Por: Ivan Kesic
Quince años después de su martirio, el legado del profesor Mayid Shahriari perdura no solo como el recuerdo de un científico arrebatado por el terrorismo, sino como un testimonio imperecedero de la rara convergencia entre un talento científico excepcional, un compromiso nacional inquebrantable y una profunda espiritualidad.
Figura de importancia extraordinaria en el panorama científico de Irán, Shahriari fue un intelecto plenamente autóctono que ascendió desde orígenes modestos en la provincia de Zanyan (noroeste de Irán) hasta situarse a la vanguardia de la ingeniería nuclear, logrando avances que fortalecieron la independencia tecnológica de su nación.
Fue, a la vez, un académico de talla mundial, un pilar en la defensa de la infraestructura nuclear iraní, un devoto hombre de familia y un humilde servidor de su fe. Su asesinato, el 29 de noviembre de 2010, buscaba frenar el progreso, pero terminó consolidando un legado definido por la resistencia.
La vida del mártir Shahriari es la historia de un hombre que consagró su saber al servicio de su patria, encarnando un espíritu que sus adversarios ni comprendieron ni pudieron extinguir.
Forjando a un genio autóctono
Toda la trayectoria académica y profesional de Shahriari estuvo profundamente arraigada en su país, convirtiéndolo en un símbolo singular de la capacidad científica indígena de Irán.
Nacido en Zanyan en 1966, completó cada etapa de su formación dentro de Irán: desde aprender el alfabeto hasta dominar los complejos cálculos de la ingeniería de reactores nucleares.
Su historial académico fue extraordinario: obtuvo la licenciatura en Electrónica por la Universidad Amirkabir, graduándose como segundo de su promoción, y posteriormente una maestría en Ingeniería Nuclear por la Universidad Tecnológica Sharif, donde obtuvo el primer lugar.
Realizó el doctorado en Amirkabir mediante un programa de excelencia para estudiantes sobresalientes, convirtiéndose en un científico formado íntegramente en Irán y guiado exclusivamente por mentores iraníes.
Su ascenso en la academia fue meteórico. Inició como profesor en Amirkabir, más tarde se incorporó a la Universidad Shahid Beheshti y alcanzó la cátedra en 2009, el plazo mínimo posible para dicha promoción.
Su producción fue igualmente formidable: 30 artículos científicos, 34 ponencias en conferencias, supervisión de 55 tesis y liderazgo de numerosos proyectos de investigación, todo ello acompañado de evaluaciones docentes casi perfectas.
On November 29, 2010, Iranian nuclear scientist Majid Shahriari was assassinated by explosives attached to his car.
— Press TV 🔻 (@PressTV) November 29, 2025
He was one of several Iranian scientists assassinated in just over a decade with Iran pointing the finger at Israel and the US.
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La crisis de Stuxnet y una movilización científica nacional
El verano de 2010 dio a conocer al mundo Stuxnet, un gusano informático malicioso que posteriormente se reveló como un arma cibernética conjunta de Estados Unidos e Israel destinada a sabotear instalaciones nucleares iraníes.
A medida que el malware penetraba sistemas industriales críticos, las autoridades iraníes convocaron rápidamente a un equipo de investigadores y especialistas de élite para neutralizar la amenaza.
Recién ascendido a profesor titular, Shahriari se convirtió en una figura central en esta batalla tecnológica de alto riesgo.
Durante dos o tres meses, él y sus colegas trabajaron incansablemente para desentrañar el código sofisticado, rastreado hasta agencias de inteligencia extranjeras.
Sus esfuerzos culminaron en una victoria significativa para la seguridad nacional: una parte sustancial de los sistemas industriales iraníes fue purgada exitosamente del virus destructivo.
El episodio demostró que la defensa científica de Irán no descansaba en conocimientos importados, sino en el coraje intelectual y la capacidad de sus propios expertos, con Shahriari como uno de sus pilares fundamentales.
Un cálculo decisivo: el desafío del enriquecimiento al 20%
Uno de los episodios más reveladores del talento excepcional de Shahriari procede del doctor Ali Akbar Salehi, exjefe de la Organización de Energía Atómica de Irán (OEAI).
Cuando el país se propuso alcanzar un enriquecimiento de uranio al 20 %, un conjunto crítico y complejo de cálculos amenazaba con descarrilar todo el proyecto.
El Dr. Salehi recuerda su asombro cuando Shahriari se ofreció, con serenidad y seguridad, a asumir él solo la colosal tarea.
Resultaba extraordinario: Shahriari nunca había estudiado en el extranjero y afrontaba un problema para el cual Irán carecía de experiencia interna consolidada.
Con determinación silenciosa, completó por sí mismo los cálculos monumentales.
En un acto de profunda humildad, rehusó cualquier pago o reconocimiento por su contribución vital, encarnando la idea de que el logro científico era en sí mismo la recompensa, y el servicio a la nación, la motivación suprema.
Documents released by Iran show that IAEA chief Grossi has been completely coordinated with Israel and has been carrying out Israel's orders.
— Press TV 🔻 (@PressTV) June 12, 2025
Iran recently managed to obtain a wealth of secret documents from the Israeli regime. pic.twitter.com/iVz2V0oNh5
Profesor, mentor y brújula moral
Como educador, Shahriari iba mucho más allá de transmitir conocimientos. Consideraba a sus estudiantes un depósito sagrado. Solía decir: “Sus padres nos los han confiado”, un principio que guiaba cada una de sus acciones.
Combinaba una estricta disciplina académica con una compasión genuina, exigiendo altos estándares mientras se preocupaba sinceramente por el bienestar personal de sus alumnos.
Ayudó económicamente a un estudiante para su boda, pidiendo solo que devolviera el dinero cuando pudiera.
Luchó con ahínco para evitar la expulsión de otro estudiante, logrando su reincorporación y celebrando posteriormente la exitosa defensa de su tesis, un momento entrañable para los agradecidos padres.
Shahriari carecía de celos profesionales y compartía generosamente su conocimiento acumulado.
Tras su martirio, cuando surgió la preocupación de cómo continuar su trabajo especializado, sus estudiantes aseguraron al Dr. Salehi que Shahriari había impartido talleres con antelación, formando a entre 10 y 15 personas en las técnicas complejas que él dominaba, garantizando así la continuidad de su legado.
Fundamento de fe y principios
El brillo científico de Shahriari estaba profundamente entrelazado con una fe islámica inquebrantable que moldeaba su carácter y su conducta cotidiana.
Su esposa y amigos recuerdan su firme compromiso con las prácticas religiosas, incluida la oración nocturna, y su hábito de recitar el Corán con una voz melodiosa.
El chisme estaba terminantemente prohibido en su presencia; si no podía detenerlo, se retiraba discretamente.
Atribuía humildemente todos sus logros a Dios, una humildad palpable cuando, en una celebración por su ascenso a profesor titular, inició su discurso con la oración: “Cuántas características feas poseo, y Tú (Dios) las has cubierto”.
Su devoción se extendía a observar escrupulosamente los límites religiosos; evitaba reuniones sociales donde pudiera transgredirse alguna prohibición, reflejando una armonía entre su fe privada y sus acciones públicas.
Ancla familiar y la sencillez de la vida
Pese a las enormes exigencias de su labor profesional, Shahriari situaba a su familia en el centro de su existencia.
Mantenía una relación profunda y respetuosa con sus padres, sin dudar en besar las manos y los pies de su madre, respondiendo siempre a sus llamadas, incluso en plena clase.
Con su esposa, la Dra. Behyat Qasemi, y sus dos hijos, Mohsen y Zahra, era un padre presente y afectuoso, empeñado en ser un amigo cercano de sus hijos a pesar de su extenuante horario.
Su esposa recuerda su costumbre de llevar regalos —aunque fuese una sola flor— y sus frecuentes disculpas por llegar tarde a casa. Su vida juntos estuvo marcada por la sencillez, comenzando con una ceremonia de boda celebrada en la cafetería de autoservicio de la Universidad Amirkabir.
Ella lo describe como un hombre de inmensa bondad, pureza y espiritualidad, meticuloso en no permitir que una sola “miga no halal” entrara en su hogar.
Viaje final y legado imperecedero
La mañana del 29 de noviembre de 2010, apenas ocho días antes de cumplir 45 años, Shahriari viajaba con su esposa por una autopista de Teherán cuando una motocicleta se acercó a su vehículo y adhirió una bomba magnética a la puerta.
En los instantes previos a la explosión, se hallaba en reflexión espiritual, escuchando una exégesis coránica.
Su esposa, que sobrevivió, fue testigo del brutal asesinato, una escena que comparó con las tragedias de Karbala.
Este acto terrorista, perpetrado por agentes del Mossad israelí y sus aliados de inteligencia, buscaba desarticular el avance científico iraní.
Sin embargo, como afirmó su esposa, la vida de Mayid no dejaba otro desenlace lógico que el martirio: su existencia fue un itinerario coherente, una búsqueda del conocimiento al servicio de la fe y de la nación.
El destacado clérigo ayatolá Yavadi Amoli lo elogió afirmando que el secreto de su éxito residía en haber comprendido la verdad de la ciencia y trascenderla hacia lo divino, una trayectoria que le dio la fortaleza para “vencer la batalla contra la muerte”.
Quince años después, la memoria del profesor Shahriari no se erige como un monumento a la pérdida, sino como una fuente permanente de inspiración: un recordatorio de que las barreras más formidables no están hechas de ladrillos ni de códigos, sino de convicción, conocimiento y un amor inquebrantable por la patria.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV.

