Publicada: lunes, 25 de febrero de 2019 13:23

Uno de los lugares donde la intrusión ha sido enfática y constante es Venezuela. Una fachada para las operaciones encubiertas estadounidenses.

El arte ha representado las invasiones desde tiempo inmemoriales, muchas veces en espléndidas piezas testimoniales. En unas ocasiones ha perpetuado la presencia de los opresores recién llegados; en otras, la de los sometidos que encaran las imposiciones.

Las Invasiones Bárbaras, que fueron movimientos migratorios de grupos étnicos para algunos historiadores y bárbaras para los romanos que las sufrieron, subsisten en Europa en los templetes, mausoleos y baptisterios abrumadores y silenciosos.

La carnicería conjunta de nazis y franquistas contra una población desvalida, donde los alemanes ensayaron el ataque aéreo, el bombardeo masivo, las bombas explosivas y las incendiarias en media tarde, quedó inmortalizada en una desgarradora pintura: el Guernica de Picasso.

Roma se sobreimprimió sobre Grecia y el contraste moral nos lo revelaron las Vidas Paralelas de Plutarco, el último gran literato del helenismo y el primer grecorromano latino. “¿Por qué visten de blanco las mujeres romanas que llevan luto?”. “¿Por qué empezaron los romanos el comienzo de un nuevo día a medianoche?”. (Beard, 2018). Dos preguntas sencillas que compendian el traslado de un mundo al otro.

El arte, en estos casos, fue manifestación y evidencia de sucesos históricos bélicos; difícilmente podría haber sido de otro modo en una historia que es un recuento de incursiones violentas, conquistas y pillajes.

Catalizador, espejo, quizás es consecuencia del entorno y de determinadas circunstancias, y, en esencia, es expresión vívida y estética de emociones humanas.

EL ARTE DEL DESASTRE

Pero el arte también ha tenido un desempeño notorio como apoyo e, incluso, ha jugado papeles activos en las feroces incursiones, donde moviliza en beneficio de las acciones agresivas. Justifica las injusticias, exacerba las rabias y alienta las pasiones. Ya no es una derivación de la realidad, sino una causalidad más. O así se lo presenta para disimular las de fondo, casi siempre económicas, políticas, y, en algunas épocas, quizás, ideológicas.

Durante dos siglos, entre el final del siglo XI y el final del XIII, la literatura, la pintura, la escultura y el teatro fueron claves en la promoción de las Cruzadas y en la persuasión de las comunidades. Pulularon las canciones y los poemas exaltando las virtudes de la gesta, y dejando de paso veladas amenazas a quienes no se enlistaran.

Urbano II implantó el estilo desde la primera Cruzada; fue hábil a la hora de aunar publicidad y arte, causa religiosa y motivaciones políticas, y un mañoso artista al momento de ponerlo todo en la misma dirección de sus intereses particulares.

El profesor inglés Christopher Tyerman, en el libro Cómo organizar una Cruzada - El trasfondo racional de las guerras de Dios, describe el modo en que operaba la maquinaria propagandística medieval en Occidente:

Apenas había límites que la propaganda no acertara a rebasar: se recurría tanto a los sermones formales como a las charlas privadas; se publicaban notas explicativas; se montaban circos ambulantes; se cantaban himnos y canciones de amor; se echaba mano de la elocuencia y de la intimidación; las empresas comerciales y las organizaciones religiosas internacionales hacían circular rumores; se utilizaban tanto los cotilleos locales como las más fastuosas ceremonias públicas; las parroquias hacían proselitismo en las fiestas de la cosecha; se hablaba en las cortes de los reyes y en las grandes catedrales; y se ganaban adeptos en los gabinetes de contabilidad y en los mercados. Como instrumentos de persuasión valían tanto las más refinadas obras de arte como el humor más chusco… (Tyerman, 2015).

Cualquier parecido con los tiempos presentes no es simple coincidencia. El arte, una de las más profundas y francas afirmaciones del espíritu humano, no sólo ha sido usado como subterfugio de evasión y de desviación de la atención social por los grupos de poder, sino, además, como móvil y proyección de causas non sanctas, mejor dicho, infames. De las Cruzadas a las funciones de frontera.

LOS INVERSORES INVASORES

Los invasores de nuestros días tienen caras dispares. Claro que se mantienen aquellos que llegan a bordo de portaaviones descomunales y de los siniestros bombarderos B-52 rodeados de los cazas F-15 y F-18E, pero también asoman con disfraces más presentables, en las fases de la preparación del terreno y en otras injerencias.

Arriban los nuevos atacantes y abarcan todos los ámbitos, los nacionales, bajo la cubierta de la cooperación internacional o las aportaciones para el desarrollo, y los regionales y locales, con los cuentos del bienestar social, las obras asistenciales o las campañas de concientización.

Invaden barrios y comunas las brigadas de científicos sociales que hablan en inglés o en un español escarpado e incomprensible, misioneros de nuevo cuño y evangelizadores del viejo, voluntarios que no saben bien a qué se regalan ni para qué, encuestadores preguntando lo que no necesitan con el pretexto de hacer lo que no harán y agentes del orden con peores fachas que las de los desordenados.

Las grandes agencias donantes de los países industrializados no son tantas, pero están en todas partes y rodeadas de otras miles de medianas y pequeñas ONG revoloteando a la espera de migajas que suponen muchos millones de dólares.

En América Latina, desde 1934, abrió el aciago camino el Instituto Lingüistico de Verano (SIL International) con sus cruzadas de miedo y su interculturalidad de búmeran.

Los nuevos redentores deambulan por los lugares más impensados de todos los continentes, en particular, de Asia, África y América Latina, con sus ONG asentadas no tan lejos de las riquezas naturales del globo, domesticando tribus y amaestrando comunidades, e inmiscuidas de manera soterrada en los asuntos políticos nacionales más alejados de su objeto. Lo que en el argot popular se conoce como injerencia.

LA USAID NO USA ID

El organismo más cuestionado en nuestra región, sin duda alguna, es la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que, en la faceta atrayente, reparte limosnas y es especialmente activa en países con gobiernos no alineados con Washington.  

En sus múltiples intervenciones, la USAID obra de la mano con otros organismos igual de solapados, como la Compañía de Desarrollos Alternativos (Development Alternatives, Inc., que ahora se hace conocer sólo con el mote de DAI).

La USAID, así mismo, trabaja hombro a hombro con instituciones estadounidenses gubernamentales de conspiración abierta, como el Instituto Republicano Internacional (IRI), con un alevoso historial que comprende acciones desestabilizadoras durante la mal llamada Primavera Árabe (Egipto), Honduras, Haití, Polonia y Cuba; como la Fundación Nacional para la Democracia (NED), que ante la mala imagen de la CIA la reemplazó en la tarea de llevar su arrevesada visión de la democracia por el mundo.

Y, desde luego, como la propia CIA, con la que se asoció desde recién nacida, en las décadas del sesenta y setenta, al punto de afirmarse que actúa como el frente civil de la agencia de Inteligencia.

La USAID ha recurrido a los más inesperados y variopintos planes de conspiración e injerencia, tales como el adelanto de programas de prevención del VIH o la creación de redes de medios sociales al estilo de Twitter (el proyecto Zunzuneo), en Cuba. O las falsas operaciones de salud, campañas de vacunación contra la hepatitis B y vacunas contra la poliomelitis, en Paquistán y Afganistán.

Uno de los lugares donde la intrusión ha sido enfática y constante es Venezuela. Una fachada para las operaciones encubiertas estadounidenses. A través de la Oficina de Iniciativas de Transición (OTI), de la DAI, del IRI, de la NED y de una larga serie de secuaces, la USAID ha ejercido influencia en los procesos electorales con multimillonarios aportes a los partidos y los líderes opositores.

Participó en el golpe de Estado de 2002 al presidente Chávez y no ha dejado de hacerlo en las posteriores protestas y en los sabotajes que, en el desespero de no conseguir lo propuesto, de año en año fueron más agresivos, escindieron la población y condujeron al país a la situación presente.

Actuaciones que no son habladurías o rumores y de las que hay contundentes evidencias, que no viene al caso relatar porque están lo suficientemente detalladas y comprobadas, y jamás han sido denegadas por nadie, ni por los sobornadores del Norte ni por los sobornados en Venezuela.

Basta con hacer referencia a los documentos que la embajada de EE.UU. en Caracas ha enviado a la Secretaría de Estado y la Casa Blanca, divulgados por Wikileaks, que dan cuenta en informes, cables y correos de las estrategias seguidas y las orientaciones a seguir.

El entramado ha comprendido un sinnúmero de maniobras, captación de estudiantes y líderes políticos, grupales y barriales; fundación y control de las ONG para penetrar las bases sociales; infiltración y torpedeo de las estructuras socialistas de base; generación de descontentos; sabotajes, chantajes y corrupción.

La USAID ha administrado y ejecutado internamente lo que afuera coordina la diplomacia estadounidense en confabulación con los líderes venezolanos opositores en el exilio y los gobiernos de derecha del vecindario, en particular, el colombiano.

DE LA AYUDA HUMANITARIA, ¿QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?

La ayuda humanitaria que está llegando a Cúcuta no la trae ninguno de los organismos internacionales calificados para el efecto, como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) o el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

No están coordinando algo la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) de la Secretaría de las Naciones Unidas, el Fondo Central de Respuesta a Emergencias (CERF), o la Organización Mundial de la Salud (OMS), en lo relacionado con la ayuda sanitaria.

Ni participa la Organización Panamericana de la Salud OPS, sede en Washington, con el Programa de Emergencias y Desastres (PED-OPS) y sus Equipos Regionales de Respuesta (ERR). Ni siquiera las cuestionadas organizaciones Médicos sin fronteras, Save the Children o la británica OXFAM han asomado.

La artificiosa ayuda humanitaria aterriza en tres aviones de transporte militar pesado Boeing C-17 Globemaster III de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, procedentes de bases aéreas de ese país (Homestead, en Miami).

El mismo avión que se utilizó para el transporte de pertrechos militares y ayuda humanitaria durante la invasión de Afganistán (Operación Libertad Duradera para el gobierno de George W. Bush) y en la invasión de Irak (Operación Libertad para Irak), así como en las mayores movilizaciones de paracaidistas y otras grandes operaciones aerotransportadas.

De estos descomunales aviones, de los más grandes jamás construidos, capaces de llevar juntos un tanque de batalla de 70 toneladas M1 Abrams y a Elliot Abrams, descienden las cajas con papel higiénico y bolsas de sal y arroz empacadas y selladas por la USAID, entidad que ahora anda necesitada de acciones que le justifiquen la subsistencia y los recursos.

Tan sospechosa resulta la susodicha ayuda humanitaria de que no lo sea o de que sea otra cosa, que la Federación Internacional de la Cruz Roja (FICR) y las contrapartes en Colombia y Venezuela manifestaron que no participan en el espectáculo mediático porque no encaja dentro de lo que la veterana institución considera como ayuda humanitaria.

Puede que alguien vaya de casa en casa por el condominio (en los Estados Unidos) o el inquilinato (en América Latina) dando explicaciones y razones para justificar que va a incendiarle la casa a uno de los vecinos, pero creo que nadie hará lo mismo para contar que le va a obsequiar una galleta.

Esos donativos desdeñables son una galleta partida. Veinte, treinta o cien millones de dólares, frente a los treinta mil millones que ansían robarse. Un platal que les hace la boca agua y canciones.

2019 abrió con la enésima visita del Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, a la región latinoamericana. Estuvo en Brasil en la investidura presidencial de Jair Bolsonaro, y, de paso, arrimó a Cartagena para hablar con el presidente Iván Duque sobre Venezuela.

Ahora el vicepresidente Pence anuncia que participará en una nueva reunión del Grupo de Lima para abordar, otra vez, “la trágica crisis humanitaria y de seguridad en Venezuela”.

Altos funcionarios del Gobierno estadounidense viajan de forma intempestiva y hacen atípicas visitas a países de América Latina que hasta hace poco no les llamaban la atención, y a cuyos gobiernos, en teoría aliados, tratan como se lo merecen: con el mismo desprecio con que Trump atendió a Duque en Washington.

En la agenda previa de la fecha fijada para el ingreso a Venezuela, por las buenas o a las malas, de la ayuda humanitaria, circula por Bogotá, Brasilia y Curazao nada menos que el jefe del Comando Sur de los Estados Unidos, el almirante Craig Faller.

Las contrapartes locales se sienten distinguidas y los grandes medios del cobertizo juzgan normal que un militar, tan de blanco como las romanas de luto de Plutarco, promueva por las inmediaciones el golpe militar que no se han atrevido a darle a su presidente en casa, al que el estamento militar considera un imbécil y como tal lo ha tratado desde que asumió la presidencia.

LA ENCRUCIJADA DE LA INVASIÓN MILITAR

No pocos expertos en geopolítica consideran que los Estados Unidos no invadirán militarmente a Venezuela puesto que la sensatez así lo indica, como si la sensatez tuviera un puesto significativo en los juegos del hambre, la guerra y don dinero.

O porque los más fáciles escenarios simulados muestran un sinfín de desgracias en el supuesto de hacerle caso a Rubio y perpetrar sus ambiciones, que dejarían al país con los panoramas desoladores que estamos cansados de ver en Siria, Afganistán, Sudán, Yemen, Libia, Irak.

Las guerras contemporáneas son un divertido videojuego para quienes intervienen en ellas desde lejos, acomodados en poltronas, frente a pantallas táctiles de setenta u ochenta pulgadas y aferrados como energúmenos a joysticks, gamepads y demás periféricos hápticos.

Pero constituyen una tragedia para los pueblos arrastrados a ellas. Las circunstancias de una guerra no pueden concebirse con base en el menor daño imaginable sino a partir de las calamidades más inimaginables.

Que serían, además, por igual para los venezolanos de lado y lado, ya que las bombas inteligentes no perseguirán sólo a los que portan el “carnet de la patria” o las lluvias de misiles se contentarán con salpicar los pies miserables de los aliados de Maduro. Plomo es plomo, chamo, aunque seas muy “sifrino”.

Máxime, al tener en cuenta que si un ataque estadounidense pretende convertirse en una invasión a gran escala requerirá de arremetidas masivas, que les permitan, a los misiles de crucero de los bombarderos, penetrar los sistemas de defensa aérea rusos que posee Venezuela. Que no son cualquier cosa.

SOBRE LA MESA O BAJO LA MANGA

Algunos congresistas, como el demócrata Ro Khanna, se han encargado de recordarle al autoproclamado “presidente encargado” Juan Guaidó que él no es quien autoriza una intervención militar estadounidense en Venezuela, sino el Congreso estadounidense.

Algo que parece lógico, pero que no lo es. Si don Juan Guaidó se trepó a una tarima en medio de una marcha y se autoproclamó presidente del país no fue por la efervescencia y el calor del momento, sino porque así había sido resuelto de antemano por los regentes en Washington.

Por lo que si él mismo señor dijo lo que dijo, de que las tropas estadounidenses pueden entrar a Venezuela cuando se les ocurra, no es porque él haya tenido la deslumbrante idea de repente, sino porque así lo dictaminaron en la Casa Blanca y en los departamentos de Estado y Defensa.

En términos constitucionales el gobierno de Donald Trump tendría que solicitar antes el aval del Congreso para llevar a cabo cualquier acción demencial de envergadura.

Siquiera, debería darles algún indicio por Twitter a los desvelados congresistas, unos sume que sume las dádivas perdidas de Amazon y los lucros de una nueva guerra, otros ocupados en abultar más las criminalizaciones caseras de negros y latinos o en frenar los planes verdes de Alexandria Ocasio-Cortez que en pensar en uno más de los ochenta desmadres militares (Savell, 2019) que tiene en vigencia su actual presidente por los cinco continentes.

No creo que el señor Guaidó sea apenas un títere de los Estados Unidos, pero, en cambio, sí estoy seguro de que sólo mueve la quijada de palo cuando los ventrílocuos en Washington le proyectan la voz.

Pero ni Pence, ni Bolton ni Abrams son ventrílocuos fabulosos como Jeff Dunham, Terry Wayne Fator o Jay Johnson; les va mal en la delicada arte de la ventriloquia y en las entrevistas con Fox News mueven las bocas entreabiertas más de necesario.

Por lo que el señor Guaidó no está autorizando nada, pero sí sigue adelante con la porfía retórica del Gobierno de los Estados Unidos de que todas las opciones están sobre la mesa, que en realidad quiere decir bajo la misma.

Y del mismo modo que el Congreso de los Estados Unidos tendría que autorizar la eventual invasión a Venezuela, junto a la figura de la Seguridad Nacional, que todo lo permite, existe la de la seguridad operacional, que todo lo puede, gracias a la que los militares tienen la potestad de clasificar (ocultar, retrasar, diluir) la información a  discreción y conveniencia. Un hueco de la inmunidad en el que cabe cualquier desafuero.

AL MARGEN DEL DIÁLOGO

El reciente proyecto de golpe de Estado en Venezuela de las autoridades norteamericanas, que, insisten, no descarta la invasión militar, no se enmarca, insisto, dentro de la Constitución estadounidense. Dicho y rotundo.

No se relaciona en lo más mínimo con la siempre invocada Seguridad Nacional y tampoco tiene que ver con asuntos de ayuda humanitaria ni con el interés por la suerte de los venezolanos, a los que ellos mismos han vuelto más pobres con sus medidas improcedentes.

No se preocupan por los ciudadanos pobres de ningún sitio del patio trasero latinoamericano o del potrero que ha sido el mundo para los sucesivos gobiernos republicanos y demócratas; no lo han hecho antes y no lo hacen hoy en día.

En el plan de rediseño racial del Gobierno de Trump no figura la idea de angustiarse por los pobres propios, que suman cuarenta millones de personas, la mitad en pobreza extrema, mucho menos va a implicar atormentarse por los depauperados ajenos y mestizos.

Al igual que en los casos de Irak, Afganistán y Libia, todo se basa en fotos montadas y montajes mediáticos.

