Por: Xavier Villar
El primer ministro israelí, que se enfrenta a una probable derrota en las elecciones del martes, ordenó a sus fuerzas armadas que se preparasen para una campaña de bombardeos de varios días contra infraestructuras civiles, además de instalaciones energéticas y nucleares.
Sus declaraciones se produjeron tras mantener conversaciones el domingo con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y después de la visita a Israel del jefe del Pentágono, Pete Hegseth. Sin embargo, Netanyahu no dio ninguna señal de que Washington hubiera aceptado sumarse a una nueva ofensiva contra Irán, y mucho menos a una campaña destinada a derrocar a sus dirigentes. Netanyahu se juega su futuro político, y la prensa israelí está repleta de informaciones que apuntan a que busca la forma de aprovechar el enfrentamiento con Irán en beneficio propio. En Estados Unidos, los índices de aprobación de Trump se encuentran en mínimos históricos y faltan menos de dos semanas para las elecciones de mitad de mandato.
Netanyahu, que va por detrás en las encuestas, afirmó el miércoles, sin aportar pruebas, que Irán estaba trabajando activamente en el desarrollo de un arma nuclear y aseguró haber ordenado al Ejército israelí que se preparase para emprender acciones preventivas: “El régimen iraní todavía no ha aprendido la lección. Moytaba Jamenei ha decidido seguir los pasos de su padre. Ha quitado el seguro y, una vez más, Irán está intentando desarrollar sus armas de muerte”, declaró Netanyahu. “Solo hay una manera de eliminar esta amenaza de una vez por todas: derrocar al régimen iraní. Y esa es la directriz que he dado a las fuerzas de defensa de Israel, al Mossad y a los organismos de seguridad”.
No me gusta centrarme en las personalidades políticas. La idea de que Netanyahu está haciendo todo lo posible por sobrevivir políticamente ante las elecciones del martes, o de que Trump será «libre» después de las elecciones de mitad de mandato y estará movido por un agudo sentimiento de venganza contra Irán, puede ser cierta, pero no explica todo el panorama.
La cuestión es política y discursiva y, por tanto, va más allá de las meras personalidades. Israel y Estados Unidos ven a Irán como el Otro, como una amenaza que debe ser contenida o eliminada. En esto no hay diferencia óntica entre demócratas y republicanos, por ejemplo.
Dicho esto, Estados Unidos e Israel no han aprendido nada. Tras semanas de combates, una enorme inversión de recursos y declaraciones sobre logros históricos, volvemos a encontrarnos ante la misma situación. Y, aun así, parece que todavía hay quienes creen que otra ronda de ataques, quizá esta vez más intensa y destructiva, permitirá obtener resultados que no se han conseguido hasta ahora.
Es evidente que Irán no se rendirá ni cederá en ninguna de sus líneas rojas. Ni siquiera cabe esperar que una campaña mucho más dura y violenta, que incluya daños generalizados a la infraestructura energética iraní, conduzca a la capitulación. Pensar lo contrario es simplemente un deseo político sin ninguna base real.
En una reciente entrevista con DropSite, Mohsen Rezai, el actual secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, dijo que “Irán lleva años invirtiendo en dotar a estas capacidades de redundancia: producción dispersa, instalaciones subterráneas, distintos sistemas de lanzamiento y la capacidad de reparar los daños y reponer las pérdidas”. Y añadió: “Más importante aún, no se debe evaluar nuestra capacidad preguntándose únicamente cuántos misiles quedan almacenados. En una guerra prolongada, la cuestión central es si un país puede mantener un ciclo continuo de producción, despliegue y respuesta. Hemos demostrado que, incluso meses después del inicio de la guerra, seguimos siendo capaces de imponer costes a la otra parte”.
Rezaei también señaló que Teherán desplegaría nuevas capacidades en su respuesta. “No desplegamos todas nuestras capacidades en las fases anteriores. Fuimos poniendo en funcionamiento más capacidades en proporción a la intensidad de la guerra y también estamos preparados para la siguiente fase”, afirmó.
Estados Unidos tiene activos de gran valor en la región. En caso de guerra, los cables submarinos, los centros de datos y las instalaciones de inteligencia artificial de Washington en la zona también podrían convertirse en objetivos.
El golfo Pérsico no es un espacio en el que la vulnerabilidad opere en una sola dirección. No se puede considerar legítimo atacar las instalaciones petroleras, los puertos y el tráfico marítimo de Irán y, al mismo tiempo, dar por hecho que las infraestructuras económicas que sostienen la guerra al otro lado permanecerán a salvo para siempre.
Además, nadie cree a estas alturas que Estados Unidos e Israel puedan determinar de antemano la duración de la campaña. Quien crea que basta con lanzar una operación limitada de unos días, atacar Irán y dar por concluido el asunto está profundamente equivocado. Es más que probable que la respuesta iraní sea amplia y contundente, lo contrario a lo que se pretende desde Washington.
Se puede decidir cuándo comienza una guerra, pero resulta mucho más difícil determinar cuándo y cómo terminará, especialmente cuando se trata de un adversario que no tiene intención de rendirse.
En este sentido, la reanudación del conflicto afectará, con toda seguridad, a la región. Pensar que es posible aislar el conflicto en Irán del resto de Asia occidental cae, nuevamente, en la mera ilusión. La centralidad de Irán en la región hará que esa contención sea prácticamente imposible. Las repercusiones se sentirán a nivel global, especialmente en la economía.
Cabe esperar que una nueva campaña militar provoque un aumento significativo de los precios mundiales de la energía, especialmente si se atacan instalaciones energéticas en Irán y este responde golpeando objetivos similares en los países del Golfo Pérsico. Las consecuencias no se limitarían a un encarecimiento del petróleo, sino que podrían extenderse a la economía mundial en su conjunto.
Las autoridades iraníes son plenamente conscientes de que una nueva ronda de ataques es más que probable, bien antes de las elecciones israelíes bien después de las de mitad de mandato en Estados Unidos. Esto no quiere decir que Irán vaya a esperar a ser atacado. La nueva estrategia iraní, ya aplicada en la guerra de los 40 días, implica una visión ofensiva: las bases estadounidenses en la región son, por ejemplo, objetivos legítimos. Irán no ha dejado de escalar el conflicto desde que Estados Unidos decidió no cumplir con el alto el fuego firmado en Islamabad, y no piensa levantar el pie del acelerador militar en estos momentos.
Repetir la misma estrategia no va a producir, por arte de magia, un resultado diferente. No lo hará. Es poco probable que una mayor presión o el uso de la fuerza permitan a Washington obtener resultados significativos. El verdadero problema es que las alternativas se están agotando: o Estados Unidos se retira y reconoce tácitamente su fracaso, o sigue redoblando su apuesta por una estrategia que ya ha demostrado ser ineficaz.
