Por: Xavier Villar
Pero detenerse en este nivel de análisis, por importante que sea, significa perder de vista lo que constituye quizás la dimensión más profunda de la transformación en curso: la derrota discursiva de Estados Unidos, entendida como la pérdida de su capacidad para imponer cómo se ve el mundo, cómo se organiza la región, qué narrativas estructuran la realidad política.
Un discurso podría compararse con un filtro que llevamos inconscientemente y que determina cómo se nos presenta aquello que consideramos realidad: qué vemos o dejamos de ver, qué destacamos y qué volvemos invisible, qué significado tienen para nosotros las cosas que percibimos.
Aplicado a la guerra contra Irán, esto significa que los cambios materiales (la destrucción de bases militares, el cierre del Estrecho de Hormuz, la paralización de las monarquías del Golfo Pérsico) funcionan como momentos ónticos de una transformación ontológica más profunda. Estos acontecimientos no simplemente revelan una nueva distribución del poder militar. Revelan que el discurso que estructuraba la región (el discurso que hacía de Estados Unidos el garante de seguridad, de las monarquías del Golfo Pérsico los actores legítimos, de Irán la amenaza irracional) ya no puede sostenerse frente a la evidencia material de su fracaso. Y cuando un discurso colapsa, colapsa también la realidad que ese discurso creaba.
La Arquitectura Securitaria como Discurso Materializado
La destrucción de la arquitectura securitaria estadounidense en el Golfo Pérsico debe entenderse en primer lugar como colapso de un discurso específico sobre cómo debía organizarse la seguridad regional. Durante varias décadas, Washington estructuró el Golfo Pérsico mediante un marco discursivo que operaba simultáneamente en varios niveles. En el nivel más visible, este marco presentaba a Estados Unidos como proveedor neutral de estabilidad, como potencia benigna cuya presencia militar garantizaba el flujo energético global y protegía a estados pequeños de amenazas regionales. En un nivel menos visible pero igualmente fundamental, este marco estructuraba una geografía racial del poder: ciertas monarquías (las que aceptaban integración en el orden liberal, las que vendían petróleo en dólares, las que alojaban bases estadounidenses) eran tratadas como actores legítimos; Irán, que rechazaba esa integración, quedaba marcado como amenaza irracional que debía ser contenida.
Las bases militares estadounidenses en la región (Al-Udeid en Catar, Al-Dhafra en Emiratos, instalaciones en Baréin, Kuwait, Arabia Saudí) no eran simplemente infraestructura militar. Eran la materialización de este discurso. Su presencia física proyectaba una narrativa sobre quién garantizaba la seguridad, quién poseía el derecho de desplegar fuerza, bajo qué condiciones esa fuerza podía ser empleada. Cuando Irán atacó estas bases durante la guerra, cuando demostró capacidad para neutralizarlas, cuando las monarquías del Golfo Pérsico descubrieron que Washington no podía o no quería protegerlas de represalias iraníes, lo que colapsó no fue simplemente capacidad militar. Colapsó la narrativa que hacía inteligible la presencia militar estadounidense como fuente de seguridad.
Los países del Golfo Pérsico se han dado cuenta de que no pueden impedir, ni siquiera con el apoyo de Estados Unidos, que Irán se convierta en una potencia central en la región, ni pueden confiar en Washington para protegerlos. Esta comprensión no constituye simplemente ajuste pragmático a una nueva distribución de capacidades militares. Constituye reconocimiento de que el discurso que estructuraba sus relaciones con Estados Unidos (el discurso de la garantía de seguridad, del paraguas protector, de la alianza fiable) ya no corresponde a la realidad material. Y cuando el discurso y la realidad material divergen tan dramáticamente, el discurso debe ser abandonado o transformado.
Esta transformación tiene implicaciones que trascienden la región. Durante décadas, el sistema del petrodólar funcionaba como mecanismo mediante el cual el discurso estadounidense sobre el orden económico global se materializaba. Las monarquías del Golfo Pérsico vendían petróleo en dólares, reforzando el papel central de la moneda estadounidense en las finanzas globales. Este arreglo descansaba sobre la garantía de seguridad estadounidense. Cuando esa garantía se revela insostenible, cuando las monarquías buscan diversificar sus relaciones de seguridad, cuando China emerge como mediador diplomático creíble en la región, el sistema del petrodólar pierde uno de sus pilares fundamentales. El discurso que naturalizaba el dólar como moneda de reserva global, que presentaba la integración en el orden financiero estadounidense como inevitable, comienza a erosionarse.
El “Pivot to Asia” como Fantasía Discursiva
El pivot to Asia, reafirmado en la doctrina de seguridad nacional de la administración Trump como uno de los objetivos estratégicos prioritarios, constituía un intento discursivo de reorientar la política exterior estadounidense hacia lo que Washington identificaba como el principal desafío geopolítico del siglo XXI: el ascenso de China. Este pivote descansaba sobre varios supuestos discursivos. Primero, que Estados Unidos poseía la capacidad de elegir dónde concentrar sus recursos militares y diplomáticos. Segundo, que se podría estabilizar lo suficiente Asia Occidental para permitir ese pivote. Tercero, que la presencia militar reducida en la región sería suficiente para mantener el orden existente.
La guerra contra Irán ha revelado que cada uno de estos supuestos era fantasía discursiva. Estados Unidos no posee la capacidad de elegir libremente dónde concentrar recursos cuando adversarios regionales pueden imponerle costes que obligan a responder. La región no puede ser "resuelta" mediante fórmulas que ignoran la agencia de actores como Irán que rechazan la integración en marcos estadounidenses. La presencia militar reducida no puede mantener un orden que descansaba sobre amenaza creíble de fuerza abrumadora.
El resultado es que Estados Unidos se encuentra atrapado en Asia Occidental precisamente cuando su discurso estratégico declaraba prioritario el pivote hacia Asia Oriental. Esta contradicción no constituye simplemente error de cálculo táctico. Revela la brecha entre el discurso estadounidense sobre su propio poder (la narrativa de la potencia global capaz de moldear acontecimientos en múltiples regiones simultáneamente) y la realidad material de sus capacidades limitadas. Cuando esa brecha se vuelve demasiado evidente, cuando el discurso ya no puede ocultar o racionalizar la divergencia, el discurso pierde credibilidad.
Las opciones de Estados Unidos se han reducido dramáticamente. Puede aceptar públicamente la derrota, algo que en Afganistán requirió veinte años. Puede atacar nuevamente a Irán, arriesgando una respuesta que ya ha demostrado capacidad para imponer costes masivos. Puede intentar mantener un statu quo insostenible mientras los costes económicos (precios del petróleo elevados, inflación, presión sobre el dólar) se acumulan. Ninguna de estas opciones permite el pivote hacia Asia que el discurso estratégico estadounidense declaraba esencial.
Esta situación expone algo fundamental sobre cómo operan los discursos hegemónicos. Un discurso hegemónico no simplemente describe la realidad desde una posición de poder. Crea la realidad que describe al hacer que ciertos cursos de acción parezcan naturales, inevitables, mientras que otros parecen impensables. El discurso del “pivot to Asia” creaba una realidad en la cual Estados Unidos podía reorientar su atención hacia Asia Oriental porque ningún actor regional, en Asia Occidental, poseía capacidad de imponer costes que obligaran a Estados Unidos a permanecer militarmente comprometido en la región.
Irán ha demostrado que esta realidad discursiva era ilusoria. Al cerrar el Estrecho de Hormuz, al atacar bases estadounidenses, al mantener esos costes durante cuarenta días, Irán forzó a Estados Unidos a reconocer que no controla la región de la manera que su discurso estratégico presupone. Y una vez que esa falta de control se vuelve evidente, el discurso que la ocultaba pierde poder para estructurar la realidad política.
La Pérdida de Capacidad Nominativa
La derrota discursiva implica que Estados Unidos ya no tiene la capacidad para imponer cómo se ve el mundo, o en este caso más concreto, cómo se organiza la región. Asia Occidental ha dejado de estar configurada de acuerdo con narrativas estadounidenses. Esta pérdida conlleva algo mucho más duradero que una derrota militar. Conlleva que la capacidad de nombrar y por lo tanto de crear realidades ya no está en manos estadounidenses.
Consideremos qué significa perder la capacidad de nombrar. Durante décadas, Washington nombraba a Irán como "estado paria", como miembro del "eje del mal", como "principal patrocinador estatal del terrorismo". Estos nombres no simplemente describían a Irán. Creaban a Irán como objeto de políticas específicas (sanciones, aislamiento, amenaza militar). Al mismo tiempo, Washington se nombraba a sí mismo como "garante de seguridad", como "líder del mundo libre", como potencia cuya presencia militar producía estabilidad. Estos nombres tampoco simplemente describían a Estados Unidos. Creaban a Estados Unidos como sujeto con derechos específicos (desplegar fuerzas militares globalmente, intervenir en conflictos regionales, determinar qué actores políticos eran legítimos).
La guerra ha revelado que estos nombres ya no estructuran la realidad de la manera que Washington requiere. Irán puede ser nombrado como “estado paria” por Washington, pero cuando cierra el Estrecho de Hormuz y mantiene ese cierre durante semanas, cuando ataca bases militares estadounidenses, cuando las monarquías del Golfo Pérsico buscan acomodación con Teherán, el nombre “estado paria” pierde su poder para crear la realidad que pretendía describir. Irán funciona cada vez más como potencia regional central, como actor con el cual otros estados deben negociar, independientemente de cómo Washington lo nombre.
Simultáneamente, cuando Washington se nombra a sí mismo como “garante de seguridad” pero sus aliados regionales descubren que esa garantía no opera durante una crisis, cuando se nombra a sí mismo como potencia capaz de pivotar hacia Asia pero permanece atrapado en Asia Occidental, los nombres pierden capacidad para crear la realidad que pretenden estructurar. El discurso estadounidense sobre sí mismo diverge crecientemente de cómo otros actores experimentan y responden al poder estadounidense.
Esta divergencia constituye derrota discursiva porque el poder hegemónico descansa fundamentalmente sobre capacidad de hacer que el propio discurso parezca natural, obvio, sentido común. Cuando Stuart Hall analizaba la hegemonía, enfatizaba que operaba no mediante imposición coercitiva sino mediante la capacidad de articular el sentido común, de hacer que cierta visión del mundo pareciera la única posible. Estados Unidos ejercía hegemonía en Asia Occidental no principalmente mediante fuerza militar (aunque la fuerza estaba siempre presente como amenaza) sino mediante su capacidad de articular cómo debía organizarse la seguridad regional, qué actores eran legítimos, qué arreglos institucionales eran naturales.
Cuando esa capacidad de articular el sentido común se erosiona, cuando otras narrativas (sobre seguridad regional organizada mediante acomodación con Irán, sobre multipolaridad, sobre el fin del momento unipolar estadounidense) comienzan a estructurar el campo de posibilidades políticas, la hegemonía se desmorona. Y ese desmoronamiento no puede revertirse mediante victoria militar, porque la hegemonía nunca descansaba primariamente sobre capacidad militar. Descansaba sobre capacidad discursiva de hacer que cierto orden pareciera inevitable.
Cuando se dice que las grandes potencias no se declaran sino que se demuestran, esto implica también una demostración discursiva. Las grandes potencias demuestran su estatus no solo mediante capacidad militar o económica sino mediante capacidad de nombrarse a sí mismas, de no ser nombradas por otros, de proyectarse hacia el futuro siguiendo categorías propias. Estados Unidos está perdiendo esta capacidad. Cada vez más, su estatus como potencia hegemónica en Asia Occidental es cuestionado no solo en la práctica (mediante el cierre del Estrecho, mediante la búsqueda de acomodación de las monarquías del Golfo Pérsico con Irán) sino discursivamente. Otras narrativas sobre el orden regional emergen, otras formas de nombrar a los actores regionales y sus relaciones ganan tracción.
Irán, por contraste, ha ganado capacidad nominativa. Puede nombrarse a sí mismo como potencia regional central y ese nombre corresponde cada vez más a cómo otros actores lo experimentan y responden a él. Puede nombrar el cierre del Estrecho como ejercicio legítimo de soberanía sobre espacio estratégico y ese nombre estructura cómo se negocia la reapertura. Puede nombrar a Estados Unidos como potencia imperial en declive y ese nombre resuena con la experiencia de actores regionales que han visto fallar las garantías de seguridad estadounidenses.
Esta redistribución de capacidad nominativa constituye la dimensión más profunda de la derrota estadounidense. Los cambios materiales (la destrucción de bases, el cierre del Estrecho, el fracaso del pivot) son manifestaciones ónticas de esta transformación ontológica más fundamental. El discurso que estructuraba Asia Occidental, que hacía inteligibles ciertas configuraciones de poder mientras volvía impensables otras, ese discurso está colapsando. Y con su colapso, la hegemonía estadounidense en la región se desmorona de manera que ninguna cantidad de fuerza militar puede restaurar, porque la hegemonía siempre fue primero y principalmente discursiva, y solo secundariamente militar.