Los Estados Unidos patearon el acuerdo nuclear con Irán, oficialmente, el Plan Integral de Acción Conjunta, de idéntica manera a la que le ordenaron a sus pupilos en República Dominicana que patearan la mesa de negociaciones unos minutos antes de firmar lo recién convenido con los delegados gubernamentales de Maduro.

Lo hicieron para venir a dar a los mismos puntos escabrosos en los que nos tienen parados por estos días, lapso que puede ser de meses u otros años, con un Oriente Medio más inestable que nunca y una Latinoamérica igual de convulsa que antes.

En Venezuela, los opositores optaron por elegir las trochas golpistas por las que ahora transitan, tan polvorientas como las de la frontera colombo venezolana, a través de las que esperan contrabandear las ayudas humanitarias de la USAID para revenderlas en Ureña, Táchira y alrededores.

LLAMADOS DE LA SELVA

Es probable que el Gobierno estadounidense no contara con que la única puerta que le quedaría entreabierta para derrocar al presidente Maduro, al final de la alharaca, fuera la de la invasión militar, la que estaba de primera entre las amenazas y de última entre las opciones reales.

Y, por demás, que esa opción no fuera la salida con puertas eléctricas de centro comercial de las películas, sino un riesgoso túnel oscuro para cruzarlo a rastras.

De varias desembocaduras a la final quedó apenas el socavón de los misiles. Hubo detalles que los colaboradores de Trump no calcularon, tal vez porque fueron los personajes apropiados de épocas pasadas, en los años ochenta, cuando las guerras eran en blanco y negro y el mundo era menos cuántico, y no lo son tanto de los tiempos que corren.

Resulta que los militares venezolanos no acudieron precipitados al llamado de la selva de los halcones y no tumbaron de un escopetazo a su presidente real y legítimo, y tampoco le hicieron caso a las intimidaciones cantinflescas de Guaidó, el personaje secundario extraído de The Walking Dead (Los muertos vivientes), quien a golpe de repetir mentiras se está creyendo el héroe del mundo postapocalíptico en que vive.

Es más, una Fuerza Militar Bolivariana que dejó pasar como si nada las órdenes explícitas del impecable almirante Faller, el Comandante del Comando Sur, al igual que las conminaciones del General de Ejército Luis Navarro Jiménez, Comandante General de las Fuerzas Militares de Colombia, en el sentido de que los militares venezolanos serán los responsables de las barbaridades que el estadounidense y el colombiano puedan practicar en el territorio ajeno, so pena de ser acusados de desacato injerencista.

Probablemente, por la prófuga exfiscal acusada de corrupción Luisa Ortega Díaz, la fiscal inercial de un régimen virtual, antes que autoproclamado, autoimpuesto y de impostura. Y que de no ser por el saqueo de dólares que ha empezado a consumar con el Gobierno de los Estados Unidos y desde los Estados Unidos hasta el Reino Unido y donde alcancen, sería de chiste.

Después de esto y de que en calles y barriadas más de la mitad del pueblo venezolano siguiera siendo chavista y madurista, y prefiriendo ese mixtifori del socialismo del siglo XXI al empíreo nebuloso y falso de los opositores excluyentes a los que tumbaron de su cielo hace dos décadas, y aunque en la realidad virtual de la Casa Blanca y de los medios hegemónicos de todas partes el 99 % de los venezolanos odiaran al Maduro que conocen y por el que votó más del 60 % de la población, y amaran al Guaidó que, con excepción de su familia, su grupúsculo político extremista y marginal, unos pocos tirapiedras de revueltas y los profesores gringos que lo adiestraron, nadie había oído hablar antes, después de todo esto, digo, se cocieron en su propia caligrafía caliente las notas cuidadosamente descuidadas del señor Bolton.

5000 trops to Colombia, lo que en la escala de lo terrible sólo tiene por encima la momentánea confusión que se puede tener al leer de una ojeada los garabatos de John Bolton: 5000 Trumps to Colombia. Pero la calculada amenaza no llega a tanto, de seguro porque la élite estadounidense sabe que los colombianos ya tienen muchos más de esos en las filas del Centro Democrático, el partido para el que trabaja en Colombia el presidente Duque.

Una cifra que confundió al viejo delfín de la politiquería colombiana, el canciller Carlos Holmes Trujillo, el cual, entrampado en la rueda de prensa que él mismo convocó, no dejó claro si no lo sabía por despistado o si estaba al tanto y entonces él y el Gobierno que representa son lo que sus compatriotas llaman “un regalado”, es decir, un entregado.

O si pensaba que serían muchísimos más, puesto que cinco mil son los marines que él tiene entendido que van y vienen por Cúcuta desde hace días, vestidos de civil y chapoteando el inglés despacioso y flemático de los súbditos de Inglaterra, creyendo que así los entienden los hispanohablantes de esa tierra calurosa. 

El primer tiro del alto Gobierno estadounidense se le fue por la culata y los siguientes se les irán también. Lo han intentado con caravanas de confites y confetis, y señuelos musicales oprobiosos e indignos.

Lo problemático no es que los gringos y los criollos de la élite aparenten saciar la penuria que provocaron con golosinas y en medio de las cámaras. Lo grave es que hay gente que de verdad tiene hambre y está enferma y se está quedando sin los alientos de la esperanza, que no se alojan en unos embelecos personales, sino el futuro del país.

SUENAN LOS TAMBORES DE LA GUERRA

Cuando la democracia solamente es una excusa para despojar; la justicia, otro soporte de la opresión, y cuando la solidaridad es amenaza y la ayuda huele a chantaje, no hay algo podrido en Dinamarca. Es que Dinamarca está podrida de cabo a rabo.

No huele bien el generoso sin la generosidad y huele repugnante el canto sin su transparencia. Y no exhala flores un multimillonario inglés al que de buenas a primeras le importa lo que sucede más allá de su emporio.

Si un magnate renuncia a un despintado dólar es porque le representa miles en rebajas impositivas. Si dona un millón en Estados Unidos, la Reserva Federal imprimirá apresurada miles de millones que irán a dar a sus caudales y que, más temprano que tarde, pagarán de dólar en dólar los paisanos de a pie.

Si se trata de un país como Colombia, más difícil imaginarlo, porque ninguno lo hace ni siquiera para disminuir impuestos, sencillamente, porque el estado hace diligente las reformas tributarias para no cobrárselos.

¿De veras alguien creyó el cuento de que Mark Zuckerberg y la doctora Priscilla Chan donarían el 99 % de sus acciones en Facebook, unos cuarenta y cinco millones de dólares, según sus palabras, “para la puesta en marcha de un proyecto que impulsa la equidad y el potencial humano”?

A pocos días del impactante anuncio, aclaró que lo haría de forma paulatina y a lo largo de su existencia. ¿Y si el señor Zuckerberg logra embolsarse una longevidad eterna como la de Warren Buffett, otro filántropo destacado? Grave para la equidad mundial.

Lo cierto es que se trata de un dinero que sale por un lado en menores cantidades de las que se anuncian y entra por otros acrecentado y rodeado de oportunidades: adiós a las rendiciones de cuentas minuciosas, imagen pública remozada, gabelas y prerrogativas tributarias, expandida influencia política, en fin.

Comerse el cuento de los filántropos caritativos es tan ridículo como creer que el señor Richard Branson convocó al concierto “Venezuela Aid Live” en la ciudad fronteriza de Cúcuta, en Colombia, por noble causa y no por lo que es: oportunismo en el presente con vistosas expectativas comerciales para el mañana.

“Queremos que sea un evento alegre”, cita el diario peruano El Comercio que comentó Branson. Y cómo no va a serlo si el magnate lleva un buen tiempo haciendo cuentas alegres. Por suerte para el pueblo venezolano, el señor Branson se quedará con los crespos hechos. Virgin tampoco pasará.

EL CANTO AL ATAQUE

Terminó atacando primero la treintena de cantantes del “Venezuela Aid Live” que los reniegos de Duque, las ganas de Bolsonaro, las balas de Abrams y las piedras de Guaidó.

En el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II efectuó un mea culpa por los crímenes cometidos por la iglesia católica a lo largo de los tiempos, e incorporó las violencias cometidas en las Cruzadas (Clarín, 2000).

El Gobierno de los Estados Unidos y sectores opositores venezolanos están echando mano de una idéntica maquinaria propagandística, iguales los trucos y los ardides, a la que uso Urbano II hace casi un milenio para una causa papal de intolerancia y perniciosa.

Los cantantes que secundaron este espectáculo económico y político nunca van a pedir perdón por lo que hicieron ni lo va a pedir nunca nadie en su nombre. Menos aún van a pedirlo quienes los mueven y son la verdadera maquinaria de la guerra.

Ojalá sea porque en medio de todo, de las zozobras y de la música puesta de ayudante del resentimiento y los intereses maquiavélicos, nunca haya un solo muerto, y no porque en nombre de la falacia a nadie le importen quién sabe cuántas víctimas, como están y siempre estarán frescos en la memoria los cientos de miles de caídos en Siria y Libia.

Los dólares no se ponen yertos en las cunetas y los muertos no son simples papeles que se emiten. Es al contrario. Los artistas que han sido cómplices del club de malosos que organizó el descomunal evento en un abrir y cerrar de ojos saben lo que hacen y el fuego que atizan.

A lo mejor no son tan malévolos como sí lo son de malogrados cantantes, y a pesar de que Juanes sea un camicia nera criollo, Vives un chupasangre de las viejas glorias del vallenato, Bosé un misógino bandido y Amante bandido, su tema lanzado en 1980, a los pocos años de comenzar las cuatro décadas que lleva de carrera artística, la última canción buena que se le recuerda, puesto que Amiga fue de 1977.

Y aunque el Puma sea el mismo Puma que cantaba más alegre que Branson junto a doña Victoria Eugenia Henao de Escobar, cuando todavía no era la viuda del Capo di tutti capi de Medellín y todavía era legal asistir vendado y cantar a oscuras en sus francachelas clandestinas.

O sea el que cantaba emocionado en Viña del Mar Aquí se respira amor en la plena dictadura sangrienta de Augusto Pinochet, quien veía el espectáculo desde el sillón presidencial sin presagiar que se le embrollaría el poder por culpa de otro Puma, el helicóptero a bordo del que su comandante del Ejército había ejecutado las macabras caravanas de la muerte, como lo narró con pormenores la periodista Patricia Verdugo (1989).

Pinochet, el general chileno que, con excepción del infarto del miocardio que lo mató, lo tuvo y obtuvo todo de facto. Tal cual lo que les gusta a los promotores del evento de manipulación de Cúcuta.

Si bien Branson es dueño de Virgin Records y maneja cantantes internacionales de primera línea, no sé qué tanto sabe de música en últimas. Lo sabrán acaso algunos de los músicos y cantantes que cantaron por él y para él. No importa. Lo que sí se sabe es que se hizo a la compañía procediendo como pirata y que jamás ha dejado de acrecentarla fungiendo de filántropo.

Dice el Maestro de Música al Maestro de Baile en El burgués gentilhombre refiriéndose al grotesco Monsieur Jourdain: “Entiende mal, pero paga bien, que es para nosotros lo más importante” (Molière, 1940: 55). Así es.

Sabemos bien de qué lado está y dónde se halla el dominio comercial de la música de la región en todas las procedencias, géneros y reguetoneos: en Miami, donde cantan fuerte los encarnizados exilios cubano y venezolano.

Sobra añadir algo más. A nadie le importa la suerte nutricional de los venezolanos que se desmadraban por ver a unos artistas que lo mismo cantarían al otro lado si Miami, los mercadeos y las casas matrices los dejaran ir.

Eso explica por qué los artistas confirmaban la asistencia antes de invitarlos y por qué salieron como almas que llevara Trump más de treinta hacia Cúcuta, una ciudad de asiduo olvido, parasitaria y paraca (buena parte del comercio a cargo de traficantes, narcos y paramilitares), de la que Bogotá se acuerda cada que quiere fijar la atención nacional en los vecinos y desviarla del propio y desarreglado país.

Se explica y entiende, pero nada lo excusa. Ni la plata ni la obediencia, ni el contrato, ni el clasismo, ni la ignorancia. Creo que jamás cliquee un “me gusta” a ninguno de los treinta y tantos cantantes del Aid Live en las redes, que los nutren e inflan. No lo hice antes por desinterés y a partir de ahora no lo haré por afluencia de convicciones. No tendrán ni un “Like” humanitario.

Fueron claramente malintencionados los fines del evento mediático de Trump, Branson, Abrams y demás apegados a la causa golpista. Y estuvo buena jugada del Gobierno del presidente Maduro de responderle a la música de la guerra con música de paz.

Música a ambos lados del puente. De este lado nadie anunció el concierto ni dio noticias de él, ningún medio colombiano lo destacó y los políticos en el ruedo lo obviaron. Pero todos sabían que ahí estaba como incomodidad y presencia, y tal como la otra cara de la luna.

DETRÁS DEL ESTRUENDO

Los mayores riesgos que afrontan la paz y el futuro de la humanidad en la actualidad ni siquiera gravitan en torno al complejo industrial armamentístico, cuyos afanes particulares mueven a discordias y cientos de conflagraciones, y que rondan como buitres desde hace casi un siglo.

Tampoco está en las historias de desavenencias entre tantos pueblos, o en los odios étnicos y raciales ancestrales, o en las pasiones sórdidas de algunos gobiernos remotos y vecinos, o en las avaricias sin límites de las corporaciones trasnacionales que fabrican las naves espaciales o los pañales, o en la impresentable esencia misma del capitalismo que nos liquida a plazos.

El riesgo fundamental está en el mundo maravilloso que las élites concatenadas de unos cuantos países han edificado sobre las tambaleantes bases de la especulación. Un engranaje de embustes que se mueve demasiado rápido y que nadie se atreve a parar porque entiende que nada lo parará ni a moderarle los ímpetus con el palo atravesado porque sabe que sería triturado.

Hasta que se acaben, y se acaban porque se acaban, los enredos que tapan las patrañas que envuelven las falsedades que esconden los infundios que no dejan ver los engaños que… Hasta que no quede sino, llana y definitiva, la verdad, y entonces se venga al piso la tramoya.

Es el peligro incuestionable que enfrenta Venezuela hoy en día. Que a los pistoleros del alto Gobierno de los Estados Unidos se les terminaron las mentiras. Y no hay nada peor que un cuatrero desocupado y sin fondos. Make you a great cowboy again (hazte un gran vaquero otra vez). Y es lo que están haciendo, adentro, adoptando las medidas racistas y excluyentes que enardecen ánimos y votos, y, afuera, haciendo lo que dijeron que no harían y viceversa.

Han acrecentado el estruendo y acentuado las amenazas. La desconfianza va y viene por el mundo, las incertidumbres económicas y políticas recorren los mercados, la inestabilidad campea a sus anchas.

En la desesperación, los Estados Unidos están atestados de contradicciones. Si continúan con el fardo de la OTAN a cuestas sigue el desangre, pero si la sueltan pierden por entero su control y el bastante disipado de Europa. Les conviene abandonar Siria, pero de hacerlo quedarían con menor influencia en una zona clave y candente. Sostienen que allí vencieron a los terroristas que crearon y financian, y pregonan que ganaron la guerra, sin embargo, ni Rusia ni Turquía, ni Irán ni la propia Siria, cuyo Gobierno les apetecía tumbar, los invitaron una sola vez a la mesa de las conversaciones de paz.

No obtienen los consensos que requieren en la ONU para invadir a Venezuela y, para colmo, ni siquiera en una organización de garaje como la OEA, con un secretario general de bolsillo como Luis Almagro y los países del llamado Grupo de Lima de segundones, lograron el reconocimiento de su guardado (Guaidó) como presidente.

En la empecinada guerra comercial que libran desde hace un año, los Estados Unidos se han mostrado decididos a golpear a China por todos los flancos. Del acero al aluminio; de las transferencias tecnológicas y las artimañas de la propiedad intelectual a lo financiero; de la detención de Meng Wanzhou, directora de finanzas de Huawei e hija del fundador de la compañía, al derrocamiento del presidente Nicolás Maduro en Venezuela.

Mas esa es una guerra que no es tan fácil como la creyeron. Buena parte de las medidas han tenido un efecto búmeran. Pero no sólo retornan los aranceles impuestos con distintas complejidades. Lo malo es que los miedos arrojados aquí y allá, tarde o temprano, también vuelven y espantan.

Los Estados Unidos tienen diagnosticada con absoluta claridad su crisis. Con un dedo no se tapan el sol ni una deuda astronómica cuatro veces por encima del PIB mundial y que tiene vuelta una cáscara de huevo la solidez del dólar, moneda que ha mantenido su hegemonía sobre la base exclusiva de la confianza y las armas. La confianza se fue. ¡Make them trust us! (¡haz que confíen en nosotros otra vez!). Quedan las armas. Ya no como móvil, sino como solución. ¡Vaya remedio!

DEL LOCO AL HECHO…

Puede que Trump esté loco por querer hacer algo que ya no se puede conseguir: ¡Make America Great Again! (¡Haz a los Estados Unidos grandes otra vez!). Unas ideas descabelladas que para que no lo fueran tendrían que haberse emprendido hace años, digamos, después de concluida la Segunda Guerra Mundial, cuando impusieron los acuerdos de Bretton Woods y el dólar, y los Estados Unidos se percibieron a ellos mismos como los dueños del mundo.

O a comienzos de los años setenta, cuando se creyeron los ladrones más listos del mundo y a través del Nixon Shock mandaron al traste los acuerdos de Bretton Woods y el patrón oro. O abriendo la década del noventa, cuando se disolvió la Unión Soviética y los Estados Unidos no se percataron de que el trampolín neoliberal al que se subían daba directo al tobogán de bajada de la globalización que ahora les incomoda.

Todo muestra, en todo caso, cuán poca razón tienen los estadounidenses que alaban a Trump por querer lo que quiere y que no tienen mucha más los que lo vituperan por lo mismo. A estas alturas, él no es más que el loco que pone nerviosos a los demás locos.

Aguardemos que los gringos y los cerriles opositores venezolanos no empiecen una peligrosa medianoche en un mediodía de estos. Un cuestionamiento adicional para Plutarco.

Bibliografía:

Escrito por: Juan Alberto Sánchez Marín

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