Publicada: jueves, 16 de abril de 2026 15:17

La amenaza de Trump de imponer un “bloqueo naval” a Irán no es una maniobra militar estratégica, sino un intento final de revertir una guerra ya perdida.

Por: Mohammad Molaei *

La amenaza del presidente estadounidense Donald Trump de imponer un “bloqueo naval” total a los puertos iraníes y de controlar el Estrecho de Ormuz no constituye una maniobra militar estratégica, sino el último intento de un imperio en declive por reformular las ecuaciones de una guerra que ya ha perdido.

La amenaza, emitida tras el colapso de las conversaciones de alto el fuego en Pakistán, puede parecer coherente con el poderío militar estadounidense a primera vista, pero en realidad carece de respaldo operativo a largo plazo, de una base económica racional y de apoyo internacional.

Al adoptar esta postura, Estados Unidos no solo sería incapaz de disuadir a Irán, sino que además perjudicaría gravemente sus propias relaciones estratégicas con otros países, agravando la crisis energética global, impulsando la inflación e incluso afectando sus propias cadenas de suministro.

En términos militares, la amenaza de bloqueo naval de Trump está completamente desvinculada de la guerra asimétrica moderna. A pesar de que la Quinta Flota estadounidense en Baréin dispone de destructores de la clase Arleigh Burke y sistemas Aegis de última generación, sigue siendo vulnerable a la guerra híbrida de Irán y sus aliados regionales.

 

La implementación de un bloqueo de este tipo, según expertos militares como James Stavridis, excomandante de la OTAN, requeriría al menos dos grupos de ataque de portaaviones, más de una docena de destructores y fragatas fuera del Golfo Pérsico, al menos seis buques de guerra adicionales y el apoyo de las fuerzas navales de Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí dentro del Golfo.

Incluso ese despliegue no garantizaría un bloqueo sostenido ante una nueva escalada bélica, debido a la saturación de misiles, ataques con drones y embarcaciones no tripuladas.

Además, la flota estadounidense ha evitado acercarse a las costas iraníes desde el inicio de la denominada guerra de Ramadán, para no entrar en el alcance de los misiles balísticos antibuque y misiles de crucero supersónicos iraníes, que constituyen el núcleo más avanzado de su arsenal en este ámbito.

Como demostró la operación “Guardián de Prosperidad” en Yemen (2023–2024), pese a la considerable presencia naval estadounidense y de sus aliados, el ejército yemení logró reducir el tráfico en el mar Rojo hasta en un 70 %.

Irán, por su parte, con su amplia red de misiles de crucero antibuque, drones suicidas de largo alcance y gran capacidad de minado naval, puede convertir en objetivo a cualquier fuerza naval estadounidense sin necesidad de enfrentamientos directos.

Incluso el propio Pentágono ha reconocido en evaluaciones internas que el coste de un bloqueo de este tipo —considerando el consumo de combustible, el desgaste de las tripulaciones y la fragilidad logística— sería insostenible en poco tiempo.

 

Así, la amenaza de Trump adquiere más carácter de arma psicológica y propagandística que de herramienta operativa: un instrumento de presión diplomática que terminaría volviéndose en contra en el campo de batalla. Al igual que no logró sus objetivos en la guerra de Ramadán, el bloqueo naval también resultaría inútil.

Las implicaciones económicas de este embargo serían aún más devastadoras de lo previsto. Proyecciones de organismos internacionales indican que el estrecho de Bab El-Mandeb transportaría unos 4,2 millones de barriles diarios de petróleo y derivados en la primera mitad de 2026, lo que representa entre el 5 % y el 6 % del comercio marítimo mundial de crudo.

No obstante, su relevancia va más allá de la energía: en condiciones normales, este estrecho canaliza hasta el 14 % del tráfico marítimo global, el 30 % del transporte de contenedores y una parte significativa del comercio de gas natural licuado.

Cualquier escalada adicional provocaría un aumento inmediato y sin precedentes de los precios del petróleo, exacerbando la inflación mundial. La experiencia de los ataques yemeníes muestra que incluso una reducción del tráfico del 50–60 % elevó las tarifas de transporte de contenedores entre Asia y Europa en un 200–300 %, incrementó los seguros de riesgo de guerra y prolongó los tiempos de tránsito en hasta dos semanas.

En este escenario, el bloqueo no debilitaría a Irán —que ha diversificado sus canales de exportación y adoptado monedas alternativas—, sino que tomaría como rehenes a las economías de Europa, Asia e incluso la propia Estados Unidos.

Según informes del Banco Mundial, Egipto sería uno de los mayores perjudicados, ya que los ingresos del Canal de Suez han caído entre un 40 % y un 60 % en los últimos años debido a interrupciones similares.

¿Por qué, entonces, Estados Unidos ya habría perdido esta guerra? La respuesta radica en cálculos estratégicos a largo plazo. Tras agotar instrumentos como la política de “máxima presión”, sanciones unilaterales y guerras indirectas, Washington carece ahora de mecanismos eficaces para imponer su voluntad, mientras que la economía iraní se ha adaptado al cerco.

La disuasión asimétrica de Irán y del llamado “Eje de la Resistencia”, basada en tecnologías de bajo coste pero alta eficacia —como drones suicidas, misiles balísticos antibuque y redes de inteligencia integradas—, ha convertido cualquier acción directa en una empresa extremadamente costosa.

Centros de análisis como el CSIS y el Atlantic Council han señalado que incluso en escenarios favorables para EE. UU., el coste de implementar un bloqueo sería insostenible dadas sus obligaciones militares globales.

Además, cualquier bloqueo real conllevaría efectos en cadena: aumento de precios energéticos, disrupción en suministros de alimentos y medicinas, y protestas internas en países occidentales ya afectados por inflación y recesión.

Según el autor, lo que Trump ha puesto de manifiesto es la debilidad estructural de la política exterior estadounidense: su incapacidad para adaptarse a la nueva realidad de Asia Occidental, donde ya no ejerce dominio absoluto y donde Irán ha ganado protagonismo mediante estrategias asimétricas.

Si Yemen respondiera cerrando el estrecho de Bab el-Mandeb, escenario plenamente plausible según esta lógica de disuasión, las consecuencias serían aún más graves. Este paso marítimo, de apenas 18 millas de ancho, es clave para el acceso al mar Rojo y al Canal de Suez.

 

Estadísticas recientes muestran que en condiciones normales lo atraviesan hasta 1.200 buques mensuales, con un volumen anual de carga de 1.600 millones de toneladas.

Con sus capacidades demostradas —misiles, drones, embarcaciones explosivas y minado naval—, el ejército yemení podría cerrar el estrecho en pocos días, mientras que las operaciones de desminado y seguridad tardarían meses.

Un escenario simultáneo de bloqueo en Ormuz y Bab el-Mandeb paralizaría entre el 10 % y el 14 % del comercio marítimo mundial, dispararía los precios del petróleo, colapsaría cadenas de suministro y llevaría la inflación global a niveles críticos.

La flota estadounidense no podría sostener operaciones en dos frentes a la vez. Experiencias recientes en el mar Rojo han demostrado que ni siquiera operaciones conjuntas lograron detener los ataques yemeníes.

En ausencia de una coalición sólida —y con aliados occidentales mostrando señales de distanciamiento—, esta situación sería aún más desfavorable para Washington.

En definitiva, el bloqueo naval no alteraría la dinámica del conflicto en favor de Estados Unidos, sino que podría reforzar la posición de Irán y sus aliados.

La imposibilidad geográfica de controlar simultáneamente el Golfo Pérsico y el mar Rojo, la superioridad de la guerra asimétrica y la determinación de las fuerzas implicadas conducirían al fracaso de cualquier intento en ese sentido.

Si Estados Unidos realmente busca reducir tensiones, deberá abandonar la retórica de amenazas y aceptar una nueva realidad: los estrechos estratégicos del mundo ya no son instrumentos de dominación occidental.

Cualquier intento de ignorar este hecho solo agravará la crisis global y acelerará el reconocimiento de una derrota estratégica decisiva.

* Mohammad Molaei es un analista de asuntos militares con sede en Teherán.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV