Por el Departamento de Análisis Estratégico de Press TV
Tras la reciente guerra impuesta y su desenlace, y a la luz de la amarga experiencia de rondas anteriores de negociaciones entre Teherán y Washington, Irán ha dejado esta vez algo meridianamente claro: no negociará a cualquier precio.
Como vencedor indiscutible de la guerra de agresión de 40 días —iniciada en pleno desarrollo de conversaciones nucleares—, Teherán es ahora quien fija las condiciones, y no a la inversa.
La parte que solicita un alto el fuego en esta ocasión no es Irán, sino Estados Unidos.
Después de agotar su arsenal de opciones políticas y militares acumulado durante 47 años, Washington no ha logrado alcanzar ninguno de sus objetivos declarados. No ha obtenido nada. De hecho, ha sufrido pérdidas tanto en el plano militar como en el diplomático, y también ha perdido la batalla del relato.
Los estadounidenses han perdido el derecho de tránsito por el estrecho de Ormuz —un derecho del que gozaban antes de su más reciente aventura militar contra Irán—. Han perdido influencia sobre los mercados energéticos globales y han perdido sus bases militares en Asia Occidental.
Y, quizá de manera más significativa, han perdido los últimos vestigios de su hegemonía.
Estados Unidos entró en esta guerra con ambiciones elevadas. Sale de ella con las manos vacías. Este resultado se debe en parte a las profundas deficiencias y errores de cálculo en la política exterior del presidente Donald Trump, y en parte a la presión del lobby sionista sobre su administración.
Como es ya ampliamente sabido, la política de “Israel primero” ha eclipsado por completo el lema de “Estados Unidos primero”. La administración Trump se ha puesto, en la práctica, al servicio del mayor enclave militar estadounidense en Asia Occidental, y no del pueblo estadounidense.
El bienestar de los ciudadanos comunes ocupa uno de los últimos lugares en la agenda de esta administración, más que en cualquier otra en la historia de Estados Unidos.
Esta dinámica quedó claramente reflejada en una publicación de Trump en redes sociales el domingo, donde elogió profusamente al régimen israelí, calificándolo como un “gran aliado” de Estados Unidos —“le guste o no a la gente”.
Trump sabe que a muchos estadounidenses no les agrada. Simplemente no le importa.
Irán: el vencedor que ostenta la supremacía
A pesar de las pérdidas —tanto en términos de liderazgo como de infraestructura—, Irán mantiene la ventaja en esta guerra, que continúa a pesar de la cortina de humo del alto el fuego.
La fantasía del “cambio de régimen”, que ha fracasado repetidamente durante los últimos 47 años —incluidas tres ocasiones solo en el último año—, fue finalmente sofocada durante esta guerra.
El sucesor del mártir Líder de la Revolución Islámica fue elegido por la Asamblea de Expertos en pleno conflicto, a pesar del intento enemigo de bombardear la reunión.
Los comandantes militares mártires también fueron reemplazados con rapidez. Ello se debe a que la República Islámica de Irán no depende de individuos, sino de instituciones, y su entramado institucional permanece intacto frente a los asesinatos.
La forma en que Irán respondió tras la oleada inicial de agresión el 28 de febrero demostró cómo el sistema no hace sino fortalecerse y volverse más resiliente ante la adversidad. Irán no solo castigó al enemigo —dos grandes potencias militares—, sino que lo obligó a solicitar un alto el fuego.
Hoy, Teherán detenta la iniciativa con plena autoridad. Es una realidad que Washington se resiste a reconocer plenamente, aunque conoce bien la situación sobre el terreno.
El creciente poder de Irán
No son únicamente los logros significativos y notables de Irán en el campo de batalla los que han captado la atención de analistas militares y políticos en todo el mundo; la movilización popular, espontánea y masiva dentro del país también ha transmitido un mensaje contundente al enemigo.
Durante más de 50 días, millones de iraníes han salido a las calles día y noche en un apoyo inquebrantable a las fuerzas armadas y al liderazgo del país. Este nivel de solidaridad sostenida no tiene parangón en ninguna otra parte del mundo.
En Estados Unidos, millones se manifestaron para condenar las políticas belicistas de Trump, mientras que en los territorios ocupados los colonos aún se niegan a abandonar sus refugios subterráneos.
Irán mantiene —y ahora afirma plenamente— su soberanía incuestionable sobre el estrecho de Ormuz, una de las vías marítimas más estratégicas del mundo, situada entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán, por la que transita aproximadamente el 25 % del comercio mundial de petróleo transportado por mar y el 20 % del gas natural licuado.
Antes de la guerra de 40 días, era un espacio abierto a todos, incluidos los buques estadounidenses. Pero, como declaró recientemente el comandante de la Fuerza Naval del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán, ahora existe un “nuevo orden” en esta vía estratégica, y todos están obligados a acatarlo.
Como escribió el académico estadounidense Robert Pape en un reciente artículo en The New York Times, Irán ha emergido tras esta guerra como una de las grandes potencias del mundo. Su credibilidad global y regional se ha visto reforzada, y ahora actúa como arquitecto de un nuevo orden regional y global.
Las fuerzas armadas iraníes demostraron en este conflicto su poder tanto defensivo como ofensivo, con capacidades inigualables en múltiples frentes. Mostraron cómo la guerra asimétrica puede diezmar incluso a los ejércitos más poderosos, aun aquellos dotados de vastísimos arsenales.
Y, a diferencia de Estados Unidos y sus aliados regionales, Irán aún conserva numerosas cartas sin jugar, activos que todavía no han sido desplegados. Por tanto, cabe esperar nuevas sorpresas.
La lógica de la guerra: los vencedores fijan las condiciones
La lógica es simple y diáfana: la parte victoriosa, en posesión de la ventaja, impone las condiciones y delimita el terreno. La parte derrotada acude a la mesa con las manos vacías, ofreciendo concesiones, aceptando términos y suplicando una vía de escape.
Irán comprende perfectamente esta realidad. Es el vencedor, tanto en términos estratégicos como militares. Por consiguiente, no aceptará —ni debería aceptar— condiciones impuestas por la parte perdedora.
De hecho, la única motivación de Irán para cualquier negociación futura es forzar a Estados Unidos a someterse a sus condiciones para un fin definitivo y permanente de la guerra. Irán no está dispuesto a limitarse a prolongar el alto el fuego y dejar abierta la puerta al agresor; pretende cerrarla de manera concluyente.
Por ello, Teherán no ha mostrado intención alguna de precipitarse hacia una nueva ronda de conversaciones con Estados Unidos, ni se ha dejado influir por la propaganda estadounidense ni por las teatralizaciones mediáticas.
Activos estratégicos no negociables
Irán posee tres activos estratégicos, fruto de 47 años de esfuerzo, sacrificio y resistencia frente a las guerras económicas y militares impuestas a la República Islámica.
Entre ellos se cuentan la capacidad nuclear, el poder defensivo y misilístico, y sus aliados regionales en el frente de la resistencia —Líbano, Irak, Yemen y más allá—.
Irán ha pagado un precio elevado por estos activos: múltiples guerras impuestas, disturbios instigados, asfixia económica mediante sanciones y la sangre de sus científicos.
Por ello, Teherán no está dispuesto a debatir estos asuntos, y mucho menos a hacer concesiones.
El caso nuclear está, en la práctica, cerrado. La capacidad nuclear de Irán es el fruto de décadas de esfuerzo incansable, sacrificio y la vida de científicos entregados. Constituye la base del progreso nacional y de la prosperidad mediante los usos pacíficos de la tecnología nuclear.
El mártir Líder de la Revolución Islámica afirmó el 22 de septiembre del año pasado que la clave del progreso del país reside en fortalecerse, y que dicha fortaleza emana del conocimiento, incluidos los avances científicos y nucleares.
Asimismo, el ayatolá Jamenei declaró el 20 de mayo del año pasado que la pretensión del enemigo de impedir a Irán enriquecer uranio es “un completo disparate”.
“No esperamos el permiso de nadie. La República Islámica tiene sus propias políticas y enfoques, y seguirá su propio camino”, afirmó en términos claros y categóricos.
Por ello, la República Islámica de Irán no negociará este patrimonio nacional.
Todas las negociaciones nucleares previas solo han conducido a la erosión de los derechos inalienables de Irán, seguidas de nuevas guerras impuestas, más sanciones y mayores presiones.
Irán ha aprendido la lección: no volverá a introducir la mano en un lugar donde ya ha sido mordido repetidamente. La cuestión nuclear ha sido retirada por completo de la mesa de negociación.
El poder defensivo y los misiles balísticos también son innegociables, como han reiterado durante años los negociadores iraníes. Como afirmó el Líder mártir el 19 de octubre del año pasado, estos misiles constituyen la “tarjeta de identidad de la juventud iraní”.
La cuestión de las alianzas regionales tampoco está sujeta a discusión. Irán continuará apoyando a sus aliados en el denominado Eje de la Resistencia, desde Líbano hasta Irak y Yemen, y más allá, respaldando a sus pueblos en la defensa de sus derechos.
El frente interno: un gobierno y un pueblo unidos
Detrás de la fortaleza de Irán en el campo de batalla se encuentra un frente interno resiliente. Los esfuerzos constantes y dedicados del gobierno para atender las necesidades de subsistencia de la población han sido altamente encomiables.
Las visitas provinciales del presidente Masud Pezeshkian y de sus ministros —realizadas en medio de la guerra y los bombardeos— han sido fundamentales para abordar y resolver los problemas de la ciudadanía.
El trabajo ininterrumpido de todos los ministros y de los distintos organismos gubernamentales también ha sido digno de mención. Cada uno ha gestionado su cartera con esfuerzo infatigable, a menudo poniendo en riesgo su propia seguridad para cumplir con su labor.
Estos esfuerzos complementan la firmeza de las fuerzas armadas en el campo de batalla y la resiliencia del leal pueblo iraní en las calles, de manera constante.
Y cuando la guerra concluya, será ese mismo pueblo —con sus capacidades singulares y su incomparable fortaleza colectiva— quien impulse el país, favorezca su progreso en diversos ámbitos y frustre cualquier plan o conspiración contra su desarrollo.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV
