La era de las concesiones iraníes ha terminado. La era de los dictados estadounidenses ha llegado a su fin.
