Por: Xavier Villar
Esta operación no se limita a describir una amenaza; la construye, la sedimenta y la naturaliza. Este mecanismo tiene una lógica especular: al representar a Irán como peligroso e irracional, Estados Unidos se constituye simultáneamente como su polo opuesto, un sujeto racional y moderado que habla en nombre de lo que el discurso denomina “comunidad internacional”. Esta comunidad es, por supuesto, una construcción selectiva, sus miembros no se eligen por votación, pero su invocación reiterada cumple una función legitimadora precisa: convierte las posiciones estadounidenses en posiciones del mundo civilizado, y las posiciones iraníes en desafíos a ese orden antes que en demandas políticas con historia propia.
El orientalismo articula este proceso en su totalidad. Edward Said demostró, apoyándose en la genealogía foucaultiana del saber-poder, que Oriente es una producción discursiva antes que una realidad geográfica o cultural objetiva. El Oriente construido por Occidente no actúa: es actuado. No habla: es hablado. La producción de ese conocimiento no es neutral ni inocente; su función histórica ha sido justificar formas de dominación que van del colonialismo clásico a las intervenciones contemporáneas, dotándolas de una cobertura científica y moral que las presenta como necesarias. Lo que el orientalismo atribuye a sus objetos —irracionalidad, violencia, atraso, incapacidad para el autogobierno— no es descripción sino repertorio normativo: un inventario de rasgos que circula con apariencia de evidencia y opera con eficacia de sentencia. Cuatro décadas después de la publicación de Orientalismo, ese repertorio sigue activo en el discurso sobre Irán con una persistencia que habla menos de la realidad iraní que de la durabilidad de las estructuras discursivas occidentales.
La palabra que condena antes de juzgar
El primer y más visible dispositivo es la elección léxica. Van Dijk (unos de los teóricos del discurso más importantes) ha señalado que la lexicalización constituye un campo fundamental de expresión ideológica y que mediante ella puede establecerse una distinción entre la naturaleza pacífica de las propias operaciones y la naturaleza catastrófica de las ajenas. El vocabulario disponible para describir a Irán pertenece casi íntegramente al registro de la amenaza: “comportamiento peligroso y desestabilizador”, “conducta maliciosa e irresponsable”, “actividades ilícitas”, “beligerancia y aventurerismo”.
Aquí entra en acción lo que van Dijk denomina el cuadrado ideológico: la tendencia sistemática a enfatizar los atributos negativos del adversario mientras se minimizan o silencian los propios. El término “aventurerismo” merece atención particular: condensa en una sola palabra la irracionalidad y el peligro, sugiriendo que Irán actúa no por cálculo estratégico sino por impulso.
La palabra “régimen”, aplicada sistemáticamente al gobierno iraní, opera con la misma lógica, pero con mayor economía. Presupone ilegitimidad antes de que se ofrezca argumento alguno; la carga semántica hace el trabajo que la demostración no realiza. Mientras los aliados de Washington conservan su condición de “gobiernos” o “administraciones”, Irán recibe invariablemente la etiqueta que en el léxico político occidental connota autoritarismo inapelable. La asimetría terminológica no necesita justificarse porque trabaja por debajo del umbral argumentativo: se instala en el vocabulario compartido y desde allí produce sus efectos con la discreción propia de lo que ya no necesita defenderse.
A este dispositivo se incorpora la “implicitud”, que opera en el mismo registro, pero con mayor profundidad. Quienes argumentan contra Irán rara vez aportan pruebas para sostener sus afirmaciones; las presuponen. El programa nuclear, por ejemplo, se presenta como evidencia de una intención bélica sin que esa intención haya sido establecida por vía empírica. La estrategia tiene consecuencias epistémicas concretas: quien cuestiona el argumento debe refutar no lo que se dijo sino lo que se dejó implícito, una tarea considerablemente más costosa en el espacio discursivo público, donde la carga de la prueba recae invariablemente sobre quien interrumpe el consenso y no sobre quien lo invoca.
La hipérbole y la argumentación no son ornamentos del discurso sobre Irán sino su arquitectura. El peligro iraní se amplifica sistemáticamente en magnitud y alcance, produciendo una imagen de amenaza total que excede cualquier evaluación empírica disponible. Esta amplificación no es un exceso retórico accidental sino una estrategia de encuadre con efectos políticos precisos: al construir una amenaza desproporcionada, se justifican respuestas igualmente desproporcionadas, y el espacio para la negociación o el reconocimiento de intereses legítimos se clausura antes de abrirse. La argumentación opera sobre ese terreno ya preparado y descansa en tres ejes recurrentes, terrorismo, desestabilización regional, programa de misiles, que funcionan menos como categorías analíticas que como repertorios acumulativos de imputación, capas que se refuerzan mutuamente por repetición coordinada más que por demostración.
Entre ellos, el terrorismo ocupa un lugar estructuralmente privilegiado. Tras el 11 de septiembre, la etiqueta se instaló en el espacio público estadounidense con una carga emocional de alta intensidad que hace innecesaria cualquier especificación posterior: quien es designado terrorista queda automáticamente fuera del orden político legítimo, y esa exclusión no requiere ser argumentada porque ya está contenida en el término.
La eficacia del mecanismo reside precisamente en su capacidad expansiva. Hezbolá y Ansarolá—actores con historias, contextos políticos y agendas radicalmente distintas, cuya comprensión exigiría análisis diferenciados— se presentan como evidencias encadenadas de una misma configuración amenazante, diluyendo las especificidades bajo un denominador común que las hace prescindibles.
El resultado acumulativo de estos dispositivos es una imagen políticamente funcional: Irán como actor infantilizado, incapaz de gestionar sus propios intereses, cuyas preocupaciones se presentan como infundadas y cuyas quejas carecen de legitimidad reconocible en el marco discursivo dominante. Esta operación cierra el ciclo orientalista con precisión: el Otro construido como irracional no puede ser interlocutor válido. Sus demandas no merecen respuesta deliberativa; merecen, en el mejor de los casos, tutela, y en el peor, corrección por la fuerza. La distinción entre un “nosotros”, Estados Unidos y sus aliados, asociados a racionalidad, fiabilidad y un humanismo que se da por universal, y un “ellos” se articula en términos esencialistas, como si los rasgos atribuidos a cada polo derivaran de una diferencia ontológica y no de relaciones históricas de poder con fecha de inicio y beneficiarios identificables.
El lenguaje produce así lo que aparenta describir. La configuración binaria no refleja una realidad preexistente; la instituye, y al instituirla delimita qué posiciones resultan enunciables, qué intereses merecen reconocimiento y qué actores pueden participar en la deliberación sobre su propio destino.
Un discurso que naturaliza sus presupuestos opera con máxima eficacia precisamente cuando parece no operar en absoluto: cuando la amenaza iraní ya no necesita demostrarse porque se ha convertido en el suelo sobre el que cualquier conversación tiene lugar.
