Publicada: domingo, 31 de mayo de 2026 23:05

El castillo de Beaufort en la cima de una colina estratégica en el sur del ha dejado al descubierto las debilidades militares del régimen de Israel.

Por: Ali Hammoud *

La llegada del ejército israelí al perímetro del castillo de Beaufort, situado en la cima de una colina estratégica cerca de la ciudad de Nabatieh, en el sur del Líbano, ha sido presentada como un logro de gran trascendencia.

Sin embargo, medida en términos de distancia recorrida, la operación equivale a un avance de apenas cinco kilómetros: desde el asentamiento fronterizo de Metula hasta la antigua fortaleza que domina el río Litani.

Cinco kilómetros. Una franja de terreno cuya conquista requirió más de tres meses de combate terrestre directo, precedidos por quince meses de bombardeos aéreos continuos. Ese simple dato geográfico transforma una supuesta victoria en un incómodo reflejo de las profundas debilidades de un ejército excesivamente tecnologizado y reacio al riesgo, que ahora lucha por superar sus propias limitaciones.

La magnitud de las fuerzas desplegadas en este estrecho eje de operaciones revela una profunda inquietud institucional. Para avanzar apenas cinco kilómetros, el mando israelí no movilizó una sola brigada ni siquiera una división. En su lugar, reunió una fuerza combinada que parecía un desfile de sus unidades más prestigiosas.

La 98.ª División “Fuego”, principal formación de paracaidistas y comandos de Israel, fue desplegada junto a la 36.ª División Blindada, normalmente reservada para operaciones de ruptura convencional de gran envergadura.

Asimismo, fueron comprometidas en su totalidad la Brigada Golani y la Brigada Givati, consideradas la columna vertebral de la infantería israelí. También participó la 7.ª Brigada Blindada, la unidad de tanques más antigua y con mayor tradición del régimen.

La Brigada “Fuego” añadió al operativo sistemas de artillería de precisión y redes de drones, mientras que la Unidad 888 multidimensional —una fuerza híbrida especializada que experimenta con sistemas robóticos interconectados y selección de objetivos asistida por inteligencia artificial— recibió una especie de prueba en condiciones reales de combate.

En el aire, drones de combate y municiones merodeadoras saturaban el espacio aéreo. En tierra, robots no tripulados fueron enviados al frente para evitar exponer a los soldados al fuego de respuesta previsto.

Aquello no fue una operación de precisión. Fue todo el arsenal tecnológico israelí concentrado sobre una única franja de cinco kilómetros de profundidad en el sur del Líbano.

Y aun así, el avance se estancó.

El empuje frontal inicial a lo largo del eje Yohmar-Beaufort —precedido por cientos de ataques aéreos y un incesante bombardeo de artillería— terminó empantanándose. Las fuerzas israelíes se vieron obligadas a abandonar el asalto mecanizado directo y optar por lentas infiltraciones a pie realizadas por unidades especiales de infantería que avanzaban discretamente a través de los valles fluviales orientales.

Que el ejército más saturado de tecnología del mundo haya tenido que recurrir a infiltraciones silenciosas sobre el terreno para cubrir una distancia que un civil podría recorrer corriendo en menos de treinta minutos no constituye una demostración de flexibilidad táctica. Es una confesión de que la supremacía aérea, cibernética y de inteligencia no logró traducirse en un control efectivo del terreno.

Lo que hace aún más contundente la desproporción entre el esfuerzo empleado y los resultados obtenidos es aquello que estuvo ausente del campo de batalla.

Antes incluso de que las tropas israelíes cruzaran la frontera, las Fuerzas Armadas Libanesas habían pasado semanas confiscando depósitos de armas y destruyendo sistemáticamente infraestructura militar y equipamiento pertenecientes al Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano (Hezbolá) precisamente en el sector que rodea Beaufort.

Las fuerzas israelíes no penetraron en un sistema defensivo plenamente operativo y preparado. Entraron en una zona donde una parte significativa de las redes subterráneas, arsenales y fortificaciones del movimiento de Resistencia ya había sido degradada por un tercero.

Desde cualquier evaluación militar razonable, el terreno había sido previamente allanado.

Y, sin embargo, el avance israelí siguió requiriendo todo el peso de múltiples divisiones de élite para progresar a paso de tortuga. Esto plantea una pregunta devastadora: si una franja de apenas cinco kilómetros, previamente debilitada, exigió semejante despliegue de poder de fuego y tantos meses de operaciones, ¿cuál es realmente la sostenibilidad de toda la ofensiva terrestre?

La respuesta apunta directamente a la principal debilidad del ejército israelí. Su doctrina ha quedado atrapada en una contradicción que no logra resolver.

La dependencia abrumadora de la tecnología —sensores, drones, satélites, municiones guiadas de precisión y vehículos robóticos de reconocimiento— no ha producido la velocidad ni el impacto decisivo que se esperaban en el campo de batalla. Por el contrario, ha generado una profunda aversión al riesgo.

Los comandantes emplean la tecnología no principalmente para destruir al enemigo mediante la economía de medios y la sorpresa, sino para esterilizar el campo de batalla y aislar a las tropas del contacto directo.

El resultado es una fuerza militar que consume cantidades asombrosas de municiones costosas para avanzar apenas unos metros, aterrorizada ante el costo humano que podría implicar cualquier enfrentamiento real.

Es un ejército que se ha acostumbrado a considerar el terreno como algo que debe ser arrasado antes de ser pisado. Esa mentalidad transforma incluso un avance táctico insignificante en una enorme y lenta operación logística y psicológica.

El castillo de Beaufort, pese a toda su carga simbólica, constituye una acusación contra ese paradigma.

Una estructura militar que necesita dos divisiones, las brigadas más condecoradas del país y una interminable armada aérea para asegurar cinco kilómetros de terreno —después de que otro ejército hubiera debilitado previamente las defensas— no es una fuerza que esté demostrando poder. Es una fuerza que está revelando sus límites.

Al final, la tecnología no puede sustituir la disposición a enfrentarse directamente al enemigo. Y un avance de cinco kilómetros sigue siendo un avance exasperantemente lento, sin importar cuántas banderas se planten al final del recorrido.

* Ali Hammoud es escritor e investigador libanés.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV