Publicada: domingo, 30 de noviembre de 2025 22:42

Irán denuncia el legado del terrorismo químico de Sadam, facilitado por potencias occidentales, mientras reclama justicia para miles de víctimas.

Por: Ivan Kesic

En una conferencia reciente celebrada en La Haya, Irán fue elegido por unanimidad para integrar el Consejo Ejecutivo de la Convención sobre Armas Químicas (CAQ), decisión que el ministro de Asuntos Exteriores Abás Araqchi calificó como “un paso significativo para todos los que creen en un mundo libre de armas químicas”.

“Como nación que ha sufrido profundamente los ataques químicos de Sadam durante la guerra de 1980–1988 contra nuestro pueblo, Irán carga con heridas perdurables que aún afectan a decenas de miles de víctimas y sus familias”, escribió el máximo diplomático iraní en una publicación en X tras concluir la conferencia.

Araqchi estuvo acompañado en La Haya por Kamal Hoseinpur, parlamentario por Sardasht, ciudad que, según el canciller, “se erige como un símbolo global de resistencia, sufrimiento y exigencia de justicia”.

“El pueblo de Sardasht soportó ataques químicos cuyas consecuencias persisten hasta hoy, agravadas por las injustas sanciones de Estados Unidos que restringen el acceso a medicinas y atención médica esenciales”, afirmó.

Este domingo, mientras el mundo conmemora el Día de Recuerdo de las Víctimas de la Guerra Química, para los iraníes los acontecimientos de Sardasht en el verano de 1987 no son un recuerdo histórico remoto, sino un legado vivo, inscrito en los cuerpos y en la vida de quienes sobrevivieron.

El 30 de noviembre marca un momento solemne para honrar a quienes han padecido una de las formas de violencia más bárbaras de la humanidad y reafirmar el compromiso internacional de impedir su retorno.

Sin embargo, para Irán esta conmemoración adquiere un peso especialmente doloroso. La República Islámica sigue siendo la mayor víctima de ataques con armas químicas desde la Primera Guerra Mundial, una realidad trágica enraizada en la guerra de ocho años impuesta por el régimen iraquí baazista, respaldado por Occidente.

Activistas sostienen que la verdad completa de esta monumental tragedia no puede separarse de la profunda hipocresía y la ampliamente documentada complicidad de las potencias occidentales.

Proporcionaron los precursores químicos, ofrecieron inteligencia satelital para guiar los ataques contra fuerzas iraníes, blindaron a Bagdad frente a la censura internacional y, al hacerlo, se convirtieron en socios activos en el gaseo de soldados y civiles iraníes.

Una convención nacida de la atrocidad — y una víctima dejada sin escuchar

La Convención sobre Armas Químicas, adoptada en 1993 y en vigor desde 1997, constituyó un hito en el control multilateral de armamentos. Su preámbulo expresa la determinación de “excluir la posibilidad del uso de armas químicas por el bien de toda la humanidad”, ecos de las lecciones aprendidas tras las masivas bajas de la Primera Guerra Mundial.

Para aplicar este compromiso se creó la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), encargada de garantizar la prohibición global. El Día de Recuerdo anual es parte esencial de esa misión, concebido para honrar a las víctimas y reforzar la determinación internacional.

Pero para Irán, esta arquitectura jurídica y conmemorativa permanece dolorosamente incompleta.

Aunque el mundo condena con razón el uso de armas químicas en los conflictos contemporáneos, el bombardeo químico sin precedentes sufrido por Irán —uno de los peores episodios desde la Primera Guerra Mundial— nunca ha recibido la justicia ni el reconocimiento que corresponde a quienes fueron responsables de facilitarlo.

La convención pudo haber surgido de las cenizas de atrocidades pasadas, pero, para Teherán, los arquitectos de su propio trauma nacional no solo escaparon a la responsabilidad: siguen ocupando posiciones de autoridad moral en el mismo escenario global encargado de prevenir tales horrores.

El arsenal de Occidente: construyendo la capacidad química de Sadam

Cuando Sadam inició su invasión de Irán en 1980, carecía del armamento avanzado necesario para una guerra prolongada y brutal. Ese vacío fue rápidamente llenado, de manera sistemática y deliberada, por gobiernos occidentales que vieron en Bagdad un contrapeso útil a la naciente Revolución Islámica.

Su apoyo fue extenso, coordinado y decisivo.

Alemania figuró entre los proveedores más destacados, suministrando precursores químicos e infraestructura industrial esenciales para producir gas mostaza y agentes nerviosos.

Estados Unidos, en un acto de cínica magnitud, entregó a Sadam unas 500 toneladas de sustancias químicas peligrosas que podían convertirse en gas mostaza. No fue una transferencia aislada, sino parte de un patrón sostenido de asistencia.

Francia aportó armamento moderno, incluidos aviones Super Étendard usados para atacar posiciones iraníes, mientras que el Reino Unido brindó experiencia en planificación estratégica y apoyo de inteligencia.

Corporaciones estadounidenses, a menudo con pleno conocimiento gubernamental, facilitaron la exportación de tecnologías de doble uso e incluso agentes biológicos con “significación bélica”, obtenidos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).

En conjunto, estas acciones transformaron al Irak baazista en una potencia química de pleno derecho, armando a un régimen brutal con armas que el mundo ya había intentado prohibir.

El campo de batalla y más allá: guerra química contra soldados y civiles

Con su arsenal alimentado por Occidente, Sadam empleó armas químicas a una escala asombrosa. Se estima que se utilizaron más de 100 000 municiones químicas contra fuerzas iraníes. No fue una táctica esporádica ni encubierta; la guerra química se convirtió en un pilar central de la estrategia iraquí, especialmente después de que Irán comenzara a avanzar en 1982.

La complicidad occidental fue más allá del suministro. Estados Unidos proporcionó imágenes satelitales que identificaban concentraciones de tropas iraníes. Como admitió escalofriantemente un exfuncionario estadounidense: “le dábamos a Sadam inteligencia que mostraba dónde se concentraban las tropas iraníes. Luego él las gaseaba sin piedad”.

No se trató solo de brutalidad en el campo de batalla, sino de un asesinato industrializado, posibilitado por agencias de inteligencia extranjeras.

El terror no se detuvo en las líneas del frente. En 1987, en uno de los ataques más notorios contra civiles, la ciudad de Sardasht fue bombardeada con agentes químicos, matando a cientos e hiriendo a más de 8000 personas.

El mensaje era claro: ningún ciudadano iraní —ni soldado ni civil— estaba fuera de alcance.

La devastación humanitaria de estos ataques sigue marcando vidas en todo Irán, con sobrevivientes que aún cargan las cicatrices físicas y psicológicas de una guerra librada con armas cuya utilización el mundo prometió que sería “nunca más”.

Como afirmó Araqchi en La Haya, la verdad debe prevalecer y quienes apoyaron el programa químico de Sadam deben rendir cuentas.

“Instamos a Alemania a publicar los resultados de sus investigaciones pasadas y a comprometerse con indagaciones completas y transparentes sobre la participación de sus empresas y ciudadanos en facilitar las atrocidades de Sadam”, escribió en X.

“Se agradecen las investigaciones judiciales realizadas por las autoridades neerlandesas, que llevaron al procesamiento y condena de un ciudadano holandés. Sin embargo, todos sabemos que fue el mínimo indispensable y apenas mostró la punta del iceberg”.

Halabja: un crimen de venganza y la opacidad occidental en defensa de sus aliados

La campaña de guerra química alcanzó su clímax horroroso en la ciudad kurda iraquí de Halabja en 1988. Tras la breve liberación de la ciudad por fuerzas iraníes y kurdas durante la Operación Valfayr-4, Sadam buscó una venganza brutal contra una población que consideraba traidora.

Aviones iraquíes arrojaron una mezcla letal de agentes químicos sobre la localidad, matando a unas 5000 personas —hombres, mujeres y niños— en uno de los ataques químicos más infames de la historia moderna.

Registros históricos muestran que la masacre fue una represalia directa porque los habitantes de Halabja habían dado la bienvenida a las fuerzas iraníes. Sin embargo, la reacción occidental fue un estudio de la hipocresía y la conveniencia política.

Pese a disponer de inteligencia que monitoreaba comunicaciones militares iraquíes relacionadas con el ataque, la administración Reagan se esforzó por oscurecer la responsabilidad de Sadam.

Washington lanzó una campaña de desinformación sugiriendo falsamente que Irán compartía culpa en el ataque, afirmación que contradecía toda evidencia disponible.

La distorsión deliberada reveló una verdad incómoda: la llamada “línea roja” contra las armas químicas era menos un principio moral que un instrumento geopolítico, susceptible de ser ignorado cuando el perpetrador era un aliado.

Traición diplomática: blindar al agresor en las Naciones Unidas

Irán, sometido a ataques químicos incesantes, acudió a las instituciones creadas para preservar la paz y hacer cumplir las normas globales.

Teherán presentó denuncias y resoluciones en la ONU buscando que se condenara la violación iraquí del Protocolo de Ginebra de 1925.

La respuesta de las potencias occidentales, lideradas por Estados Unidos, fue una profunda traición. En lugar de hacer cumplir el derecho internacional, Washington presionó a sus aliados para bloquear cualquier acción significativa contra Sadam.

Mediante maniobras diplomáticas, orquestaron una postura de “sin decisión” sobre resoluciones que habrían censurado formalmente a Iraq. Esa protección aseguró que Sadam no pagara precio político alguno, dando luz verde a la continuación y escalada del uso de armas químicas.

El episodio reveló un doble rasero que aún marca la política global: aplicación estricta para unos, impunidad para otros, según su alineamiento con las potencias dominantes.

Al blindar a Iraq, un miembro permanente del Consejo de Seguridad convirtió a la ONU en un espectador impotente, volviéndose cómplice de uno de los capítulos más oscuros de la guerra moderna.

Mártires vivientes: el legado duradero del sufrimiento iraní

El verdadero coste de esta complicidad no se mide en toneladas de precursores químicos ni en cables desclasificados, sino en los cuerpos dañados y las vidas truncadas de decenas de miles de iraníes.

Cuatro décadas después, continúa la lucha por justicia para una comunidad numerosa de veteranos que sufren los efectos a largo plazo de la exposición química. Estos sobrevivientes —venerados como “mártires vivientes”— dan testimonio diario del legado persistente de aquellos ataques.

Los efectos del gas mostaza son de por vida y despiadados. Los sobrevivientes padecen enfermedades respiratorias crónicas, dermatosis debilitantes, lesiones oculares irreversibles y un mayor riesgo de cánceres y trastornos genéticos transmisibles a sus descendientes.

Cada día, estos veteranos y civiles enfrentan dolor físico y trauma psicológico, recordatorios vivientes tanto de la guerra como de las naciones que armaron a su agresor.

Sus necesidades médicas —complejas, costosas y permanentes— representan una pesada carga nacional para Irán. Sin embargo, los gobiernos que posibilitaron el arsenal químico de Sadam nunca han sido responsabilizados por el sufrimiento que ayudaron a desatar.

Occidente suministró las armas. Irán continúa soportando, en solitario, el inmenso coste humano y financiero de atender a las víctimas, un coste que se extenderá durante generaciones.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV.